LUCIFER

By darkkaiser07

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Luz y oscuridad dos caminos conectados por un mismo nombre: "Lucifer" More

PRÓLOGO
CONSECUENCIAS
NUEVAS ALIANZAS
EL DRAGÓN EMPERADOR ROJO
EL FANTASMA DE LUCIEL
UN MAÑANA MEJOR
NUEVOS SENTIMIENTOS
RELACIONES CONFUSAS
BODA
LUZ
LA VIDA SIN TI
DESEO
COMPROMISO
REGRESO DE LUCIFER
NUEVOS PROBLEMAS SE AVECINAN
REY DE LOS DIOSES VS EL REY DE LOS DEMONIOS
MONSTRUO
MI VIDA POR TÍ
ÉL MÁS FUERTE

EXILIO

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By darkkaiser07

"Con la muerte de Elohim, ahora el único dios... soy yo," dijo Issei, su tono era gélido y calculador. Los ojos de Rizevim se abrieron de par en par, el terror surgiendo en su rostro ante la declaración de Issei.

"¿Qué estás diciendo, maldito?" gritó Rizevim, intentando mantener su compostura, aunque la desesperación se reflejaba en su voz.

La técnica de Issei azotó el lugar como si se tratase de un potente huracán, su poder desatado transformando la atmósfera festiva en un escenario de horror. Un aura de energía destructiva emanó de Issei, expandiéndose rápidamente con una fuerza imparable. Los presentes no pudieron hacer otra cosa más que ser testigos de la devastación que se desencadenaba a su alrededor.

Gritos de dolor llenaron el aire, resonando como una sinfonía macabra mientras la purga divina tomaba su curso. La energía cortante se extendía en todas direcciones, sin discriminar entre amigos y enemigos. La luz cegadora de la técnica iluminaba el caos, revelando rostros contorsionados por el sufrimiento y cuerpos siendo mutilados sin piedad.

El rango de esta manifestación de la "Purga Divina" era menor en comparación con la que había utilizado contra el Dragón Emperador Rojo, y parecía menos potente. Sin embargo, en el lapso de sesenta segundos, la destrucción fue total. Issei no podía elegir objetivos, y su técnica se desplegaba sin distinción, cortando y destrozando todo a su paso. El poder de la purga divina no mostraba misericordia.

La técnica era un espectáculo de destrucción pura: cortes afilados como cuchillas de viento llovían por todas partes, derribando estructuras y partiendo a las personas en su camino. La fuerza del ataque era tal que el mismo aire parecía vibrar con la energía letal. Las paredes de la mansión Gremory se desmoronaban, los suelos se agrietaban, y cualquier objeto que no estuviera reforzado mágicamente era reducido a escombros.

Cuando finalmente la técnica cesó, el silencio que siguió fue ensordecedor. La escena que quedó tras la purga divina era de una devastación absoluta. Cuerpos descuartizados yacían dispersos por doquier, en posturas antinaturales y bañados en sangre. La zona misma, que antes había sido un lugar de celebración, ahora estaba arrasada, cubierta de ruinas y escombros. La destrucción era tal que parecía imposible que algo hubiera sobrevivido a la furia desatada por Issei.

El aire estaba cargado de un olor acre, una mezcla de sangre, polvo y magia quemada. Fragmentos de piedra y madera se encontraban por todas partes, y las grietas en el suelo eran testigos de la violencia del ataque. Las pocas estructuras que quedaban en pie se tambaleaban, al borde del colapso.

Entre los cuerpos dispersos, se podían ver los rostros de quienes habían asistido a la boda, ahora irreconocibles por el horror que los había sobrevenido. La sangre formaba charcos y líneas que marcaban el suelo, un recordatorio sombrío de la devastación que Issei había desencadenado.

La mansión Gremory, que había sido el escenario de una unión festiva, ahora parecía un campo de batalla después de una guerra catastrófica. El contraste entre la alegría que había llenado el aire y el desolador panorama actual era desgarrador. La purga divina de Issei había dejado su marca, un recordatorio de la furia y el poder desatados en ese fatídico momento.

El ambiente festivo se había convertido en un campo de batalla devastado. Entre los escombros y los cuerpos descuartizados, Rizevim se encontraba visiblemente dañado, aunque no de forma grave. Euclid, por otro lado, yacía en el suelo con ambos brazos arrancados, su expresión de horror y dolor contrastando con la satisfacción en los ojos de Issei. Shalba y Katerea también presentaban grandes cortes en sus cuerpos, producto de la feroz técnica de Issei.

"¡Eres un monstruo!" gritó Shalba, su voz cargada de odio y desesperación. "¡Has destruido todo a tu alrededor sin pensar en las consecuencias!"

Katerea, apenas capaz de mantenerse en pie, agregó con furia: "¡No eres diferente a los tiranos que decías combatir! ¡Mira lo que has hecho!"

Entre los demonios supervivientes, algunos se unieron a los insultos, culpando a Issei de la destrucción y de la pérdida de sus seres queridos. Sin embargo, en medio del caos, se vislumbraba un rayo de esperanza: los amigos de Issei estaban a salvo. Ajuka había logrado levantar cubos de energía que protegieron a quienes pudo, aunque algunos, como Serafall y Sirzechs, presentaban ligeros cortes.

