Habían estado tan cómodos sus brazos que ella perdió consciencia entre ellos, y al parecer, él también estaba disfrutando el tenerla tan cerca y sentir su calor, que los dos se habían quedado dormidos y abrieron los ojos, cuando Peter, saltando a tierra indicaba:
— Hemos llegado a casa.
Terruce lo primero que hizo fue recorrer el lugar y distinguir, desde donde estaba parado, hasta lo que su vista alcanzaba a ver al fondo: una extensa hilera de casas; luego, carruajes transitando sobre la avenida, caballos amarrados afuera de un par de cantinas, chiquillos todavía jugando en la calle y demás transeúntes.
Enseguida, él se puso de pie, tomó sus pertenencias y también brincó abajo; al estar en lo firme, aguardó por su chica; y cuando la vio lista para descender, con mucha confianza, la tomó de la cintura, y con hábil movimiento, la bajó; pero antes de soltarla, los dos aprovecharon que ya era de noche y se dieron un rápido beso en los labios.
Tomados de la mano, agradecieron al carretero por su amabilidad de haber ido a esperarlos y traerlos hasta casa; posteriormente, y conforme lo miraban partir, Coral hacía a Terruce de conocimiento:
— Caminaremos un poco para llegar a casa.
— Está bien. Así desencuerdo las piernas, aunque, ¿está muy lejos?
— Bueno —, Coral debía ser sincera: — la casa está en las afueras del pueblo, así que, como otra hora.
Él, doliéndole todo el cuerpo debido a lo pesado del viaje, alentaría:
— ¿Y no habrá algún servicio que nos lleve para no caminar tanto?
Ella, habiéndose olvidado de la cuna aristocrática de la que descendía el castaño, con pena, negó con la cabeza y diría:
— Nadie se arriesga a ir hasta allá.
— Bueno —, el joven se resignó; — si no hay de otra —, y tomó su maleta y le ayudó a ella con la suya.
La rubia para pagar su amable gesto, en lo que empezaban a caminar en dirección al Este comentaba:
— En cuanto estemos en casa, sobre la estufa pondré mucha agua a calentar para que te tomes una ducha.
Terruce sonrió de la franqueza de la chica, la tomó de la mano y se la besó para agradecerle su hospitalidad.
Y entre pláticas, saludos de vecinos con los que se llegaban a cruzar, caminaron por la acera apenas dos cuadras, porque a su encuentro salió un coatí que brincó de inmediato a los brazos de Coral y ésta lo llamaría:
— ¡Clin!
Pero al parecer el animalito le reclamaba seriamente algo.
De pronto, dos chiquillas como de 10 años de edad aparecieron al doblar la esquina y también fueron a su encuentro.
— ¡Coral!
La rubia como pudo, las abrazó a las dos; y cuando divisaron al fuereño quisieron saber:
— ¿Tú eres Terruce? —, lo apuntó una; y él diría:
— A sus pies, mi lady —, y Terry tomó la manita de la chiquilla; y como todo un caballero se la besó, logrando con eso que la niña se ruborizara por completo.
La otra que se reía tímidamente, informaba:
— En cuanto vimos a Peter entrar por la puerta salimos a encontrarte.
— ¿Mamá y papá ya están en casa? — preguntó la rubia con interés.
— Sí, y llegaron justo para cenar — dijo la primera pequeña presentada y quitó una maleta de la mano del castaño mientras que la otra chiquilla reclamaba:
— A mí no me saludó —, y coqueta le estiró la mano.
Terruce sonrió diciendo:
— Mil disculpas, mi lady —. Y como pago por su falta, le besó las dos manitas.
Obviamente, la presumida comenzó a gritar:
— ¡A mí me dio dos! —. Y ya estaba por emprender carrera cuando se regresó diciendo: — Yo también le ayudo —, y arrebató el equipaje de él, que por su gesto Coral sonrió, lo tomó del brazo y lo invitó a continuar.
De pronto, el castaño recordaba:
— Un momento. ¿Acaso no dijiste que tu casa estaba a las afueras del pueblo?
Ella soltó la carcajada diciéndole:
— Sólo era para ver tu cara.
Él, atrapando un cairel suelto, se lo jaló calificándola de:
— Muy simpática —, el visitante se unió a las risas de ella. Empero, al divisar la puerta de la casa por donde las chiquillas ingresaban, cuestionaría con asombro: — ¿Ahí vives?
La joven sonriendo apenada porque lo estaba vacilando, se excusaría:
— Fue una broma —, y se separó porque él la amenazó con golpearla; entonces, la chica al emprender carrera, llegó hasta la rejilla; y ahí ofreciéndole el paso diría: — Bienvenido al Hogar Walter.
