Obras de arte
*
Primera víctima.
Estaba ahí, de pie, esperando a que cerrará la biblioteca.
El plan era simple, entraba y salía, rápido. Preciso.
Al ser su primer asesinato, usaría algo que le tapara la cara. Tampoco quería despertarla y dejar que ella regresará, sin memoria, sin recuerdo. La idea era no despertarla, así y solo así, aliviaba su dolor.
Las calles estaban vacías, no se veía casi nada porque las luces no alumbraban mucho. El frío no le molestaba, había estado ahí por varios años que ya no le hacía ni cosquillas.
Abrió la puerta del lugar, escuchando como crujía por lo vieja que estaba. Camino entre los estantes, tocando con la yema de sus dedos los libros. Hacía mucho tiempo leía uno, puesto que no le dejaban tener nada de pertenencias. O nada con lo que pudiera matar a alguien.
Avanzó por el pasillo, con ansias de poder llevar a cabo su locura. Puesto que habían dejado de tomar sus medicamentos, por unos meses, las cosas se salieron un poco de control. Estaba despertando.
Entró a la oficina, para ver a la encargada sentada en su escritorio escribiendo en un montón de papeles. La miró, fijamente, pensando lo mucho que disfrutaría aquello. Como siempre lo hacían.
—Buenas noches, corazón. Vengo a matarte.
La señora alzó su cabeza y el horror cubrió su semblante. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Sería esa una broma?
No todos los días aparecía alguien que decía iba a matarte.
—Verás que no te dolerá ni un poco. —Le cortó la garganta, antes de que pudiera siquiera hablar.
Se movió con rapidez, siendo un borrón en los ojos de la señora. Después, subió al escritorio y poniendo su mano izquierda en el pecho, metió su mano y lo sintió. Palpitar, húmedo. Como latía con velocidad, ante la escena.
Y lo arrancó. Arrancó su corazón de su pecho.
La señora abrió los ojos sorprendida, manchando el piso, las paredes, de su sangre. Sonrió con el corazón, dejando de latir, en su mano. Relamió sus labios e hizo una inclinación, como si estuviera frente a un público grande.
—Fue un placer matarte.
Segunda víctima.
Arreglo sus mangas, mirando sobre su hombro para poder caminar por el pasillo. No había nadie, así que fue el momento perfecto para hacerlo.
La mujer estaba ahí, arreglando su maquillaje mientras tenía su celular pegado a la oreja. Ni siquiera notó que había entrado ahí. Sus ojos la escanearon, viendo lo delgada que estaba y lo satisfactorio que sería hacerla sufrir.
El color blanco la hizo enloquecer, su mente parecía un canal con mala señal. Estaba ahí, luego volvía a los pasillos fríos y blancos, y volvía otra vez.
Estaba intentando volver.
Se situó junto a la mujer y le sonrió, pareciendo inocente, pero con un millón de ideas en su cabeza. Después, atacó.
Primero, la golpeó detrás de su cabeza, causándole una contusión. Ella gritó, soltando su celular, con este cayendo al suelo, pero nadie podía escucharla. Parecía como si el lugar estuviera hecho a prueba de sonidos.
Iba a morir ahí y nadie podría salvarla.
—Shh, nadie podrá oírte.
La tomó del brazo y sacó una daga de su bolsillo, cortando en su pecho sin nada de tacto. La mujer chillo de dolor, viendo como la sangre salía a montón. Lloraba, tratando de soltarse.
—¡Por favor, déjame en paz!
Sonrió, sintiéndose con más poder.
Amaba cuando sus víctimas pedían clemencia.
—Lamento decepcionarte, corazón, pero estoy muy, muy feliz ahora. No me detendré por nada.
Cortó de manera circular, arrancando la piel de la mujer. Ella grito, pataleo, viendo como guardaba en su bolsillo el pedazo de carne. No podía creer lo que veía, lo psicópata y retorcido que era todo aquello.
