Amanecer Contigo, Camren G'P

By issaBC

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Barcelona, 1916. En su lecho de muerte, Michael, la oveja negra y único heredero de la acaudalada familia Jau... More

CAPITULO 1
CAPITULO 2
CAPITULO 3
CAPITULO 4
CAPITULO 5
CAPITULO 6
CAPITULO 7
CAPITULO 8
CAPITULO 9
CAPITULO 10
CAPITULO 11
CAPITULO 12
CAPITULO 13
CAPITULO 14
CAPITULO 15
CAPITULO 16
CAPITULO 17
CAPITULO 18
CAPITULO 19
CAPITULO 20
CAPITULO 21
CAPITULO 22
CAPITULO 23
CAPITULO 24
CAPITULO 25
CAPITULO 26
CAPITULO 27
CAPITULO 28
CAPITULO 30
CAPÍTULO 31
CAPITULO 32
CAPITULO 33
CAPITULO 34
Epílogo

CAPITULO 29

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By issaBC

El precio que tenemos que pagar por el dinero se paga en libertad.

    ROBERT LOUIS STEVENSON

    Madrugada, 18 julio de 1916

    — Así que vuelves a necesitar dinero. ¿Para Anna, tal vez? —musitó Marcel fijando su astuta mirada en Lauren. Esta permaneció inmóvil—. ¿Tu querido abuelo no quiere vaciarse los bolsillos? Qué lástima. Es una buena mujer, no merece morir... Y eso es justo lo que pasará si la sacas de la casa de curación —apuntó ladino.

    Lauren dio un respingo al comprender que Marcel estaba al tanto de lo que le ocurría a Anna. Sacudió la cabeza enfadada consigo misma, debería haber recordado hasta qué punto eran largos sus tentáculos.

Al fin y al cabo llevaba toda la vida sintiéndolos enroscarse en su garganta.

    —Le pagaré lo que me pida —dijo bajando la cabeza, pues sabía que esa muestra de sometimiento le agradaría.

    —¿Segura? La última vez no obtuve los beneficios que esperaba.

    —Recibió su dinero. Con intereses.

    —Sabes bien que no me interesa el dinero —replicó mordaz—. Entiendo tu angustia, mi querida niña. Pobre Anna, cuánto estará sufriendo. Créeme, lo lamento profundamente, pero, los negocios son los negocios —se desentendió encogiéndose de hombros.

    Lauren asintió. Conocía lo suficiente al maldito bastardo como para saber que estaba jugando con ella, esperando el momento idóneo para dar el golpe mortal. Y no iba a permitirlo. Ambos sabían que lo que le estaba ofreciendo era lo único que Marcel deseaba. Por tanto, jugó su última carta.

    —Gracias por el tiempo que me ha dedicado —dijo dándose la vuelta para irse.

    —No obstante —el prestamista alzó la voz y Lauren giró sobre sus talones, encarándose a él de nuevo—, al contrario de lo que piensas, no soy una mala persona. Intenté protegerte cuando eras una mocosa, bien lo sabes, pero no aceptaste mi protección y pasó lo que pasó... No fue culpa mía, sino tuya. Si no me hubieras rechazado, nada hubiera pasado.

    Lauren asintió en silencio. En su boca el sabor de la sangre vertida al morderse la lengua con ferocidad para no emitir palabra alguna. Sí había sido culpa de Marcel. Él fue quien encargó al hombre sin dientes que la domara. Quien exigió a Michael ese pago y no otro.

    —Quizá podamos retomar nuestro viejo acuerdo. —Marcel la observó sibilino mientras se golpeaba los labios con sus hinchados dedos—. Acepta la protección que te ofrecí cuando eras niña. Quédate a mi lado por propia voluntad, esboza la mejor de tus sonrisas y pliégate a mis deseos y, semana a semana, me haré cargo de los gastos que conlleve el tratamiento de Anna.

    Camila pasó la noche en vela, esperando un regreso que sabía no se produciría. Salió por enésima vez al corredor, y en esta ocasión, entró en el estudio. Ya había amanecido y, aunque aún era temprano, tampoco lo era tanto como para no llamar a Anna. Solo ella podía ayudarla a entender qué había pasado y, cuando lo supiera, se lo contaría al capitán. Estaba segura de que, al contrario de lo que había ocurrido con Lauren, a ella sí la escucharía.

