"Después de la tormenta siempre sale el sol".
Miles de veces escuché esa frase, pensé que por escucharla tantas veces me lo iba a creer y se iba a volver realidad.
Que equivocada estaba.
En mi caso la oscuridad llegó, las nubes taparon el sol y la tormenta empeoró. Y no lo puedo cambiar, siempre fue así desde los cinco años.
Todo el tiempo me espero lo malo que me tiene la vida, muy pocas veces ha sido buena conmigo y cuando lo es, ella misma se encarga de arrebatármelo.
Nada dura para siempre. Es lo que siempre repito
Detuve mi caminata y me detuve frente a la casa de mi infancia y mi pesadilla, tenía varios años sin estar por esta casa y vecindario de clase alta, pero no me arrepiento de nada. Por mí y mi salud mental la mejor decisión que tome fue irme de este lugar.
La casa por fuera no ha cambiado mucho en estos años que no estuve, las rejas que separan la calle de la casa siguen de color negro, pero con unos toques de dorado y las paredes que cumplen la misma función que la reja son de ladrillos pintados en dorado.
Una total estupidez lo de los ladrillos, pero los millonarios tienen gustos raros.
Este vecindario todas las casas son decoradas en exceso y muy llamativas a la vista. Aquí eso significa quien de todas las familias tiene más dinero, es una competencia que siguen manteniendo. Y tendrán las decoraciones más caras, pero todas las malditas mansiones son de color blanco, mucho dinero y no pueden cambiar el color de la mansión.
Definitivamente no entiendo a la gente millonaria.
—Buenas tardes señorita, ¿Que se le ofrece?— pregunto el guardia serio cuando me acerque a la reja.
—Vengo hablar con Ellen y Max Bennett—puse un mechón de mi cabello detrás de mí oreja.
—Dígame su nombre y apellido para poder informar que está aquí—dijo el guardia mirándome con desconfianza.
Rodé los ojos.
—Mi nombre es Ariel
—Apellido
—¿Es necesario?
—Es necesario e importante.
No quiero decir ese apellido, me repugna tenerlo
—Bien. Soy Ariel Bennett— el guardia se puso pálido y paso una mano por su cabello negro. Apreté los labios para no reír.
El guardia agarro su teléfono y llamo a alguien. Lo veo bien y no es tan viejo, tal vez tenga unos treinta y cinco años, es blanco, con unos ojos verdes oscuros y tiene buen cuerpo. Usa un uniforme negro.
— Disculpé las molestias, señorita y pude pasar sus padres la esperan—dijo en el momento que terminó de hablar por el teléfono.
Abrió la reja para que pasara y así lo hice, escuché la reja cerrarse detrás de mí. El guardia seguía nervioso por no reconocer a la hija de sus superiores y no lo culpo, llevo mucho tiempo sin venir por aquí y lo más seguro es que sea nuevo, porque que recuerde el último guardia era algo mayor ya con canas adornando su cabello y muy alto.
Le di una sonrisa para que se quedara tranquilo y comencé a caminar a la casa del demonio.
Camino lento para retrasar el encuentro que tengo con Ellen y Max. Por culpa de ellos mi humor cambio cuando en la mañana me llamaron exigiendo para que fuera a su casa, los mandé a la mierda y colgué la llamada, pero no funciono, ya que volvieron a llamar y diciendo que si no iba a su casa que ellos vendrían a mi apartamento y de malas tuve que aceptar verlos en su casa. Paso de tenerlos en mi apartamento y que lo contaminen con su presencia.
Miro a mi alrededor y veo que ahora tienen una fuente en el jardín delantero de la casa y varias flores de diferentes colores adornando por todos lados, también hay un camión de piedras negras que llega hasta la entrada y un garaje inmenso a la derecha. Todo el frente de la casa es blanco con pequeños detalles en dorado en las ventanas y la puerta.
Llegó al frente de la puerta y suspiro antes de tocar el timbre, escucho pasos acercarse y se abre la puerta. Veo una señora de ojos azules, castaña, bajita y usando un estúpido uniforme. Me sonríe y le devuelvo la sonrisa, se hace a un lado para que pueda entrar.
—Sígame, señorita- dijo la señora cuando cerró la puerta— sus padres la esperan en el despacho del señor.
Quiero decirle que no son mis padres, pero por desgracia tengo su apellido y también tengo su sangre. Aunque desde hace mucho dejaron de ser unos padres para mí.