"Si ese ataque hubiera durado unos segundos más, todos habríamos desaparecido," dijo Ajuka, con un tono grave pero agradecido por haber podido proteger a los demás.

Issei, agotado y respirando con dificultad, miraba a su alrededor. Limitar su técnica había consumido más energía de lo que hubiera hecho liberarla al máximo. "Lo siento... pero esto no acaba," dijo Issei, su voz apenas audible, cargada de arrepentimiento y cansancio.

Issei estaba decidido a terminar con sus enemigos, indiferente a los insultos y las expresiones de horror de sus amigos. Antes de que pudiera actuar, se dio cuenta de que alguien faltaba entre los ilesos. Desesperado, buscó a Gabriel con la mirada, finalmente encontrándola en los brazos de Penemune. Gabriel tenía heridas por todo el cuerpo, y la desesperación se reflejaba en los ojos de Penemune mientras pedía ayuda.

"¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayude a mi hermana!" gritó Penemune, su voz quebrándose por la angustia.

Issei cayó de rodillas, sintiendo cómo su corazón se hundía en su pecho. "No... No puede ser," murmuró, su voz llena de desesperación y miedo. Sus ojos se encontraron con los de Rizevim, quien, junto con los pocos de su séquito que quedaban, estaba preparando círculos de teletransportación para huir.

Rizevim, con una sonrisa malévola, observó la desesperación de Issei. "¿Qué pasa, Issei? ¿Te importan más tus queridas amigas que tu sed de venganza?" se burló, su tono lleno de satisfacción.

Issei apenas lo escuchó, su enfoque completamente en Gabriel. "Gabi... por favor, aguanta," susurró, su voz temblorosa. Se levantó tambaleándose y se dirigió rápidamente hacia ella, ignorando a Rizevim y los demás que se estaban preparando para huir.

Penemune, al ver a Issei acercarse, sollozó aunque sentia ganas de gritarle y reprocharle al ver la mirada vacia del castaño solo le quedo implorar por su ayuda. "¡Issei, por favor! ¡Haz algo, está muy herida!"

Issei cayó de rodillas junto a Gabriel, sus manos temblando mientras intentaba evaluar sus heridas. "Gabriel, por favor, quédate conmigo," rogó, sintiendo el pánico crecer en su pecho.

Gabriel, apenas consciente, abrió los ojos y esbozó una débil sonrisa al ver a Issei. "I... Issei... estoy aquí..." susurró, su voz apenas un suspiro.

Issei cerró los ojos con fuerza, luchando contra las lágrimas. "Vas a estar bien, Gabriel. No te dejaré ir, por favor resiste," dijo con un hilo de voz que parecía que se rompería en cualquier momento, mientras comenzaba a canalizar su energía para sanar sus heridas. A su alrededor, los círculos de tele transportación de Rizevim se activaron, y los enemigos comenzaron a desaparecer.

Rizevim lanzó una última mirada hacia Issei. "Nos veremos de nuevo, hermanito. Esta guerra está lejos de terminar," dijo antes de desaparecer en un destello de luz.

Issei apenas registró las palabras de Rizevim. Toda su atención estaba en Gabriel, cuya vida pendía de un hilo. "No me dejes, no me dejes ,no me dejes," decía en susurros de desesperación, concentrando todo su poder en salvarla, cosa que se le hacia difícil ,el podía hasta regenerar partes de su cuerpo pero esto le era muy difícil con el resto.

A su alrededor, sus amigos y aliados se reagrupaban, observando con preocupación y esperanza. Sirzechs, viendo la escena, se dirigió a Ajuka. "Tenemos que asegurarnos de que todos estén a salvo y que no haya más sorpresas," dijo con firmeza.

Ajuka asintió. "De acuerdo. Estableceremos barreras adicionales y organizaremos patrullas. No podemos permitir que algo así vuelva a ocurrir," respondió, su voz llena de determinación.

Mientras tanto, Serafall y los demás observaban a Issei, sus corazones llenos de esperanza y miedo. "Issei... por favor, sálvala," murmuró Serafall, con lágrimas en los ojos.

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Los heridos, incluyendo a Gabriel, fueron transportados de inmediato a los hospitales del clan Sitri, conocidos por tener la tecnología más avanzada del inframundo. Mientras algunos ya habían partido en busca de las preciadas lágrimas del clan Phoenix, Issei se encontraba en la sala de espera, con dificultad para contener sus emociones. Había logrado detener el sangrado de Gabriel, pero las lágrimas seguían corriendo por su rostro. Serafall intentaba consolarlo, su preocupación y afecto evidentes en su mirada.

"Issei, por favor, tienes que mantener la calma. Gabriel es fuerte, y está en buenas manos," dijo Serafall, su voz suave mientras le acariciaba el brazo.

Issei, con los ojos enrojecidos y llenos de desesperación, apenas podía escucharla. "Serafall... si algo le pasa a Gabriel, nunca me lo perdonaré," murmuró, su voz rota por el dolor.

A su alrededor, algunos demonios murmuraban, sus palabras llenas de desprecio y resentimiento. "No es más que un monstruo, un maldito. Para enmendar su error, lo mejor sería matarse o dejar el inframundo. Con alguien como él, cosas así seguirán pasando," se escuchaba entre los presentes, sus miradas de reproche fijas en Issei.

