Perdido en ti

By miruru12

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Aquella mañana, en su piso de Alcalá de Henares, abrazó a su novio y le pidió que se quedara con él en la cam... More

Capítulo 02
Capítulo 03
Capítulo 04
Capítulo 05
Capítulo 06
Capítulo 07
Capítulo 08
Capítulo 09
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18 - Epílogo

Capítulo 01

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By miruru12


El martes, después de tres días sin parar de llover, por fin amaneció soleado. El cielo de Alcalá de Henares, cansado de las tonalidades grises, se había ataviado con un deslumbrante color celeste. Un par de nubes distraídas y con una textura semejante al algodón de azúcar se habían separado del grupo y emprendían su camino en solitario.

Bajo dicha cúpula, las calles se veían sumidas en un modesto ir y venir de gente ocupada. El centro histórico de la ciudad seguía siendo el lugar más concurrido de toda la localidad y por eso no era de extrañar que en cuanto el tiempo hubiera despejado, ésta hubiera vuelto a su habitual bullicio.

A pesar del ir y venir, de los murmullos y, en ocasiones, los gritos de los ciudadanos, lo que más le molestaba al individuo acostado en el interior del apartamento era el pájaro que se había instalado en el tejado del dúplex y que parecía encontrarse enfrascado en un interesante soliloquio que ningún humano entendería. La luz del exterior se colaba por la ventana, puesto que había olvidado bajar las persianas la noche anterior, y prendía de vida el color blanco de las paredes. Ni las cortina crema podían retener los rayos del sol y éstos bañaban el pie de la cama de color ébano. Bajo el pesado edredón de plumas descansaba un varón. Al menos, lo intentaba.

Aunque tenía la cabeza prácticamente enterrada bajo el nórdico, parte de su cabellera rubia asomaba enmarañada. También tenía un pie fuera que ahora se encontraba a merced del sol. Un gruñido gutural se alzó y, ya más despierto, estiró el edredón para cubrirse por completo. Poco le duraría aquella paz, se lo anunciaba el sonido de pasos por el pasillo. Cuando la puerta se abrió, el chirrido del pomo se le incrustó en la cabeza y, una vez allí, resonó con doloroso eco por toda su calavera.

— ¡Bella durmiente, es hora de despertar! —exclamó la voz del recién llegado, cargada de buen humor.

De la cama emergió un lamento al que, después de seis meses, se había acostumbrado. Mientras, caminó por la habitación y se plantó delante del espejo que había justo en la pared que quedaba en frente de la cama. Se pasó la mano por el rostro, notando bajo su piel los primeros puntos oscuros de la barba. Sus ojos verdes, aunque reflejaban la energía que le caracterizaba, dejaban entrever el cansancio, enmarcados por ríos rojizos, pequeñas venas reventadas del estrés y el esfuerzo al que les había sometido durante la noche. Se pasó la mano por el cabello castaño y tras esa rutina, empezó a quitarse la ropa.

Para ese entonces, salió a flote de entre el mar de sábanas el hombre de la cama. Tenía 29 años, trabajaba de asesor de moda y se llamaba Francis Bonnefoy. Había nacido en la renombrada París, la ciudad del amor, y cuando le escuchabas hablar de ello, podías perfectamente situarle en la explosión cultural, formando parte del cartel bohemio de la urbe metropolita. Le había conocido hacía veinticuatro semanas y media, en un evento organizado por una firma extranjera en el centro de Madrid. Había recibido una invitación de un asociado de su padre, que le debía un favor.

En aquel lugar con olor a marisco y champán, conoció a un hombre incansable que, con el tiempo, había logrado conquistarle. De su personalidad destacaría eso y, por supuesto, el romanticismo. Francis era la persona más cariñosa con la que se había topado. Bueno, también era un presumido redomado y cuidaba al milímetro su apariencia. No obstante, hoy no lucía precisamente perfecto. No sólo por estar recién despierto, también por lo que había visto en la cocina.