Caminamos por un pasillo que si mal no recuerdo llega a la sala.
—Puedes llamarme Ariel— dije ya llegando al final del pasillo.
—No quiero problemas con los señores—giro su cabeza hacia mi y me dio una pequeña sonrisa antes de volver a mirar al frente y caminar más rápido.
—Ellen y Max son unos imbéciles— no pude contenerme de decirlo.
Llegamos a la sala y la señora me miró sorprendida por el comentario que hice, ignoro su mirada en mí y pongo a ver la sala. Paredes de color beige con fotos familiares colgadas en ellas- cabe resaltar que no estoy en ninguna- varios jarrones con flores, un candelabro colgado en el techo, una mesita de cristal en medio y unos sofás de color negro alrededor de la mesa, unas puertas corredizas que dan al jardín trasero y se puede ver un poco la piscina, y una chimenea frente a los sofás. Vuelvo a mirar al sofá más grande y veo que hay tres personas-dos señores y un chico- sentados ahí que me miran con intriga y sorpresa, lo más seguro es que escucharon lo que dije.
Estoy muy segura que son amigos de Ellen y Max y también sé que he visto a los tres en algunas revistas, son dueños de una cadena hotelera, si no me equivoco, pero no me acuerdo cómo se llaman y tampoco me interesa saberlo.
No puede detallarlos bien porque la señora tiro un poco de mi brazo para que la siguiera, los mire rápidamente y seguí caminando. Al parecer toda la casa está pintada de beige y algunas paredes tienen detalles en negro.
Después de pasar por otro pasillo, llegamos a las escaleras que están divididas en dos y curvadas hacia arriba, subimos las escaleras hasta llegar al pasillo de arriba. La señora camino hasta detenerse en la primera puerta a la derecha, llegue a su lado.
—Aquí es señorita Ariel— dicho eso dio media vuelta y se fue dejándome sola parada frente a la puerta.
¿Y si mejor me voy?
Sacudí mi cabeza quitando esa idea, si lo hago no van a dejar de insistir hasta que hable con ellos. Mejor salgo rápido de esto y sigo con mi vida tranquila y lejos de ellos.
Respiró profundo.
Y sin tocar abro la puerta entrando al despacho y cierro la puerta detrás de mí.
Paredes blancas con algunos cuadros colgados en ellas, el piso de mármol negro, otro maldito candelabro colgado del techo, unos sillones azules cerca de la puerta, unas ventanas que dan en dirección al jardín y en medio del cuarto un escritorio café. Detrás del escritorio está sentado Max y Ellen está parada a su lado con su mano encima del hombro de él, los dos serios.
—Se toca la puerta y se espera que se dé permiso para entrar— la voz de Max hizo eco por toda la habitación, mientras él se acomoda el saco de su traje negro.
Ruedo los ojos e ignoró su comentario, me siento en la silla frente al escritorio poniendo mis pies sobre el, mostrándoles mis hermosas botas negras con un poco de tacón.
—¿Para qué me llamaron?
—Baja los pies, eso no es un comportamiento de una señorita—dijo Ellen dándome su mirada intimidante que tiene efecto en muchas personas, lástima que yo no soy una de ellas.
La detalle bien, un vestido color esmeralda pegado mostrando todo su cuerpo llenó de curvas, tacones negros, su cabello castaño recogido en un moño perfecto y su maquillaje intacto y todo perfecto como siempre. No ha cambiado nada sigue siendo igual de impecable que hace años.
—¿Que quieren?— pregunte ya cansada de la escucharlos hablar.
—Hazle caso a tu madre— Max paso su mano derecha por su cabello negro y me miró con esos ojos color miel, que por desgracia heredé de él.
—Me largó—bajé mis pies del escritorio, me levanté de la silla y comencé a caminar en dirección a la puerta para salir de aquí y después irme de esta casa.
Acepte venir y fue una pérdida de tiempo la verdad. Pero ya por lo menos me los voy a quitar de encima y nunca más volverlos a ver.
Suspiré y tomé el pomo de la puerta para abrirla.
—Te vas a casar— soltó de repente Ellen.
Deje la puerta entre abierta y me volteo confundida hacia ellos.
—¿Que?
—Lo que escuchaste, te vas a casar y eso no está en discusión—me acerque al escritorio furiosa al escuchar la respuesta de Max y apoye mis manos de golpe en él. El sonido hizo eco por toda la habitación.
—Si está en discusión, no voy a casarme porque ustedes lo digan, ¿quiénes se creen que son?.
