Capítulo VII. (Descubierto)
POV Adrián
—Es de Alice, me lo prestó cuando entramos a la Zona Roja, ella me dijo que esto representaba algo dentro, pero no recuerdo de que se trata.
— ¿De verdad? —preguntó.
—Sí, de verdad.
—Solo me preocupo por ti.
—Lo sé.
—Eres mi mejor amigo.
—Y tú eres el mío —confirmé.
—Por favor devuelve eso. Es un símbolo de su gente, y su gente es escoria.
—Se lo voy a devolver a Alice.
—Supongo que ahora debo dejarte dormir.
—La verdad es que estoy muerto de sueño.
—Bueno, te voy a dejar descansar. Probablemente regrese en otro momento con Jacobo, él también quiere verte y saludarte.
—Aquí los espero.
—Nos vemos Adrián, cuídate mucho.
—Seguro.
—No seas imprudente.
—Claro que no.
— ¿Lo prometes?
—Bueno... sí —susurré.
—Por cierto, ese chico que no quieres que conozca. Sabes que voy a saber de quién se trata muy pronto, no vas a poder esconderlo siempre —aseguró.
George salió de la habitación, cómo una persona normal, por las escaleras. Lo escuché bajar y salir de la casa, y solo en ese momento la tensión que se había apoderado de mi cuerpo, lo abandonó.
Estaba aliviado de que todo saliera bien, pero estaba mentalmente agotado, y me dejé caer sobre la cama como un peso muerto.
Los nervios y la adrenalina del momento con él terminaron con las últimas energías que tenía, y ahora lo único que quiero y puedo hacer es dormir para recuperar la cordura. Sin embargo, no fue fácil quedarme dormido, porque comencé a dar vueltas en la cama, pensando en todos los acontecimientos del día.
Pero con el pasar de los minutos comenzaron a verse borrosos, y lo último que pude ver fue la mirada de S. La misma que había visto esa noche en La Cueva, y la misma que me había hecho meter en todo este problema.
Me desperté algo desorientado, me senté sobre la cama y bostecé. Lo primero que hice fue ver la cadena colgando en mi cuello, y recordé lo bien parado que pude quedar anoche, por todas las mentiras que inventé.
Sé que estoy en muchos problemas, no puedo seguir sosteniendo todas estas mentiras durante mucho tiempo, porque... ¿cómo decirlo? Estoy en territorio enemigo, pero los enemigos son mis amigos.
Definitivamente, todo un problema.
Un sonido musical y conocido me sacó de mis pensamientos. Tomé mi teléfono para ver el número de la persona que me estaba llamando, y la verdad esperando que se tratara de mi novio, pero el nombre que apareció en la pantalla me tomó por sorpresa, y me di cuenta de que no tengo la menor idea de como estaba agendado el número de S, ya que el mismo se encargó guardarlo.
Me aclaré la garganta antes de atender, para que mi voz sonara al menos un poco agradable.
—Alice, no esperaba que me llamaras.
— ¿Adrián? —murmuró. Su voz es dulce, justo como la recuerdo.
—Sí, soy yo. ¿Cómo estás?
—Estoy muy bien, solo quería saber qué planes tienes para hoy.
—No voy a hacer nada hasta la noche, tengo el día libre.
—Eso me alegra mucho, porque quería saber si me acompañabas a hacer algunas compras. Mi madre me pidió que le comprara algunas cosas, pero no me gusta estar en la calle sola, por eso...
—Claro, yo te puedo acompañar, no tengo nada que hacer ahora —comenté.
— ¿Seguro?
—Completamente.
—Súper —respondió, y sonreí por la emoción en su voz.
— ¿Dónde nos encontramos? —pregunté.
—Voy a darte tiempo para que te arregles. Creo que a las tres en la plaza es buena hora. ¿Está bien?
—Entonces, nos vemos a esa hora.
—Adiós, Adrián.
—Nos vemos pronto —colgué.
Me levanté y entré al baño para lavarme los dientes. Luego entré a la ducha, y después de pasar un rato bajo el agua, salí envuelto en una toalla.
Entré al armario y tomé una camisa negra junto a unos pantalones blancos. Me vestí con paciencia, me puse un poco de perfume, y tomé mis zapatos para ponérmelos antes de salir de la habitación.