    Atravesó la estancia y se detuvo tras la puerta que daba a la galería. Desde el otro lado le llegaba la voz airada del capitán y los calmos susurros de Enoc. Se arriesgó a abrirla apenas y observó a ambos hombres salir del despacho y dirigirse a las escaleras.

Esperó hasta que les vio desaparecer y abandonó presurosa el estudio. Intuía que tardarían poco en regresar. Al intentar entrar en el despacho descubrió que estaba cerrado con llave. Regresó a su cuarto, tomó una horquilla y volvió al despacho. Lauren le había contado que los ladrones abrían así las puertas de las casas... no debía de ser muy difícil.

    Sí lo era, pensó tiempo después, hurgando desesperada en la cerradura.

    —¿Se puede saber qué haces? —rugió de repente el capitán tras ella, furioso—. ¿Esto es lo que te ha enseñado mi nieta? ¿¡A intentar entrar donde no debes?!

    —¡No me has dejado otro remedio! —Camila se encaró a él, enfadada—. ¡No pienso quedarme de brazos cruzados mientras Lauren está perdida Dios sabe dónde!

    —¡Te aseguro que el lugar en el que está no ha sido visitado nunca por Dios! No te das cuenta de que está cegado por su... ¡No me hagas hablar, Camila!

    —¡Sí, habla! Por su fulana, eso es lo que ibas a decir, ¿verdad? ¿Por qué piensas que Anna es una dama de la noche? ¿La has visto? ¿Has hablado con ella?

    Biel miró estupefacto a su niña. ¿Cómo era posible que conociera esa palabra tan poco apropiada para oídos y labios femeninos?

    —¡Por supuesto que no! —exclamó airado.

    —Entonces, ¿cómo puedes estar tan seguro?

    —Lo sé, y punto.

    —Tranquilizaos los dos —les ordenó Sinuhe, quien alertada por los gritos había acudido junto a ellos—. Gritándoos no conseguiréis solucionar nada.

    —La señora Sinuhe tiene razón. —Enoc instó al capitán a entrar en el despacho mientras Sinuhe llevaba a Camila a su dormitorio, donde esperaba convencerla de tener paciencia.

    Y en ese preciso momento, cuando los ánimos estaban más alterados, sonó el timbre de la puerta. Biel giró sobre sus pies y se asomó con desespero a la barandilla, al igual que hizo Camila. Ambos rezando en silencio para que quien entrara fuera aquella a la que esperaban.

    La señora Muriel atravesó presurosa el salón para, un instante después, reaparecer acompañada por Isembard quien, como cada mañana, había acudido a preparar las clases.

    —¡Isem! —gritó Camila—. Lauren se ha escapado...

    —¿No ha regresado? —La miró estupefacto para acto seguido subir a la carrera las escaleras. Camila ni siquiera esperó a que recuperara el resuello antes de empezar a hablar.

    El maestro escuchó con atención el relato de Camila y los gruñidos del capitán, y cuando ambos terminaron de narrar lo sucedido, meditó un instante sobre el galimatías inconexo que le habían contado, hasta que logró encontrarle sentido.

    —¿Has hablado con Anna?

    —El capitán no me lo ha permitido —indicó Camila acusadora.

    Biel lo miró estupefacto. ¿Lauren también le había hablado al profesor de su puta? Gruñó herido. Por lo visto la única persona con la que no se había confiado era con él.

    —¿Conoces a su amiga? —inquirió, los dientes apretados y las manos fuertemente cerradas sobre la empuñadura del bastón.

    —Anna no es lo que usted piensa, capitán —replicó Isembard, al igual que antes hiciera Camila—. Es la mujer que la ha cuidado desde que era niña.

    —¡Pues sí que le están saliendo caros sus tiernos cuidados! —escupió Biel indignado—. Por culpa del cariño que siente por esa mujer, Lauren pidió un elevado préstamo, que no podía pagar, ¡al peor prestamista de la ciudad! —explicó al fin, decidido a que Camila y el profesor abrieran de una vez los ojos—. ¡La ha estado tomando el pelo! La abandonó cuando consiguió lo que quería, y en el momento en que ha descubierto que vive en esta casa, ha creído que tiene acceso a mi dinero y le ha pedido más a cambio de sus... servicios. ¡Y la imbécil de mi nieta se ha enfrentado a mí para complacerla!