—Somos tus padres—dijeron los dos al mismo tiempo.
Solté una risa por ese comentario.
—Ustedes son un cero a la izquierda en mi vida y no se crean tan importantes, porque no lo son—los rete con la mirada, no me pienso dejar intimidar por ellos—y se los vuelvo a repetir no me voy a casar, así que encuentren a otra y a mí me dejan en paz.
Furiosa tire varias cosas de su escritorio al suelo.
Necesito salir de esta maldita casa y alejarme de ellos, ya.
—Si no haces lo que te decimos pierdes tu apartamento— Max apoyo sus codos en el escritorio.
Me encogí de hombros— puedo conseguir otro apartamento.
Los dos me miraron furiosos por mi indiferencia, pero después Max me dio una sonrisa falsa.
—Entonces no te molestará que la vecina con la que te llevas tan bien pierda su apartamento—apreté la mandíbula y mire a los ojos a Max y me dio una sonrisa arrogante— o mejor aún todas esas personas que viven en ese edificio pierden sus hogares, tal vez podríamos demoler el edificio.
Malditos hijos de puta.
—No pueden hacer eso, todas esas personas no tienen más a dónde ir.
—Está en tus manos que esas personas conserven sus hogares—Ellen entrelazó sus manos— tú sabrás tomar la decisión correcta.
Cerré mis ojos un momento y respiré profundo para no matarlos en este instante.
Si fuera solo yo la que salgo afectada rechazaría todo y los mandaría a la mierda. Pero ellos con tal de conseguir lo que quieren están dispuestos a perjudicar a personas inocentes sin importarles nada.
No puedo hacerles eso, la mitad de las personas que tengo de vecinos, no tienen más a donde ir, ese es el único hogar que tienen. Y sin contar que muchos vecinos tiene hijos o hay personas mayores que viven ahí.
Abrí mis ojos para poder mirarlos.
—Si acepto casarme, ¿van a dejar a esas personas en paz?
—Claro, van a vivir tranquilos en sus hogares— Max me dio una sonrisa cínica.
-Acepto su asquerosa propuesta, pero yo voy a poner algunas condiciones en esta mentira que van a montar.
Si creen que por aceptar les voy a dejar las cosas fáciles están muy equivocados.
—Está bien, ahora vamos para que conozcas a tu futuro esposo—Se levantó de la silla y Ellen engancho su brazo en con el de él.
Pasaron por mi lado con una sonrisa en sus caras. Cómo me gustaría borrarles esas sonrisas.
Pase mis manos por mi cara frustrada.
La única opción que me queda en estos momentos es seguirlos y eso hice, bajaron las escaleras y yo los imité.
¿Y si me lanzó de las escaleras?
—Apúrate, no queremos que nuestros invitados esperen por ti—Ellen me miró de arriba abajo.
Maldita bruja.
Terminamos de bajar las escaleras y ellos comenzaron a caminar en dirección a la sala, yo me quedé al final de la escalera perdiéndolos de vista.
Es momento de esconder mis emociones, si lo hago no tendrá como joderme y con los años perfeccione eso, no les voy a dar el gusto de ver que esto me afecta, ya no soy esa niña que se dejaba intimidar por ellos.
Me puse sería, levanté mi cabeza y comencé a caminar con seguridad hasta ellos. Llegué al lado de ellos y me crucé de brazos. Los señores y el chico se levantaron del sofá y se acercaron a nosotros.
—Querida y hermosa hija, te...
—Deja la hipocresía Max
Me miró mal y yo sonreí—como decía, te presento a Sean Reed y su esposa Halia Reed, tus suegros— el señor Reed un hombre alto moreno claro, su cabello castaño rojizo peinado hacia atrás y unos ojos cafés que si se detallan se pueden ver motas de verde. Y su esposa un poco más baja que él, de piel blanca, su cabello negro suelto llegando a sus hombros y unos ojos verdes claros.
Los dos van combinados, ella un vestido azul claro y el un traje azul rey.
—Un placer conocerte...
—Me llamó Ariel—le respondí a la señora Reed con una sonrisa falsa en mi cara.
Ella se acercó y me abrazo brevemente, incomoda le respondí el abrazo y me separé de ella.