Bajé a la sala y me encontré a mi padre leyendo en el sillón, le dediqué una mirada antes de hablar, para que reparara en mi presencia.
—Buenos días, padre.
—Buenos días, Adrián —respondió.
Bajó el periódico para verme un momento, y de inmediato volver a su lectura. Es lo usual, nunca se ha interesado en mí más que en lo académico.
— ¿Cómo les fue en su viaje? —pregunté por educación, pero sin interés.
—Un poco complicado, hay mucho trabajo.
—Comprendo.
— ¿Y tus clases?
—Muy bien, claro —mentí.
Realmente odio a ese hombre que ellos traen para que sea mi profesor, pero no puedo comentar nada al respecto, lo sé. Lo que yo piense no cambiará nada en lo absoluto.
—Axel es muy buen profesor.
—Sí, claro.
Y de esa forma se acabó la conversación. Esto es a lo que se limita la relación con mi padre, es incómoda y demasiado formal.
Para mi suerte, Arcadio entró en la sala para ponerle una taza de café en la mesa a mi padre, y me dedicó una sonrisa amable, una que estoy acostumbrado a ver desde que soy un niño. En ese momento decidí escaparme a la cocina para estar con él, es mucho más agradable.
—Buenos días, joven. ¿Quiere desayunar?
—Sí, estoy muerto de hambre —admití. Los disgustos dan hambre.
—Muy bien, siéntense y le llevaré la comida al salón.
—No, voy a comer aquí contigo.
—De acuerdo, como usted lo prefiera.
Me senté en la isla de la cocina, y fue entonces que di con la presencia de prefiera. Ella me dedicó una mirada larga, a la que no le presté la atención suficiente como para impedir un reclamo de su parte, así me preparé para recibirlo.
Si tratar con mi padre es difícil, con mi madre es mucho peor, de alguna forma tratar con ella no solo es incómodo, es un completo dolor de cabeza, por eso prefiero pasar todo el tiempo posible solo, sin que ellos intenten involucrarse mucho más en mi vida de lo que ya lo hicieron antes.
— ¿No piensas saludar a tu madre? —recriminó.
—Buenos días, madre.
—No me viste en días. ¿Eso es todo lo que tienes para decirme?
—No tengo nada más para decirle.
—Eres grosero. ¿No tienes ninguna clase de afecto hacía tu madre?
—Por supuesto que sí, pero creo que otro tipo de palabras entre nosotros están de más... —susurré.
Ella puso una expresión que me dio a entender lo ofendida que se sentía. Pero la verdad es que cuando los tengo cerca, no sé cómo tratar con ellos.
—No puedo creer esto —espetó.
—No soy una persona muy afectuosa. Ustedes tampoco lo son —apunté.
—De todos modos, debes ser educado, y recibir de buena forma a tus padres.
—Aquí tiene, joven. Disfrute su comida.
—Muchas gracias, Arcadio —dije.
Aproveche el pretexto de la comida para concentrarme solo en eso, y no en la mujer que estaba mirándome con fingida decepción.
— ¿Usted quiere algo más, mi señora?
—No, gracias Arcadio —respondió ella. Se dio por vencida y se sentó en la isla.
—Entonces me retiro, si me necesitan por favor llamen.
Por un momento quise suplicar que no me dejara solo con ella, pero sabía que la mención de tales palabras me traería problemas con la mujer que se encargó de encerrarme en una burbuja durante toda mi vida, por eso solo me resigne y comencé a comer, dejando que el único sonido que se escuchara en la cocina fuera el de los cubiertos y mi plato. Sin embargo, el imaginar la charla que se aproximaba pronto, hizo que los huevos tuvieran un terrible sabor cuando pasaron por mi garganta.
— ¿Cómo te va en clases con tu tutor?
—Muy bien, claro —contesté.
Esto era lo que faltaba para ponerme de peor humor, hablar sobre ese hombre.
—¿Bien? —me miró de forma inquisitiva.
Suspiré y dejé el cubierto en el plato y le dediqué toda mi atención.
—Axel dice que lo estoy haciendo muy bien, excelente —aclaré.
— Hoy va a venir, ¿cierto? Ese muchacho me agrada. Es muy bien educado y agradable —comentó, y yo puse los ojos en blanco.
—Se supone que debe venir hoy, pero no tengo tiempo de ver clases con él, porque tengo otros planes... —me miró interrogante, esperando una explicación a mis palabras.