    —¡Estás terriblemente equivocado! —jadeó Camila, llevándose una mano al pecho al entender por qué el capitán se había comportado así—. Anna está en una casa de curación para enfermos de tuberculosis, por eso Lauren pidió ese dinero, para poder curarla. —Todos los presentes, incluso Isembard, la miraron asombrados—. ¿No lo entiendes, capitán? Anna es toda su vida. Es la única madre que ha conocido, hará lo que sea por ella...

    —¿Eso es lo que te ha contado? —inquirió dudoso Biel antes de recuperar su tono enfadado—. ¡No seas ingenua! Es solo una excusa que se ha inventado...

    —Comprobémoslo. Déjame llamarla y averiguar qué ha pasado.

    Biel asintió con la cabeza, abriendo la puerta del despacho. Si esa era la única manera de abrirle los ojos a su niña, ¡que así fuera!

    Camila tomó con manos nerviosas el teléfono y tras girar un par de veces la manivela le dictó a la operadora el número que hacía tanto tiempo había aprendido de memoria.

    —Querría hablar con la señora Doncel —solicitó segundos después a la recepcionista de la casa de curación—. ¿Anna? Soy Camila. Quizá Lauren le haya hablado de mí —se calló, y todos pudieron escuchar con ininteligible claridad la voz exaltada de una mujer—. No, no está aquí... —La voz brotó del auricular en ráfagas de desesperación que hicieron que el semblante de Camila se fuera demudando hasta que una cadavérica palidez se adueñó de sus facciones—. ¿Marcel?

    En ese momento, Biel le arrancó el teléfono de las manos.

    —¿Quién es usted y por qué le habla de esa alimaña a mi pupila? ¿Cómo se atreve?

    Anna dio un respingo al escuchar la voz de un hombre a través del auricular en lugar de la de la dulce muchacha de quien su niña estaba enamorada.

    —¿Capitán Jauregui? ¡Cállese y escuche! —alzó la voz para hacerse oír por encima de los gruñidos del hombre, quien, asombrado, se calló—. Busque a mi niña y llévela con usted, ¡ahora! ¡No pierda más tiempo hablando, pedazo de zoquete! Vaya a por ella y enciérrela. Encadénela si es preciso pero no permita que se acerque de nuevo a ese perro degenerado —le ordenó con un tono de voz que no admitía réplica—. No sabe lo que es capaz de hacerle.Vaya y búsquela, métala en uno de sus barcos y manténgala alejada hasta que Dios me lleve, solo así conseguiremos que deje de intentar salvarme a costa de su alma. Encuentre a mi niña, capitán, porque si no lo hace, si le pasa algo a mi pequeña, le juro que regresaré de la tumba y le atormentaré el resto de sus días.

    Biel parpadeó aturdido. Anna no era como había esperado. Su voz ronca y cascada, al contrario que las de las fulanas profesionales, no evocaba sábanas revueltas. Tampoco su tono era suave y lascivo. Al contrario. Estaba muy enfadada. También aterrada.

    —Cuénteme lo que ha pasado —solicitó con voz queda. Escuchó con atención antes de asentir con la cabeza—. No se preocupe, la traeré de vuelta. —Colgó el auricular—. Señor Abad, prepare el landaulet. Señor del Closs, busque a Etor y bajen al garaje.

    —¿Qué ha sucedido? —le preguntó Sinuhe tomándole del brazo cuando comprendió que pensaba marcharse sin dar ninguna explicación.

    Biel guardó silencio unos segundos antes de hablar.

    —Lauren fue ayer por la tarde a ver a Anna y el director del centro aprovechó su visita para decirle que si la sacaba de allí, en fin... que no duraría mucho.

    —No... Pobre Lauren —musitó Camila asiendo la mano de su madre—. Por eso te pidió dinero, capitán, y por eso se marchó cuando no la escuchaste. Para conseguirlo. Hará cualquier cosa por Anna.

    —Eso dice ella —coincidió Biel—. Piensa que el director lo sabe, y cree que quiere aprovecharse de ello —apretó con fuerza el puño del bastón, deseando romperlo sobre la cabeza de alguien, quizá la suya propia—. Si me disculpáis —miró con seriedad a su esposa y su pupila—, tengo una nieta a la que encontrar y traer de vuelta.

    —¿Crees que Lauren se avendrá a regresar si piensa que está abandonando a su suerte a su... madre?

