A lo largo de mi vida, he tenido que escuchar millones de veces eso de que, al fin y al cabo, hace más el que quiere que el que puede.
Sin embargo, yo quiero y no puedo.
Y decidme qué hay más doloroso que eso.
Yo quiero. Yo le quiero. Y por no poder, no puedo ni mirarle a los ojos durante más de cinco segundos, porque es justo en esa mirada en la que me encantaría verme reflejada cada mañana.
Donde ya son jodidas las despedidas, imaginaos cuando no sólo tienes que decirle adiós a la persona, sino que también a todo lo que hay detrás. Es decir, es como si con ello todos los sentimientos, de repente, se esfumasen. Como si nunca más volvieses a recordar nada al pasar por una calle cualquiera.
Es como si, pero sin ser. Y ojalá fuera. Ojalá fuéramos.
Y, ya puestos a pedir, ojalá el destino dejase de reírse en mi puta cara y se pusiese de mi lado por una sola vez. De nuestro lado. O, simplemente, me pusiese a mí a su lado. Sin que haya una sola despedida más. Sin ese miedo constante a cagarla. Sin necesitar nada ni nadie más.
Porque como él me dijo una vez "no soy más que las cenizas del fuego que tú empezaste en mi interior", y ahora me acojona pensar que él ya no va a estar para recoger mis cenizas. Que ya no quiere estar, o...que ya no puede estar.
Después de todo, él y yo sabemos que sólo nos queda una razón que nadie entiende.