— ¿Qué puede ser más importante que tu educación?
—Voy a salir con una amiga —declaré.
En el momento que pronuncié esas palabras, sus ojos brillaron. La idea le gustaba, no cabía la menor duda de ello.
— ¿Cómo se llama? ¿La conozco? ¿Es de la Zona Azul? ¿Dónde la conociste? —interrogó, así que tuve que ordenar mis ideas antes de responderle.
—Su nombre es Alice.
—Hermoso nombre.
—Supongo, ella es muy amable.
— ¿Es de la Zona Azul? ¿Sales con ella?
—Sí, vive aquí, y solo somos amigos.
Ella pareció sentirse decepcionada por mi última respuesta, pero no puedo mentir más. Y tampoco quiero seguir involucrando a Alice en mis problemas.
— ¿Dónde la conociste? —cuestionó.
Esa era la pregunta más difícil de todas. Metí un gran bocado de comida en mi boca, para poder darme tiempo de pensar en algo que pudiera convencerla y aceptar.
—El otro día salí a comprar unos libros que me pidió el profesor para mi tutoría. La encontré en la calle con muchas cosas en sus manos, así que ofrecí ayudarla. Conversamos mucho tiempo, y quedamos en vernos de nuevo —expliqué.
La verdad es que me sorprende la velocidad con la que puedo declarar una mentira desde que visite la Zona Roja.
—Muy bien, entonces van a verse de nuevo. Me parece muy buena idea.
—Sí, solo voy a acompañarla todo el día a comprar algunas cosas.
— ¿Cuándo me la vas a presentar? —inquirió.
Abrí la boca para contestar, pero en ese momento comenzó a sonar su celular y se levantó para poder atender la llamada.
Por supuesto que la quiere conocer, ella quiere asegurarse de que es una chica digna de estar conmigo, si no le parece que sea aceptable, no me volverá a dejar verla de nuevo, es lo que siempre pasa. Quieren controlar todo a su antojo, es por eso que no puedo sentir afecto por ella, no la considero importante y mucho menos, una madre.
—Debo ir a trabajar —dijo.
—Buena suerte, madre.
—Cuídate cuando salgas, y regresa temprano a la casa. Voy a llamar a Arcadio.
—Por supuesto.
...
POV S
— ¿Y qué vamos a hacer? —pregunté, me dejé caer en el sofá más cercano. Tomé un cigarro de mi bolsillo y me lo puse en los labios.
—Tenemos que tomar la decisión todos juntos —dijo Ronald.
— ¿Oliver tienes fuego? —murmuré, antes de dirigir mi atención al resto del grupo.
—Sí —respondió, y me arrojó el encendedor.
—Gracias —susurré e inhalé con tranquilidad.
—No hay nadie que dé órdenes, siempre es difícil tomar decisiones —comentó Daniel.
—Ronald es lo más parecido que tenemos a un líder —añadí.
—No creo que me corresponda tomar decisiones —replicó Ronald.
—Si no tomas la decisión final, vamos a estar aquí para siempre —se quejó Oliver.
—Víctor, ¿tú qué piensas? —le pregunté al chico. Él apretó los labios y desvió la mirada hacia Ronald.
—Pienso como tú, claro —susurró.
—No quiero darme un papel más importante que el resto de ustedes. Todos somos familia, y no creo que sea la persona indicada para hacer el papel de un líder, yo no soy el más fuerte —declaró Ronald.
Pude sentir su mirada sobre mí, así que me encogí de hombros, y él suspiró. Yo tampoco me sentía en la capacidad de tomar ese título, porque las responsabilidades se sentirían con una diferencia, mucho más peso.
—Yo digo que vayamos a visitarlos y les demos un buen susto —propuso Oliver, con una sonrisa un poco infantil.
—Un susto está bien. No es como que podamos ir y asesinarlos a todos sin ninguna razón —dijo Daniel.
— ¿Quién dice que no podemos? Somos los Red K, podemos hacer lo que queramos —replicó Oliver.
—Cálmate, saltamontes —espetó Emilio, y Oliver frunció el ceño. Siempre había odiado ese apodo, pero se quedó tranquilo.
—Bueno. ¿Lo vamos a hacer en La Cueva? Ellos siempre están en La Cueva, es el lugar que más se les acomoda para reunirse —indicó Guillermo.
