Cambio de Sangre

By AngelKrysna

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Criada por vampiros, ella anhela convertirse en uno. Aprendiendo las costumbres heredadas, y consciente del e... More

-Prefacio-
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
-Sinopsis "Festival de Cadáveres"-

Capítulo 10

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By AngelKrysna



Capítulo X

Llegué a mi casa hecha una furia, con la mente vuelta un caos. Athir me preguntó medio asustada sobre mi estado, pero yo ignoré cuánto decía mientras seguía frenética la presencia de mi hermano, ahora que distinguía el olor que de su piel emanaba me era sencillo rastrearle. 

Aunque mi casa era pequeña, un par de segundos ahorrados representaban la gloria ante el desespero que llevaba. Sin embargo de su lugar se desprendían dos efluvios, y el segundo era el agradable aroma a rosas que antes había percibido en Elizabeth, más intensificado ahora que mi olfato era distinto.

Ambos perfumes provenían de la biblioteca, sus cuerpos expelían cada uno la suave mezcla de dos materias: la esencia natural de sí mismos y un hálito metálico que también emitía Athir, de mi hermano podía sentir además la fragancia perfumada que usaba en loción. Siguiendo ello, estuve frente a él en menos de un instante.

–¿¡Qué hicieron con Savannah?!– exigí saber, enfrentándole.

–¿Qué?– torció el gesto.

Sin pensar, le tomé de su camisa. Mi intención era zarandearle pero él, más fuerte y rápido que yo, me apretó con tesón las manos doblándolas hacia afuera, se me escapó un chillido.

–¡Diego, ya para!– pidió su mujer.

–¿Pero qué es lo que pasa?– apareció Athir tras de mí, angustiada.

Él me soltó de mala gana y me observó irritado, esperando explicación.

–¡Me mentiste!– Acusé –Dijiste que todos habían muerto y no fue así, ¿Dónde está Savannah?, ¿Qué han hecho con ella!?– Repetí –¡Dímelo!, ¡Te lo exijo! y no me vengas con que no lo sabías porque no te creeré– le miré a los ojos –¿Estaban Savannah y Hanny con vida cuando llegaste?

Dudó antes de hablar pero finalmente lo hizo.

–Tal vez. Pero ya no había nada que poder hacer.

Me paralicé, incrédula.

–¿Tú... Pudiste salvarlas y no lo hiciste?

–Te digo que ya nada se podía hacer, entiéndelo. Y aunque así hubiere sido, difícilmente lo habría hecho. No era asunto mío, ninguna de ellas era nada de mí.

–¿Cómo puedes decir eso?– me indigné, dolida –Diego, ¡Eran mis amigas!, ¿Cómo pudiste?, ¿¡CÓMO PUDISTE?!

Rompiendo a llorar, quise golpearle al pecho con mis manos en un puño pero él me sostuvo una vez más.

–¿Quieres saber qué fue lo que encontré en aquella casa?, ¿Ahí donde la pestilencia y la podredumbre eran tan repulsivas que ni los cuervos se habrían atrevido a entrar?

–¡Diego basta!– exigió Elizabeth, pero él le ignoró.

–La de cuerpo menudo y pelo corto no la habría reconocido ni su propia madre. Ella y el muchacho perfumaron de sangre la calle entera, a ese tuvieron que haberlo sacado de allí en cuando menos tres bolsas y jugar al rompecabezas, igual que a la adulta que dormía arriba. Las otras dos respiraban todavía, tiritaban incluso, pero no eran más que reflejos– soltó mis brazos con obstinación –Parecían despiertas, es cierto, pero dudo que pudieran oír o ver nada, su mente ya no estaba ahí– se llevó un dedo a la cien –Eran sólo un saco de carne con nervios palpitantes. La rubia yacía de espaldas, de dónde estaba totalmente abierta, me sorprendió que se moviera. La alta era la que quizás, tal vez, no lo sé– sacudió la mano al aire –Pudiera haber tenido más posibilidades. Sus heridas eran similares a la que tenías tú.

–Si sus heridas eran como las mías ha podido salvarse– farfullé.

–Tú fuiste un caso afortunado, llevabas las de perder.

–Pero estoy aquí, y estoy viva. ¿Por qué no la trajiste para intentar hacer lo mismo con ella?