Serafall, enfurecida, intentó refutar. "¡No saben de qué están hablando! ¡Issei hizo lo que pudo para protegernos a todos!" gritó, su voz llena de indignación.

Pero Issei, muy apagado, la detuvo suavemente. "Serafall, por favor, no," dijo, su voz apenas un susurro. "Tienen razón. Soy un monstruo. Me dejé cegar por mi ego y por demostrar mi poder a Rizevim, sin importar el resto."

Serafall lo miró, sus ojos llenos de lágrimas. "Issei, no puedes decir eso. Hiciste lo que creíste necesario para salvarnos. No eres un monstruo," insistió, tomando su mano con firmeza.

Issei sacudió la cabeza, su mirada perdida. "No, Serafall. Miré lo que hice. Gabriel está ahí, luchando por su vida, y todo por mi culpa. Si hubiera sido más cuidadoso, si no me hubiera dejado llevar por mi odio...," su voz se quebró, incapaz de continuar.

Uno de los demonios cercanos, con una expresión de desdén, comentó en voz alta. "Lo mejor sería que alguien como tú dejara el inframundo. No necesitamos más caos por tu culpa."

Issei cerró los ojos con fuerza, luchando contra la ola de emociones que amenazaba con abrumarlo. "Tal vez tienen razón," murmuró, su voz cargada de dolor y arrepentimiento.

Serafall apretó su mano con más fuerza. "Issei, no digas eso. Eres más que tus errores. Eres más que tus poderes. Eres importante para todos nosotros. Gabriel te necesita, yo te necesito," dijo, su voz quebrándose al final.

Issei la miró, viendo el amor y la desesperación en sus ojos. "Lo siento, Serafall. Siento haberte puesto en esta situación. Siento haberos puesto a todos en peligro," dijo, su voz llena de remordimiento.

En ese momento, Ajuka Belcebu entró en la sala, su expresión grave. "Issei, tenemos noticias sobre Gabriel. Los médicos están haciendo todo lo posible, y las lágrimas del clan Phoenix deberían llegar pronto," informó, su voz calmada pero seria.

Issei asintió, intentando mantener la compostura. "Gracias, Ajuka. Haré lo que sea necesario para enmendar esto. " , su voz llena de remordimiento.

Serafall, aún sosteniendo su mano, le dio una mirada alentadora. "Estaremos contigo, Issei. No estás solo en esto," dijo, su voz firme.

Issei veía cómo hasta los niños lloraban a sus seres queridos. El arrepentimiento y la culpa lo abrumaban; sabía que había otras formas de lidiar con Rizevim, pero su deseo de demostrar su superioridad y capacidad lo habían cegado. Se sentía destrozado por su idiotez y egoísmo.

No pasó mucho tiempo antes de que llegaran las lágrimas del clan Phoenix. Gracias a ellas, Gabriel fue estabilizada. Penemune fue la primera en entrar a verla, seguida por Serafall, Sirzechs y el resto de los amigos cercanos. Issei, sin embargo, no tenía el valor de hacerlo. Se quedó afuera, abatido y lleno de remordimiento.

Penemune, con una expresión decidida, se acercó a él. "Oye, tienes que entrar. Gabriel está pidiendo verte. No puedes hacerte el fuerte y evitar esto, ella necesita verte," dijo, su voz firme pero con un toque de compasión.

Issei levantó la mirada, su rostro reflejando la mezcla de miedo y culpa que sentía. "Penemune-san, no sé si puedo hacerlo. ¿Y si ella me culpa del dolor que le cause y si hay heridas que no se pueden sanar? " preguntó, su voz quebrándose.

Penemune lo miró fijamente, sus ojos llenos de determinación. "No es momento para dudar, Issei. Ella te necesita ahora más que nunca. No le hagas esto más difícil. Entra y habla con ella," exigió, señalando la puerta con una firmeza que no admitía discusión.

Finalmente, reuniendo todo el coraje que podía, Issei asintió y se dirigió hacia la habitación. Cada paso le parecía una eternidad, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Al entrar, la visión de Gabriel lo dejó sin aliento. Estaba radiante, hermosa como siempre, y le regalaba una bella sonrisa que parecía iluminar toda la habitación.

"Gabriel... yo... lo siento tanto," comenzó Issei, su voz temblorosa mientras las lágrimas volvían a sus ojos.

"No quise que esto sucediera. Me dejé llevar por mi ego y mi odio. Te hice daño y no sé cómo perdonarme."tomando las manos de Gabriel mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, el dolor y la culpa reflejándose en sus ojos.

Gabriel, con una mirada llena de amor y comprensión, acarició suavemente su rostro. "Issei, te perdono. Tu solo trataste de salvarnos , tal vez no fue la mejor decisión pero no salvaste y no tengo que reprocharte ," respondió, su voz calmada y llena de ternura.

Issei negó con la cabeza, su dolor intensificándose. "Aunque tú me perdones, ¿cómo lo harán las familias de aquellos que maté? Los que no tenían nada que ver... ¿Cómo viviré con eso?" dijo, su voz quebrada por la desesperación y el remordimiento.

Gabriel apretó sus manos con más fuerza, su mirada firme y consoladora. "Issei, encontraremos una forma. No estás solo en esto. Juntos, sanaremos estas heridas ,tal vez no tenían la culpa pero Sirzerch y Ajuka evacuaron a los civiles de inmediato no tenían porque quedarse," le aseguró, sus palabras un bálsamo para el alma atormentada de Issei.