Despeinado, adormilado y con una sonrisa de bobo, Francis le dio los buenos días. Le miró con los ojos entrecerrados, cegado por la luz del exterior y él había tenido que ahogar la risa en su garganta por no ofenderle.

— A veces careces de delicadeza, amor —murmuró Francis. Había dejado caer la cabeza sobre la almohada y había cerrado los ojos otra vez.

— ¿Es que te duele la cabeza? Porque, teniendo en cuenta que te has bebido mi reserva de cervezas y que has asaltado el mueble bar, yo diría que ahora mismo debe ser como si te la estuvieran serrando por la mitad.

No se equivocaba.

— Carlos no es divertido. No quiero ser como Carlos cuando me haga mayor —replicó después de un silencio de segundos.

Al escuchar su risa, Francis sonrió. Carlos Fernández era lo mejor que le había pasado en años. Después de una escandalosa ruptura con su anterior novio, había empezado a perder la esperanza de conseguir algo estable, bonito y con pintas de ser duradero. Su corazón se había helado, esperando que el frío lo sanara.

No obstante, Francis había nacido para amar. Nada podía compararse con la sensación que le recorría cuando estaba enamorado y podía dedicarse a hacer feliz a alguien. Su alma vibraba en compañía de la persona que esperaba que fuera la definitiva. El mundo se llenaba de colores y cada melodía le hacía danzar, esperanzado. Por eso, cuando el amor llamó a su puerta en aquella fiesta, no pudo fingir que no se encontraba en casa.

Habían sido seis meses, entre el flirteo y el inicio de la relación, deliciosos. No podía decir que fueran perfectos, porque eso no existía, pero los atesoraba con cariño. Aunque pelearan, acababan haciendo las paces. La situación actual era el mejor ejemplo de eso mismo.

Después de cinco meses, habían empezado unas pruebas de convivencia. Carlos, que vivía en el mismo centro de Alcalá de Henares, lo invitaba a su casa. Francis dejaba solo su loft en el puro centro de Madrid, lugar que probaba lo esnob que podía llegar a ser, y se iba con su novio a pasar entre tres o cuatro días juntos. Se veían por las tardes, dormían bajo el mismo techo y luego, por la mañana, cada uno tomaba su coche y se dirigía a su respectivo trabajo.

Pero todo no era un camino de rosas: el empleo de su novio últimamente le absorbía por completo. Dejaba su lujoso apartamento para pasar tiempo con él y, de improviso, tenía reuniones o trabajo que no podía dejar inacabado. Le enojaba. Si le hubiera avisado con tiempo, se hubiera quedado en casa, rodeado de sus caprichos y con conexión a internet de fibra óptica. Y por ese motivo habían discutido la noche anterior.

Hacía casi tres semanas que no se veían y le había vuelto a dejar solo en su piso. Francis, molesto, había acabado asaltando el mueble bar una vez las cervezas se terminaron. Hacía mucho tiempo que no se emborrachaba de aquella manera. Para su sorpresa, su querido novio había vuelto pronto, cuando él aún no se había ido a dormir, así que se lo compensó con creces. Le amó, con cariñosa pasión, hasta que cayó extenuado. Cada vez que recordaba el calor, el placer, sus ojos turbados, sus gemidos desinhibidos y la sensación de su piel ardiente bajo sus manos, se le dibujaba una sonrisa de imbécil que no podía con ella.

Ahora más despierto, sacó un brazo y bajó parte de la colcha, para dejar la mitad de su torso desnudo al descubierto. Se peinó el cabello hacia atrás con la mano y le miró lleno de curiosidad. Le gustaba ver cómo se recogía cada fina hebra castaña en una coleta.

— Lo que no entiendo es cómo puedes tener tú tanta energía de buena mañana después de lo de anoche.

— Estoy acostumbrado a trabajar hasta las tantas. Por desgracia, no es ninguna novedad.

— No me refiero a eso, me refiero a lo que hicimos en esta misma cama —añadió el rubio sonriendo con picardía y acariciando con la derecha las sábanas. El gesto, además de ser explicativo, le invitaba a repetirlo.

Su novio se dio la vuelta y le observó anonadado.