–¿Es que te has vuelto loca?– su voz sonó distorsionada –Se volvió loca– concluyó, mirando a nuestra compañía y soltando una risita histérica, pero rápido se dirigió a mí nuevamente, ahora con impaciencia –Eso no puede hacerse– se golpeó de nuevo las sienes, esta vez con todos sus dedos apretados –No puedes simplemente decidir rescatar a cualquiera y mucho menos convertirlo, no te corresponde.

–¿Entonces a quién?– arrojé con altivez.

–A otros. Son ellos los que levantan los cadáveres caídos en este tipo de casos y si encuentran a alguien que tiene posibilidades de vivir, ellos deciden si rehabilitarle o no. Si lo hacen, deciden asimismo el propósito con el que será colectado, y son quienes arreglan todo para que los hechos no acarreen más complicaciones de los que hayan causado ya. Es la segunda vez que te lo digo, maldita sea– bufó –¡¿Tienes idea de lo que tuvimos que hacer para que la policía no viniera a interrogarte?! Limpiamos las evidencias de que hubieras estado allí ¡Pero al estar involucrada querrían hacerte preguntas de todos modos!

Suspiré, intentando calmarme para conseguir algo mejor.

–Sólo dos de mis amigas están bajo tierra, Diego– hablé pausada –¿Qué pasó?

–¡No lo sé!– extendió los brazos de par en par, aún irritado –¡No es mi trabajo!

–Es mentira– acusé con aflicción –Lo sabes, sé que lo sabes, ¿Por qué no quieres decírmelo? ¿De parte de quién estás?

–Si no quieres terminar envuelta en un problema, te sugiero que no metas las narices en asuntos que no son tuyos– fue todo lo que respondió.

–¡Savannah es asunto mío!– insistí, queriendo volver a llorar.

–Ya no más. Dejó de serlo en el instante en que fue atacada.

Atónita, fruncí el ceño. Una idea se me ocurría de repente.

–Está viva...– murmuré –Está viva y tú sabes dónde está, o no me amenazarías.

–No es una amenaza– resolvió, respirando hondo –Es un consejo. Ahora debo salir, hay muchos asuntos de verdad importantes que tengo en retraso como para discutir soserías. Procura estar lista para cuando vuelvas, saldremos. Y no me hagas esas caras– me señaló.

Sin creerle una sola palabra, le miré con reproche. Él se volvió hacia Elizabeth.

–Ven conmigo, quiero contarte algo antes de salir.

Ella me miró con expresión muy formal y fue tras él, quién había echado a andar, pero antes de salir de la sala, él se detuvo para hablar con ademán restrictivo:

–No quiero que este tema vuelva a hablarse– nos miró a las tres –Va con todo el mundo– fijó sus ojos en mí –Ni quiero verte alterada por lo mismo otra vez.

Las manos me temblaban de pura frustración. Athir me puso una mano sobre el hombro y me dedicó una mirada de exhortación a la obediencia, incapaz de decir nada. A pesar de que nos dejaban a solas, con mis agudizados oídos oí la conversación entre mi hermano y Elizabeth.

–Las acciones de Varlot llegaron con rapidez a oídos de los prisioneros– le habló tan apacible que parecía haber olvidado lo que acababa de pasar –Algunos se confesaron apoyadores.

–Veamos si mantienen su posición cuando sea ejecutado– le contestó ella –A Daniel no le molestaría empalar doce cabezas en lugar de una. Él designó a Miguel Angelo a encargarse.

–¿Hilvanará él las galerías?

–No. Esperará, pero se ocupará de lo demás.

–¿Siguen en pie tus planes para esta noche?

–Sin duda alguna, ahora con mayor razón

–No estoy de acuerdo, no lo merece– dijo él –Pero si tú así lo quieres, accederé por complacerte.

–¿Me dirás que crees eso ahora?– el tono de Elizabeth fue jocoso –Engáñate a ti mismo, pero conmigo ni lo intentes.

Se hizo una pausa breve en lo que presumí se despedían con un beso. El sonido subsiguiente fue el de la puerta indicar que Diego se había ido.

Miré a mi acompañante al tiempo que negaba con la cabeza, decepcionada. 

Me evaporé de la biblioteca directo a mi cuarto de baño, donde me lavé la cara con agua fría para sosegar mi genio. Tras secarme con la toalla, mi vista se paseó sin querer por la repisa soldada a la pared, dejándome redescubrir la carta que envolvía el regalo de Aarón. Suspicaz, me acerqué para tomarla. Sentada a la orilla de la cama, volví a estudiar el dije.