Las lágrimas del clan Phoenix habían hecho su milagro, y Gabriel fue dada de alta de inmediato, completamente recuperada. Sin embargo, los reproches hacia Issei no cesaban. Los demonios que lo rodeaban lo miraban con desprecio y rencor, susurros de "monstruo" y "asesino" resonaban a su paso.

Gabriel y Serafall, viendo el estado de Issei, decidieron llevarlo a su mansión. El castaño seguía como un niño perdido, su mente atrapada en la vorágine de culpa y dolor. Parecía que lo vivido le había afectado más de lo que cualquiera hubiera imaginado.

"Vamos, Issei-chan. Necesitas descansar y sanar," dijo Serafall con suavidad, mientras lo guiaba hacia la mansión.

Gabriel, caminando a su lado, añadió, "Todo estará bien, Issei. Solo necesitas tiempo para procesar todo lo que ha pasado. Estamos aquí contigo."

Issei, con la mirada perdida, apenas asintió. "No sé si podré perdonarme alguna vez. Ver esos niños llorando... fue como volver atras," murmuró, su voz apenas audible.

Serafall, tratando de consolarlo, respondió, "Juntos, superaremos esto ,fueron mayores perdidas en la guerra que tu detuviste."

Al llegar a la mansión, Gabriel y Serafall se aseguraron de que Issei se acomodara en un lugar tranquilo, lejos de las miradas acusadoras y los reproches. Serafall se sentó a su lado, mientras Gabriel se inclinaba y le susurraba al oído, "Te prometo, Issei, que no dejaremos que te hundas. Eres fuerte, y saldremos de esto juntos."

La noche fue un remolino de tensiones y miedos que envolvía a Issei, haciendo imposible que conciliara el sueño, a pesar de estar entre los brazos reconfortantes de Serafall y Gabriel. Su mente, atrapada en un ciclo de pesadillas, se negaba a darle descanso.

En sus sueños, una versión infantil de sí mismo aparecía, con el rostro lleno de reproche. "¿Qué has hecho? ¿En qué te has convertido?" le decía, su voz inocente teñida de decepción y dolor. "¿En qué te diferencias de Lucifer si tú también mataste a gente inocente por una estupidez?"

Issei intentaba responder, pero su voz no salía. Sentía como si su pecho fuera a estallar. En el siguiente instante, veía a sus padres, su madre y su padre mirándolo con una profunda decepción. "¿Cómo pudiste hacer eso?" preguntaba su madre, las lágrimas rodando por sus mejillas. "Que decepción" añadía su padre, con un tono de voz grave y dolorido.

La escena cambiaba de nuevo, y ahora veía los cadáveres de sus amigos y de su padre entre la gente que había matado. Issei gritaba, intentando llegar a ellos, pero sus piernas no respondían. "¡No! ¡Esto no es real! ¡No puede ser real!" clamaba, su voz ahogada por la desesperación.

Finalmente, Lucifer aparecía ante él, con una sonrisa cruel en los labios. "Eres un monstruo, Issei-kun. Debí matarte cuando tuve la oportunidad. No eres diferente a mí, solo otro asesino que no merece vivir," le decía Lucifer, su voz resonando en la mente de Issei como un eco sin fin.

Issei se despertaba, su cuerpo empapado en sudor, su corazón latiendo desenfrenado. A su lado, Serafall y Gabriel lo miraban con preocupación. "Issei, ¿qué sucede?" preguntó Serafall, su voz suave y llena de preocupación.

"No puedo... no puedo escapar de esto," murmuró Issei, su voz temblorosa. "Los veo cada vez que cierro los ojos. Veo a los inocentes que maté y a Lucifer diciéndome que soy un monstruo."

Gabriel tomó su mano con ternura. "Issei, necesitas descansar. No estás solo en esto. Estamos aquí para ayudarte a superar esto," dijo, tratando de calmarlo.

Los días siguientes a la terrible noche fueron un interminable tormento para Issei. Aislado en su casa, no se atrevía a salir, atrapado en un ciclo de culpa y autodesprecio. Gabriel y Serafall intentaban consolarlo, pero sus palabras no lograban aliviar el dolor que lo consumía. La sensación de haber fallado a todos, de ser el monstruo que los demonios proclamaban, lo carcomía por dentro.

Las protestas fuera de su hogar no cesaban. Demonios enfurecidos exigían que Issei diera la cara y renunciara a su puesto. "¡Queremos un nuevo líder! ¡No podemos ser gobernados por un asesino!" gritaban, sus voces resonando como un martillo contra la frágil barrera que Issei había construido alrededor de su mente.

Gabriel, observando la creciente desesperación de Issei, se sentía impotente. Intentaba mantener la calma, preparándole comida y asegurándose de que descansara, pero nada parecía penetrar la barrera de culpa y desesperación que lo envolvía. "Issei, por favor, sal de esto. No puedes seguir castigándote así," le suplicaba, su voz cargada de dolor.