— Dios santo, te pusiste como una cuba... Voy a tener que ver qué fue lo que tomaste del mueble bar. He llegado hace diez minutos, Francis, no finjas que me has hecho el amor. Seguro que has estado masturbándote tú solo, delirando guarrerías. No te lo reprocho, pero no cuentes tus delirios como si hubieses conquistado Normandía.

Fue víctima de un extraño vuelco en el estómago, que dejó una sensación fría y desagradable en esa área. Carlos no le mentía y ahora que le examinaba con detenimiento podía ver que, en efecto, mostraba todos los signos del cansancio de una noche en vela. No sería tampoco la primera vez que Bonnefoy pasaba una solitaria noche acompañado de su mano y de variopintos juguetes sexuales. Pero, ¿por qué no lo recordaba así? Había estado con Carlos. ¿Habría sido un sueño?

Se incorporó y se arrastró hasta el borde de la cama. Con los pies apoyados sobre el suelo, inclinado hacia delante, se frotó los ojos tratando de poner orden en su cabeza. No le encontraba otra explicación lógica, así que al final decidió dejar el incidente atrás. Una sonrisa lasciva se impuso en su rostro.

— Pues cuando quieras te invito a convertir mis sueños en realidad. Te va a saber mucho mejor que lo de Normandía.

— En otro momento, puede. Ahora levántate, vístete y adecéntate. Tenemos compañía para desayunar.

Francis hizo rodar la mirada y se dejó caer, con pesadez, sobre el lecho. Por si no fuera poco, su novio había invitado a alguien a desayunar. Debería de habérselo dicho con antelación. Salió de la cama, perezoso, se puso ropa arreglada que tenía en un lado del armario de Carlos y se peinó y lavó la cara en el baño de la habitación. Quince minutos después, no se parecía en nada al hombre que había emergido de debajo del nórdico. Seguía doliéndole la cabeza, claro que sí, pero sobreviviría. Bajó las escaleras metálicas, con peldaños amplios de madera, y fue a parar al comedor. Contaba con mucho espacio y Carlos lo había decorado con muebles nuevos, simples y modernos, que la hacían parecer salido de un catálogo de interiorismo. Torció a la derecha y se metió en la cocina. Cubría la extensión de medio salón, por lo que no podía decirse que fuera pequeña. Todos los muebles eran nuevos, de color roble, y las encimeras de granito variaban entre tonalidades grises y negras.

En el centro de la cocina se encontraba una mesa grande, alta, a la que se sentaban con taburetes de amplios respaldos sorprendentemente cómodos. Carlos estaba cocinando, apilando en un plato un rulo de churros humeantes y, sentado a la mesa, había una persona a la que no conocía y que, al mismo tiempo, se le hacía muy familiar. Aunque más joven, más delgado, con el pelo corto y gafas de pasta con cristales gruesos, aquel joven parecía un calco de su novio. De hecho, tuvo que comprobar hasta en dos ocasiones que éste seguía detrás, cocinando.

El silencio, muy incómodo, parecía cortar el ambiente. Por eso mismo, Carlos fue el encargado de iniciar la conversación.

— Creo que es la primera vez que os veis. Francis, cariño, él es mi hermano menor, Antonio. Antonio, él es mi novio, Francis, del cual ya te he hablado.

Retraído, Antonio levantó la vista y la clavó en Bonnefoy, que aún no había digerido lo que sus ojos estaban viendo. Sus labios se entreabrieron y, con un tono de voz parecido al de Carlos, aunque falto de fuerza, murmuró.

— Encantado.

Fue escueto y, en cuanto terminó, sus ojos rehuyeron los del rubio y se centraron en el periódico que descansaba en la mesa delante de él. Después de un segundo en silencio, Francis se obligó a responder, con torpeza. Algo en ese chico había suscitado en él una sensación parecida, pero más violenta, a la que había experimentado en la cama, cuando Carlos había sentenciado que no había estado allí en toda la noche. Un horrible pensamiento anidó en su estómago y le arañó, como si fuera un gato encerrado que trata de defenderse.