"Fides animus et non caro" era lo que se leía en el borde y que yo no lograba interpretar. Pasé mis dedos sobre él, pensativa. Me dejé caer suavemente de espaldas. Acariciando mi mentón con la alhaja, pensaba en Savannah. No importaba cuánto ni cómo se lo exigiera, Diego no iba a ceder. Si quería saber lo que pasaba, debía hacerlo por mí misma.

Me incorporé, contemplando de nuevo aquel extraño objeto, ¿Qué misterio le rodeaba?, Aaron me había ofrecido una historia y en su momento yo no quise escuchar. Tampoco llegué a conocer al chico del todo bien, sólo habíamos estado hablando las últimas semanas. Aquello que me había dejado por herencia bien podría tratarse de una baratija de mercado, pero en el fondo algo me decía que quizás encerraba algo más. Cerré los ojos, cavilando. Jamás le visité pero creía recordar la dirección que me había dado en una ocasión, parecía algo descabellado, abusivo, pero se me ocurrió que yendo allá podría comprender mejor sobre eso.

Tock, Tock, Tock.

El llamado a la puerta me sobresaltó, no había sentido a nadie acercarse. En medio instante mi mano estuvo sobre el pomo, al girarlo, descubrí a Elizabeth de pie allí.

–Vaya que tienes pies de fantasma– le dije –No te escuché venir.

Ella ladeó un poco sus labios, parecía avergonzada.

–¿Podemos conversar?– pidió, a lo que yo me aparté de la entrada e hice ademán de invitarle a pasar.

–¿Dónde has estado?– Quise saber.

–Lo siento, Daniel necesitaba una mano... La neoemia te sienta bien, luces maravillosa.

–Gracias. Me hubiera gustado conocerte antes de tu conversión y saber qué tanto cambiaste.

Se echó a reír.

–Lamento lo de hace un rato– se disculpó en nombre de mi hermano, ignorando mi último comentario.

–No es tu culpa, parece que estoy atrapada en una red de mentiras tejidas por él.

Ella aspiró para hablar pero continué.

–A ti en cambio te agradezco hayas sido abierta conmigo desde el principio, me gustaría que siguieras así.

Se removió incómoda.

–Diego... Él siempre ha pensado que guardándose todo para él sólo, librará a los demás de preocupaciones. Créeme si te digo que no lo hace por maldad, sino porque te ama. Eso me consta– aseguró –Fue esa una de las cosas que admiré de él cuando le conocí, su fuerza para luchar por ti. Todo lo que hizo, dejarte aquí tan lejos de él, con una desconocida, y cuando eras sólo una niña, fue algo muy difícil. No sé si lo sabes, pero tú fuiste consignada como esclava. Él suplicó para que le dejaran hacer un convenio por ti. Cuando Daniel aceptó, pasó mucho trabajando sin remuneración porque su paga iba entera a depreciar la deuda que él tomó para sí, pagando tu libertad.

–¿Qué?– estaba boquiabierta.

–Y aún después continuó en las mismas– añadió –Para pagar también lo que te correspondería a ti ahora que vas a registrarte oficialmente. ¿Sabías que todo vampiro debe pagar arancel por su ingreso a nuestra sociedad?, ¿Qué debe entregar un patrimonio al Zethee?

–No...

–Tú comenzarás una nueva vida, lo harás como vampiro libre, y además sin tener que aportar un solo centavo. Pese a lo que pueda decir, él es tu ángel de la guarda– Le miré con tristeza y ella me sonrió –En fin. Converse con mi esposo sobre ti, de tus gustos, y de ahí conseguí descubrir algo. Me basé en ello para elegir el regalo que te daré.

–¿Eh?, ¿Un regalo, dices?

–¡Así es!– estaba entusiasmada –Al principio costó convencer a Diego, pero al final lo hice, ¡Sí que sí!, y ¿Qué crees?– se inclinó un poco hacía mí como cuando se le habla a una niña, y soltó palabra por palabra con demora pero sin pausa –Esta noche cuando regreses de tu cacería con él, tendrás tu obsequio aquí, esperándote– rio de nuevo, dejando fluir aquella sinfonía tan suya, me fue imposible refrenar una sonrisa.

–¿Y qué es?