    Biel se quedó inmóvil, al igual que su corazón.

    —Me ocuparé de ella cuando encuentre a mi nieta.

    —No. Camila y yo nos ocuparemos de ella. Ahora mismo. Iremos a verla y averiguaremos hasta qué punto está enferma.

    —¡No vais a acercaros a una casa de tuberculosos!

    —Por supuesto que lo haremos. Acompañadas de Doc. Él nos dirá qué hay de cierto en las palabras del director —indicó Sinuhe antes de dirigirse a Camila—. ¿Sabes la dirección de la casa de curación? —Esta asintió, refiriéndosela.

    Y Biel no pudo por menos que asombrarse al descubrir no solo lo lejos que estaba ese lugar, sino el tiempo que habría dedicado Lauren en ir y venir hasta allí el día anterior, para estar apenas unos minutos con Anna. Debía de quererla muchísimo. Y él la había mantenido apartado de ella...

    —Cuando encuentres a Lauren dirígete allí, capitán, será la única manera de aplacarle... Quizá hasta consigas que te perdone por no haberle escuchado ayer —afirmó Sinuhe girando la manivela del teléfono para un segundo después dar a la operadora el número del doctor—. Fernando, necesito tu ayuda. Ven a buscarme, y no olvides tu maletín.

    —¿Hacia dónde, capitán? —preguntó Enoc cuando sus tres acompañantes se hubieron acomodado en el habitáculo del landaulet.

    —¿Cree que el Lobo Tuerto estará abierto? —inquirió Biel, refiriéndose a la propiedad de Marcel desde la que este acostumbraba a dirigir su imperio.

    —Lo dudo. Es demasiado tarde, o tal vez debería decir demasiado pronto —apuntó, consciente de que acababa de comenzar la mañana.

    —Vayamos pues a la casa de Lauren, tal vez tengamos suerte y esté allí —dijo Biel, la angustia atenazándole el pecho. Si daba crédito a Anna, y lo daba, el prestamista llevaba años deseando echarle el guante a su nieta. Más aún desde que su última treta para atraparle se viera frustrada gracias a su intervención.

    Encontraron la puerta cerrada, Biel la golpeó con su bastón varias veces y, al no obtener respuesta, se apartó haciéndole un gesto a Etor. El gigante se lanzó contra ella, desencajando los goznes, para luego hacerse a un lado, vigilante.

    Biel, Isembard y Enoc entraron en la reducida habitación, solo para detenerse atónitos. La estancia estaba destrozada. El suelo estaba plagado de trozos de loza y cristales rotos, seguramente los vasos y platos que había en la vieja alacena, cuyas puertas de madera presentaban marcas de golpes, incluso una de ellas tenía un agujero del tamaño de un puño. Los restos de dos sillas estaban desperdigados junto a las paredes, indicando que habían sido golpeadas contra estas. El relleno del jergón estaba esparcido fuera de este y la cobertura desgarrada en varios puntos. Ni siquiera la vieja cocina de carbón se había salvado de la vorágine destructora, pues presentaba múltiples abolladuras, como si hubiera recibido cientos de patadas. Solo la mesa, ubicada en un extremo de la estancia parecía intacta. Sobre ella, una botella de ron barato y un vaso volcado.

    —¿Qué puñetas ha pasado aquí? —musitó Isembard. Que hubiera usado el reniego favorito de Lauren, daba muestra de lo alterado que estaba.

    —Quienes hayan hecho esto pagarán caro su atrevimiento. —Biel recorrió con la mirada lo que le rodeaba.

    —No creo que su nieta esté en disposición de pagar nada —apuntó Enoc observando con perspicaz atención la estancia.

    —Explíquese, señor Abad.

    —Aquí no hay nada que robar, y aunque así fuera, ningún ladrón se molestaría en cerrar la puerta con llave tras haber destrozado la casa de esta manera. —Enoc abrió los brazos, señalando lo evidente—. Me da la impresión de que estamos ante un arrebato de furia de Lauren —comentó dirigiéndose a la alacena para hundir el puño en el agujero de una de las puertas—. Su nieta tiene la misma pegada que usted, capitán. No hay puerta que se les resista —dijo con pesarosa ironía comenzando a liarse un cigarrillo—. Lo único que no encaja en este escenario es el ron. Lauren no bebe. ¿Por qué lo habrá comprado?