—Y por último te presento a mi hijo Connor Reed, tú futuro esposo—hablo el señor Reed haciendo que dirija mi mirada a Connor, su piel es morena clara igual a la de su padre, tiene el cabello negro como su madre y está un poco despeinado, unos ojos cafés que heredó de su padre y tiene la mandíbula muy marcada. Bajé mi vista a su cuello y pude notar unas líneas negras, provenientes de su nuca. Tiene una camisa gris que le queda pegada a su torso y un jean oscuro.
Con que tiene tatuajes, interesante.
Con mi mirada recorrí su cuerpo y para qué negarlo es guapo y tiene un cuerpo de infarto y él lo sabe por eso lo usa a su favor para conquistar chicas.
Connor es tan fácil de leer.
Volví a mirar sus ojos y me dio una sonrisa arrogante antes de mirarme de arriba abajo, rodé los ojos.
—¿Por qué nos tenemos que casar?— preguntó Connor, su voz es fuerte y un poco ronca, que le termina de dar el toque para ser completamente irresistible— cuando se nota demasiado que ninguno de los dos quiere esto.
—¡Por fin alguien en esta habitación que usa el cerebro!— exclamé mirando al techo— y yo que pensaba que no iba a tener nada en común con él—señale a Connor— pero si lo tenemos, ninguno de los dos se quiere casar, problema resuelto ahora yo me largo.
Di media vuelta dispuesta a irme.
—Tu no vas a ningún lado —la mano de su Ellen se posó en mi hombro y me volteo— y si no te quedas te vamos a quitar tu herencia.
—Perfecto, quítenme de la herencia, no la necesito y mientras menos cosas tenga de ustedes mejor.
—Eres una desagradecida— ignore el comentario de Ellen— ahora vamos a sentarnos.
Todos se sentaron en los sofás y yo me quedé parada mirándolos.
—Siéntate ahora— me habló Max con un tono de voz fuerte.
—No— respondí— ahora quiero saber la verdad sobre este teatro que quieren montar los cuatros.
—Estamos quebrando, un negocio salió mal y Sean y Halia nos propusieron este trato para que no terminemos en la ruina— hablo Max entrelazando su mano con la de Ellen.
—Aprendan a mentir mejor, ahora quiero la verdad—los cuatro se miraron—pero es para ya, no para dentro de 10 años.
—Tenemos unos oponentes que abrieron sus primeros hoteles y se están volviendo famosos, la prensa siempre está al pendiente de ellos y no lo podemos permitir—Sean me miró— y uniendo nuestros hoteles que son muy reconocidos no tendrán oportunidad, sumándole que ya tenemos nuevos proyectos para estar en la cima.
Claro, todo para ellos es dinero y apariencia. Es lo único que les importa
— Y con esta boda triple, más la unión de nuestras cadenas hoteleras seremos la sensación—hablo Halia son una voz soñadora y Ellen suspiro de satisfacción con eso.
—¿Boda triple?— pregunté.
—¿Es que acaso no ves las revistas que tiene las últimas noticias de nosotros?— preguntó Connor levantando una ceja.
—Leer sobre los chismes de la clase alta, paso, no me interesa—me encogí de hombros.
—Bien, te voy a decir lo último que ha estado circulando de nosotros, cariño.
-No me digas cariño, ni tampoco me digas otro apodo de esos, dan asco- hice una mueca
Me miró intrigado cuando no le sonreí por decirme "cariño" y por mi respuesta. Pero que se acostumbre, nunca me han gustado que me pongan apodos, lo veo muy innecesario la verdad.
—Pues tú hermana Cara y mi hermano Dean se comprometieron— él me miró— y tú otra hermana Cleo y mi otro hermano Ryan también se comprometieron.
Mire a los cuatro imbéciles con ganas de matarlos—Ya tienen dos hijos comprometidos porque así lo quisieron ellos, así que yo no veo la necesidad de fingir un maldito matrimonio que no va a llegar a nada.
—Sencillo—Ellen se cruzó de piernas—si el matrimonio de alguna de tus hermanas no funciona, tenemos el suyo para seguir asegurando la unión de nuestras familias.
—¿Cuántos años tienes?— pregunté mirando a Connor.
—Veintiuno
—Y un matrimonio de una chica de diecisiete con uno chico de veintiuno es normal y no levanta sospechas de nada— mi sarcasmo es muy notable
—¿Tienes diecisiete?— Connor y sus padres me miraron sorprendidos.
—Soy ilegal, todavía.
—Pero nosotros vamos a dar el permiso para que se casé, así que no tenemos problemas—se apresuró a decir Max.
Los señores Reed suspiraron aliviados.
