Es irónico como la vida nos da oportunidades a veces y sin pensarlo las desperdiciamos y no podemos culpar a nadie más que a nosotros mismos, es más yo me culpo por perderla.
Entró al cuarto, se veía hermosa, iba de blanco. Con una gran sonrisa en su rostro, esa sonrisa tan cálida, no pude evitar sentirme feliz al verla. Sus negros cabellos, negros como la noche, arreglados de forma perfecta, después de todo era un día especial. Sus ojos, dos gemas tan brillantes que opacarían al resto de estrellas del firmamento, tan azules. Podría pasar todo el día viéndolos pero no se me dio la oportunidad.
Siguió su caminata, lenta y elegante, lo único que quedó de ella fue su esencia, ese aroma a flores y brisa marina era la única droga que necesitaba, era mi adicción y no sentía vergüenza alguna en admitirlo.
Finalmente ese ángel, porque era imposible pensar que fuera una simple mortal cuyo destino era ser enterrada hasta convertirse en polvo, llegó a su destino donde fue recibida por un hombre alto y de cabellos dorados, este hombre debía ser el mismo diablo, encerrando a tan hermosa criatura y apartándola de mi lado.
Mis ojos se llenaban de lágrimas, no podía seguir sonriendo, pero lo peor de todo fue cuando dijo esa palabra que lo cambió todo “Acepto”. Y así el destino fue sellado, el amor de mi vida se había escapado, mi corazón se rompió, era tarde.
Al verla besar a otro pude sentir más lágrimas en mis ojos y cayendo por mi cara, una anciana de sesenta, o tal vez más intento darme consuelo. Oh, ¡Si tan solo ella supiera! Si tan solo ella supiera lo que pasaba por mi mente con este amor, con este corazón egoísta.
¿Pero cómo decirle al corazón que ya no sea egoísta? Es imposible, si con solo su presencia se alegra, salta y pide más. No puedo calmar al egoísta corazón que tengo, es más, pienso que esta parte de mi vida está escrita en tinta roja, un terrible error.
Un corazón ahogado en la tristeza, un amor lleno de desesperación, un llanto lleno de felicidad lleno de risas, una pasión pura y detestable, una esperanza de horror. Así el amor lo es todo y todo es nada.
Lo último que recuerdo fue que corrí lejos de ahí, por una senda oscura hasta llegar a mi lugar secreto en el parque, ese maldito lugar donde la conocí. Un grito.
Un grito escuché, no reconocí la voz, pero sentí un agudo dolor. Tinta roja, mucha tinta roja fue lo último que vi antes de soltar aquel arma de plata, la cual marca el final perfecto para la historia de un amor que no pudo ser. Porque después de todo, la plata es el único consuelo de los perdedores.