—Sí, supongo que es el lugar idóneo para hacer esto —susurró Ronald, incómodo.
Sé que él prefiere evitar los conflictos, pero está claro que le molesta la situación de que el enemigo se infiltre en nuestro territorio, y que quiere hacer algo al respecto.
—Solo sabemos que a su líder le dicen Halcón, pero no hay mucha más información que esa. Saben cuidarse las espaldas, y sus historias son difíciles de ubicar —dijo Oliver.
—Está claro que no son unos tontos, así que no debemos confiarnos. Nadie es perfecto, incluso nosotros corremos peligro —declaré.
—Tiene razón, chicos. Además estuvieron buscando carne fresca, no sé quiénes se unieron a su grupo, pero todos son insectos y tenemos que exterminarlos—agregó Ronald.
Me di cuenta de que estaba ausente, distraído. Incluso mucho más que yo.
— ¿Adrián va a venir esta noche con nosotros? —preguntó Oliver.
Colocó su rostro en frente de mí, impidiendo que pudiera ver a los demás. Solté el humo del cigarro encima de él para que se moviera, y comenzó a toser.
—Tal vez pase buscando, no lo sé —respondí. Me di cuenta de que la idea no le hizo ilusión a Guillermo.
—Si Adrián viene con nosotros, debemos ser mucho más cuidadosos —me advirtió Ronald.
—No se den mala vida, yo voy a cuidarlo. Y el plan sigue como acordamos —apagué el cigarro contra la mesa de madera a un lado de mí.
—Somos familia, y si el chico está contigo todos debemos cuidarlo, eso no se discute —manifestó Ronald.
No lo discutí con él, porque aunque Ronald niegue ser el líder todas las veces que quiera, el papel le queda perfecto. Su palabra siempre se cumple.
—Bueno, entonces no se diga más —dije y me puse de pie.
Debo admitir que estoy sorprendido de lo bien que se tomaron todo el tema de Adrián. No lo estaba esperando.
—Ya aclarado esto, necesito que me escuchen. Antes de esta noche tenemos un trabajo, y necesito que vengan conmigo S, Sergio, Daniel y Oliver —indicó Ronald.
— ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Oliver, con una ligera exasperación.
Para ser sincero, yo tampoco me emocione con la idea de salir, pero tampoco es como si pudiéramos hacer algo al respecto. Todos los encargos de trabajo se cumplen al momento que indique el cliente según su beneficio.
—Hoy vamos a recoger una entrega especial y se la vamos a llevar a su destinatario. Es solo eso, es fácil, pero hay un detalle. Este sujeto tiene mucho dinero, carga seguridad excesiva con él todo el tiempo. Me dijeron que es peligroso y arrogante, por lo que debemos cuidarnos de él. Tal vez haya seleccionado mucha gente para el trabajo, pero no quiero que algunos se queden de flojos todo el día —explicó Ronald, y miró a Oliver.
—Disculpa, pero yo estoy ocupado todo el día, y no ando de flojo como dices —replicó Oliver, y se cruzó de brazos, evidentemente ofendido por la acusación.
—Si el hombre tiene mucha seguridad, posiblemente estén armados hasta los codos. Esa es nuestra área, nos encargaremos de ellos —le dijo Daniel a Oliver para hacerlo sentir mejor, y al parecer funcionó, ya que sonrió levemente.
—Los quiero listos en cinco minutos —advirtió Ronald.
Todos estuvimos abajo exactamente cinco minutos después. Al parecer ninguno pensó que era buena idea hacer molestar a nuestro intento de líder. Nos aseguramos de tener todo lo necesario encima, cada uno está armado lo suficientemente necesario para la situación y el trabajo. En las motos Ronald, Sergio y yo tomamos la delantera, ya que los otros dos comenzaron a discutir sobre quién sabe qué cosa, eso no es nuevo, ambos se la pasan discutiendo por tonterías. No pude evitar que mi mente se desviara del trabajo a lo persona y por lo tanto, Adrián se hizo presente en mis pensamientos, desde que me desperté tengo una clase de punto doloroso en el pecho, una advertencia, y tal vez tenga algo que ver con él, la situación me pone nervioso.
