Punto de vista de Paula Sanabria
"Fenix".
"El Fénix es un ave mítica, un símbolo universal de la muerte y el renacimiento. También simboliza el fuego, el sol, la vida, la renovación, la resurrección, la inmortalidad, la longevidad y lo invencible. De origen Etíope, el Fénix, cuya cola tiene hermosas plumas rojas y doradas, es retratada como un ave sagrada que se levanta de las llamas. Eso es porque ella tiene la capacidad de renacer de sus propias cenizas después de ser consumido por el fuego".
Cerré el libro apoyado sobre mi escritorio, después de leer esas palabras impresas en papel amarillento. Un suspiro dejó mis labios, después de asimilar cada pequeño detalle de ese párrafo que representaba tanto de mí.
Quité mis anteojos de alto grado, dejándolos en la pila de papeles en la esquina de la mesa presidencial. Tamborilee con los dedos sutilmente, antes de levantar mi cuerpo de la silla y lentamente caminar hasta la librera de caoba en un tono rojizo-marrón en la esquina de la amplia sala. Vertí la cantidad relativa de un Whisky escoces en una copa, luego puse dos cubitos de hielo.
Esa mañana llevaba un peso considerable delante de los planes que tracé después de todo el desastre de hace un año. Hoy sería el día en que todos pudieran ver el renacimiento de lo que soy y aún puedo ser. En el camino de vida que estaba destinado para mí no permitía la creación de espacios para fracasos o derrotas.
Yo había sido creada, y entrenada específicamente para luchar contra lo que se oponía en mi camino. Siguiendo aquellas enseñanzas hicieron que ahora yo, este más viva de lo que muchos podrían estar.
-Disculpe, señora.
Levanté el vaso con Whisky hasta mi boca, dejando que el líquido cubra ligeramente mis labios ahora pintados en un rojo oscuro opaco. Después de sentir el calor que la bebida que causaba en el interior de mi cuerpo, le contesté:
-¿Si?
-La Sra. Ledesma está aquí y desea pasar. - Fueron las palabras de mi secretaria privada, que me arrancó una sonrisa satisfacción.
Di un paso adelante, acercándome al gigantesco ventanal de vidrio que se presentaba ante mis ojos con una amplia vista del horizonte de la hermosa y estructurada ciudad de Zurich. Mi mirada fue hacia el flujo de coches que entraban en el aparcamiento delantero de mi empresa.
Industrias Sanabria.
-Déjala entrar, la estoy esperando.
-Sí señora, permiso.
Cuando me acerqué al ventanal, pude ver parcialmente mi reflejo. Mi pelo estaba todavía largo, descendía como una hermosa cascada en mi espalda, aunque ahora eran una sombra de castaño, trayendo un cambio radical a mi apariencia.
Los colores claros contrastaban perfectamente con el vestido de tubo negro, con mangas ¾ y escote frontal rectangular. La pieza liviana de tela, muy elegante, ajustada en mi cuerpo, trayendo un aire social y al mismo tiempo atrayente. ¿podría decir modestamente cuán exuberante estaba esa mañana? Después de todo, no estaba mal que una mujer se encontrara increíblemente hermosa, ¿verdad? Especialmente, cuando en pocos minutos se convertiría en el centro de atención de cientos de personas que estaban ansiosas en un auditorio gigantesco de aquel edificio.
Esa mañana de otoño, en tierras suizas, dentro del edificio monumental de Sanabria Enterprise, una empresa nacida de las manos del difunto Marcelino Sanabria, se iniciará el nuevo ciclo comandado por mí.
-¿Paula Sanabria?
Escuché la voz ronca y femenina inundando el ambiente, arrancando de mí una sonrisa amorosa. Dejé que el aire que llenaba mis pulmones se escapara por mi boca con un fuerte suspiro.
Los ruidos de los zapatos de Amelia en el piso de roble indicaban su cercanía, haciéndome anhelar su contacto, hasta que finalmente recibí sus manos en mi cintura.
- ¿Estás lista, Reina?
Esa pregunta fue contra mi oreja, como un susurro. Sentí un escalofrío sutil en mi espina dorsal, aunque traté de no demostrar el estremecimiento de mi cuerpo. Tomé otro sorbo de la bebida en mi vaso, antes de volverme hacia ella y encaré sus ojos hipnotizantes.
Amelia estaba increíblemente hermosa esa mañana, como de costumbre. La oficial llevaba un pantalón femenino en un tono de azul oscuro, con líneas de tiza vertical. La tela de aspecto sofisticado mantuvo un contraste con el tono nacarado de su camisa de seda dentro de la chaqueta abierta.
Deslice las yemas de los dedos sobre la placa colgada en una delgada cadena en el cuello.
- Siempre estoy lista, Ledesma. -respondí en un tono petulante.
Amelia sonrió de lado, tomando la copa de mi mano para saborear algo del líquido de contenido alcohólico.
- Por supuesto que sí, aún más cuando eres la pieza principal, ¿no?
Retorcí los labios en una sonrisa maliciosa, antes de caminar a mi escritorio, donde me senté parcialmente. Crucé mis piernas, dejando que una parte de mis muslos sea visible a través de la hendidura sutil del vestido.
-No puedes culparme por haber nacido para ser el protagonista de este juego, Amelia. Esta en mi sangre el destino de ser una reina.
-Pensé que Luisita Fernández se había quedado atrás. -la policía murmuró mientras se acercaba, dejando el vaso a un lado.
Me enfrenté a su mirada intensa, lo que me hizo volverme de una manera desafiante e imponente. Con una sonrisa en la comisura de los labios, deslicé mis manos a través del busto de Amelia, dándome cuenta de que ella seguía cada movimiento con sus ojos. Con las yemas de los dedos descendí hacia su piel, hasta llegar a la basta de su blazer, donde la jale para acercarla.
-Quedó muerta. Luisita Fernández está muerta en un cementerio de Nueva York ahora mismo. -susurré, mientras mis manos subieron por los lados de su cuello. -sin embargo...
Sentí que la respiración de Amelia falló brevemente, en una señal perfecta de lo que yo podía causarle. Incluso en el tiempo, la oficial no se había vuelto inmune a mi poder, mucho menos a mis toques. Sonreí de lado e incliné mi cuerpo sutilmente hacia adelante, acercando mis labios a la curvatura de su cuello. Ella tragó seco, suspirando por la cercanía, pero no habló. Deposité un beso lento, permitiendo que mi lengua pasara por u piel.