Issei solo podía mirar al vacío, sus pensamientos un remolino de dudas y arrepentimientos. "¿Hice lo correcto? ¿Alterar la guerra fue la mejor decisión? Tal vez si no me hubiera involucrado, si hubiera seguido con Rojo o si simplemente hubiera muerto, todo sería diferente," murmuraba para sí mismo, su voz apenas un susurro.

Serafall también intentaba ayudar, pero sus intentos de levantarle el ánimo eran en vano. "Issei, necesitamos que te levantes. El inframundo te necesita. No puedes dejar que estos errores definan quién eres," decía, aunque en su interior sentía la misma impotencia que Gabriel.

La presión de las protestas aumentaba cada día. Los demonios exigían respuestas, justicia, un cambio. Issei sentía como si estuviera siendo aplastado bajo el peso de su propia culpabilidad y las expectativas de los demás. Cada grito, cada insulto que se colaba por las ventanas, era un recordatorio de su fracaso.

"No puedo hacer esto. No puedo seguir adelante," pensaba Issei, sus manos temblando mientras se sujetaba la cabeza. Las visiones de las víctimas que había causado, de los rostros llenos de horror y dolor, no lo abandonaban. Incluso en los momentos de aparente calma, esos recuerdos lo acechaban, haciendo imposible encontrar paz.

Se preguntaba si habría sido mejor nunca haber aceptado el poder, nunca haber alterado el curso de la guerra. Tal vez si hubiera dejado que el destino siguiera su curso, si hubiera aceptado la muerte en vez de luchar contra ella, todo sería diferente. "Quizás si hubiera muerto, todos estarían mejor ahora," pensaba, su mente hundiéndose cada vez más en la desesperación.

Issei se encontraba sentado en el salón de la mansión Sitri, charlando con Serafall, aunque su mente estaba en otro lugar. Gabriel no había venido ese día, y Serafall notaba que algo andaba mal. La conversación era superficial, llena de silencios incómodos y miradas perdidas.

"¿Estás bien, Issei-chan? Te noto muy callado hoy," preguntó Serafall, tratando de conectar con él, pero sus palabras parecían no llegarle.

"Sí, sólo estoy pensando," respondió Issei con una sonrisa forzada, evitando su mirada.

Serafall no estaba convencida, pero decidió no presionarlo. Continuaron hablando de cosas triviales, aunque la preocupación de Serafall crecía con cada minuto que pasaba. Al llegar el momento de despedirse, Issei se levantó y la miró con una expresión que mezclaba tristeza y determinación.

"Se que estarás bien. Eres fuerte," murmuró Issei, acercándose para darle un tierno beso en la frente.

Serafall sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras y lo abrazó fuertemente, como si algo dentro de ella supiera que este era un adiós definitivo. "No sé qué haría sin ti, Issei. Eres mi todo," susurró, sin poder contener las lágrimas que amenazaban con salir.

Issei la abrazó con fuerza, sintiendo el amor y la desesperación en su abrazo. "Siempre estaré contigo, Serafall. Nunca lo olvides," dijo suavemente, su voz quebrándose al final.

Serafall lo miró a los ojos, buscando una señal de que todo estaría bien, pero sólo encontró una tristeza profunda y una determinación inquebrantable. "Te amo, Issei," dijo finalmente, su voz cargada de emoción.

"Yo también te amo, Serafall. Siempre lo haré," respondió Issei, apartándose lentamente del abrazo y caminando hacia la puerta.

Serafall lo observó mientras se alejaba, una sensación de pérdida invadiéndola. No podía sacudirse la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder. "Cuídate, Issei. Por favor, mañana iré a visitarte," dijo, su voz apenas un susurro.

Issei no respondió, simplemente levantó una mano en señal de despedida antes de salir por la puerta. Serafall se quedó allí, con el corazón pesado, sintiendo que había dicho adiós al hombre que amaba con todo su ser, su mundo, su luz, su vida.

Issei, mientras caminaba lejos de la casa, se hundía cada vez más en su depresión. "Tal vez es lo mejor," pensaba. "Desaparecer y dejar que todos sigan con sus vidas" La culpa y la desesperación lo habían consumido, y sentía que no había otra solución.

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Serafall fue al día siguiente a visitar a Issei, pero ya no estaba. Así fue durante los días siguientes. Quién diría que sería la última vez que lo vería. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, los meses en años, y los años en décadas. Pasaron siglos y hasta un milenio, y él nunca más volvió. Ni ella ni Gabriel volvieron a saber de su amado. Era como si la tierra se lo hubiese tragado.

Sus días se volvieron grises, como si su vida se hubiera ido con aquel castaño alegre y amoroso. Se sentía impotente por haberlo dejado ir, por no haber podido ayudarlo. Se sentía vacía, muerta en vida. Issei había sido su luz, su razón de ser, y su ausencia dejó un vacío inmenso en su corazón.

El paso del tiempo no mitigó su dolor. Cada día, la ausencia de Issei pesaba más en su alma. Los recuerdos de sus momentos juntos se convirtieron en una mezcla de dulce nostalgia y amargo sufrimiento. La vida parecía haber perdido su color y su sentido, y Serafall se encontraba atrapada en una existencia monótona y desolada.

Hasta que, después de casi más de mil años, su madre dio a luz a una nueva hermanita. Serafall, con su corazón endurecido por el dolor y la pérdida, se sintió inicialmente indiferente. Pero con el tiempo, la presencia de la pequeña empezó a abrirse paso a través de la muralla de su tristeza.