Aquella imagen, de la cual había disfrutado minutos atrás, se había transformado. Bajo su cuerpo ya no se encontraba su novio, si no el joven que leía el periódico. Parecía como si sus miembros fueran, de repente, más pesados. Con el sonido del aceite hirviendo de fondo, el cual formaba pequeñas burbujas que se elevaban hacia la superficie y que explotaban al contacto con el aire, Bonnefoy trató de encontrar en su cabeza la prueba de que su presentimiento no era más que un terror infundado que podía dejar atrás.

Por mucho que rezó a todos los dioses que le pudieron venir a la cabeza, dio la impresión de que éstos le habían dado la espalda. Desde su sitio divisó en el cuello del hermano menor unos chupetones que le resultaban familiares. En ese momento, los ojos verdes, empañados tras un cristal que los hacía más grandes, se encontraron con los suyos. En ellos vislumbró la vergüenza, algo que parecía ser arrepentimiento y miedo.

Su mirada confesaba pecados que él, hasta ahora, había querido entregar al cajón de los sueños. En su esófago, ahogó un grito hasta matarlo por completo, aunque dejó dolor tras de él. Se irguió y recompuso su expresión al mismo tiempo que Antonio volvía a centrarse en el periódico. Ambos habían escuchado que Carlos apagaba la vitrocerámica. El primer paseo le sirvió para dejar un plato con churros en la mesa. En el segundo, dejó tres tazas humeantes. La de Francis llena de café descafeinado, largo de leche y con dos cucharadas de azúcar. A continuación, dejó la taza con chocolate caliente frente a Antonio, que le dio las gracias, y acarició su nuca en un gesto cariñoso antes de ir a sentarse.

Como se le había atribuido con anterioridad la característica cualidad de ser un parlanchín, Francis supo que su silencio iba a alertar a su novio. No habían sido pocas las ocasiones en las que Carlos le había dicho que hablaba por los codos y en ninguna se había sentido ofendido por ello. Nunca había sido una tarea difícil hasta ese mismo instante. Las ganas de gritar y salir corriendo por la puerta le obligaban a concentrarse. Notaba un cosquilleo extraño recorrerle el cuerpo, como una ola que acaricia tus pies en la orilla de la playa, que seguramente se debía a la vergüenza. ¿Entonces era cierto? ¿Había ocurrido algo con Antonio la noche anterior?

De cualquier modo, no era ni el momento ni el lugar adecuado para ponerse a indagar, así que se tragó sus dudas junto a uno de los deliciosos churros de Carlos y, tras engullirlo, le preguntó por la noche en el trabajo. Las historias de su pareja, aunque no fueran apasionantes, siempre contaban con su devota atención, pero en ese día no fue así. La voz armoniosa de Carlos se había convertido en un murmullo al que no prestaba atención y, por desgracia, lo único que podía presentir, punzante, corroyente, era la presencia de Antonio, que desayunaba en un inquietante silencio.

Le desmoronaba imaginar que pudiera abrir la boca en cualquier momento y decir alguna barbaridad. La facilidad con la que podía destruir algo que tanto tiempo y esfuerzo les había costado construir le aterrorizaba. Ni siquiera podía decir que supiera qué había pasado entre ellos, si es que se habían visto la noche anterior. Su mente, tratando de otorgarle un salvoconducto, saltó rápidamente a otra idea espontánea. ¿Y si, en realidad, sólo le había pillado en alguna situación comprometida? Sí, sin duda aquello tenía más lógica.

Su comportamiento le sorprendía a él mismo. Desde que había conocido al hermano de su novio, no dejaba de imaginar cosas terribles que podían haber sucedido. El chico parecía tímido y, dada su juventud, no resultaba extraño que tuviera una vida sexual activa. Sin embargo, la mente de Francis se divertía jugando con él. Suspiró hondo, encerró los temores en el cajón más oculto de su alma y por fin logró entablar una conversación con Carlos. Éste trataba de incluir a Antonio, pero el muchacho no se mostró participativo en ningún momento.