-Paula Sanabria está aquí ahora, como el renacimiento de Luisita Fernández que fue consumida por el fuego. -murmuré, para luego hacerle frente a su mirada de nuevo.
-¿Cómo un ave Fénix?
-Como un ave Fénix. - Afirme.
Los ojos de Amelia mostraron un resplandor lujurioso, casi estimulante. Ella inspiró el aire con fuerza, como para tratar de mantener su cordura.
- ¿Qué se supone que debo esperar de ti, Paula?
-¿Qué esperabas de Luisita Fernández? -la golpeé con una pregunta que la hizo sonreír. - Ahora somos una, Amelia. Ahora tendrás a las dos.
Levanté mi cuerpo de la mesa y caminé hacia el otro lado mientras trataba de recomponerme.
-Una señal de la que debería preocuparme. -dijo cuando se volteó y tomó del Whisky. -dos de ustedes es siempre un signo de confusión, es como si hubiera vivido en otra vida. - dijo, haciéndome reír tranquilamente.
-Deberías sentirte honrada de tener los dos lados de mí. -murmuré cuando paré en la puerta. - no todo el mundo nace con ese tipo de suerte.
-Voy a necesitar tener control. -reclamó tan pronto como sus manos llegaron contra mi cintura.
-No puedes controlar a la dueña del juego, Ledesma. Te enseñé eso desde el primer capítulo de esta historia, ¿recuerdas? El reinado aquí es mío.
-Sra. Sanabria, están todos a su espera.
Amelia y yo miramos por unos momentos, en un intercambio de aspecto cómplice.
-Avisa que voy a bajando. - Ordene.
El funcionario intimidado asintió con la cabeza y pronto se retiró. Caminamos juntas, lado a lado, hacia el elevador principal. Amelia me miró fijamente durante unos segundos, asegurándose de que mi estado fuese más que perfecto. Yo sabía de su temor por mi exagerada exposición, fui en contra de lo que Nieves y Rocío habíamos planeado. Sin embargo, mi decisión había sido tomada.
Paula Sanabria no nació de una fatalidad para vivir en las sombras de un pasado oscuro. Yo había ganado ese juego, merecía disfrutar de mi victoria.
-Cuando diga, señora. -murmuró el guardia tan pronto como nos detuvimos frente a la puerta doble del auditorio.
Amelia se puso a un lado, dejándome en el centro de ambas puertas. Su mirada en mi dirección transmitía la confianza, como si en el fondo de esos ojos, ella podría pasarme su seguridad.
-Controle a su nuevo ejército, reina. -fueron las palabras de Amelia tan pronto como las puertas del Auditorio se abrieron, haciendo espacio para mi entrada.
-Les presento a nuestra nueva socia y CEO de la industria petrolera más grande de la actualidad. Paula Sanabria. -exclamó el maestro de ceremonias cuando mi cuerpo fue bañado por flashes.
En esa fracción de segundo, mi ascenso a la posición de Presidente de industrias, inicialmente fundado por mi padre, Marcelino Sanabria fue la culminación de mi victoria contra Sebastián Fernández.
Después de largos años de sufrimiento, planeando estrategias perfectas para un juego peligroso impulsado por los intereses y la venganza, aquí es donde me encontraba. Luisita Fernández podría haber muerto quemada junto a su marido corrupto y asesino, responsable del incendio de su casa hace unos ocho meses. Sin embargo, en el mismo día que la señora Fernández dejó su puesto como reina, ella designó la corona a mí. Un lado tan inteligente, eficaz y poderoso como la anterior.
Después de todo, nadie sería capaz de mantener la pesada carga de ese reino, ¿verdad? Ninguna de esas personas podría soportar la frialdad de algo como lo que Luisita había vivido. Sólo yo, Paula. Y si tienes curiosidad, que sucedió; puedo explicarte cómo nació la nueva presidente de Industrias Sanabria, o mejor dicho, resurgió.
*Flashback*
Me retorcía lentamente, arrastrándome sobre el piso oscuro, sintiendo esa punzada en la parte superior de mi costilla, acompañado por el ardor en mi muslo izquierdo. Un gemido de dolor se deslizó de mis labios mientras me esforzaba por mantener los ojos abiertos. En ese momento, sentí mi cuerpo pesado, casi inmóvil, como si no estuviera recibiendo completamente las órdenes necesarias para salirme. Tal vez fue el efecto del miedo y de la desesperación que me dominó en ese instante, o incluso, el golpe violento que tuve después de la explosión de la habitación de al lado.
Otro gemido de dolor, seguido por el intento fallido de mí por sentarme. Me acosté de nuevo en el suelo mientras trataba de enfocar mi visión que estaba borrosa, empañada. El resplandor de las llamas intensas se hizo cargo de la habitación, consumiendo todos los materiales existentes. El fuego se acercaba más y más, haciéndome ver de cerca cómo iba a morir. Fue una sensación desesperada ver a la muerte tan cerca, y no poder hacer nada para detenerla.
-No puedo morir.-susurré con dificultad cuando el aire contaminado llenó mis pulmones. - No puedo...
Mi cuerpo temblaba mientras la violenta tos me atrapaba. Me estaba asfixiando en ese lugar. Cerré los ojos brevemente, escuchando vagamente el estallar del fuego, siendo eclipsado por ese zumbido que me puso casi sorda. En el fondo de todos esos sonidos, escuché unos gritos de pavor.
Giré mi cuerpo lentamente hacia un costado, sintiendo ese insoportable dolor. Mi mano se deslizó sobre la piel de mi muslo, siendo humedecida por un líquido oscuro. Levanté mi temblorosa mano lentamente, dándome cuenta del enrojecimiento que corría entre mis dedos hasta la palma.
Sangre.
-Es tu culpa, Luisita. -El hombre gruñó desesperadamente.
Mi respiración sin aliento me hizo inhalar más el aire contaminado en esa habitación. Por mucho que mi cabeza funcionara frenéticamente, mi cuerpo no parecía corresponder en la misma intensidad. Las fuerzas de mi cuerpo se habían ido, cuando más necesitaba ellas. Me encontré en la desesperación. La muerte estaba allí, vibrante, intensa, acercándose a mí de una manera tortuosa.
¿De verdad estaba muriendo? ¿Es así como iba a terminar?
-No... - murmuré, humedeciendo mis labios con la punta de mi lengua.
Por un lado me decía que no había alternativas, yo estaba resignada a dejar que el fuego me consuman por completo. Iba al infierno, ¿no? Después de una vida gobernada por sentimientos tan inferiores nada y nadie podría salvarme ahora. Todo ese tiempo, pensé que en algún momento algo podría salir mal, simplemente no pensé que podría ser de esta manera.