–¡AHH! – Gritó fanática –¡Una sorpresa!

–Vale... – miré su atavío, esta vez llevaba un precioso vestido verde bosque de modelo similar al blanco con el que la conocí –Estoy por pensar que tu guardarropas solo tiene trajes hermosos, ese que llevas está increíble, me gusta mucho.

–¡Gracias!– Su rostro se iluminó –puedo mostrarte todo lo que traje, si quieres– miró mi camisa –¿Eso qué es? –saltó sobre mí, estirando la tela que me cubría.

–Me gusta pintar mi ropa, ya sabes, algo de estilo propio– le conté. 

Aquel en especial se trataba de un corazón humano, muy bien hecho, que había contorneado hacía tiempo.

–¿Y esta noche que te pondrás?– arrugó un poco la nariz. Yo me encogí de hombros –Tengo un vestido que podría favorecerte– dijo, estudiándome –Aunque eres mucho más poderosa que yo– soltó, dividiendo su rostro en un mohín.

–¿Poderosa?

Ella simuló sopesar sus pechos, aludiendo el tamaño de los míos, torcí el gesto y eso le hizo reír otra vez. Sin embargo lo que había dicho era cierto, su figura no era ostentosa, pero ello sólo le hacía ser más fina, elegante, como una muñeca de porcelana exquisita.

–Mi copa es menor a la tuya– dijo al fin –Pero creo que el vestido estirará y podrá quedarte.

En un instante imposiblemente veloz, se evaporó de mi vista. Tras cuatro segundos apareció de nuevo, con el traje colgado del brazo. Al ver la tela negra me erguí, curiosa. Ella lo tendió sobre la cama, complacida.

–Elizabeth....– hablé en un susurro –Es hermoso...

Toqué su textura, simulaba suavidad a la vista pero era rígido al tacto. Sin nada que cubriera del busto hacia arriba, tenía al nivel superior una serie de capas dispuestas una sobre otra como un mazo de barajas y de ellas se desprendía una falda acampanada que cubriría a lo mucho las rodillas. Noté que su color resaltaba sobre mi ahora poco más nívea piel. Entonces, por alguna razón, pensé en él...

–¿El Zethee irá con nosotros?

–¿Daniel?– preguntó extrañada, como si la conversación hubiera caído en un tema inesperado para ella. Me avergoncé un poco.

–Si– afirmé, mostrando absoluta seguridad.

Su expresión fue muy exótica, algo como una mezcla entre diversión, beneplácito y picardía.

–¿Interesada eh?– habló casi sin poder borrar de sus labios la sonrisa –Quizás... Puede ser, ¿Por qué no?

–¿Puedes influir para que así sea?– me atreví a decir.

–Pienso que sí– se cruzó de brazos y llevó un dedo a su mejilla –Perdona la pregunta, pero... ¿Él te interesa?

–Sólo una mujer muy ciega o muy tonta podría no ver lo atractivo que es. Sé que es un hombre extraordinario o no estaría donde está, y que sus hazañas parecen sobresalientes. Tiene mucho poder, sería hipócrita si te dijera que nada de eso me atrae.

Miré hacia otro lado, así era más fácil hablarle con franqueza al no observar la reacción que pudiera tener, hablé sin bajar el ángulo alto que mi rostro mantenía, pues no le demostraría vacilación alguna.

–Yo no soy ninguna reina pero puedo serlo– añadí –Sé que tengo buenas ventajas y sacaré provecho de ellas– me volví para verle –Nunca he tenido miedo de desafiarme a mí misma con metas altas. Además, no me gustan los chiquillos.

Ella gesticuló concediéndome razón.

–¿Está casado?– pregunté.

–Ya no.

–¿Ya no?– repetí, a la espera de una explicación poco más informativa.

–Lo estuvo hace tiempo.

–¿Enviudó?

Negó con la cabeza.

–Bien– resolví –¿Sabes a qué hora quedó Diego de venir por mí? Quiero estar a tiempo para arreglarme, pero necesito salir y es de verdad importante.

–No, no me lo dijo, pero ha de ser cerca de la media noche.

Asentí.

–En ese caso debería aprovechar– suspiré –Gracias por esta conversación, me ha gustado mucho, también por el vestido y el regalo que dices traerás.