Nos detuvimos en el centro, en una calle bastante familiar, lo que hizo muy difícil apartar a Adrián de mi mente, ya que lo deje frente a esta calle vigilando para mí, tan solo un día antes. Este es el lugar en donde quedamos con todos los vendedores y consumidores, el sujeto es un hombre que acabo demente, por la vida tan difícil que le toco tener, se dedicó a la venta y tráfico ilegal, pero pude comunicarme bien con él y nos hicimos amigos, o algo parecido. No importa la mal apariencia que tenga, sigue siendo una costilla de los Red K, es nuestro aliado.
—Necesito que me cuiden la espalda, nunca se sabe. Oliver y Daniel vengan conmigo, ustedes vigilen —señaló Ronald, y me quedé mirando los alrededores junto a Sergio.
No hablo mucho con Sergio, porque ambos somos callados y disfrutamos el silencio, por lo que no hizo falta ningún intercambio de palabras entre nosotros. Me recosté en la pared y saqué un cigarro del bolsillo y me lo puse en los labios. Un momento después recordé que no traía encendedor, así que suspire. Ahora definitivamente tendría que comenzar algún tipo de intercambio de palabras con mi compañero.
— ¿Tienes fuego? —le pregunté.
—Sí, claro —contestó. Buscó en su bolsillo hasta que dio con un encendedor, me lo arrojó y después de prender el cigarro, se lo regresé.
—Muy amable.
—No es nada.
Después de otro momento de silencio, saqué mi teléfono para revisar la existencia de alguna posible llamada, pero no encontré ninguna, y eso relativamente deberían ser buenas noticias, pero me atacó un poco de ansiedad. Estuve debatiéndome entre llamarlo o escribirle tan solo para comprobar su bien estar, con la excusa de recordarle lo de esta noche, tal vez eso pasaría por alto cualquier intento de parecer un acosador. Pero la realidad es que nunca me había preocupado por otra persona antes, no de esta forma tan intensa que me saca de mi cordura, este sentimiento quiere exponer lo peor de mí, mi lado más humano.
La verdad es que cuando lo veo, me siento diferente e incluso actuó diferente. No estoy seguro de que nombre ponerle a esto, porque no lo había sentido antes. Pero es preocupante que logré me logre alterar hasta el punto de discutir mentalmente conmigo mismo si llamar a alguien o no.
— ¿Puedo saber por qué decidiste estar con ese chico? —musitó Sergio, y su pregunta desapareció la discusión mental que estaba teniendo. Es la primera vez que me pregunta algo personal, y supuse que fue difícil para él decidir si hablar o no.
— ¿Por qué te interesa?
—Desde que lo presentaste me dio mucha curiosidad saber tus razones para haber tomado esa decisión. No me impresionó saber que se tratara de un hombre, más bien fue sorpresivo que mostrarás interés en otro ser humano. Siempre te muestras frío y ausente, los chicos no lo dicen, pero muchos te respetan o te tienen miedo, estoy seguro de que ellos también comenzaron a mirar a ese chico de forma interesada, fue capaz de crear algún tipo de cambio el ti.
Solo escuché en silencio todo lo que dijo, fue cuando me di cuenta de que Sergio no habla, porque es muy bueno escuchando, y eso lo convierte en alguien peligroso, porque percibe y repara en los detalles mejor que nadie. Se fija en lo que otras personas pasarían por alto.
—Simplemente me interesa —contesté, simple. No con la intención de ser frío, sino porque yo mismo no tengo explicaciones para sus preguntas.
— ¿Eso es todo? —replicó, y me di cuenta de que se sentía inconforme.
—Cuando estoy con él hay dos sentimientos que me invaden al mismo tiempo con fuerza, dolor y satisfacción. Supongo que por eso me parece interesante —susurré. Tal vez más a mí mismo que a él.
—Creo que todos nos sorprendimos cuando impusiste que estabas con él, pero supongo que tienes razón, se ve bastante inocente, pero tiene algo peculiar en los ojos, y si sientes que es la única persona en el mundo para ti, los que pudo unirlos fue el destino.
—No creo en ese tipo de cosas, aunque dicen que involucrarse con un Red K es mala suerte, nosotros lo hemos vivido en nuestra sangre, no hay nadie en nuestra gente que no presenciara la muerte.
—Supongo que simplemente es mala suerte y los tormentos de nuestra vida fueron los que nos trajeron a este mundo, estamos unidos por medio de tragedias y dolor, pero eso nos hizo lo que somos hoy.
