Mis pisadas haciendo eco por lo largo del lúgubre pasillo son todo lo que oigo. Mi respiración se agita un poco más mientras la adrenalina recorre mi cuerpo. Encuentro la sala de historia, abro la puerta y me escondo en ella en silencio, bajo la tercera mesa justo como Nathan me dijo que lo hiciera. Echo un vistazo al salón por la noche, apenas y se pueden distinguir los bordes de los objetos, pues son escasos los rayos de luz de luna que alcanzan a colarse entre las persianas.
Estiro los brazos, abrazando mis rodillas e intento no temer de la oscuridad mientras espero al castaño de ojos miel llegar a mi encuentro. Escondo mi rostro sonriendo como quinceañera, sintiéndome ridícula por quinta vez en la noche.
Supongo que no se puede huir sin más de un par de ojos tan bonitos. Pienso en Nathan y en nuestro primer encuentro, ahora tiene más sentido cuando regreso mi memoria a mi primer día en el bosque, tiene sentido que haya desaparecido con aquella rapidez y su afán por hacerme entender que todo tenía una explicación lógica.
Escucho el rechinar de la manija de la entrada, agudizo mis sentidos intentando descifrar quién podría ser y si no es Nathan. Me remuevo suavemente en mi lugar y veo entre los delgados espacios entre los tablones de la mesa. La puerta se abre, dejando ver un par de botas de combate negras.
Contengo la respiración un solo momento.
—¿Alex?
Suspiro con alivio saliendo de mi escondite.
—Aquí —respondo, percatándome de su silueta.
—Bien —asiente—. Conseguí las llaves del cajón de la directora Surata, debemos regresarlas antes del amanecer sino notarán que alguien se estuvo metiendo al ala oeste.
¿Antes del amanecer?
—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? —pregunto confundida.
—El que sea necesario —responde encogiéndose de hombros—. Estoy seguro de que hay algo aquí, de lo contrario ¿Por qué vendría Derek? No es un apasionado por la enseñanza eso lo puedo asegurar.
Ambos salimos hacia el pasillo, cerrando la puerta de la sala de historia detrás de nosotros, él guía el camino hacia las escaleras principales sobre el comedor. El castillo resulta más tenebroso y confuso de noche.
El chirriar de una puerta abriéndose nos hace detenernos en seco, el sonido viene de a nuestras espaldas. Él toma mi muñeca, tirando de mí hacia el siguiente corredor a la vuelta de la esquina, donde me empuja suavemente contra una de las paredes, donde ambos pegamos la espalda, ocultándonos entre las sombras.
Las suaves pisadas hacen eco, acercándose cada vez más. Nathan señala el siguiente pasillo, hacia la sala de historia nuevamente. Ambos retrocedemos pegados a la pared mientras las pisadas parecen seguirnos, él se esconde detrás de una columna, me pego a su lado, buscando la protección del pequeño muro.
Estiro el cuello, intentando ver hacia el fondo del pasillo.
La sombra de la persona se curva, indicando que viene hacia nosotros, él me sujeta de la muñeca, indicando que no corra que me quede quieta. Puedo ver la sombra haciéndose cada vez más grande acercándose cada vez más.
Mi corazón comienza a latir con fuerza y él lo nota en las pulsaciones de mi muñeca, me echa una rápida mirada y eso basta para que la sensación de calma que sentí en el jardín se extienda por todo mi cuerpo como un suave hormigueo.
No era en sentido figurado, él realmente puede hacer sentir a las personas calmadas. Mi corazón vuelve a latir en un ritmo normal.
Las pisadas se acercan con mayor rapidez y la sombra también, antes de poder meditarlo dos veces y en cuanto la figura humana está frente a nosotros salto sobre esta con fuerza, llevándomela al suelo.
—¡Au! —el quejido femenino debajo de mí se me hace familiar.
Abro los ojos con sorpresa y aparto el cabello del rostro de la mujer. Es Jade.
—Oh, Dios... —susurro— ¡Lo siento!
Me dejo caer junto a ella antes de levantarme y tenderle una mano. Ella me observa enojada, empujando mi mano lejos de ella.
—Me dejaste esperando —niega dolida—, otra vez...
Oh, rayos... Habíamos quedado en dormir juntas hoy.
—No lo recordé —admito apenada.
—¿Qué haces aquí? —pregunta en un susurro.
Mira sobre mi hombro, hacia Nathan.
—¿Nos seguiste? —le pregunta él.
—No me quedó de otra —admite—, ella ya no me dice nada.
Antes de que pueda disculparme o hacer algo más, más pisadas se unen a nosotros desde el lado contrario del pasillo. Mi corazón vuelve a dar un brinco, miro hacia Nathan, preguntándome si llamó a más amigos a esta búsqueda, él solo se encoge de hombros tan confundido como yo antes de tomarnos a ambas de los brazos y tirar de nosotras hacia las escaleras.
Bajamos intentando no hace un solo ruido antes de subir por el otro lado de las escaleras, hacia la zona oeste del castillo. Giro mi cuello, buscando la mirada de Jade, esta solo me observa con pánico. Nos perdemos en la oscuridad del pasillo prohibido, pegando la espada en la pared.
Tres figuras humanas adultas bajan por el otro lado de las escaleras, no alcanzo a ver sus rostros. Nathan gira hacia nosotras y con un movimiento de cabeza nos indica que sigamos caminando.
Jade no puede preguntarme qué sucede así que solo tomo su mano y la guío pasillo abajo. Se tan confundida y asustada.
Niego para mí misma preguntándome qué hacer con ella para que se vaya de aquí sin hacer que se enoje más.
Las puertas del castillo se cierran con fuerza haciendo temblar el lugar, indicando que las tres personas ya se han ido. Nathan enciende una linterna que saca de la mochila que trae consigo.
