UNA CHICA QUE VALE ORO

By ellayterrygraham

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Acusada de ladrona, Candy deberá cumplir su pena yendo a México sin haber podido despedirse de sus amigos, lo... More

Una idea desviación que parte del Capítulo 17 del anime Candy Candy
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5
Parte 6
Parte 7
Parte 8
Parte 9
Parte 10
Parte 11
Parte 12
Parte 13
Parte 14
Parte 15
Parte 16
Parte 17
Parte 18
Parte 19
Parte 20
Parte 21
Parte 22
Parte 23
Parte 24
Parte 25
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Parte 27
Parte 28
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Parte 30
Parte 31
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Parte 33
Parte 34
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Parte 36
Parte 37
Parte 38
Parte 39
Parte 41
Parte 42

Parte 40

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By ellayterrygraham

Habían estado tan cómodos sus brazos que ella perdió consciencia entre ellos, y al parecer, él también estaba disfrutando el tenerla tan cerca y sentir su calor, que los dos se habían quedado dormidos y abrieron los ojos, cuando Peter, saltando a tierra indicaba:

— Hemos llegado a casa.

Terruce lo primero que hizo fue recorrer el lugar y distinguir, desde donde estaba parado, hasta lo que su vista alcanzaba a ver al fondo: una extensa hilera de casas; luego, carruajes transitando sobre la avenida, caballos amarrados afuera de un par de cantinas, chiquillos todavía jugando en la calle y demás transeúntes.

Enseguida, él se puso de pie, tomó sus pertenencias y también brincó abajo; al estar en lo firme, aguardó por su chica; y cuando la vio lista para descender, con mucha confianza, la tomó de la cintura, y con hábil movimiento, la bajó; pero antes de soltarla, los dos aprovecharon que ya era de noche y se dieron un rápido beso en los labios.

Tomados de la mano, agradecieron al carretero por su amabilidad de haber ido a esperarlos y traerlos hasta casa; posteriormente, y conforme lo miraban partir, Coral hacía a Terruce de conocimiento:

— Caminaremos un poco para llegar a casa.

— Está bien. Así desencuerdo las piernas, aunque, ¿está muy lejos?

— Bueno —, Coral debía ser sincera: — la casa está en las afueras del pueblo, así que, como otra hora.

Él, doliéndole todo el cuerpo debido a lo pesado del viaje, alentaría:

— ¿Y no habrá algún servicio que nos lleve para no caminar tanto?

Ella, habiéndose olvidado de la cuna aristocrática de la que descendía el castaño, con pena, negó con la cabeza y diría:

— Nadie se arriesga a ir hasta allá.

— Bueno —, el joven se resignó; — si no hay de otra —, y tomó su maleta y le ayudó a ella con la suya.

La rubia para pagar su amable gesto, en lo que empezaban a caminar en dirección al Este comentaba:

— En cuanto estemos en casa, sobre la estufa pondré mucha agua a calentar para que te tomes una ducha.

Terruce sonrió de la franqueza de la chica, la tomó de la mano y se la besó para agradecerle su hospitalidad.

Y entre pláticas, saludos de vecinos con los que se llegaban a cruzar, caminaron por la acera apenas dos cuadras, porque a su encuentro salió un coatí que brincó de inmediato a los brazos de Coral y ésta lo llamaría:

— ¡Clin!

Pero al parecer el animalito le reclamaba seriamente algo.

De pronto, dos chiquillas como de 10 años de edad aparecieron al doblar la esquina y también fueron a su encuentro.

— ¡Coral!

La rubia como pudo, las abrazó a las dos; y cuando divisaron al fuereño quisieron saber:

— ¿Tú eres Terruce? —, lo apuntó una; y él diría:

— A sus pies, mi lady —, y Terry tomó la manita de la chiquilla; y como todo un caballero se la besó, logrando con eso que la niña se ruborizara por completo.

La otra que se reía tímidamente, informaba:

— En cuanto vimos a Peter entrar por la puerta salimos a encontrarte.

— ¿Mamá y papá ya están en casa? — preguntó la rubia con interés.

— Sí, y llegaron justo para cenar — dijo la primera pequeña presentada y quitó una maleta de la mano del castaño mientras que la otra chiquilla reclamaba:

— A mí no me saludó —, y coqueta le estiró la mano.

Terruce sonrió diciendo:

— Mil disculpas, mi lady —. Y como pago por su falta, le besó las dos manitas.

Obviamente, la presumida comenzó a gritar:

— ¡A mí me dio dos! —. Y ya estaba por emprender carrera cuando se regresó diciendo: — Yo también le ayudo —, y arrebató el equipaje de él, que por su gesto Coral sonrió, lo tomó del brazo y lo invitó a continuar.

De pronto, el castaño recordaba:

— Un momento. ¿Acaso no dijiste que tu casa estaba a las afueras del pueblo?

Ella soltó la carcajada diciéndole:

— Sólo era para ver tu cara.

