Una rosa en la ventana

By ValeWolf26

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No sabía que hacer una piscina en mi casa me iba a traer problemas hasta que mi padre decidió hacer una pisci... More

Cap. 2

Cap. 1

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By ValeWolf26

Era primavera. A mi padre se le ocurrió la maravillosa idea de hacer una piscina en nuestro jardín para disfrutarla en el verano.

No le puse mucha importancia al asunto. Aunque mi ventana daba directamente a la zona donde estaban haciendo la piscina. Así que, si miraba por mi ventana, sólo veía un gran hoyo que se hacía cada vez más grande con el paso de los días.

Mi padre había pedido ayuda a un vecino para que lo ayudara a trabajar.

El vecino se llamaba Emilio. Él estaba en paro y estaba encantado de que mi padre lo invitara a trabajar.

Todos los días me asomaba a la ventana para ver cómo la piscina se agrandaba. Bueno, piscina, un gran hoyo de tierra.

—María, ¿te importaría sacar unas bebidas frías a tu padre y a Emilio? —Pidió mi madre desde su habitación.

Fui a la cocina y saqué de la nevera unas cervezas y se las saqué fuera.

Siempre se las alcanzábamos una de las dos ya que mi madre dice que si ellos entran a la casa llenos de tierra cogería la escoba y no quedaría nada de ellos.

Le entregué una a cada uno y volví a mi habitación para tirarme en la cama a seguir haciendo un trabajo de biología que llevaba semanas preparando.

La semana siguiente empezaron a poner bloques de hormigón.

Salí fuera para entregarles algo de beber en su descanso. Sin querer queriendo escuché su conversación.

—Agus, ¿te importa si mi hijo viene a trabajar este fin de semana? Está en la casa sin hacer nada y quiero que trabaje un poco. Siempre delante de la plaistacion esa. Me tiene harto.

De repente me entró curiosidad. ¿Qué edad tendría el hijo de aquél señor que tiene como cincuenta años? No creo que sea de mi edad. ¿O si?

Entré en mi habitación. Y me acosté en la cama mirando el techo. No hacía más que darle vueltas a aquello.
A lo mejor era un tío de treinta años y yo aquí haciéndome una película.

Mi perro, un mestizo, hijo de un pastor alemán y de una labradora, me miró desde el pasillo ladeando la cabeza.

Será por el hecho de que estaba pensando en algo y yo soy muy de no pensar en nada.

Lo miré y di palmadas a mi lado.

—Sube aquí, Sanzo.

El perro negro se acercó y saltó a la cama. Se acostó a mi lado. Le acaricié el lomo y cogí el móvil.

Al día siguiente, viernes, escuché al vecino entrar en la casa para cruzarla para pasar al patio. Pero aparte de las voces de mis padres y del vecino escuché otra nueva. Salí de mi habitación, -estaba haciendo el maldito trabajo de Biología que no me quito de encima-, y me acerqué a la cocina.
Sanzo me seguía por el pasillo.

Desde el pasillo para entrar a la cocina me quedé observando el panorama. Mi padre caminaba hacia la puerta de atrás para ir al jardín, Emilio lo seguía,  mi madre estaba sentada en el sillón y caminando detrás de Emilio estaba su supuesto hijo.

Lo miré durante un momento. Tenía el pelo negro y despeinado. Era alto y de físico "normal". Ni muy musculado, ni muy flaco, ni muy rellenito. Me apoyé en la pared del pasillo y lo miré fijamente. Él miró atrás y me clavó sus ojos color chocolate.

Fue ahí cuando sentí lo que se llama el flechazo. Sentí algo dentro de mí darse la vuelta completamente.

Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Levanté mi mano tímidamente y saludé.

Él siguió a su padre hasta fuera. Luego cerró la puerta.
Sanzo me adelantó pasando a mi lado y salió fuera también, por la puerta para perros.

Me quedé mirando un rato por donde había desaparecido el can.

Mi madre me miró y sonrió.

—Tiene dos años más que tú, y es bastante guapo...—dijo con una sonrisa pícara.

¿Por qué siempre las madres tienen que ser así?

