En algún lugar, escuché que estar con alguien en quien confías, te da sueño. Evan y yo pasamos días enteros en la cama. Las horas se nos escurrían entre siestas con poca ropa y muchas caricias.
Todos los asuntos pendientes seguían ahí: Bii sola en el búnker, Angie sin mí en el infierno, los papeles legales, el pasado que me dolía, el futuro que me aterraba. Pero cada vez que mi mente se llenaba de nubes negras, Evan las disipaba. Entre sus brazos solo existía el presente, y ese sentimiento que nos unía, aunque ninguno de los dos se atrevía a ponerle nombre.
"Nada de sexo por quince días" había dicho Rita, y nosotros nos reímos, sin sospechar que era una bruja. Sus ojos vieron lo que nosotros no queríamos mirar, y su boca nos lanzó una maldición.
—Tomátelo con calma estos días, Ada —me advirtió—. Nada de ejercicio intenso, ni cargar peso. Queremos darle al embrión la mejor oportunidad. Si sentís algo raro, me avisás. Y no te olvides de descansar, tomar los medicamentos y mantenerte bien hidratada.
Así que decidimos entrar en hibernación. Nos alejamos de todo: la gente, las preocupaciones, incluso de nuestros propios pensamientos. No hablábamos de nada importante y eso estaba bien. Estar juntos bastaba.
No entendía cómo había sucedido. Después de Peter, mis pocos intentos por conseguir un nuevo compañero habían acabado en más frustración, pues luego de una relación tan larga e intensa, casi nada me emociona. Pero con Evan era distinto, él tenía algo que me hacía sentir segura, en paz, feliz.
Disfrutaba tanto el nuevo modo de su compañía. A mí, se daban bien los abrazos y caricias. Él era un experto con los labios. Me besaba de tantas formas (y en tantas partes). Además, parecía saber exactamente cómo mirarme, cómo hablarme, cómo tocarme. Su calor, me ponía a arder por dentro.
Aunque todavía no lo podía confirmar, estaba casi segura de que nos íbamos a entender muy bien en lo físico. Con él me sentía libre, desinhibida, capaz de decir y hacer lo que se me diera la gana.
Estábamos acostados. Era una tarde soleada. Las cortinas, semiabiertas dibujaban caminos de luz sobre su piel.
—¿Por la bicicleta? —pregunté, pasando mis dedos por los callos de sus manos.
—Sí —respondió él, con cierta nostalgia.
—Por la mochila —dije después, acariciando las marcas en sus hombros.
Mi mano descendió por su torso semi divino, hasta encontrar las huellas que las correas habían dejado en su cintura. Su pecho subía y bajaba con un ritmo lento, pero poderoso. Yo estaba hipnotizada por la geografía de sus músculos. Elevé la mirada hasta su rostro, y al colocar el pulgar sobre sus labios, susurré:
—Por la sed.
Ya habíamos sanado, pero de cerca, aún se notaban los cráteres y lunares que nos había dejado el viaje.
Aun así, Evan era hermoso. Tenerlo tan cerca, tan quieto, tan presente, me encendía por dentro. Deslicé mi mano por su barbilla, su cuello, las líneas de su clavícula, hasta alojarla en el nido de vellos que crecía entre sus pectorales.
—Por la falta de evolución —dije, y solté una risa.
Él sujetó mi mano y me atrajo hacia sí. Empezó a besarme, y mientras lo hacía, nuestros cuerpos se fueron entrelazando. Contener el deseo era casi imposible. Esos juegos, lejos de apaciguarlo, lo hacían acumularse aún más.
—Todavía no podemos —dije, haciendo un esfuerzo por separarme.
Evan gruñó con frustración y se hizo a un lado.
—Ya falta poco —suspiró.
—¿Cuántos días faltan? —pregunté.
Él me miró, decepcionado.
—¿No llevás la cuenta?
Me encogí de hombros. Se levantó de la cama y tomó el viejo reloj que estaba junto al televisor.
—Inaceptable —bromeó—. ¿Esta cosa todavía funciona?
—Supongo.
—Vamos a ver... —empezó a hacer cuentas con los dedos mientras yo lo observaba, divertida—. ¿A qué hora fue?
—Cuatro o cinco de la tarde, no estoy segura.
—Bueno, no hay que ser impacientes. Dejemos un margen prudente. Digamos, seis de la tarde —yo solté una risa—. Listo: próximo lunes a las seis.
Volvió al sofá cama, donde lo recibí con una sonrisa y un abrazo.
—Falta mucho —me quejé—. No voy a aguantar si seguimos encerrados. Deberíamos salir, ¿no creés?