La bebé tenía una risa contagiosa y una energía vibrante que poco a poco comenzó a devolverle a Serafall una chispa de vida. La joven demonio encontró en su hermana pequeña una razón para seguir adelante, para sonreír de nuevo. La niña, con su inocencia y alegría, fue un faro de esperanza en la oscuridad que había envuelto a Serafall por tanto tiempo.

Serafall comenzó a pasar más tiempo con su hermanita, cuidándola y protegiéndola. En las noches, cuando el dolor de la ausencia de Issei se volvía insoportable, el sonido suave de la respiración de la pequeña le recordaba que aún había cosas hermosas en el mundo. La niña le devolvió una parte de su humanidad, una parte que pensaba que había perdido para siempre.

A medida que los años pasaron, Serafall vio a su hermanita crecer y desarrollarse. Cada risa, cada logro, cada nuevo descubrimiento de la niña era un pequeño triunfo sobre la tristeza que había dominado su vida. La pequeña no solo le devolvió la esperanza, sino que también le enseñó a amar de nuevo, a abrir su corazón a la posibilidad de la alegría.

La herida de la pérdida de Issei nunca sanó completamente, pero Serafall aprendió a vivir con ella, encontrando consuelo y fuerza en el amor por su hermana. Su vida, aunque marcada por la ausencia de su amado, encontró un nuevo propósito y un nuevo significado.

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La partida de Issei dejó un vacío insondable en el corazón de Gabriel, un vacío que ninguna cantidad de tiempo parecía poder llenar. Para ella, la ausencia de Issei se convirtió en un peso insoportable, una carga que llevaba consigo a todas partes, incluso en los rincones más remotos del cielo.

Después de su desaparición, Gabriel se aisló del mundo que la rodeaba, sumiéndose en un estado de profunda melancolía y desesperanza. La luz que una vez irradiaba de su ser se desvaneció lentamente, dejando solo una sombra de la celestial que una vez fue. Ya no encontraba alegría en las cosas que solían traerle felicidad, ni podía disfrutar de las pequeñas bendiciones de la vida.

Para Gabriel, la pérdida de Issei fue como un castigo, un castigo que la condenó a una existencia de soledad y desolación. El no verlo durante tanto tiempo, no saber de su paradero ni siquiera tener la certeza de si seguía vivo o muerto, todo ello la sumergió en una espiral de desesperación y dolor.

Se apartó de sus compañeros , evitando cualquier interacción que pudiera recordarle la ausencia de Issei. Se refugió en su trabajo, cumpliendo con sus deberes divinos de manera mecánica, sin alegría ni entusiasmo. El cielo se volvió un lugar sombrío y silencioso para ella, un reflejo de su propio estado de ánimo.

Cada día que pasaba sin noticias de Issei era como un golpe en el alma de Gabriel, recordándole una y otra vez la pérdida que había sufrido. Se preguntaba una y otra vez si había algo que pudiera haber hecho de manera diferente, si podría haber evitado que Issei se fuera, pero las respuestas nunca llegaban.

A medida que los años se convirtieron en décadas, y las décadas en siglos, la esperanza de volver a ver a Issei se desvaneció lentamente, como una vela que se consume lentamente en la oscuridad de la noche. Pero incluso en su desesperación más profunda, Gabriel nunca dejó de anhelar su regreso, aferrándose a la débil esperanza de que algún día, de alguna manera, Issei volvería a su lado

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Grayfia encontraba su hogar vacío sin la presencia de Issei. Cada rincón del castillo Lucifer parecía susurrar su ausencia, recordándole constantemente los momentos felices que habían compartido. A pesar del dolor que sentía por su partida, Grayfia se aferraba a la esperanza de que algún día Issei regresara a casa.

La llegada de Rias, la hija de Venelana, trajo consigo un rayo de luz a la vida de Grayfia. La pequeña se convirtió en su fuente de alegría y distracción, llenando el vacío dejado por la ausencia de Issei. Grayfia dedicaba todo su amor y atención a la niña, cuidándola con esmero y asegurándose de que creciera rodeada de amor y cuidado.

A pesar de su ocupación con Rias nunca dejaba de recordar a Issei. Cada vez que limpiaba el castillo Lucifer, lo hacía con la esperanza de que algún día su amo regresara y encontrara su hogar en perfectas condiciones. No quería que Issei encontrara el castillo en desorden cuando regresara, por lo que se esforzaba por mantenerlo impecable en su honor.

Con el tiempo, Grayfia también tuvo un hijo llamado Millicas, cuya apariencia se asemejaba sorprendentemente a la de Sirzechs. Aunque su vida estaba llena de amor y alegría gracias a sus hijos, Grayfia anhelaba que Millicas tuviera la oportunidad de conocer a su "tío" Issei algún día.

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Serafall envolvía en un abrazo lleno de afecto a su pequeña hermana Sona. Su cuerpo temblaba de manera casi imperceptible por el peso de la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros. La inocente pregunta de Sona sobre su abrumadora protección no hizo más que agudizar la aguja de la angustia que perforaba su corazón.

"¿Por qué eres tan protectora conmigo, Oneechan?", cuestionó Sona con la curiosidad de una niña que buscaba entender el mundo que la rodeaba. Sus palabras, simples y directas, resaltaban la complejidad de las emociones que Serafall guardaba dentro de sí.