—Ah, está es mi parte favorita.
Apretó entre sus dedos el corazón ajeno, haciendo que la mujer gritara de dolor. El gritó se quedó ahí, entre esas cuatro paredes. Ya no habría nadie que la salvara.
Sintió como la piel resonaba, mientras le quitaba el corazón, haciendo que cayera sentada en la tapa del retrete. Con su boca y ojos abiertos del miedo. Del terror puro.
Poco a poco la sangre cayó por su vestido, como una cascada, y así hasta llegar al suelo blanco. Su cartera seguía en su mano, la cual agarraba con fuerza y su celular estaba justo donde había caído.
Paso la mano llena de sangre por su cara, saboreando el olor a metal. Puso un dedo en su lengua, sintiéndola como si supiera a victoria.
—Que emocionante es esto.
Tercera víctima.
La siguiente, sería una adolescente. Rubia, alta y linda. Sentía celos, jamás podría ser como ella.
La veía desde su ventana, hablar por celular y tecleando algo en su laptop.
Jamás creyó matarla en su propia casa, se le hacía algo totalmente nuevo. Pero sería divertido, como siempre lo era.
Una dosis de epinefrina, por favor, para las convulsiones.
Gruño con molestia, escuchando la voz que siempre la visitaba. No quería pensar en eso, así que fue directo por la chica.
Entró a la casa, como el dueño del lugar, y vio que no había nadie más. Al parecer, ella estaba sola en casa.
Busco en la cocina, para ver si encontraba algo útil. Y lo encontró, una linda hacha. ¿Cómo podían dejar ese objeto en la cocina? Eso era muy peligroso de su parte.
Subió las escaleras, poco a poco, con el hacha arrastrándose por el suelo. Sopló el cabello de sus ojos y pateó la puerta de la habitación. Esta se abrió, resonando por el impacto contra la pared.
La chica saltó en su cama, asustada por el fuerte ruido. Miró extrañada a la persona, que tenía un hacha en su mano. ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo pudo entrar a la casa?
Sorpresa. Era un psicópata-sociópata. Sabía cómo hacer las cosas bien.
—Linda habitación. Es muy pintoresca —espetó pasando el dedo por sus paredes, las cuales tenían dibujos hechos a mano.
La rubia se levantó, con cautela, y camino de espaldas hasta su ventana.
—Hum —Alzó el hacha, señalando a la chica. —Esto va a ser taaaan divertidooo. Ahora es mi turno —murmuró, arrastrando las palabras como si estuviera con litros de alcohol en su cuerpo.
Pero no era así, solo era su locura. Locura extrema.
La sonrisa en su rostro le causó escalofríos a la chica, quien de repente comenzó a llorar silenciosamente. Dio un paso, haciendo crujir el suelo.
Lanzó el hacha, y está se clavó perfectamente en el pecho de la chica. La sangre mancho sus claras paredes, mientras ella gritaba llena de pánico al ver el objeto incrustado en su pecho.
Intentó hablar, pero solo pudo salir sangre de su boca.
Se acercó a ella, mirando como perdía sangre de una manera muy alarmante.
—Por...favor... No —dijo con dificultad, con la sangre cayendo en su pijama.
—No lo creo, corazón. Ya viste y sabes demasiado, no puedo dejarte así. Quitaré tu sufrimiento.
Sacó el hacha, tan rápido, que la sangre salpico su cara. Pasó la lengua por sus labios, saboreando la sangre de la chica.
—Ah, que delicia.
Metió su mano por el hoyo y sintió el corazón, latiendo, vivo.
Ya no más.
Lo arrancó, sin dudarlo, viendo como la chica se desplomaba en el suelo. Con los ojos abiertos y la mirada perdida.
Agarro fuertemente el hacha, con ambas manos, y cortó su cabeza. Quitando todo el cuero cabelludo junto con su piel, dejando al descubierto el cráneo de la chica.