–Jamás lo creerás, ni aun viéndolo– se animó de nuevo y me guiñó un ojo –Y no te preocupes, yo te ayudaré a complementar esto– señaló el vestido –Para que esta noche, tu primera noche de caza, sea perfecta.

–Lo será si consigues que nos acompañe Daniel– me di cuenta de que me había atrevido a llamarle por su nombre por primera vez.

–Veré qué puedo hacer...– entornó los ojos, sonreída –Esto sería interesante.

–Estupendo– tomé la alhaja que había quedado apartada en la cama y la guardé en mi bolsillo.

–¿Sí crees que sea prudente salir?– se incorporó –Ahora te riges por una naturaleza nueva que aún debes conocer. A la que debes adaptarte.

–Diego no tiene problemas– intenté sonar convincente –Ya le dije que tenía unos pendientes, realmente ni siquiera tardaré.

–Bien, te esperaré para alistarte.

Asentí en respuesta y sin volver a pensarlo salí hacia la casa dónde había vivido Aarón. Cualquier cosa, por mínima que fuera, podría ayudarme a descifrar qué pudo querer decirme con su extraño obsequio. 

De camino, mi mente se ocupó con la noche en que me atacaron y todo lo ocurrido en torno a ello. El vampiro me había amenazado: "Será Diego quién te asesine", pero, por donde quiera que lo viera, sus palabras carecían de fundamento y veracidad.

Y eso no era lo único.

El objetivo de mi captor no había sido liquidarme, hubiera podido hacerlo aún en casa de Savannah y dejarme allí tirada junto a los otros cuerpos, o en últimas instancias, terminar el trabajo en aquel galpón. Pero en lugar de una u otra posibilidad, tan sólo me había herido. Sin importar la gravedad del estado en que me dejó, de haber pretendido acabar conmigo tan sólo hubiera avanzado unos centímetros más cuando abrió mi costado. Pudo arrancarme la cabeza y todo habría terminado. No obstante, no había sucedido así. También me fastidiaba la idea de que no se hubiese defendido en el momento que Diego se abalanzó sobre él, bien pudo haber luchado, pero no lo hizo, se había dejado matar. ¿Por qué?

Le daba la vuelta al asunto por enésima vez cuando me descubrí frente al parque que precedía el suburbio al que me dirigía. Aquella era una comunidad muy hermética, construyeron sus hogares detrás de una arboleda tan espesa que desde la calle era imposible verlas. La zona no era precisamente de mis favoritas, siempre pareció pavorosa incluso para mí. No había allí nada del otro mundo pero por alguna razón me provocaba escalofríos. 

Atravesé la plazoleta sorteando los numerosos troncos caídos, parecía no haber sido limpiada desde la prehistoria. Cruzando la portezuela de salida me encontré con una calle en forma de herradura en la cual se amontonaban todas las casas. Las fachadas estaban desvencijadas en su mayoría, con menudos huertos en su frente y cercados con barreras de madera, casi todas mantenían sus ventanas abiertas, y el viento fuerte hacía bailar las cortinas de un modo que le daba a las casas sensación de soledad. Caminé a paso seguro observando cada una, intentando adivinar cuál sería la correcta. 

Entre los vergeles advertía cada tanto a algunos ancianos, danzando en sus mecedoras con lentitud, eso le daba al ambiente un aire aún más añoso, parecía una villa totalmente ajena a la ciudad. Deseé pedirles dirección pero me observaban con gesto extraño, concentrados en algún punto medio entre el recelo y el interés, no fue sino hasta encontrar una señora de mediana edad removiendo la tierra de su chico regadío cuando me atreví a hablar. Ella estaba al cruzar la calle, así que me acerqué hasta donde pudiera escucharme.

–¿La familia Dunne?– pregunté.

Sin responder verbalmente dejó su tarea para levantarse, entonces alzó su mano señalando un sentido y siguiéndole con la vista distinguí una de las últimas casas, ya llegando hacía la curva, de dónde se escurrían algunas sombras de allí para allá entre la puerta principal y el piso de cerámica. Dirigiéndome hacia allá, dejé a la informante atrás, no sin dejar de sentir su indiscreta mirada a mis espaldas. 

La casa de Aarón me pareció la más rara de todas, una enorme corona de soga gruesa y color roja estaba colgada en la entrada, llamé fuerte a la puerta ignorando el armatoste. Escuché como alguien de liviano andar se detenía para recibirme, al hacerlo, se reveló ante mí una mujer madura, sus ojos estaban llorosos y llevaba ojeras muy marcadas. En ese momento me di cuenta que quizás había sido mucho descaro de mi parte aparecerme ahí, pero ya era tarde para lamentaciones.