    —Quizá pensó que el alcohol le haría más sencillo lo que fuera que tuviera que hacer... —Isembard observó la botella a la vez que pasaba los dedos por la mesa—. No creo que bebiera mucho —dijo al fin—. Apenas falta el contenido de un vaso y parece estar esparcido en la mesa.

    —Si mi nieta hace una promesa, la cumple —afirmó Biel orgulloso para luego golpear la botella con el bastón, lanzándola contra la pared, donde se hizo pedazos—. Maldita seas, Lauren. ¿Dónde demonios te has metido?

    Enoc dio una larga calada a su cigarrillo y entornó los párpados a la vez que escrutaba cada detalle que le rodeaba. Se detuvo frente a la maltrecha alacena, concentrado en el agujero de la puerta.

    —La primera vez que estuvimos aquí Lauren también desahogó su rabia a puñetazos.

    —Contra un árbol —recordó Biel observando el ceño fruncido de su oficial.

    —Y luego se echó al mar... Creo que sé dónde puede estar.

    Apenas unos minutos después el landaulet atravesó el Dique Este del puerto, dejando atrás las casas de baños antes de detenerse.

    —¿Está seguro de que fue aquí donde encontró a mi nieta? —Biel se apeó del coche y observó las rocas de aristas cortantes que había frente a él.

    —Nadaba cerca del espigón, en aquella ocasión la mar estaba en calma.

    —Hoy está muy picada —susurró Isembard espantado por las furiosas olas que arremetían contra la escollera—. Lauren no está tan loca como para nadar aquí.

    —Tal vez se ha dado un buen golpe en la cabeza y se ha vuelto majara —murmuró Etor haciendo visera con la mano—. Esas parecen las ropas con las que salió ayer de casa —señaló un montón de tela pisado por un par de zapatos que había en la playa—, y yo diría que su cabeza es esa que asoma por allí... —indicó, con los ojos convertidos en meras rendijas, un punto lejano que parecía mecerse sobre las olas.

    Lauren flotó sobre el agua, ignorando la quemazón que la sal provocaba en su piel. Cerró los ojos y, meciéndose sobre la agitada superficie, se dejó arrullar por el salvaje restallar del mar contra las rocas del espigón. El sonido era similar a aquel que había escuchado hacía diez años. En aquel entonces luchó contra las olas que le azotaban y nadó hasta la extenuación para llegar a la playa. Ahora, sin embargo, solo quería que el mar acabara lo que había comenzado hacía tanto tiempo. Con una brusca sacudida, volvió a hundirse en las tempestuosas aguas. Y estas, como sucediera aquella vez, la acogieron gustosas entre sus brazos espumosos. Se sumergió más y más, las laceraciones de su espalda, al igual que antaño, ardían al contacto con la sal, solo que en esta ocasión no había heridas sangrantes, sino marcas humillantes. Se estremeció falta de aire, y como entonces, sintió unas manos inertes que le arrastraban hacia las serenas profundidades, solo que en esta ocasión no quería luchar por salir a la superficie. Pero... si no lo hacía, ¿qué sería de Anna?

    Pataleó impulsándose hacia la superficie, los pulmones ardiéndole en el pecho.

    —¡Qué puñetas estás haciendo! —escuchó la imprecación de Enoc en el mismo momento en el que abrió la boca en busca de aire. Luego, este le agarró por la barbilla, sujetándole contra su hombro mientras nadaba hacia la playa.

    Lauren se dejó hacer, aturdida. ¿Qué hacía el señor Abad ahí? En ese momento comprendió que si él estaba allí, el viejo no podría andar muy lejos. Se quedó inmóvil mientras oteaba la plataforma del espigón. Vislumbró un automóvil, y siguiendo una línea recta desde este, los vio. Estaban en la orilla, junto a las barcas escoradas que esperaban a que las olas se calmaran para salir a faenar.

    Un rugido de pura frustración escapó de sus labios. ¿No había sufrido ya bastantes humillaciones? ¿Por qué tenía que estar allí el capitán? Se revolvió enajenada. No iba a permitir que nadie la viera así. Y menos que nadie, su abuelo. Se sumergió de nuevo en las turbias aguas, decidida a escapar como fuera, y Enoc la aferró por el pelo, llevándola de nuevo a la superficie.