—Como ya todo está solucionado, le vamos a decir que van hacer— Connor paso una mano por su cabello cuando escucho a su padre hablar.
—Tienen que empezar a salir juntos que las personas los vean, necesitamos que los reporteros tomen fotos de ustedes—respondio Max normal— y después de unos días anunciaremos que se comprometieron hace poco tiempo, ya ustedes deciden cómo va ser su historia de amor, ¿algo más que quieran saber?
—Si. ¿Por qué todavía no están en un manicomio? Si se nota que están mal de la cabeza.
—Te vas a comporta, señorita. Acuérdate de lo que hablamos en mi despacho—me reto Max
—De lo que hablamos fue que tuve que aceptar casarme, no recibir órdenes de ustedes— pase un mechón de mi cabello detrás de mí oreja— y eso me recuerda que me toca decir mis condiciones.
—¿Cuáles condiciones?— pregunto Halia.
—Primero que nada, el vestido lo voy a escoger yo y solo lo pueden ver cuando sea el día de la maldita boda, junto a las flores, mi maquillaje y peinado. Segundo, como el matrimonio no es por amor, tú— señalé a Connor— puedes seguir teniendo tus conquistas de una noche, ya que no me pienso acostar contigo, así que procura que no te descubran porque si lo hacen adiós matrimonio y lávate muy bien, no pienso permitir que me toques con las manos que vaya a saber donde estuvieron. Tercero, no vamos a tener hijos, no voy a tener niños para que sufran viendo a unos padres que no se aman.
—No tiene permitido estar con nadie más que sea contigo— dijo Sean— no vamos a permitir que todo se dañe por unas aventuras.
—Y por último, más les vale que Max y Ellen cumplan lo que dijeron cuando acepte esto, si no lo hacen se van arrepentir y mucho.
—Aceptamos tus condiciones, menos la de los niños, ustedes los van a tener—dijo Ellen y Halia asintió con la cabeza de acuerdo con eso.
—Pues me tendrán que poner una pistola en la cabeza para que eso pase. Ahora yo me largó, tengo que ir a beberme un litro de cloro para ver si me muero antes de casarme.
Connor soltó una risa y sus padres, Max y Ellen me miraron mal
—Tú y tu prometido van a tener una cita para que todos los vean—dijo Sean levantándose del sofá y ayudando a su esposa a pararse, Max y Ellen los imitaron.
Los cuatro se fueron de la sala dejándome a solas con Connor.
—Como al parecer no vamos a tener nada normal, pues puedo hacer esto sin arrodillarme— se acercó a mí y tomo mi mano izquierda— al parecer esto es tuyo.
Del bolsillo de su jean saco un anillo de oro blanco con una piedra negra en el centro y dos pequeñas piedras en un rosa pastel. No soy fan del rosado, pero no se ve mal.
Puso el anillo en mi dedo anular y después llevo mi mano a sus labios y dejo un beso en mis nudillos.
—Gracias— le dedique una mínima sonrisa.
Soltó mi mano con cuidado y me guiño un ojo antes de pasar por mi lado para irse por dónde se fueron sus padres. Observe el anillo y siento el peso de el en mi mano, pocas veces utilicé anillos porque los sentía incómodos y me los quitaba.
Y ahora uso uno de compromiso y dentro de poco uno de matrimonio. ¿A quién mate en mi vida pasada para sufrir esto?. Cuando tenía unos seis años la idea del matrimonio me encantaba y ahora me repugna, solo voy a estar casada por negocios y la única que se queja de esto soy yo, Connor lo hizo una vez y después acepto todo, que horror lo que tengo que vivir.
Camine hasta llegar al pasillo que da a la entrada y me detuve frente a un espejo que no note al entrar, me mire en el y arregle mi crop top de color vino y también acomode mi jean negro de tiro alto y por último peine con mis dedos mi cabello rubio. Llegué a la entrada donde me están esperando los demás.
Max, Ellen, Sean y Halia subieron a un carro blanco, el chófer cerró la puerta y se montó en el carro y salió de la casa.
Connor me miró y me hizo una seña para que lo siguieron, sin tener más opción lo hizo, subimos a su carro negro de último modelo- que no sé cuál es ya que los carros nunca fueron de mucho interés para mí- de una marca muy cara. Prendió el carro y me miró.
—¿Preparada para comenzar con actuar que sientes un inmenso amor por mí?.
—Lista para comenzar este teatro al que estamos condenados.