El juego de la vida me había llevado por el sentimiento de odio y rebelión, mi fin no podía ser diferente, ¿no?
-¡Te vas a morir conmigo! Vas a morir conmigo, perra. -exclamó el hombre, haciendo que mis ojos se llenen de lágrimas.
No eran lágrimas de tristeza, no podía verme triste en ese momento. Mis lágrimas resumieron la rebelión. Me caería, pero tomaría la causa de todo conmigo.
-Te vas al infierno conmigo...-susurré silenciosamente, aunque sabía que no podía oír.
-No puedes pelear conmigo. -murmuró en medio de un gemido de dolor.
Fijé mis ojos en el techo, viendo el fuego extenderse más y más. Se expandió a una velocidad que me aterrorizo completamente. Las bengalas crecieron hasta el techo de yeso que amenazó con derrumbarse por completo sobre nuestras cabezas en cualquier momento. Los ruidos se intensificaron, dando señales claras de que en cualquier momento todo podría desmoronarse. Mi respiración se hizo lenta y más y más pesada, como si mi cuerpo estuviera perdiendo su fuerza. Aquel dolor era insoportable, dejándome débil y sin esperanza para luchar. Sebastián Fernández me había derribado.
- ¿Cómo te sientes, Reina? ¿Qué se siente al morir en mis manos? -su voz sonaba gruesa, y sarcástica. Él moriría, pero él me pisaría tanto como fuera necesario antes de irse.
Una sola respiración dejó mis labios a la vez que mis manos se cerraban en puños. Lo vi acercándose. Sebastián llevaba una expresión malvada mientras se esforzaba por cruzar la suite con todas sus heridas. Mi aliento se volvió bruscamente, haciendo que cerrara mis ojos en puro impulso. Iba a morir.
-¡Eres débil! ¡Como Marcelino! - Exclamó.
Esa pequeña frase sonaba violenta e intensa, superponiéndose a mis pensamientos. Como un tiro recto, provocando que el dolor inconmensurable por su perforación, pero a diferencia de todos los otros dolores, este no me golpeó en un mal sentido. Por el contrario, las palabras habladas por Sebastián vinieron como una oleada de adrenalina, y eso era todo lo que necesitaba.
Mis ojos se abrieron en un solo acto, obsesionado con las llamas vibrantes que consumían todo lo que quedaba. No untaría a Marcelino con mi derrota.
Giré mi cuerpo boca abajo, apoyándome con las manos en el piso tembloroso. El fuego se acercaba, las llamas ardían en las telas, cortinas y alfombras. Apreté mis dientes, sintiendo esa punzada de dolor en mi muslo. Aguanté tan pronto como mis ojos fueron contra el objeto plateado y reluciente a unos metros de mí.
-No deberías subestimarme, Sebastián. -murmuré, arrastrándome por el suelo.
-Estás acabada, Luisita. -se rió irónicamente. -Esta vez tu juego ha terminado.
Dicen que momentos antes de la muerte tu vida pasa como una película ante tus ojos. Desde el primer instante hasta el último. No sabía si sería mi momento de irme. Pero dentro de mis pensamientos toda mi trayectoria pasó como un Flash.
Mi llegada al orfanato, mi relación con Nieves, mi primera vez hablando con Marcelino. Su amplia sonrisa, acompañada de sus claros ojos, se materializaba en mi mente tan bruscamente que podía jurar haberle visto. Puedes hacerlo, Luisita, dijo. Sin embargo, su expresión tan alegre y viva, se convirtió en un rostro melancólico, opaco, muerto. Trayendo con él los ojos malvados del hombre a unos pocos metros de mí.
Ese sentimiento de rebelión me infló el pecho, arrancando el hilo de la felicidad que se asentó en medio de esa desgracia. Abrí los ojos, volviendo a esa realidad violenta que nos rodeaba. Mi respiración pesada bombardeó mis pulmones, así como mi corazón emitió sangre intensa fluye a través de mi cuerpo. Durante unos segundos, las imágenes de Amelia se fijaron en mi cabeza, recordándome todo lo que podíamos vivir.
-Amelia...-susurré, arrastrando la parte de atrás de mi mano para limpiar la sangre que goteaba cerca de mi boca.
Cerré una mano firmemente alrededor del revólver traído por Sebastián y erguí mi cuerpo, siendo rodeada por las llamas vibrantes que el mismo había provocado.
-El juego se termina cuando el rey es derribado. -esas fueron mis palabras cuando levanté la pistola reluciente hacia él.
Sebastián estancó los pasos, mirándome fijamente con los ojos malvados y perversos. Fácilmente podría notar su aliento jadeante, mientras apretaba sus propios puños. Nos encaramos por valiosos segundos, lo que me recordó cada sentimiento de asco que me había causado todos estos años.
-No tienes agallas...-murmuró mientras daba un paso adelante, haciéndome fruncir el ceño.
-¡No te acerques más! -grité, reafirmando el arma en tu dirección.
Sebastián amplió sus labios en una sonrisa malvada, lo que me hizo temblar. Por unos momentos, consideré mentalmente que era esa imagen que tenía Marcelino antes de morir, no podía tener el mismo fin. Tragué seco, sintiendo el calor de esa habitación causando las gotas de sudor que corrían por mi piel, que, mezcladas con la sangre, fueron distribuidas por algunas partes de mi cuerpo.
-No eres tan valiente, Luisita. Eres tan cobarde como tu padre muerto.
-¡No vuelvas a hablar de él! -exclamé tirando del gatillo a la vez.
El chasquido sutil que emanaba del revólver indicaba el increíble fracaso de ese momento. Mis ojos se ensancharon en un acto desacreditado. Sebastián se rió diabólicamente, haciéndome temblar por completo. Di un paso atrás, apretando el gatillo que de nuevo falló. El hombre fijó sus ojos de demonio sobre mí, llevando en su iris de luz el resplandor de la muerte.
-No, no, no, no.
-¡Se acabó, Reina!
Cuando Sebastián avanzó hacia mí en un acto impulsivo, el fuego violento causó una explosión cerca del tejado, causando que una parte de ella colapsara entre nosotros. Mi cuerpo fue bruscamente arrojado al suelo, arrancando un grito de dolor que me arrancó la garganta.