—Una supuesta familia —espeté.
—No creo que le pase nada a ese chico, te tiene a ti —me aseguró.
Lo miré antes de dejar caer la última punta del cigarro al suelo, y exhale el humo lentamente.
—Es la primera vez que escucho tantas palabras de tu boca.
—Discúlpame. Sé que tal vez abuse de la confianza que no tenemos, pero tenía esos pensamientos en mi cabeza desde ayer.
—No te preocupes, hablar sobre Adrián no es algo que me repudie —aclaré, y él asintió.
Ambos nos consumimos en silencio de nuevo, cerré los ojos en un intento de concentrarme, y atar cada una de mis propias palabras en mi mente. Porque sé que no estoy seguro de lo que siento o de que tanto siento y cuanto me afecta todo esto. Pero si estoy seguro de una cosa, sé que este sentimiento no va a desaparecer.
—Estamos listos, ahora debemos hacer la entrega en el Páramo —dijo Ronald, todos caminamos hasta las motos y volvimos a subirnos.
— ¿Vamos a ir tan lejos? —preguntó Oliver.
—El cliente fijo ese lugar como punto de encuentro.
—Pensé que tenía mucho dinero—comentó Sergio.
—No estoy seguro de porqué quiso que fuera en ese lugar.
—Nos tienen fichados en ese barrio, más de uno quiere nuestras cabezas —advertí a Ronald.
—Lo sé, pero no va a pasar nada. Vamos bien armados y una entrega no puede pasar de unos cuentos minutos.
—Si tú lo dices.
Volvimos a prender las motos y nos metimos en la calle, pude imaginar la hora por el tráfico y las personas desesperadas por llegar a su destino mucho más rápido que los demás, el final de la tarde se hizo presente tan rápido que no me di cuenta. Mi mente volvió a divagar y me encontré pensando nuevamente en mi novio, o mí todo, como bien le dije a él. La forma en la que se aferraba a mi cuerpo asustado por la moto, su voz pronunciando mi nombre y la sensación que me invadió la primera vez que puse mis ojos sobre él en La Cueva.
Pasamos el tráfico como pudimos, esquivando carros y otras motos, estábamos a punto de tener el camino libre para meter la velocidad necesaria para emprender la marcha, cuando sentí que alguien se puso a mi lado.
— ¿Aquel no es Adrián? —me preguntó Sergio, y señaló con la cabeza a una pareja, un hombre y una mujer, y si definitivamente el chico que me estaba robando los pensamientos era la persona que estaba señalando.
Tuve la necesidad de hacer acto de presencia en esa escena y lo hice, me acerque lo suficiente hasta que estacione la moto justo a su lado, le dediqué a la mujer una mirada rápida, y pude percibir en pocos segundos su evidente belleza. Un sentimiento nuevo y molesto me comenzó a invadir el pecho, de manera que comencé a sentirme como si me faltara el aire, por eso hablé, viéndolo como una necesidad de tomar aire.
—Príncipe —le dije y llamé su atención inmediatamente.
—S —respondió sorprendido. Él no estaba esperando verme, y lo dejó ver en su expresión. Sin embargo, no estaba molesto, y se acercó a mí lo más rápido que pudo.
— ¿Qué estás haciendo? —inquirí, y le dediqué una mirada a la chica que lo estaba acompañando. Ella estaba temblando, y se escondió detrás de Adrián.
—Estoy acompañando a mi amiga, ella es Alice —Adrián tuvo problemas para ubicarla, hasta que se dio cuenta de que estaba detrás de él.
— ¿Y cuánto tiempo llevas en la calle? —cuestioné. ¿Mi mal presentimiento tendría algo que ver con su salida de hoy a la calle?
—Tal vez tres o cuatro horas. ¿Por qué? ¿Qué sucede?
—Trabajo, tenemos un encargo —señalé a los demás con un gesto, que se detuvieron bastante cerca, pero no se acercaron.
— Oh, tienes trabajo —susurró.
Me di cuenta de que se sentía incómodo, y supuse que se debía a que comenzó a preguntarse qué clase de trabajo estaba a punto de hacer.
—Un encargo, no es la gran cosa. ¿Piensas quedarte mucho más tiempo en la calle?
—No estoy seguro, ¿por qué? —me miró fijamente. Tuve que estabilizar mi cordura para que no se viera perturbada por eso.