—Tienes suerte —suspira—, traje tres.
Le lanza la linterna a Jade quien la atrapa sin esfuerzo y se pone a observar nuestro alrededor.
Niego hacia él.
No podemos tener a Jade aquí, él solo se encoge de hombros como diciendo que ya no tenemos más opción.
—Saben que tiene llave ¿No? —cuestiona Jade señalando la reja que nos separa del otro lado del pasillo.
Él saca el conjunto de llaves de su bolsillo— Lo sé.
—¿Qué van a hacer? —pregunta ella—¿Por esto me dejaste plantada? Pudiste decirme...
—Lo siento —repito.
—Ya oí eso —rueda los ojos.
La reja se abre en un sonido suave sobre la vieja alfombra de rosas y espinas bordadas.
—Adelante, señoritas —dice.
El ala oeste del castillo no es muy diferente a la otra mitad que en su mayoría son salones de clase, con la excepción de que todo aquí es más antiguo y algo descuidado. Se conservan las antigüedades como relojes y viejos sofás. Las paredes siguen forradas de viejo papel tapiz con motivos de naturaleza ya desteñido por la humedad y el paso de los años.
Las maderas bajo nuestros pies crujen de manera sutil ante el peso y los techos altos con sus vigas se pierden entre la penumbra donde la luz de nuestras linternas no alcanza a penetrar, incluso las molduras de las paredes presentan desgaste y roturas.
Una sensación brota en mí, como la sensación de no ser bienvenida.
—Esto da puto miedo —susurra Jade— ¿Qué están buscando? —pregunta.
Miro a Nathan, buscando la respuesta.
—Alguna biblioteca antigua o escalera que guíe a las antiguas criptas —responde.
—¿Criptas? —cuestiona la pelirroja al borde del desmayo— ¿Ahí no se sepultaban muertos?
—Ya no deben haber cadáveres Jade —asegura el castaño.
—Eso no responde mi duda —dice ella— ¿Vienen a comunicarse con almas perdidas? ¿Eres de esos que juegan con la ouija?
—No, venimos buscando algo —responde él—. Si quieres te acompañamos a la salida... Digo, ya que tanto miedo tienes lo mejor sería que vayas a dormir.
Jade eleva una ceja, indignada por las palabras de Nathan, frunce los labios antes de cuadrar los hombros y cruzarse de brazos.
Oh, no... Lo ha tomado como un reto personal ahora.
No podremos librarnos de ella, no hoy.
—No tengo miedo —asegura elevando su mentón con autosuficiencia—. Vamos... Les ayudo.
Solo niego con la cabeza para mí misma mientras intento abrir la puerta de la primera habitación. No es sorpresa para ninguno cuando notamos que está completamente vacía.
—Quizá en los pisos de arriba —sugiero—, quizá tengan más antigüedades guardadas ahí.
—Esta no es cualquier antigüedad —asegura—, deben tenerla en algún lugar muy bien resguardada. Debe ser en los pisos inferiores, nadie querría bajar jamás...
—¿Y nosotros sí? —cuestiono.
—Debemos encontrarlo antes que él.
—¿Es un juego? —pregunta Jade— ¿Una búsqueda del tesoro? Porque podríamos hacer esto de día y no en la noche cuando todo está...
De pronto guarda silencio, sus pisadas se detienen y su mirada se pierde en algún punto en el techo, entre las vigas que crujen. Se paraliza y su mano entrelazada con la mía comienza a temblar, aprisionando la mía, causándome dolor.
—Jade —susurro su nombre— ¿Qué tienes? Me duele...
Sus ojos siguen fijos en una zona del techo y las lágrimas están por rebalsar sus ojos azules.
—¿Qué...es... eso? —pregunta en un sollozo débil.
Nathan y yo dirigimos la mirada hacia donde está la de ella y de pronto lo vemos. La figura amorfa en la esquina de la pared, rodeada de un manto como el humo tan negro como un cuervo, sus ojos de reptil, como los de una serpiente se hacen más delgados mientras su color gris brilla.
¿Qué es eso?
—Ikiryo —susurra Nathan antes de que la cosa salte violentamente hacia nosotros— ¡Para atrás! —nos grita, empujándome con una mano.
Le tapo la boca a Jade para amortiguar su grito y tiro de ella hacia atrás, cayendo de espaldas al suelo con ella sobre mí.
Es tarde para despistarla y llevarla lejos pues no hay manera de ocultarla de la nube de aspecto eléctrico que emana de las palmas de Nathan, produciendo chispas y rayos del color de los zafiros entre él y la criatura.
Jade se suelta de mi agarre y corre a refugiarse tras una columna. Nathan sale desprendido hacia una pared, con un quejido de dolor cae al suelo retorciéndose sobre él. El animal viene hacía a mí a toda velocidad, solo atino a levantar las manos frente a mi rostro, como si eso pudiese detenerlo.
Es tarde, muy tarde y no solo me hará daño a mí sino a Jade también.
—¡NO! —grito cerrando los ojos con fuerza.
Un sonido ensordecedor y el leve temblor que producen los rayos en una noche de tormenta se apoderan del lugar. No siento el impacto del animal sobre mí, abro los ojos, aturdida con el sonido solo para darme cuenta de las llamas desprendiendo de mis manos, las incandescentes llamas se disipan transformándose en rayos de luz dorada.
La cosa se desaparece en el humo y yo, temblorosa y con el sudor frío resbalando por mi frente caigo al suelo de espaldas. Mi respiración se torna inestable y mi vista se torna borrosa. Apenas y siento las manos de Nathan en mis hombros intentando incorporarme.
Sus labios se mueven pero no oigo sus palabras.
—...dragón —es todo lo que oigo antes de desmayarme.