Gemí dolorosamente, cuando me alejé del fuego y miré por el lado izquierdo. Me di vuelta en el estómago y levanté mi cuerpo del suelo otra vez, con los remanentes de la fuerza que todavía tenía. El humo, mezclado con el polvo, se extendió a través de la atmósfera en medio de las llamas vibrantes, obstaculizando mi visión de esa habitación destruida. Di un paso adelante, a pesar de que sentía el tirón Intenso en mi muslo derecho, cuando por fin mis ojos encontraron lo que realmente necesitaba.
Empujé de nuevo las gruesas piezas de yeso que se derrumbaron del detalle, finalmente capturando mi pistola dorada, que relucía brillantemente en medio de la destrucción. Tan pronto como tomé posesión del objeto, oí los gemidos de dolor. Corrí los escalones, con dificultad, arrastrando mi pierna derecha para luego verlo reclinado en el suelo entre los restos.
-¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí ahora mismo! - exclamó de una manera sofocada, mientras trataba de quitar la enorme viga de madera que aplastaba sus piernas. - ¡Puta, sácame de aquí!
Aunque sabía que ese lugar estaba a punto de sucumbir al fuego, me permití observar esa escena con cierto placer. En ese momento, no había ninguna señal de compasión en mí, mucho menos solidaridad. Sebastián no merecía que simpatizara con su condición, no movería un dedo para salvarlo.
-¿Me vas a dejar arder aquí? -exclamó en medio de los gemidos de dolor. Eran aterradores. -Si lo haces, estarás afirmando ser tan perversa como yo.
Mi pecho se levantó y bajó en un fuerte aliento, mientras que mi corazón revoloteaba frenéticamente. Miré a mi alrededor, dándome cuenta de que no había muchas opciones. Sabía que mi lugar en el infierno estaba reservado, no sería una buena acción ayudarlo a salir. Sin embargo, permitir que a Sebastián que las llamas lo consuman en una tortura lenta y dolorosa no me harían alguien mucho peor que él.
Sebastián no tenía escapatoria, y yo no podía morir en ese incendio.
-No soy como tú, Sebastián.
Levanté una de mis piernas y presioné con la punta del pie sobre su vientre, recibiendo un gruñido doloroso. Levanté la cabeza y la enfrenté con una expresión desafiante para luego apuntar el arma dorada hacia él.
-Debería dejarte arder en el fuego, pero no voy a igualarte. Agradéceme por acabar con tu sufrimiento cuando nos encontramos en el infierno. -tragué seco, descansando mi dedo en el gatillo de mi arma.
-Lui-Luisita... -murmuró, haciéndome notar la sangre que expulsaba de su boca.
-Jaque mate, Sebastián. - Fueron mis palabras antes de que le disparará dos veces en el pecho.
El cuerpo del hombre recibió el fuerte impacto de los disparos que emanaban de mi pistola, poniendo fin a su sufrimiento, consecuentemente, al mío.
-Se acabo. -suspire, dejando caer el arma en el suelo.
En una cantidad mínima de tiempo analice todas las salidas probables del lugar, observando que no me había dejado muchas. El fuego se hizo cargo de todo lo que había delante. Me aleje del cuerpo, dirigiéndome hacia la pared parcialmente aplastada que pasaría a la habitación de al lado, ya que en la región opuesta, todo se había derrumbado. El espacio todavía no era suficiente para mí para ir a la habitación, había algunas finas vigas de madera que no estaban completamente prendidas.
-¡Maldición! -exclamé nerviosamente, antes de capturar una de las sillas de madera presentes en la habitación.
Movida por la adrenalina, lancé el objeto con fuerza contra las vigas; Y sólo después de tres intentos tenía el material roto. Con las manos, empujé las solapas lejos de la madera fina, y me incliné hacia adelante, sintiendo que mi muslo sangraba más y más. Gemí de dolor mientras mi cuerpo iba contra el suelo, cerca del fuego vivo, que casi se apoderaba del manto que me cubría.
-Tengo que salir...-Gemí, tratando de levantarme.
Cuando tomé el impulso de suspender mi cuerpo del suelo, la puerta del baño fue lanzada con el impacto de otra explosión. Me incliné de nuevo, completamente aterrorizada cuando mis ojos fueron contra lo que había dentro de la pequeña habitación.
Un cuerpo.
Mis ojos se ensancharon, haciendo que me levantara de una vez. El grito desapareció en mi garganta tan pronto como vi la cara parcialmente quemada.
-¡No! -exclamé con voz temblorosa al ver a mi empleada. -Por el amor de Dios...
Me llevé una mano a la boca, sintiendo todo mi cuerpo temblando ante la aterradora vista del cuerpo consumido por un fuego intenso. Tenía la piel devorada por las llamas, sin esperanza de salvación. Cerré los ojos por un momento, sintiendo ese maldito agarre en mi corazón. No podía dejar que la culpa me derribara ahora, ella no murió por mí, ¿verdad?
-Perdóname por eso...
Me llevé una mano al collar colocado en mi cuello, arrancándolo de una sola vez. El objeto de valor se rompió, dejando algunas de sus piedras tan caras caer en el suelo. Lo apreté con mis manos antes de tirarlo cerca del cuerpo que en poco tiempo se volvería irreconocible. Retracté unos pasos, viendo el fuego tomarlo por completo, antes de dirigirme hacia el balcón.
Con una cierta dificultad, abrí la puerta doble, dejando que el viento de esa terrible noche contra mi cara. Descanse mis manos en la parada del porche, inclinándome hacia adelante. Mi corazón todavía estaba latiendo fuera de control dentro de mi pecho.
-Salta...-me dije a mi misma.
Mis ojos se fijaron en la amplia piscina a pocos metros más abajo. Había una gran posibilidad de que todo vaya mal, ya que estaba un poco más adelante, y no completamente por debajo del pequeño balcón en el que estaba en ese momento. Me recosté sobre el pasamanos, completamente jadeante.
-Puedes hacerlo, Luisita. -repetí esa frase una y otra vez, mientras me colocaba en el lado opuesto del balcón, ahora pisando de puntillas en el espacio mínimo del otro lado.
Me encontré colgando fuera del balcón, frente a la gran extensión de agua un poco más lejos. Sentí ese maldito tirón en mi pierna derecha, haciéndome dudar aún más de mi plan de escape. Mi salto al fondo de la piscina tendría una enorme posibilidad de fracaso, ya que una de mis piernas se lesionó. Cerré los ojos y respiré hondo, en un intento fallido de tomar el coraje para saltar.
Mi cuerpo temblaba violentamente. En ese espacio mínimo de tiempo, las imágenes de la empleada quemadas me tomaron por la mente, haciéndome presumir que Sebastián pronto quedaría de la misma manera.