Ven un chico guapo y le dicen a su hija que si tal que si cual. Que pesadez.

La miré de reojo. Ese chico tenía diecisiete años entonces.

Fui hasta a mi habitación y me asomé a la ventana. Habían empezado a cargar bloques hasta la piscina.

Emilio cogió uno y se lo entregó al chico. Él lo cogió y caminó hasta la piscina, bajó y lo dejó al lado de mi padre. Mi padre hizo algún comentario típico de él y el chico se rió.

Cuanto más lo miraba más me gustaba.

Él miró directo a mi ventana. Seguramente lo que vio fue una chica mirándolo enamorada con los ojos brillando.

Me agaché espantada. Pero ya me había visto, para qué me agaché.

Me senté en la cama y seguí haciendo el estúpido trabajo.

Sanzo caminó hasta mí y se subió a la cama.

Mi madre me tenía prohibido dejar subir al perro a la cama cuando él acaba de salir al jardín. Pero ya ves: con sus patas llenas de tierra acostado encima de mi cama.

¿Cómo le iba a decir que no a esa carita?

Bueno dejo ya de hablar de Sanzo y vuelvo con el objetivo principal.

¿Qué es lo primero que debes saber de alguien que te gusta? No estoy hablando de acosar a alguien.

Su nombre y edad.

Tengo la edad pero el nombre no.

¿Cómo le voy a preguntar así como así?

Me levanté de mi cama y me acerqué a la cocina.

Me senté en el sillón al lado de mi madre. Ella era una metomentodo, pero igual le iba a preguntar.

— ¿Cómo se llama? —Pregunté tímidamente.

Ella me miró divertida.

—Es la primera vez que te veo sonrojada.

—No sé cómo se llama—insistí.

—Enzo.

Enzo... parecido a Sanzo... ¿Me gusta un chico cuyo nombre se parece al de mi perro?

Aparté esa idea de mi cabeza. Sólo se le parece un poco. Qué ideas más raras tengo.

—Cuando hagan su descanso puedes salir a darles las cervezas y hablas con él un poco—dijo mi madre sacándome de mis extraños pensamientos.

La miré frunciendo el gesto.

—No es tan fácil, ¿sabes?

Ella se encogió de hombros.

—Cuando vi a tu padre por primera vez estaba media borracha en un bar. Lo vi, me acerqué a él y estuve hablando con él toda la noche. Me alcanzó a casa y empezamos a salir desde ahí.

Negué con la cabeza con un gesto de gracia.

—Tú estabas media ebria, así cualquiera se acerca a conocer a alguien.

Mi madre se encogió de hombros y siguió viendo la televisión.

Ya ven, caso maldito me hace mi madre.

Fui a mi habitación a seguir haciendo el trabajo, estaba en un punto donde no sabía cómo seguir.
Estaba hablando sobre la vida de las tortugas careta. Y ni maldita idea sobre eso.

Una hora más tarde mi madre me llamó. Dejé el trabajo a un lado y me acerqué al salón.

—Vete a preguntarle al chico ese si bebe cerveza.

¿Cómo le iba a preguntar eso así como así? Me hizo cierta gracia, lo primero que hablaba con él era que si bebía o no cerveza.

Salí fuera y me acerqué a ellos.

—Papá—llamé—. Mamá dice que hagan un descanso—miré a Enzo—. ¿Tú bebes cerveza? —Me dio muchísima vergüenza hacer aquella pregunta, pero sin querer en mi voz pareció que lo pregunté con total seguridad.

Él vaciló un poco antes de responder. Miró de reojo a su padre, después se volvió a mí. Hizo un gesto con la mano para que me acercara a él.

Me tuve que agachar, ya que él estaba metido en el hoyo de la piscina.

— ¿Me podrías hacer un favor? —Asentí con la cabeza—. Mi padre no me deja beber en casa ajena. ¿Podrías traerme una lata de refresco con cerveza dentro?

Quedé extrañada ante aquella propuesta. Lo miré frunciendo las cejas. Después me levanté y asentí con la cabeza.