Él, atrapando un cairel suelto, se lo jaló calificándola de:

— Muy simpática —, el visitante se unió a las risas de ella. Empero, al divisar la puerta de la casa por donde las chiquillas ingresaban, cuestionaría con asombro: — ¿Ahí vives?

La joven sonriendo apenada porque lo estaba vacilando, se excusaría:

— Fue una broma —, y se separó porque él la amenazó con golpearla; entonces, la chica al emprender carrera, llegó hasta la rejilla; y ahí ofreciéndole el paso diría: — Bienvenido al Hogar Walter.

— ¿Walter? — replicó él con extrañeza; y ella...

— La casa de mis padres.

— Ya —, y al estar adentro, él cerró.

Nuevamente tomados de la mano, caminaron el pasillo; y el castaño aspiró el aroma de las flores de un muy buen cuidado jardín que olía a pasto recién mojado, y antes de ingresar admiró la fachada de la casa, y a pesar de estar cobijados por la noche, podía verse que de toda esa área, era la mejorcita y no le falló cuando al estar dentro, observó el buen gusto de la decoración interior en un estilo Reina Mary. La joven por supuesto se la ofreció.

— Espero te sientas como en casa.

— Ya lo creo — él expresó.

— Ven —, la rubia lo tomó de la mano, — acompáñame a la sala —, y lo jaló; y al estar allá: — Espérame aquí —, lo sentó, — en lo que voy a buscar a mamá.

Aquél únicamente le asintió a su novia porque —¿De dónde hubo salido todo esto? — se preguntó a sí mismo analizando todo a su alrededor; en eso, algo llamó la atención de Terruce. Se puso de pie para ir hacia una vitrina y ahí:

— Apuesto a que el duque paga lo que pidan por esto —, que era nada menos un vestido muy parecido a lo original de su Mismísima Excelencia; pero unos carraspeos lo hicieron girarse y decir: — Buenas noches.

— Buenas noches.

— ¡Papá! — la rubia apareció por otra sala y corrió a los brazos del hombre que gustoso la recibió expresando:

— ¡Hija! ¿cuándo llegaste? —, y le dio un beso en la frente conforme la abrazaba y ella le respondía:

— Lo vamos haciendo. Mira —, se separó; y muy alegre diría: — te presento a Terruce, ¡el hijo de Miss Baker!

— Tanto gusto, señor Walter —, el castaño extendió su mano y se la aceptaron.

— El gusto es mío. Toda mi familia hemos tenido el placer de conocer a su madre que no sólo es una talentosa actriz, sino una maravillosa mujer.

Terruce inclinó la cabeza para agradecer:

— Muy complacido.

Pero ahí el castaño se dio cuenta de que a pesar de sus comodidades, eran las personas más sencillas que nunca conociera; y si le sorprendió el trato del padre para con la rubia, con la madre, se desbarataron en besos, abrazos y chipileos. Y luego con él, contándole infinidad de cosas acerca de su progenitora.

Sin embargo, lo que atraería mayúsculamente su atención y lo haría tragarse un pedazo de carne mientras cenaban, sería la observación de la mujer mayor hacia Coral conforme la acariciaba la cara:

— Mi niña, puedo ver a través de tus ojos que ahora sí ya eres toda una mujer.

— ¿Por qué dices eso, mamá? — la joven preguntó rápidamente y tomando un poco de agua.

— Porque yo a tu edad, ¡ni loca me arriesgaba a irme sola a la enorme ciudad!

— ¡Ah! — dijeron, increíblemente, al mismo tiempo los dos jóvenes.

Y como el viaje había sido sumamente agotador, escudando su cansancio y que estaban en el pueblo, Terruce se despidió para ir a hospedarse a un hotel.

Por supuesto, los padres de la rubia no se lo permitieron y le pidieron a Peter conducirlo a una habitación; y en lo que caminaban por el pasillo, al castaño se le notificaba:

— Mañana, es día de llevar provisiones a la reserva. Si te levantas temprano, eres bienvenido a unirte con nosotros.

— Gracias, pero ¿Coral también irá? — preguntó el visitante.

Peter no dudó en vacilarlo cuando llegaron a la puerta de su recámara:

— No, porque si ella va, no podré enseñarte y presentarte a gusto a unas amigas mías.

La rubia, que estaba justo detrás de él, al hermano espantó al darle primero un coscorrón y después al decirle:

— ¡Deberías de apurarte con la escuela, en lugar de estar pensando en chicas!

Y por el gesto de Peter, Terruce y Coral se echaron a reír.

Posteriormente, el menor se alejó; y al quedar la pareja sola, la joven quiso saber:

— ¿Te gustaría ir mañana con nosotros?

— Por supuesto.

— Bueno, entonces, descansa. Un buen baño de agua caliente te pondrá a dormir como una roca.

Por instantes, los dos se miraron; y ella se acercó para dejarle un beso en la mejilla que fue correspondido, y desearse:

— Bonitos sueños.

Él guiñó un ojo; y con toda honestidad, anunciaba:

— Me voy a dormir.

— Sí, ya mañana será otro gran día —; y ambos se sonrieron a modo de despedida.

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