No podía tener ese fin, no por miedo o debilidad. Luisita Fernández se había enfrentado a cosas peores, ¿no sería un salto de una mansión incendiándose su fin, ¿verdad?
-Este no es el final. -fueron mis palabras antes de tomar impulso y salte hacia adelante.
La aterradora sensación provocada por la caída libre se borró cuando mi cuerpo se hundió en el agua. Durante unos segundos, el silencio en el fondo de la piscina me trajo una tregua que me hizo tomar impulso para emerger hasta el borde. Tosí violentamente mientras me sostenía en el borde de la piscina. Me incliné sobre el borde, esforzándome por fin saliendo de la piscina. Incluso con dificultad, levanté mi cuerpo completamente empapado, siendo cubierto solamente por mi ropa interior y la túnica rasgada.
Me volví en mis talones, sintiendo el agua drenando a través de mi cuerpo, hasta que me enfrenté a la vista aterradora de la mansión Fernández, que ahora estaba completamente tomada por las llamas vivas en el interior.
-Se acabó...
Esa imagen de colores tan vibrantes que se mostraban ante mis ojos, llevaba una mayor representatividad de la que podían imaginar. Observando la mansión Fernández siendo totalmente destruida, me dio ese sabor de fin, como un cierre de un ciclo tan difícil, planeado y ejecutado. Dentro de ese lugar ahora tomada por las llamas, una parte de mí estaba muriendo. En un sentido figurado, Luisita Fernández no se había escapado. Ella estaba allí, siendo totalmente consumida por el fuego de la venganza; la reina se estaba convirtiendo en cenizas que ahora darían vida a una nueva yo.
¿Qué Luisita podría ser?
{.....}
Me enfrenté a mi reflejo en el espejo del baño, notando las marcas violentas de esa noche. Al bajar la cremallera del mono industrial negro, recogido de uno de los cuartos de mantenimiento traseros de la mansión Fernández, noté las abrasiones y quemaduras esparcidas por todo mi cuerpo. Con alguna dificultad, bajé el resto de la prenda que ahora descendía de mis piernas al suelo. Un gemido se deslizó a través de mi boca, el tejido grueso rosó el corte en mi muslo. Casi fuera de fuerzas, me senté en el suelo del baño apoyándome en la pared fría.
-Respóndeme, por favor. -le susurré haciendo clic una vez más sobre el nombre de la policía en el teléfono celular. -Necesito que te enteres...
En ese momento, el fuego de la mansión Fernández ya no era un secreto. Los equipos de bomberos y los coches de policía circulaban intensamente por las calles de Nueva York en su camino hacia el lugar destruido. Amelia siendo una pieza importante del Departamento de policía, estoy seguro de que debería haber sido informado por ahora. Sentí que mi pecho se apretaba sólo con la idea de que ella sufriera por mi muerte, yo sabía lo mucho que la podía destruir.
La agente llevaba una intensidad disfrazada por su manera intransigente de compromiso, que se había ido por debajo del agua desde el momento en que se unió a mí en un objetivo único.
-Vamos, por favor...-haciendo clic en su nombre en la pantalla del teléfono.
"Hola, soy Amelia Ledesma. No puedo ir al teléfono ahora mismo, pero deja un mensaje ".
No podía dejar un mensaje, la gente muerta no deja mensajes, pensé. Traté más veces, todos los teléfonos celulares, contando con Rocío y Nieves, pero no, ellas tampoco respondían.
-¡Maldición! - exclamé dejando de lado el aparato.
Levante mi cuerpo del suelo, aferrándome a todos los muebles que me servían de apoyo, para caminar hacia el interior de la pequeña ducha. La presión de agua caía suavemente cuando el agua fría entró en contacto con mi piel, goteando de una manera constante, relajante. Fue agradable sentir algo de una temperatura más baja después de todo lo ocurrido esa noche.
Perdí unos buenos minutos bajo la ducha, mientras mis pensamientos trabajaban en todo lo que necesitaba hacer a partir de ahora. Después del baño, busqué mi ropa almacenada en alguna habitación de esa casa alquilada. Era el mismo lugar donde solíamos armar nuestros planes durante las primeras horas del sueño de Sebastián.
"Hola, soy Amelia Ledesma. No puedo tomar tu llamada ahora mismo, pero deja un mensaje. "-sonó el teléfono celular de nuevo, arrancándome un suspiro irritado.
Terminé de colocar los vendajes en mi pierna, seguida por algunos en mis brazos y otros por la costilla. No estaba en uno de mis mejores momentos, lo noté mientras miraba fijamente mi imagen en el espejo. Con una cierta precaución, pasé mis brazos a través de las mangas del abrigo negro, y luego descansando mi gorra sobre mi cabeza. Después de estar completamente lista, fui a la pequeña dispensa en el sótano de la casa, donde reuní todos los materiales que necesitaba dentro de una mochila. Había ropa, zapatos, dinero y tarjetas.
-¿Dónde está eso? -exclamé un poco tensa, mientras hurgaba en los maletines acomodados en la estantería de hierro oxidado. - ¡Aquí!
Mis ojos fueron contra los nombres desconocidos, acompañados por nuestros rostros familiares. Había innumerables alternativas a una nueva identidad, y entre todas ellas me familiarice con una.
-Paula Sanabria...-susurré cuando toqué suavemente mi cara impresa en la pequeña imagen.
Todos los documentos fueron falsificados antes de mi último viaje a Suiza. Mientras Amelia estaba desperdiciando largas horas en el caso Fernández, yo estaba en un almuerzo de negocios con uno de los mejores falsificadores del país. En ese momento, era una alternativa segura, ya que estaba bajo los ojos atentos de la agente, que buscaba ansiosamente a su culpable.
Después de guardar todo lo que necesitaba, me vi dejando ese lugar dentro de una camioneta simple estacionada en el garaje de la casa. En el camino, escuché las noticias anunciadas por los locutores de radio, que actualizaron a los posibles interesados en la gran tragedia de la mansión Fernández.
"Según la información policial, la mansión Fernández fue incendiada por el mismísimo magnate petrolero. El Gerente fue condenado por una lista de crímenes, y después de un brote psicótico, huyó en su camino a la penitenciaría de sur. Su esposa, Luisita Fernández, tenía el cuerpo completamente carbonizado. Hay rumores de que la policía no pudo identificar el ADN, ya que ninguno de sus parientes más cercanos fueron encontrados. Pero según el testimonio de algunos informantes, ella era la única persona presente dentro de la mansión. "-informó la voz emanada por el orador.