    —¡Maldita imbécil, qué diablos te pasa! —le increpó sin soltarle, echándole bruscamente la cabeza hacia atrás cuando comenzó a revolverse de nuevo—. ¿Quieres que tu abuelo se ahogue? —gritó girándole la cara hacia la playa.

    Lauren observó aterrada como el capitán, dejando de lado toda prudencia, se adentraba, bastón en mano, entre las olas. Olas que le zarandeaban sin compasión. Olas que el viejo atravesaba audaz sin apartar la vista de ella.

    —¿Quieres comprobar si es capaz de ahogarse con tal de llegar hasta ti? —Lauren negó con la cabeza, tan asustada como asombrada por la obstinación de su abuelo—. Porque desde ya te aseguro que nada va a detenerle. Nada, excepto que empieces a nadar sin parar hasta que tus pies toquen la orilla.

    Lauren dio un estéril puñetazo a las olas y, zafándose de Enoc, comenzó a bracear.

    —Vuelva, capitán. Lauren y el señor Abad ya regresan, y lo hacen bien rápido, sí, señor, ya le dije que la chica tiene alma de anguila —dijo Etor desde la orilla, el agua rozándole la cadera.

    —Regrese, capitán... —le llamó Isembard, agarrándose con fuerza al gigante calvo, pues aunque ninguno de los dos sabía nadar, Etor con su poderosa masa aguantaba casi sin moverse las sacudidas del mar.

    Biel, sorteando las olas que le golpeaban el estómago, se detuvo al fin. Observó con atención a los dos que nadaban hacia él y, emitiendo un quedo suspiro, regresó a la orilla, donde los esperó impaciente mientras rumiaba todo lo que le iba a hacer a su díscola nieta. En primer lugar le arengaría sobre los peligros del mar, y luego le gritaría largo y tendido por haber huido de esa manera, sin molestarse en discutir con él y obligarle a escuchar su historia. Sí. Eso haría. Lauren tenía que entender que él también era humano, que podía cometer errores y mostrarse terco, y que cuando eso pasara, era su obligación de nieta gritarle hasta que escuchara. Y luego volvería a regañarle por haberse lanzado al mar estando este picado, y Lauren se defendería, y ambos gritarían, y todo volvería a su cauce.

    Como debía ser.

    Se quedó en blanco cuando Lauren y Enoc se acercaron y pudo ver de cerca a su nieta. Estaba desnuda, a excepción de las ronchas y verdugones que cubrían su cuerpo desde los muslos hasta el cuello; tenía abrasiones en las muñecas y los nudillos destrozados.

    —¿¡Qué puñetas está haciendo aquí a estas horas, en la playa y a remojo!? —le gritó Lauren agachándose para recoger la ropa que había dejado en la arena.

    Biel observó su espalda, las nuevas marcas tensándose sobre las antiguas mientras se ponía la camisa y los pantalones.

    —¿Qué demonios está mirando? —le increpó Lauren. Biel solo pudo negar con la cabeza—. ¡Deje de mirarme! ¿¡Me ha oído!? Deje de mirarme de una puñetera vez... —acabó musitando mientras se alejaba avergonzada.

    —Camila y Sinuhe están con Anna, en la casa de curación. —Lauren se detuvo, girándose lentamente para mirar a su abuelo—. Doc las acompaña. Él curará a tu amiga. —Biel fijó su mirada en los insondables pozos de desesperación que eran los ojos de Lauren antes de que esta los cerrara aliviada—. No pierdas más tiempo y ponte los zapatos. Nos esperan un par de horas de viaje hasta que lleguemos allí —le ordenó con severa calma.

    Lauren asintió en silencio, hundió los pies en los zapatos e hincó una rodilla para anudar los cordones del izquierdo. Una gota de agua salada cayó sobre sus manos, luego otra, y otra más, hasta que se derrumbó en la arena con el cuerpo estremecido por sollozos incontenibles.

    —Espérennos en el coche —ordenó Biel a sus compañeros, colocándose frente a Lauren y ocultándole en parte con su cuerpo—. Mi nieta ha tragado agua y debe expulsarla —dijo a modo de explicación antes de inclinarse sobre la joven y apoyar una trémula mano sobre su hombro—. No tengas prisa, Lauren. Tómate todo el tiempo que necesites, no es bueno tener tanta agua dentro... hay que sacarla fuera.

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