—Deberías venir conmigo.
— ¿Sucedió algo?
—No realmente, simplemente solo deberías —afirmé.
No puedo explicarle que quiero que venga conmigo por un tonto presentimiento.
—Es que no puedo dejarla sola —señaló a la chica.
—Yo no tengo ningún problema Adrián, puedes irte con él —aclaró ella, todavía temblando.
— ¿Estás segura? Me dijiste que no te gusta estar sola en la calle.
—Puedo regresar bien, no pasará nada.
—Alice. ¿Estás segura? —Adrián se ve preocupado por ella. Y no mentiré, me causa una ligera molestia difícil de disimular.
—Completamente. Por favor vete, y no te preocupes por mí.
—Vente príncipe, ella dice que va a estar bien —insistí y la fulmine con la mirada. Ella se estremeció y asintió de inmediato.
—De acuerdo, pero avísame si ocurre algo. Te voy a llamar más tarde.
—No te preocupes por mí, vete.
Adrián le entregó las bolsas que él estaba cargando, se subió a la moto detrás de mí y se sostuvo de mi cintura, justo como antes. Estaba a punto de volver a emprender la marcha cuando nos llegó un grito no muy lejos. No me pasó desapercibido que el cuerpo de mi novio se puso rígido de inmediato. Y reconocí de inmediato al dueño de esa voz.
— ¡¿Adrián qué mierda haces?!
—Es George —susurró Adrián.
—S, esa es la gente del Halcón —advirtió Sergio. Llegando a mi lado de inmediato.
—Tenemos que irnos —dijo Oliver.
—Sí, vámonos rápido, por favor —suplico Adrián.
Todos arrancamos de inmediato de forma escandalosa, por un momento no se escucharon más que los motores de las motos a nuestro alrededor, tan solo pasamos unos cuantos carros más y tuvimos camino libre para meter velocidad y perderlos o intentarlo. Adrián comenzó a temblar, pero no dijo nada por la velocidad, simplemente se aferró a mí como si su vida dependiera de ello. Y cuando tomamos camino por la carretera comenzó una carrera entre todos, nosotros y los halcones, maldije en silencio y le indiqué a Ronald que iba a tomar un desvió, por lo que tendríamos que separarlos por un rato, él lo entendió.
Gire la moto de forma brusca, y tome un camino distinto al resto. Luego busqué atajos por las calles y comencé a dar vueltas hasta que encontré el que estaba buscando. Después de seguirlo y verificar que nadie nos estaba persiguiendo, reduje la velocidad para poder ver la condición de mi pasajero.
— ¿Todo está en orden?
—Estoy bien —aseguró, pero pude notar un ligero temblor en su voz.
—Pensé que traerte conmigo evitaría los problemas, y resulta que yo los cree.
— ¿Qué quieres decir?
—Tuve un mal presentimiento toda la mañana —confesé.
—S, pude escuchar que llamaron a esos chicos los Halcones o algo así. ¿Eso qué quiere decir exactamente?
—Pensé que los conocías.
—Los conozco, pero ellos nunca me han explicado realmente como es su vida en la Zona Roja ni lo que hacen aquí.
—Entonces esos son tus amigos —dijo entre dientes.
—Sí...
—Los Halcones son un grupo, príncipe. Uno de los muchos grupos formados dentro de la Zona Roja con intención de competir contra los Red K; y hay muchos otros, pero ninguno resulta una verdadera amenaza, solo los Halcones.
— ¿Son peligrosos?
—Claro, no son distintos de nosotros en cuanto a sus capacidades. Y ellos simplemente se limitan a lo que es la existencia en la Zona Roja —expliqué.
—Ahora entiendo porque nunca me dijeron nada.
—Esto complica la situación, pues supongo que no quieres que tus amigos sepan sobre mí o tú cercanía con nuestra gente.
—Estoy confundido, no sé qué debo hacer ahora.
—Yo no puedo tomar decisiones por ti, pero me gustaría tenerte conmigo.
—También quiero estar contigo.
—Entonces quédate conmigo.
Las palabras simplemente salieron de mi boca, como si las hubiera dicho otra persona, y me sorprendí a mí mismo, ya que es la primera vez en mi vida que le he pedido a alguien que se quede cerca de mí.
—Voy a quedarme contigo —susurró.
—Buen chico.