Mantuve mis ojos atentos en la avenida, mientras mi cerebro estaba cuidando de procesar toda esa información. Para todo el mundo en ese momento, Luisita Gómez Fernández fue asesinada en un incendio criminal provocado por su marido. Un final trágico, ¿no?
Suspiré pesado, y disminuí la velocidad del auto al parar en el otro lado del edificio del Departamento de policía. Mis ojos estaban en contra de la entrada, avistando el frenético flujo de policías que entraban y salían de ese lugar. Resoplé un poco impaciente, y salí del vehículo en busca de un teléfono público. Llamé al número de recepción del lugar, y prontamente me contestaron.
-Departamento de policía de Nueva York, ¿en qué puedo ayudarle? -murmuró una voz femenina.
En un tono diferente de voz, me puse a hablar en voz baja.
-Me gustaría hablar con la agente Ledesma.
-Ella no se encuentra en el momento.
-¿Podría decirme dónde está? Soy su hermana, he estado tratando de llamarla durante horas a su teléfono, pero no logro comunicarme.
-Lo siento, señorita. Pero no puedo darle ninguna información sobre la agente.
-Por favor, estoy muy preocupada por mi hermana.
La mujer se quedó unos segundos en silencio, parecía pensar en mis súplicas tan convincentes.
-La agente Ledesma está en el hospital, pero no se preocupe, no fue nada grave...
Me quedé en silencio por unos momentos, absorbiendo esa información repentina que cayó sobre mi espalda. La mujer en el otro extremo de la línea me llamo varias veces, pero yo no respondí, coloqué el teléfono al gancho y me fui. Minutos más tarde, me vi entrando en el vestíbulo del hospital central, incluso con la enorme posibilidad de ser descubierta bajo ese abrigo, gorra y gafas de sol.
La recepcionista de apariencia cansada, me informó el número de la habitación en la que se encontraba la agente pero después de darse cuenta de su error, me dijo que no podía entrar. Con un cierto descontento, fingí cumplir con sus órdenes, esperando el minuto en que se distraiga. Y ese momento finalmente sucedió. Cuando la mujer se distrajo por la llegada de una nueva ambulancia, me encontré escapando de los pasillos buscando la habitación donde está mi mujer.
Confieso que sentí que mi corazón se comprimía dentro de mi pecho mientras presencié la imagen de Amelia completamente dormida en la cama de ese hospital. Su rostro no expresaba su estado emocional, pero yo sabía lo devastada que podía estar. Tomé una bocanada profunda, sintiendo mis ojos llorosos, mientras tocaba su rostro con un afecto sutil.
-Lo siento, amor...-susurré entre un suspiro y otro. - No quería hacerte pasar por esto.
Con el pulgar contornee la forma de su rostro, subiendo hasta el pequeño vendaje en su ceja. La sala estaba en silencio, sólo se escuchaba el sonido de su respiración, acompañado por el pitido insistente de la máquina de al lado.
-Estoy feliz de verte...-murmure todavía acariciando su rostro.
Fue bueno estar en compañía de Amelia después de ver mi muerte tan de cerca. Incluso en tales situaciones, podría sentirme increíblemente aliviada con su presencia tan dulce. La agente, al darse cuenta de mi presencia, movió sus párpados como si quisiera mirarme fijamente.
-No te esfuerces, está todo bien.
Lentamente abrió los ojos, enfocándose en mí con una aparente dificultad.
-Lui-Luisita...
Su voz embargada, acompañada de su esfuerzo por verme, me causó que algunas lágrimas se me escaparan de los ojos.
-Shh, no te canses. Estoy aquí contigo.
Confieso que verla tan frágil me hizo sentir aún más culpable. En ninguno de mis planes Amelia sería atacada tan cruelmente. Para ser sincera, Amelia nunca estuvo en mis planes hasta que me miró en ese bar en Mount Vernon.
De una manera sorprendente, el destino me hizo ver que ningún plan está completamente calculado. En cualquiera de los hipotéticos previamente estudiados, fue la llegada de la agente que pondría mis sentimientos al revés. Amelia, de una manera furtiva e involuntaria, se hizo cargo de mis debilidades, dándome algo que me faltaba: amor.
-No me dejaste...- ella dijo en un hilo de voz.
Sonreí de lado, sintiendo otras lágrimas descendiendo por mi rostro. Con la parte de atrás de la mano, limpié el líquido salado y me enfrenté a su rostro.
-Yo nunca te voy a dejar.
- Nunca.
[...]
Después de dejar el hospital, salí a una cafetería en la esquina de la calle por donde vivía Amelia. De alguna manera tenía que infiltrarme en su apartamento sin ser descubierta por los demás. Mi nuevo plan se construía gradualmente, mientras buscaba las piezas apropiadas para comenzar esta nueva era.
Con la muerte de Luisita Fernández, mi estadía en Nueva York había llegado a su fin, pero antes de que me fuera necesitaba despedirme. Me permití observar el movimiento en el edificio de Amelia, que por cierto era débil. El portero, era descuidado con sus servicios en todo momento, facilitando mi entrada en el lugar sin ningún tipo de impedimento. Caminé a través de los pasillos con un rostro natural, a pesar de toda mi ropa distintiva; chaqueta, gorra y gafas de sol fueron suficientes para ocultar mi identidad.
Para todos los efectos, yo no era más que un visitante, o incluso una residente. Vi algunos residentes en el ascensor, y caminé por el mismo pasillo hacia el apartamento de Amelia. Durante las varias veces que visité ese lugar, Amelia se aseguró de informarme donde dejaba las llaves de repuesto, ahora facilitando mi entrada.
El apartamento estaba vacío y silencioso, tal como yo esperaba. Fue raro estar aquí sin Amelia, pero sabía que no estaría aquí mucho tiempo. No me atreví a tocar nada, no quería dar testimonio de mi presencia a su mejor amiga, que en cualquier momento podría aparecer. Me quedé en la habitación de la agente, aprovechando el calor familiar de su cama, durante largas e interminables horas. Por más cansada que yo estuviese no podía permitirme dormir y ser descubierta. Hoy, estar en cualquier lugar podría ser demasiado peligroso para alguien considerado muerto. Levanté mi cuerpo de la cama, de una manera perezosa y algo vacilante, y me permití caminar a través de la extensión de la casa, observando la llegada de la tarde afuera.
Un suspiro dejó mis labios, observando atentamente el flujo tranquilo de los coches en la avenida de enfrente. En pocas horas mi vida tomaría un giro diferente, y no podría hacerlo sin antes despedirme. Sabía lo reacia que sería la agente, pero también sabía que en ese momento, no podía permitirme elegir.