Era lo más extraño que había escuchado. ¿Tanto le gustaba la cerveza que me pedía que se la esconda en una lata de refresco para beber sin que su padre se entere?

Bueno, entré en la casa y cogí una lata de refresco y otra de cerveza. Vertí el refresco en un vaso y lo rellené de cerveza. Cogí otras dos latas de cerveza más y salí fuera.

Le entregué las cervezas a mi padre y a Emilio. Luego me acerqué a Enzo y me agaché a su lado.

—Aquí tienes tu refresco.

Él cogió la lata y la olió, luego me miró y me guiñó el ojo.

—Gracias, María.

Vaya, sabía mi nombre. No me extraña, mi padre no para de contarle su vida a los demás.

—De nada, Enzo—respondí yo.

Él sí que se sorprendió. Me volví a levantar y entré en la casa de nuevo. Mi madre me miró con la lata de cerveza vacía en la mano y el vaso de refresco en la otra.

— ¿Qué es esto? —Preguntó, extrañada.

Yo me escogí de hombros.

—Una lata vacía que recogí de afuera y un vaso de refresco para mí.

—Ambas sabemos que no te gusta la Coca-Cola.

Le quité el vaso.

—Pues ahora sí, ya ves.

Me dirigí a mi habitación y cerré la puerta. En realidad me daba asco la Coca-Cola. Dejé el vaso encima de la mesa de noche y seguí con el trabajo.

Sanzo seguía acostado en mi cama con sus patas sucias.

Llegó la tarde. Las seis. La hora a la que siempre se va Emilio.

Mi pelo, que era rizado y por los hombros, lo tenía amarrado en una mini coleta. Que la solté porque nunca me ha gustado como me queda, aunque mi madre me obliga a ponérmela porque no le gusta verme con el pelo delante de los ojos.

Me peiné un poco y fui al salón. Me senté al lado de mi madre.

Al rato entraron los tres. Mi padre el primero, Emilio el segundo y por último Enzo. Los tres con la ropa llena de tierra. 

Cuando Enzo entró, me miró e hizo un saludo militar español, se llevó la mano a la cabeza y la alejó luego.

Hice el mismo gesto sonriendo.

Mi padre me miró y sonrió.

—Mira estos dos, ya se saludan como si llevaran toda la vida siendo amigos. Eso es bueno.

Emilio me miró y luego a su hijo, negó con la cabeza y se acercó a la puerta principal.

—Adiós, Marina—se despidió el hombre de mi madre.

Después de despedirnos y de que Enzo saliera detrás de su padre. Volví a mi habitación.

Miré por la ventana para ver lo que habían avanzado. Ya habían hecho las cuatro paredes de la piscina.

Lo cual indicaba que seguía habiendo trabajo como para que Enzo siguiera viniendo.

Me había caído muy bien.


Al día siguiente, sábado, antes de que llegaran Emilio y Enzo, me acerqué al salón y me senté en el sillón con el móvil. Entonces tocaron la puerta.

Mi padre, que en ese momento. Estaba en el baño, llegó por el pasillo y abrió.

—Buenos días—saludó.

—Hola, Agus. Hoy viene Enzo más tarde, decía que tenía que hacer ni sé qué cosa.

—No te preocupes. ¿Quieres desayunar algo?

—No, gracias, ya vengo comido—se rió.

Entre semana solía venir después de almorzar. Pero los fines de semana desde las nueve estaba allí.

Pasaron al salón y se me quedaron mirando. Emilio se rió.

—La chiquilla se levantó temprano para saludar a Enzo—le dijo a mi padre con un gesto de gracia como si yo no estuviera allí.

—Tenía una pesadilla y me tuve que levantar—me defendí mirando a mi padre para que le diga algo a ese señor.

Mi padre le dio una palmada en el hombro a Emilio.

—Sigue para afuera y deja de meterte con María.

El señor salió fuera. Mi padre me miró y sonrió amistosamente.

Ya Emilio me cayó mal.

♤♤♤♤

Hasta aquí la parte uno.
Si les gusta publicaré las otras partes y si no les gusta las publicaré igual :)

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