— ¿Walter? — replicó él con extrañeza; y ella...
— La casa de mis padres.
— Ya —, y al estar adentro, él cerró.
Nuevamente tomados de la mano, caminaron el pasillo; y el castaño aspiró el aroma de las flores de un muy buen cuidado jardín que olía a pasto recién mojado, y antes de ingresar admiró la fachada de la casa, y a pesar de estar cobijados por la noche, podía verse que de toda esa área, era la mejorcita y no le falló cuando al estar dentro, observó el buen gusto de la decoración interior en un estilo Reina Mary. La joven por supuesto se la ofreció.
— Espero te sientas como en casa.
— Ya lo creo — él expresó.
— Ven —, la rubia lo tomó de la mano, — acompáñame a la sala —, y lo jaló; y al estar allá: — Espérame aquí —, lo sentó, — en lo que voy a buscar a mamá.
Aquél únicamente le asintió a su novia porque —¿De dónde hubo salido todo esto? — se preguntó a sí mismo analizando todo a su alrededor; en eso, algo llamó la atención de Terruce. Se puso de pie para ir hacia una vitrina y ahí:
— Apuesto a que el duque paga lo que pidan por esto —, que era nada menos un vestido muy parecido a lo original de su Mismísima Excelencia; pero unos carraspeos lo hicieron girarse y decir: — Buenas noches.
— Buenas noches.
— ¡Papá! — la rubia apareció por otra sala y corrió a los brazos del hombre que gustoso la recibió expresando:
— ¡Hija! ¿cuándo llegaste? —, y le dio un beso en la frente conforme la abrazaba y ella le respondía:
— Lo vamos haciendo. Mira —, se separó; y muy alegre diría: — te presento a Terruce, ¡el hijo de Miss Baker!
— Tanto gusto, señor Walter —, el castaño extendió su mano y se la aceptaron.
— El gusto es mío. Toda mi familia hemos tenido el placer de conocer a su madre que no sólo es una talentosa actriz, sino una maravillosa mujer.
Terruce inclinó la cabeza para agradecer:
— Muy complacido.
Pero ahí el castaño se dio cuenta de que a pesar de sus comodidades, eran las personas más sencillas que nunca conociera; y si le sorprendió el trato del padre para con la rubia, con la madre, se desbarataron en besos, abrazos y chipileos. Y luego con él, contándole infinidad de cosas acerca de su progenitora.
Sin embargo, lo que atraería mayúsculamente su atención y lo haría tragarse un pedazo de carne mientras cenaban, sería la observación de la mujer mayor hacia Coral conforme la acariciaba la cara:
— Mi niña, puedo ver a través de tus ojos que ahora sí ya eres toda una mujer.
— ¿Por qué dices eso, mamá? — la joven preguntó rápidamente y tomando un poco de agua.
— Porque yo a tu edad, ¡ni loca me arriesgaba a irme sola a la enorme ciudad!
— ¡Ah! — dijeron, increíblemente, al mismo tiempo los dos jóvenes.
Y como el viaje había sido sumamente agotador, escudando su cansancio y que estaban en el pueblo, Terruce se despidió para ir a hospedarse a un hotel.
Por supuesto, los padres de la rubia no se lo permitieron y le pidieron a Peter conducirlo a una habitación; y en lo que caminaban por el pasillo, al castaño se le notificaba:
— Mañana, es día de llevar provisiones a la reserva. Si te levantas temprano, eres bienvenido a unirte con nosotros.
— Gracias, pero ¿Coral también irá? — preguntó el visitante.
Peter no dudó en vacilarlo cuando llegaron a la puerta de su recámara:
— No, porque si ella va, no podré enseñarte y presentarte a gusto a unas amigas mías.
La rubia, que estaba justo detrás de él, al hermano espantó al darle primero un coscorrón y después al decirle:
— ¡Deberías de apurarte con la escuela, en lugar de estar pensando en chicas!
Y por el gesto de Peter, Terruce y Coral se echaron a reír.
Posteriormente, el menor se alejó; y al quedar la pareja sola, la joven quiso saber:
— ¿Te gustaría ir mañana con nosotros?
— Por supuesto.
— Bueno, entonces, descansa. Un buen baño de agua caliente te pondrá a dormir como una roca.
Por instantes, los dos se miraron; y ella se acercó para dejarle un beso en la mejilla que fue correspondido, y desearse:
— Bonitos sueños.
Él guiñó un ojo; y con toda honestidad, anunciaba:
— Me voy a dormir.
— Sí, ya mañana será otro gran día —; y ambos se sonrieron a modo de despedida.