Al principio de todo, la idea de dejar ese lugar, y esas personas, trajo un sentido de alivio; como una especie de liberación de todo ese mal. Pero ahora, todo era diferente. Amelia transformó mis planes tan meticulosamente trazados, en estrategias débiles, mediante cada sentimiento que ella nutrió. Después de la muerte de Marcelino, me prometí a mí misma que nadie podía detenerme, ni siquiera hacerme rendir.
Convertí todo eso en un sentimiento de dolor y desesperación en odio. Y por extraño que fuera, no era ese sentimiento lo que me hizo llegar hasta aquí. Por cierto tiempo, me guió en ese tablero de juego tan peligroso, haciéndome avanzar sin temer el final de todo, pero en el medio del camino, de una manera totalmente inesperada, fue el amor de Amelia que me hizo sobrevivir. Fue con la fuerza de ese sentimiento, que me encontré esperanzado por algo mejor en medio de tal tragedia.
Amelia me había transformado. Había demostrado que nada estaba totalmente acabado. El mundo podría ser cruelmente doloroso, pero todavía era capaz de mostrar una paz mental.
Amelia Ledesma era mía.
Retrocedí unos pasos, mirando cada pequeño detalle de ese lugar, sintiéndome extrañamente nostálgica. Todas mis visitas a ese apartamento. fueron conducidas por impulsos desmesurados. Un tremendo descontrol emocional. Era como salir de los rieles, y verse a mí mismo perdida en medio de mis sentimientos y deseos más profundos. No me arrepiento de ninguno de ellos, lo haría todo de nuevo, por el mero hecho de tener Amelia todas las veces.
-Ledesma...-susurre silenciosamente, mientras capturaba un retrato en la mano.
Me enfrenté al rostro animado, bien explícito por esa amplia sonrisa y los ojos tan brillantes. Amelia estaba debidamente uniformada como oficial de policía, junto a su mejor amiga, Marina Crespo.
¿Debería decir que ese atuendo le quedaba bastante bien?
Toqué sutilmente sobre su rostro, dejando que un suspiro se me escapara por la boca. Fue vergonzoso como me sentía por esa mujer. ¿Cómo pude rendirme tanto?
-Tu eres la única que me venció...
Antes de que pudiera dejar el retrato en la mesita de noche, oí el ruido sutil del manojo de llaves al otro lado de la puerta. Mis ojos se ensancharon en puro susto, haciéndome huir de allí. En pasos rápidos, me encerré en el baño de invitados al final del pasillo. El silencio del apartamento me dio la oportunidad de escuchar los delicados pasos en el piso de madera, indicando que era sólo una persona. Tomé una respiración profunda en un intento de controlar el nerviosismo que amenazaba con atacarme. Las últimas horas fueron traumáticas.
-Cálmate...Cálmate.. -murmuré silenciosamente cuando abrí la puerta del baño lentamente.
El ruido de vasos indicaba claramente la presencia de alguien en la cocina. Suspire lentamente, y comencé a caminar en pasos cuidadosos a través del pasillo parcialmente iluminado. Estaba a unos pasos, cuando la persona se movió, ahora agitando otros objetos que yo no podía identificar.
-¿Por qué tuviste que ir?
La voz de Amelia sonaba angustiante, trayendo esa punzada de dolor por su sufrimiento. Me acerqué lentamente, ahora teniendo la visión clara de la mujer completamente infeliz.
Amelia se sentó en el piso de la cocina, apoyada contra el banco detrás de ella, mientras ingería sorbos grandes de la bebida alcohólica en su vaso. Ella lloraba tan dolorosamente, que me sentí increíblemente conmovida por su dolor. Por más deprimente que ello fuese; verla tan sentida por mi ausencia me hizo darme cuenta de la grandeza de su amor.
No es que haya dudado de ella. Amelia me había dado pruebas suficientes de sus verdaderos sentimientos cuando se unió a favor de mi justicia. Cuando tomé el ímpetu para pronunciar su nombre, ella levantó su cuerpo del suelo en una sacudida, haciéndome retroceder. La mujer de una manera perturbada rompió un montón de papeles, por lo que las piezas de lo que parecía periódico se extendió por el suelo. El hipo, acompañado por el llanto incontrolado, me desgarró el pecho sin piedad. La agente puso sus manos sobre el banco, inclinando su cuerpo hacia adelante, como si buscara fuerza.
-¿Por qué me dejaste, Luisita? ¡Yo no puedo vivir sin ti! -gritó golpeando el mostrador. -Yo...yo te amo, maldita sea. - Vocifero en el medio de los hipos.
-Yo no te dejé.
Ella levantó su cuerpo, volviéndose hacia mí en un movimiento rápido. Sus ojos se ensancharon, causando que el vaso presente en sus manos se rompa al caer al suelo.
-Oh, Dios mío...-ella jadeó, completamente sorprendida. -Lui-Luisita...
En su rostro se formó una expresión asustada, incrédula. La agente levantó una de sus manos hasta la boca, haciéndome percibir lo agitada que estaba.
-Amelia...- di un paso adelante, un poco tambaleante, haciéndola suspirar. -Estoy aquí, amor. - fueron mis palabras antes de correr hacia ella, causando mi cuerpo chocara contra ella firmemente.
La oficial de policía tardó unos segundos en reaccionar, como si no hubiera procesado ese momento. Giré mi cara hacia la suya, y le besé los labios con urgencia.
-Nunca te dejé. - Susurré, dejando que las lágrimas se deslicen de mis ojos.
Me presionó contra ella en puro reflejo. Su respiración descompasada, y los movimientos completamente desconcertados indicaban la sorpresa de verme. No era para menos, hasta unos minutos la mujer creía fielmente en mi muerte.
-¡Luisita, Dios mío! Yo...- sus manos vinieron hacia mi rostro, tocando cada detalle como si quisiera creer. - no puedes ser...yo vi el cuerpo. Pero... Dios.
Cerré los ojos, permitiendo que sus manos se deslizaran por toda mi cara en un acto totalmente desesperado. Suspire fuerte, sintiendo ese nudo formándose en mi garganta. Quería llorar más, pero no por tristeza. En ese momento, todo se resumió en alivio.
-¡Me escapé! ¡Entiende! Estoy aquí. Nunca te dejé. -exclamé tocándola.
-Viva...-Ella sonrió sorprendida, mientras las lágrimas salían de sus ojos. - Dime que no estoy soñando, por favor. ¡Dime que realmente estás aquí! - ella me abrazó con tal fuerza, haciéndome gemir de dolor.