Él asintió. Empezamos a salir de vez en cuando. El aire siempre era frío en el pueblo de los palos rojos. Yo salía bien abrigada: con gorro, guantes y gafas oscuras, pero aun así, muchas veces la gente me miraba raro. Por suerte, el hombre mono siempre lograba que me sintiera segura.
Nos gustaba caminar por sus lugares favoritos. Una o dos horas recorriendo calles, hasta que el hambre nos vencía. A veces, siguiendo las reglas de Rita, comprábamos en el mercado algo para cocinar. Otras, comíamos fuera, para que ella no tuviera motivos para regañarnos.
Adoraba todo lo que vendían en Tze Kyaq. A pesar de haber crecido en los jardines, había tantas cosas que nunca había visto, ni probado. Las carnicerías eran un espectáculo salvaje para mí: macabro, fascinante, delicioso. Evan me había vuelto adicta a la carne.
A veces preparábamos la cena para Rita y Willy. Eran agradables, no hacían muchas preguntas. Les gustaba hablar, y a mí, escucharlos. Siendo tan inteligentes, bastaba un dato mínimo para que conversaran durante horas: analizaban, discutían, especulaban, construían ideas y las desarmaban como si fueran juguetes. Me recordaban a mis padres.
Rita estaba a tres o cuatro semanas de dar a luz, y comía como un pozo sin fondo. Yo la escuchaba quejarse de sus molestias, y cuando veía sus pies hinchados y su ombligo saltado, me ponía nerviosa. Convivir con ella me volvía sensible. No podía evitar pensar en Angie. Me daban ganas de volver a la Catedral, de abrazarla otra vez, saber cómo estaba, compartir con ella lo que yo también estaba viviendo. Pero los números del calendario seguían avanzando sin señales de que me fueran a quitar el grillete del tobillo.
Todo era una espera. Esperar dos semanas para hacerme la prueba de embarazo. Esperar a que mi abogada y el Consejo del pueblo decidieran qué hacer conmigo.
Patricia era feroz. Otra abogada habría cedido un poco para acelerar el proceso, pero ella no. Se negaba a aceptar cualquier acuerdo que a su juicio, me perjudicara o violara mis derechos. Tal vez ya le caía bien, o tal vez simplemente, no soportaba perder.
El domingo desperté enredada en los brazos de Evan. El reloj marcaba las diez cuarenta de la mañana.
Después de ir al baño, fui a la cocina en busca de algo de comer y me senté en la encimera. Me gustaba despertarme antes que él; eso me daba la oportunidad de mirarlo como una acosadora. Entonces sonó su teléfono, y él alzó la cabeza como una lagartija.
—¿Qué manda, má? —se sentó. Su voz adormilada, su torso desnudo y su cabello alborotado eran demasiado sensuales; no parecía un niño hablando con su mamá—. Estoy con Ada —la voz en el teléfono se alzó, y Evan se pasó la mano por la cara, suspirando—. Se me olvidó, perdón... sí, tranquila, ya voy.
—¿Qué pasó? —pregunté, cuando colgó y se acercó con cara de regañado.
—Se me olvidó que hay almuerzo en mi casa —se acomodó entre mis piernas y empezó a besarme el cuello—. No quiero ir.
—No hay problema. Podemos vernos después.
—¿Vamos? —preguntó.
Iba a decir que no, pero siguió besándome y me quedé muda. Su teléfono volvió a sonar con otro mensaje de su madre.
—Está bien, vamos un rato. No quiero que tu mamá se enoje —dije. Evan sonrió, complacido.
—Solo que... —añadió, algo dudoso.
—¿Qué? —pregunté.
—No te vayas a enojar, pero prefería esperar un poco para decirles que nosotros...
—Está bien, entiendo —me apresuré a decir.
Con Peter, me había acostumbrado a vivir de migajas.
Fui al clóset a buscar qué ponerme. Mi guardarropa era muy limitado: solo había comprado lo necesario, y la mayoría de prendas eran para estar en casa o salir a caminar. Me puse mi único vestido, mi única chaqueta y mi único par de botas. El vestido era tan casual que me hacía ver como una niña de doce años, pero no tenía otra opción. Me hice una trenza en el cabello mientras íbamos en el auto y en cuestión de minutos, ya estábamos aparcando frente a la casa de Evan.
Era la primera vez que iba. Estaba muy nerviosa. Apenas había tratado con su familia, solo un poco durante la cuarentena y las audiencias.
Salimos del auto, y cuando iba a tomar su mano, recordé que aún no quería decirles nada. Suspiré.
Tener que esperar para todo... realmente era un fastidio.