En un susurro que apenas logró escapar de sus labios, Serafall respondió: "Porque no quiero perderte, como lo perdí a él". Sus palabras, cargadas de una profundidad dolorosa, flotaban en el aire como un fantasma del pasado que se negaba a desvanecerse.

Sona quedó en silencio, tratando de entender las palabras de su hermana mayor. Tras un momento de desconcierto, se acurrucó aún más en los brazos de Serafall, buscando consuelo en su contacto. En la privacidad de su abrazo, Serafall hizo una promesa silenciosa: "Quiero que te vuelvas fuerte, So-tan. Para que no te conviertas en una carga, para que nadie te deje por tu debilidad".

Estas palabras, un eco constante en la mente de Serafall, le recordaban la culpa que llevaba consigo. La idea de que su falta de fuerza pudo haber contribuido a la partida de Issei la atormentaba día y noche. Se preguntaba si haber sido una carga para Issei había provocado que se alejara, que la abandonara. La inseguridad la corroía, haciendo que se preguntara una y otra vez qué le había faltado para que él se hubiera quedado a su lado. ¿Había algo que pudo haber hecho de manera diferente? ¿Había algo que pudo haber dicho para cambiar el curso de los acontecimientos? Estas preguntas la acosaban, convirtiendo cada día en una lucha constante contra su propia autocrítica y duda.

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Grayfia estaba completamente inmersa en la meticulosa tarea de limpiar la majestuosa mansión Lucifer, su concentración sólo interrumpida por el eco de la puerta que se abría, un sonido que la hizo sobresaltar. Un destello de esperanza cruzó sus ojos grises, con la posibilidad de que fuera Issei quien cruzara la puerta. Pero en lugar de la familiar figura del hombre que ansiaba ver, se encontró con Serafall, su más cercana confidente y amiga. Con una cálida sonrisa que apenas conseguía ocultar su decepción, Grayfia saludó a su amiga.

"Serafall-san, qué sorpresa verte aquí", fueron sus palabras, su tono amigable se vio atenuado por la tristeza que notó en los ojos de Serafall. Serafall respondió al saludo de Grayfia con un gesto cansado, su energía habitual parecía haberse desvanecido.

"¿Millicas-chan? Grayfia-chan?", cuestionó la mujer de coletas con un tono suave.

"Lady Venelana se quedó cuidándolo mientras yo limpio el lugar, aparte es mi día libre, no quisiera que cuando Issei-sama regrese encuentre lleno de polvo el lugar", explicó Grayfia. Su voz tenía un tono de esperanza, pero al mismo tiempo, también una nota de tristeza. Notó cómo la mirada de Serafall se entristecía aún más, su rostro se contrajo en una mueca de disgusto. Un silencio incómodo se instaló entre ellas, un silencio que duró lo que pareció una eternidad, dejándolas a ambas atrapadas en su propio mar de pensamientos y emociones. Fue Grayfia quien finalmente rompió el silencio, su voz interrumpiendo el tenso ambiente. Preguntó a Serafall por qué había venido, esperando una respuesta superficial y casual. Sin embargo, lo que Serafall confesó la tomó por sorpresa:

"Siempre vengo aquí cuando me siento triste o echo de menos a Issei. Siento su esencia en este lugar", admitió, su voz se quebraba por la emoción y la nostalgia que la inundaba, recordándole la profunda herida que aún llevaba en su interior por la partida de Issei. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos azules de Serafall, cayendo libremente por sus mejillas. Grayfia, conmovida por la angustia de su amiga, la envolvió en un abrazo lleno de comprensión y consuelo. Ambas se permitieron liberar sus emociones, compartiendo un momento de vulnerabilidad que las unía aún más.

"Él regresará, Serafall-san, estoy segura de eso, él volverá", susurró Grayfia, tratando de infundir tanto a Serafall como a sí misma con la esperanza de que las palabras que decía se hicieran realidad.

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La vida de Issei se transformó en un sinfín de batallas internas, un laberinto intrincado de culpa y remordimiento que se enredaba en cada partícula de su ser. Había dejado a sus seres queridos, a quienes más amaba, en un silencio ensordecedor, sin una despedida, sin una última mirada. Aunque con el paso de los años, la culpa dio paso a una resignación amarga, el fantasma de su partida siempre se cernía sobre él como una sombra persistente, un recordatorio constante de su cobardía y su incapacidad para enfrentar la despedida.A medida que los años se desvanecían en el espejo retrovisor de su vida, Issei encontró un pequeño consuelo en la dolorosa idea de que su partida había sido una necesidad desgarradora.

El anhelo por su hogar, por aquellos rostros sonrientes y corazones cálidos que dejó atrás, nunca se desvaneció por completo. Siempre había una parte de él, oculta en los recovecos de su corazón, que ansiaba regresar, aunque el temor de que lo hubieran olvidado, de que su lugar en sus corazones hubiera sido ocupado, lo atormentaba constantemente.Impulsado por este torbellino de emociones, Issei decidió vagar por el mundo humano. De ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, buscaba dar un sentido a su existencia ayudando a quienes podía. Se convirtió en un faro de esperanza para los perdidos, para los heridos, para los olvidados. Pero a pesar de su labor altruista, de su deseo de hacer el bien, siempre llevaba consigo el peso de la nostalgia, una melancolía que le recordaba lo que había dejado atrás.Aunque el regreso a su hogar parecía un sueño lejano, un eco de un deseo que resonaba en su corazón, encontró cierta paz en su labor.