Pudo notar en los ojos de Carlos la tristeza que le producía ese trato frío y para ayudarle también se esforzó. A ver si lograba sacarle más de dos palabras encadenadas al menor de los hermanos. Por desgracia, no podía decirse que hubiera resultado, puesto que su diálogo no iba más allá de ocasionales monosílabos que empezaron a enervar a Francis. Después de cinco churros, la taza de Antonio se encontraba vacía y sólo había manchas que ya se resecaban en la cerámica. El joven tomó la servilleta, manchada de redondeles de aceite, y se secó concienzudamente las manos hasta que las sintió menos grasientas. Dejó el papel arrugado dentro de la taza. Se levantó y, bajo la atenta mirada de su hermano, se fue hacia el fregadero y la limpió. A continuación, tras dejarla bocabajo sobre una bayeta, se dirigió hacia el cubo de la basura y tiró la servilleta.

— Estaré en mi habitación descansando —anunció, ignorando la mirada clavada de Carlos.

— De acuerdo. Cuando tenga preparado el almuerzo te aviso.

El menor de los hermanos Fernández asintió con la cabeza y, sin añadir una sola palabra más, abandonó la cocina. Se había instalado un ambiente denso en ésta y Carlos, melancólico, se quedó examinando el marco de la puerta como si esperara que le revelase la solución a su problema. Bonnefoy, mientras tanto, pensaba en cómo iniciar la conversación. Después de un par de minutos tensos, al fin fue capaz de expresar una de las inquietudes que le rondaban por la cabeza.

— No sabía que tu hermano estaba de visita. Me lo podrías haber dicho; quizás podríamos haber dejado lo de vernos para otro momento.

Su mensaje tuvo un efecto inmediato. Carlos se tensó, alzó las cejas y abrió los ojos como platos. De la inmutable sorpresa pasó al enfado, que se reflejó en su ceño arrugado. Para entonces, supo que algo había hecho mal. De entre los labios carnosos del hispano se escapó un suspiro exasperado.

— ¿Lo dices en serio? Te lo había contado, pero en ocasiones no me escuchas. En cuanto vino te expliqué que mi hermano iba a pasar una temporada en casa. Lleva dos semanas aquí, ¿sabes? ¿Por qué parece que me reproches que no te lo haya dicho? ¿Qué más da que esté por aquí? ¿Es que te molesta?

La postura de Carlos se notaba crispada y Francis, haciendo uso de su inteligencia, convino que debía ceder y disculparse. Se levantó de la silla, se posicionó detrás de su pareja y le rodeó con sus brazos. Podía percibir que su cuerpo seguía tenso y que, al menos por el momento, le rechazaba. Su trabajo había sido una locura durante las últimas tres semanas, así que, sin duda, cabía la posibilidad de que se lo hubiera dicho y que él lo hubiera leído en diagonal y no lo hubiese comprendido.

Se inclinó y besó su coronilla, con los ojos cerrados. Dicha acción logró que los hombros de Fernández se relajaran y escuchó su suspiro. El estrés de éste era palpable. No podía determinar si la causa era su hermano, el trabajo, la falta de sueño o todas a la vez. Necesitaba su apoyo para poder seguir adelante. Debía tragarse el temor, olvidar sus propios problemas y centrarse en los de su pareja.

Podía hacerlo.

— No, claro que no me molesta. No me acordaba, te ruego que me perdones. Me ha sorprendido ver que mi memoria me ha fallado hasta este punto.

— Comprendería que no te apasionara la idea de tener a mi hermano rondando, pero me gustaría que, al menos, pudieras venir como siempre. Mi cama está muy vacía cuando no te tengo aquí.

Enternecido por su honestidad, Francis se vio motivado a besar de nuevo su cabellera y, esta vez, su pareja apoyó su peso en él, buscando la protección de sus brazos. El cansancio le pasaba factura y cada nimio contratiempo le suponía un esfuerzo brutal para tratar de capearlo. La respiración profunda de Carlos se escuchó en la cocina y, con los ojos cerrados, buscó el confort que los labios de Francis, rozando su oreja y parte de su cuerpo, le provocaba.