Sonrió macabramente.
Tomó un brazo y llevó el cuerpo abajo. Lo subió al auto, junto con el hacha, y condujo. Pensaba dejarla en su propia habitación, pero ya había hecho eso con anterioridad. Hace mucho tiempo.
Decidió esta vez, dejarla tirada en el jardín de una escuela. Donde pudieran encontrarla y hacer lo que quisiera. De todas maneras, ya no la necesitaba.
Cuarta víctima
Era muy tarde, pasada las doce de la noche. Había un silencio espectral, reinando en cada casa, cada calle y cada callejón.
Cruzó el césped, entrando a la casa del chico. Este estudiaba, mientras escuchaba un poco de música. Se veía tranquilo, feliz.
Eso hizo que su sangre hirviera de rabia. Si no era feliz, nadie más podía serlo.
Apretó el hacha en sus manos, relamiendo sus labios de la emoción que sentía. Sabía lo que haría esta vez, sería mucho más divertido que las anteriores. Este sufriría más. Este lloraría más.
Entró a la habitación, y el chico miró hacia la puerta. Confundido, nervioso, asustado por el hacha enorme que llevaba en sus manos.
—¿Qué rayos...
Avanzó, sin dudarlo, para clavarle al chico el hacha en su hermoso rostro. Él chillo, dejando que la sangre cayera sobre su cama.
—Hola corazón, perdón por no tocar. Parecías muy concentrado en tu tarea.
Trato de hablar, incluso levanto su mano para quitar el instrumento, pero fue inútil. En menos de diez segundos, ya estaba muerto.
Sacó el hacha, salpicando el lugar. Acuchillo varias veces, la cara, dañándola, dejándole el rostro irreconocible. Después, se llevó el cuerpo de ahí.
Bajo, entrando a su auto, sintiendo como su brazo y pierna dolían.
Más epinefrina.
Rodó los ojos y encendió el motor. Condujo, pensando donde dejarlo, para que no lo encontrarán. No quería que nadie supiera de este, era muy guapo y casi pensó en quedarse con él, pero ya sería demasiado sospechoso.
Fue a dar a una hermandad, la casa era grande y parecía tener muchas habitaciones. No había nadie, destrozó la perilla y entró al lugar. Subiendo las escaleras, fue a dar al tercer piso. Ahí encontró un baño, era pequeño, pero le iba a servir.
Dejó el cuerpo en la bañera, y comenzó a cortar su piel como si fuera madera. Sus piernas, sus dedos, su cuello, su pecho. La pared quedó sucia, la pequeña ventana que daba al patio delantero. Lavó sus manos, limpio el hacha y se marchó.
—A la próxima, será más divertido.
Quinta víctima.
El bosque. Era tenebroso, oscuro, frío. Si no lo conocías, podías perderte y morir ahí dentro. De hambre, de sed.
Estando detrás de un árbol, vio a su próxima víctima. Era igual de guapo que el anterior, al parecer eran parientes. Después de que supiera que estaba muerto, no quería ni salir.
Lo que no sabía era que el asesino era quien llegaba a ellos.
El hacha en su mano, la nieve cayendo sobre su abrigo. Sus labios resecos y sus ojos abiertos, llenos de emoción, adrenalina por matarlo, por hacerlo sufrir.
Subió esta vez por la ventana, y el chico se le quedó mirando. No veía el hacha, estaba se encontraba bajo su ropa.
Lo primero que hizo fue besarlo. Eso lo distrajo, pero también quería divertirse más antes de acabar con su vida.
Sorprendido, por tal acto extraño, habló.
—Hola, ¿tú no eres...
Le puso un dedo en sus labios. —Cállate.
El chico no se opuso, pero se le hizo extraño. Se besaron, por mucho tiempo, hasta que sacó el hacha de su ropa y se la clavó en la pierna, haciéndole un gran corte.