–Lo siento– Hablé respetuosa en memoria de mi difunto compañero –Soy estudiante de la facultad de Biología, amiga de Aarón, espero no estar siendo inoportuna al atreverme a venir.

Ella estudió mi rostro con suma exploración, me incomodó pero lo soporté.

–Quería darle mis condolencias– añadí, algo culpable.

–Gracias...– dijo casi insegura, pero pronto su actitud recelosa se volvió más normal y una expresión de tristeza aún mayor de la que ya tenía se extendió enteramente en ella –No ha sido fácil...

–¿Era usted su madre?

Asintió, desviando la mirada. Podría jurar, por su actitud, que pensando en su hijo.

–Lo lamento mucho, muchísimo– repetí –No se imagina cuánto– y en aquello último fui totalmente sincera.

–Él tenía buenos amigos– volvió a mí –¿Quieres entrar?

Acepté mientras me daba paso, descubrí que lo arcaico de su hechura se mostraba dentro tanto como lo había visto afuera. 

A primer encuentro estaba la sala, la mujer se sentó en un sofá raído y yo entretuve mi vista con algo que llamó mucho mi atención, y es que desde allí podía observar un área de la casa en cuyo centro se presentaba una enorme fotografía de Aarón. Aquel chico sagaz volvió a mirarme con media sonrisa, y fugaz como un rayo cruzó en mi mente la imagen clara de su cuello hecho nada entre las uñas del vampiro. Tragué saliva. En la base del retrato había numerosos lazos armados de la misma soga roja que antes vi en la puerta, tenía también muchísimas flores pero ninguna de olor agradable, de hecho era bastante repugnante. Pero lo más excéntrico de todo fueron las siete mujeres que se acuclillaban frente a él. Todas vestían extrañas ropas color violeta, faldas muy anchas igual que su blusón, y llevaban en las manos vasijas de barro de dónde se desprendía un humo azul. Las vi balancearlas una y otra vez mientras canturreaban por lo bajo una canción en lengua extranjera. 

En conjunto, la visión me perturbaba, pero no más que el perfume que de allí salía, amargo, intenso, me provocaba mareos y náuseas. Me pregunté si estarían haciendo algún tipo de hechicería, pero descarté la idea al no percibir peso alguno en el ambiente como solía suceder en los casos en que sí.

–Discúlpanos– habló la mujer tras de mí. Me giré hacia ella saliendo de mi sopor y tomé asiento a su lado, esforzándome por no volver a mirar –Es un rito que hacemos a nuestros muertos las primeras semanas de su partida.

–¿Qué religión practican?– quise saber.

Ella negó con la cabeza al tiempo que sacaba de su corpiño un pañuelo y limpiaba sus ojos.

–No es religión, más bien tradición, una medida de seguridad– la voz se le quebró –Para asegurar que el alma y el espíritu no sean robados.

La observé sin saber que decir, ella continuó.

–La familia de mi esposo– habló cerrando los ojos y arrugando la frente, le estaba costando conversar –Se lo toman muy en serio y lo hacen desde siempre– volvió a mirarme pero pronto sus ojos pasaron a la sala contigua, posándose en la imagen de su hijo –Esto es sólo una ayuda– explicó, apresurando más sus palabras y cambiando su compostura, me di cuenta de que sufría trasnochos, por el dolor de la pérdida quizás –También están haciéndolo en su habitación pero el más importante es el del sepulcro, allá lo hacen, sí, todos los días, todos los días lo hacen– dijo manifiestamente aturdida, entonces rompió a llorar.

Me removí en mi sitio, incómoda. No sabía qué era peor, si su llanto o sus respuestas a preguntas que yo no estaba formulando.

–Perdón– soltó, haciendo un notable esfuerzo por comportarse –Es que esto.... Esto es terrible, él era mi único hijo– sollozó otro poco, apretando el pañuelo contra sus ojos –Y ni siquiera pude verlo cuando me despedí– su pecho se contrajo entre varios suspiros –¿Estuviste en su funeral?

–No. Estuve muy enferma en esos días.

Llevó su pañuelo húmedo sobre sus piernas y concentró su vista en él.