Sin embargo, en el francés producían el sentimiento contrario. En su cabeza, su conciencia le inducía una serie de pensamientos que le atormentaban, que jugaban con su cordura y la ponían a prueba. Porque estaba besando la piel tostada de su novio con los mismos labios que habían catado a otra persona la noche anterior y la mancillaba dejando el rastro de su hermano por toda ella. Incapaz de aguantarlo por más tiempo, se detuvo y sus ojos azules reflejaron la tristeza que emanaba de su corazón, aprovechando que no podía verle.

— Deberías ir a dormir. Me encargaré de recoger la cocina y preparar algo para comer. No te preocupes por nada.

El joven sentado en la silla viró sin abandonar el asiento. Cuando lo enfrentó, los orbes celestes ya habían recuperado su cariño y vitalidad habituales. El cariño que vio en ellos inspiró una sonrisa cálida. Se inclinó y le besó, anclándole con una mano en su mejilla. La sensación fue ardiente, pero no en el sentido habitual. Era un calor que le desgarraba, que le molestaba, que parecía ser fruto de un veneno que él mismo había tomado de forma inconsciente.

Recuperó el dominio de sus acciones, le correspondió para no levantar ningún tipo de sospechas, puesto que no sabía cómo justificar ante su novio lo que creía haber hecho, y entonces le acompañó a la habitación. Después de recordarle que hiciera también comida para Antonio, Carlos se empezó a desnudar. Ni siquiera pudo quedarse a disfrutar del espectáculo, puesto que evocó memorias de la noche anterior que sacudieron su cabeza de manera desagradable.

Durante el resto del día, Francis no halló consuelo o tranquilidad. En cualquier momento el dragón despertaría y el responsable habría sido Antonio. Le acongojaba que pudiera ir a hablar con Carlos para explicarle alguna barbaridad, pero tampoco podía vigilarle sin hacer que su pareja sospechara. A las dos de la tarde, fue a despertarle y, lejos de repudiarle, le abatió sobre la cama y le abrazó. Adormilado, le preguntó qué había preparado.

Cuando por fin logró arrancarle de la cama, se retiró a preparar la mesa y le dejó a él la tarea de ir a avisar a su inquilino imprevisto. Sentado a la mesa, perfectamente servida, los dedos de la mano derecha del francés tamborileaban. Se sentía inseguro y no sabía cómo iba a reaccionar cuando volviera a ver a Antonio. Por suerte, no se presentó al almuerzo. Su ausencia dañó el humor de Carlos, el cual volvía a lucir apagado mientras guardaba el plato de su hermano en la nevera, protegido por una capa de papel de aluminio. Permanecieron en un extraordinario silencio durante toda la comida. A Francis le recordó uno de las incómodos eventos navideños en casa de sus padres y algo se le revolvió por dentro. No fue hasta prácticamente el momento de tomar postre que Carlos despertó de su ensoñación y se volvió más activo.

— ¿Te quedarás esta noche? —preguntó, saltando al tema sin introducción previa.

— Debería volver a Madrid. Tengo que arreglar unos papeles y tengo la visita rutinaria con mi médico —replicó con una sonrisa nerviosa—. Puedo volver en un par de días y quedarme lo que tú quieras.

En el fondo, temía una reacción negativa a su respuesta. Carlos sólo bajó la mirada y restó pensativo, como si algún espíritu se hubiera llevado su alma lejos. Echaba de menos a Bonnefoy y le apetecía pasar rato con él, pero visto el comportamiento de su hermano, quizás era buena idea que se alejara aunque fuera durante 48 horas. Levantó la mirada, la clavó en la figura del francés y asintió.

Aunque horas después se despidieron con un beso, como siempre, la mente de ambos se encontraba enredada en los hilos de pensamiento que la habían invadido. Asomado a la ventana de su habitación, Antonio había estado observando las nubes. Sin embargo, con el sonido de la puerta del edificio, sus ojos descendieron y observaron la figura del novio de Carlos hasta que lo perdió de vista.

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