Chillo, chillo llevando la mano intentando que la sangre se detuviera. Alzó su mirada, asustado. No se detuvo, cortó su brazo, viendo cómo se desprendía de su cuerpo.
—¡Ah! ¿Por qué haces esto?
—Es divertido. Ver la sangre, cortar la carne, arrancar tu corazón.
Avanzó, viendo como el chico temblaba del miedo, pero sin poder moverse porque sólo le quedaba una pierna y un brazo.
Le arrancó el cuero cabelludo, escuchando en su oído los gritos de dolor. Sonrió, le encantaba eso. Le encantaba el sufrimiento.
—Eso es una locura.
No sabía cómo el chico podía seguir vivo, a pesar de que ya casi no le quedaba sangre en su organismo. Se asombro, ninguna de sus víctimas había durado tanto.
—Me gusta la locura.
El chico parecía confundido, pero hizo la pregunta que más temía escuchar. —¿Cómo te llamas?
Ladeo su cabeza, —Ninguna de mis víctimas anteriores me habían preguntado mi nombre.
—Bueno, me vas a matar de todas formas, tampoco es que pudiera decírselo a alguien.
Se rio, porque ese chico estaba bromeando a pesar de que sabía que estaba a punto de ser brutalmente asesinado.
—Bien. Mi nombre es Eiko.
Y sin más que decir, le sacó el corazón, viendo como la vida se iba de los ojos del muchacho.
Condujo, con el cuerpo sentado en el asiento de copiloto. Pasó por el bosque, para dejarlo en la intemperie.
Sexta víctima.
Quería matar. Aun así, se detuvo por un tiempo. Esperando, vigilando, planeando cuál sería su próxima víctima.
No le importaba si era arriesgado, amaba eso. Arriesgarse, porque sabía que no podrían descubrir su identidad. A menos que así quisiera.
Ese día, la noche estaba tranquila. Vio a una pareja, caminar tomados de la mano, mientras reían. Se molesto, apretó las manos.
Le molestaba que ellos tuvieran lo que no pudo conseguir, lo que no pudo tener.
Decidió que los mataría, justo ahí en la calle.
Primero tomó el hacha y les cortó la garganta, a ambos, viendo como caían al suelo con los ojos abiertos de la sorpresa. Después, los hizo sufrir un poco más. Piso la herida, sonriendo cuando la chica extendió sus brazos para poder quitar el peso de encima.
No podía moverse, se asfixiaba.
—Hum, tranquila. Ya pronto no sufrirás más.
Perforó sus pulmones y lo mismo hizo con su novio, viendo como este moría más rápido que la chica. Lloro, pero de su boca no salía ni un ruido. Segundos después, dejó de moverse, dejó de pelear.
Abrió sus pechos, sacando sus corazones y lamiéndolos.
—A esto sabe la victoria.
Dejó el cuerpo de la chica ahí, en la acera, frente a los locales. Y el del chico, lo movió para esconderlo en el callejón.
Camino, con las manos en su mano en el bolsillo, y con la otra en el corazón.
Le dio un mordisco, sintiendo la carne entre sus dientes.
—Que emocionante.
(*)
JAJAJJAJA HOLAAAA.
A que no adivinan, tengo parcial hoy, siendo un lunes por la mañana, y ni siquiera he podido avanzar en el estudio POR ANDAR AQUÍ ESCRIBIENDO ESTAS BARBARIDADES.
¿A quien le encantó este capítulo? Si soy sincera, este no lo iba a subir hasta el final, pero como soy malvada y me gusta el suspenso, lo subí.
Jsjsjs, ¿es Eiko un nuevo personaje? ¿Y cómo que le gusta matar por diversión?
Ainz, déjenme en los comentarios sus ideas y teorías.
Me gusta mucho leerlos.
Espero les haya encantado y esten expectantes al próximo capítulo.
Pd: En donde veremos una masacre total en La Lune.
Los amo.
Besos,
Ari.