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Issei sintió una punzada de preocupación al detectar la presencia familiar de Rizevim. Después de tanto tiempo, su enemigo había vuelto a hacer su aparición, y eso solo podía significar problemas. "Así que al fin apareciste, Rizevim" ;declaró Issei con voz firme,preparandose para donde sentía la presencia del otro Lucifer.

La energía de aquel infeliz no presagiaba nada bueno donde fuese que se encontrase era un mal presagio para cualquier ser vivo, Issei estaba decidido a no permitir que su "Onisan" tuviera la oportunidad de llevar a cabo ninguna de sus malévolas maquinaciones.

En medio de un bosque del mundo humano, una mujer humana y su hija, una niña albina de aproximadamente nueve años con ojos celestes, caminaban en el inframundo. Sus rostros mostraban el rastro de la fatiga y leves heridas marcaban sus cuerpos.

De repente, un grito rompió el silencio del bosque, anunciando la llegada de un grupo de demonios. La joven albina miró con temor a su alrededor, viendo cómo los demonios se acercaban, rodeándolas con malicia. Con determinación, la niña intentó cargar a su madre inconsciente, protegiéndola con todas sus fuerzas mientras el grupo de demonios las rodeaba, amenazantes y despiadados.

"No dejaré que me vuelvan a llevar, no dejaré que la vuelvan a lastimar ",Con un esfuerzo sobrehumano, la niña albina convocó sus últimas reservas de energía, manifestando un círculo mágico con el distintivo símbolo de Lucifer.

Un destello de determinación brilló en sus ojos mientras lanzaba una ráfaga de energía hacia los demonios que se acercaban, abatiendo a varios de ellos con su poderosa magia para luego caer desmayada junto a la mujer que aún protegía.

"Llévenla"... Los demonios restantes, guiados por uno de ellos, se prepararon para llevarse a la niña y su madre inconsciente. Antes de que pudieran hacerlo, una lluvia de esferas negras cayó del cielo, envolviéndolos y haciéndolos desaparecer sin dejar rastro alguno.

En un abrir y cerrar de ojos, el lugar quedó en calma, pero una nueva figura emergió entre las sombras.

"Esa niña tenía el poder de...";murmuró el hombre de cabello castaño, sosteniendo un antifaz en una de sus manos, mientras observaba con curiosidad a la niña albina y a la mujer inconsciente.

"Lucifer...", pronunció la mujer con una voz que no era más que un débil susurro. Parecía estar luchando contra el peso de cada palabra, cada sílaba era una batalla ganada contra la oscuridad que amenazaba con consumirla. El hombre de cabello castaño, se acercó de inmediato, como si sus pies se movieran por su propia voluntad. Su mirada se posó en la mujer, evaluando su estado con una mezcla de preocupación y determinación.

"¿Se encuentra bien?", preguntó. Sus palabras estaban cargadas de una desesperación que seguramente nunca había sentido antes. Sostenía a la mujer con firmeza, como si temiera que se desvaneciera en sus brazos en cualquier momento.

"Por favor, protégela, pase lo que pase conmigo proteja a mi hija", suplicó la mujer, su voz temblaba pero la determinación en su tono era palpable. "Ella no tiene la culpa de nada, solo ha sufrido desde su nacimiento, ya no quiero eso para ella... prométamelo que lo hará por favor". Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro, rastros brillantes de su miedo y amor por su hija. El castaño se quedó sin palabras, su mirada se perdía en la mujer, y por un momento, Issei podría jurar que veía la imagen de su propia madre en ella. Finalmente, después de un momento que pareció durar una eternidad, Issei respondió:

"Se lo prometo". Su voz era firme, pero había una nota de duda en ella, como si no estuviera seguro de si podía cumplir tal promesa. Al oír su respuesta, la mujer sonrió con satisfacción, un último gesto de amor y confianza antes de caer inconsciente. Justo entonces, una risa melodiosa llenó el aire.

"Fufufu, qué tierna escena...". La voz parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. De repente, una figura descendió del cielo, una mujer de pelinegra con alas negras. Dos pequeños cuernos asomaban de su cabeza, dándole una apariencia diabólica. Llevaba un vestido blanco que resaltaba sus prominentes pechos y delineaba su esbelta figura. La mujer parecía una mezcla de ángel y demonio, la belleza y la oscuridad fusionadas en una sola figura.

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FIN DEL CAPITULO

Para alguien como Issei que vivio una guerra y tal vez mato mas soldados que civiles le genero el trauma de ver como la gente llora a su familia,como el mismo en un arrebato casi mata a sus amigos ,como niños que le recuerdan a el lloran a sus padres generándole ese sentimiento de culpa que durante años lo ha carcomido aunque el Issei de ahora es uno mas maduro que ha visto la maldad de la humanidad así como la bondad ,ya un Issei curtido ,recorrido diferenciando entre lo bueno y malo ,espero les haya gustado este capitulo ya que desde ahora comenzamos con DxD dentro de poco y se vienen muchos reencuentros.

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