–Tuvo que hacerse a féretro cerrado– me miró con gesto resentido de repente –No pudimos darle una sepultura digna– suspiró voluntariamente, obligándose a seguir –Yo no lo vi, no pude– volvió a decir –El oficial llegó aquí con la noticia, dijo que alguien debía reconocerlo. Estábamos tan sólo el padre de mi esposo y yo, ambos fuimos, pero fuimos advertidos de su estado. No me permitieron pasar. Cuando nos hicieron la entrega del cuerpo, pusieron en nuestras manos dos bolsas– su expresión se volvió hostil –Mi hijo.... Es dos bolsas...

Permanecí en absoluto silencio, desconcertada entre su testimonio y el cambio de emoción.

–Ahora esa mujercita está desaparecida– dijo, supe que hablaba de Savannah –¿Está también involucrada en esto o es otra víctima de sus juegos?

–¿Qué?– demostré mi confusión.

–¿Qué quieres?– escupió sus palabras con rencor neurótico –¿A qué viniste?, ¿Fuiste tú?, ¡¿Fueron tus amigos?!– se irguió con semblante desquiciado, amagando abalanzarse sobre mí.

Me puse en pie de un salto, sin saber si lo había hecho a velocidad humana o no.

–¡¿FUISTE TU?!– repitió, gritando.

–Señora...– mi voz tembló, nerviosa y sobrecogida por sus preguntas acusadoras. Di un paso atrás.

–¡¿FUISTE TÚ?!– insistió.

–Espere un minuto– intenté calmarla –¿A qué se refiere?– No podía creer que estuviera culpándome, era imposible –¿De qué habla?

–¡Sabes bien de qué hablo, engendro maldito!, ¡ERA MI HIJO!

....No puede ser... ¿Sabe lo que soy? Pensé. 

Ante aquello fui incapaz de reaccionar. Mi vista pasó de ella hacia las siete mujeres quienes ahora me observaban fijo pero sin renunciar a su tarea.

–¡ERA MI HIJO!, ¡MI HIJO!– repetía gritando sin cesar, llorando, y maldiciendo.

Y a pesar de saber que por moral debía irme, no lo hice. Fue más fuerte la nueva y creciente sed de información.

–Yo no lo hice– aseguré muy seria, para que entendiera que decía la verdad, ya no había necesidad de hablar con máscaras –¿Cómo es que sabe lo que soy? , ¿Aarón podía reconocer vampiros?

–¡Basta!– Bramó un hombre de avanzada edad pero con gran robustez, desde el otro lado de la sala. Se acercó caminando a paso rápido hacia nosotras ayudando su pierna derecha con un bastón –¿A qué has venido?– me preguntó, lucía enojado pero al hablar no lo demostró.

–Demonio, engendro... – murmuraba la mujer, a la vez que con la misma aceleración con que se había hinchado de cólera se desplomaba ahora a llorar de nuevo sobre el sofá.

–¿Qué buscas aquí?– preguntó el hombre con la prudencia en su semblante.

–Respuestas– dije.

–¿Por qué?, Deberíamos ser nosotros quiénes las quieran y sin embargo no lo hacemos. Aquí no hay nada para ti, vete.

Con suma confianza dio media vuelta para sentarse junto a la desecha mujer.

–Por favor– le dije –Necesito saber. Nunca me di la oportunidad de descubrir que tanto sabía Aarón sobre.... – mirando brevemente a las siete mujeres, no me atreví a usar la palabra que ahora me definía –Bueno, él me conoció siendo humana.

–Entonces eres un engendro nuevo– concluyó –No sé si el destino de mi nieto haya sido decisión tuya, pero si así fue, gracias por dejarlo morir. Lo digo sinceramente. No hay nada más virtuoso que vivir y morir siendo humano, su destino fue mejor que el que a ti te espera. Pobre de ti, ahora que eres una criatura de sangre, tu tiempo está detenido y tu vida estará estancada. Me das lástima.

Sintiéndome herida, guardé silencio. Me irrité conmigo misma al sentir mis ojos humedecer. Las mejillas también me escocían. Soltando un bufido de indignación, ignoré el peso del objeto en mi bolsillo y que me había llevado hasta allí. Dando media vuelta para marcharme, decidí convencerme de que no valía la pena. El abuelo tenía razón, no había nada allí para mí. 

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