Le sostuve su rostro, la obligué a mirarme. Los ojos de Amelia me miraron con tal sorpresa, y nerviosismo. Sus pupilas dilatadas se movían frenéticamente, como si intentaran grabar cada pequeño detalle mío.
-Estoy aquí contigo. -le sostuve una de sus manos, y la dirigí hasta mi rostro. -Siente.
Una lágrima abandonó los ojos de Amelia, deslizándose con nostalgia a través de su rostro.
-Pensé que te había perdido. - su voz sonaba triste. - ¡Fue horrible!
-Eso se acabó. Estoy viva, aquí contigo.
La atraje hacia mí, encajando su cuerpo caliente, en un abrazo que se extendió durante largos minutos. Durante ese tiempo, me sentí verdaderamente aliviada, como si todo el mal hubiera terminado finalmente. Era como llegar al final de una batalla violenta, con la chispa de esperanza para algo mejor.
¿Ganamos? ¿Fue ese realmente el final?
Libere mi cuerpo de la mujer, permitiéndole que me mirara. Sus ojos estaban aún llorosos, pero ahora llevaban un destello de felicidad y alivio. Lleve ambas manos a su cara, dejando que mis pulgares se deslicen a través de su piel lentamente, limpiándole las lágrimas que todavía descendían.
-No llores...
-Fue horrible. -murmuró mientras alejaba su mirada, fijándola en cualquier punto. - Ver ese lugar en llamas, y pensar que habías muerto, y que no podía hacer nada para detenerlo.
-No te sientas así, tu no tuviste la culpa. -le sostuve la cara, la obligué a mirarme. -fueron las consecuencias de este juego perverso.
-Este juego ha terminado, Luisita. Vamos a hacer las cosas a mi manera ahora.
Sus ojos brillantes se hicieron firmes, y confiados. Los miraba fijamente por unos momentos antes de bajarla. Amelia tragó seco, ahora con un rostro confundido.
-No puedo...-murmuré retrocediendo.
-¿De qué diablos estás hablando? - ella dio un paso adelante.
Deslicé una mano por el brazo, sintiéndome extrañamente nerviosa. Trazar un plan ahora, no era tan simple como solía ser. Hoy, mis acciones rendirán mayores consecuencias, y no sólo para mí, sino también para Amelia.
-No puedo dejar que las cosas sean a tu manera, aún no. -lo dije con cierto miedo. - No es seguro.
-Luisita, por favor...-se acercó, y puso sus brazos sobre los míos lentamente. - Está muerto, ¿de acuerdo? Créeme. ¡Está muerto y no tienes nada de qué preocuparte! Lo prometo...
-¡Sé que lo está, Amelia! exclamé. -Yo lo maté. - dije bajando la cabeza.
Ella se quedó callada, dejando que un fuerte suspiro se deslizara por su boca mientras sus manos salían lentamente de mi cuerpo. La expresión de su rostro era un verdadero enigma, haciendo imposible saber con certeza acerca de sus pensamientos.
Tal vez en su cabeza trataba de procesar el error que había cometido al enamorarse de mí. La agente de policía llevaba una reputación digna de una persona de bien, con virtudes envidiables, que ahora serían mancilladas por mí, una asesina. ¿Cuán injusto podría ser?
-Antes de que pienses en lo peor, quería decir que...- yo no la miraba fijamente. -Yo no lo maté por venganza.
-Luisita...- ella interrumpió.
-Escúchame...
Amelia asintió con la cabeza, y se sentó en el sofá, me llevó a su lado, para enfrentarme con ese indescifrable par de ojos.
-Yo estaba muriendo, Amelia. El fuego consumía todo en ese lugar, y yo me quemaría hasta el último suspiro de vida. Él se acercó, con esa mirada enferma, diciéndome lo débil que estaba. Diciendo que moriría en sus manos, como Marcelino había muerto. ¿Tienes alguna idea? Lo único en lo que pensé era que esa imagen era la última vista de mi padre antes de morir, y no podía ser la mía. - Tomé aliento, sintiendo ese nudo formándose en mi garganta. - Pensé en ti, y en todo lo que todavía viviríamos, pensé en Nieves...
Amelia levantó sutilmente una mano hasta mis ojos, quitando los restos de lágrimas.
-Yo levanté el arma de fuego y el habló. Cuando Sebastián avanzó contra mí, una parte del tejado se derrumbó sobre nosotros. La casa se estaba desmoronando.
Las imágenes se formaron en mi mente con perfecta nitidez, como si pudiera estar de nuevo en ese lugar infernal.
-Sebastián tenía las piernas aplastadas por una viga de madera. Gritaba con dolor mientras pedía ayuda. Por unos momentos pensé que lo salvaría, pero no podía...
Una sonrisa melancólica dejó mis labios.
-El no haría lo mismo por mí, lo sé. Pero ver a alguien arder hasta morir, es demasiado cruel como para ser como él. Entonces yo...-las palabras se desvanecieron de mis labios, cuando volví los ojos a ella. -le disparé, yo acabé con todo, al igual que el hizo con Marcelino.
Amelia sacudió con la cabeza, y me atrajo hacia ella en un abrazo.
-No, no fue de la misma manera. -sentí que las manos de la oficial me sostenían el rostro, lo que me obligó a encararla. -hiciste lo correcto, ¿de acuerdo? Fue lo mejor. No había estrategias en ese momento, Luisita. Sólo tenías dos opciones, y te aseguro que esa fue la mejor.
-Nunca quise ser una asesina, Amelia.
-¡No lo eres! Tú lo salvaste de una muerte dolorosa, que el mismo provocó. Mírame...-Ella sonrió débilmente. - Termino.
Se inclinó hacia adelante, uniendo su frente con la mía. Podía oír su respiración agitada, mientras mantenía los ojos cerrados.
-Estoy aquí, Luisita.
-No puedo quedarme más. -susurré todo a la vez.
Sentí que las manos de la policía se aflojaban de mi rostro lentamente.
-¿Porqué?
-Ya no puedo vivir aquí, Amelia. Todos creen que estoy muerta.
-¡Nosotras podemos aclarar eso, podemos ir a la comisaría! ¡Ahora mismo! -exclamó nerviosamente.
-No, Luisita Gómez está muerta. -lo recalqué, haciéndola fruncir el ceño.
-¡No, no lo está! -Amelia respondió de golpe.
-Había dos cuerpos en esa casa, ¿recuerdas? Para todos, uno de ellos es mío. Luisita Gómez Fernández está muerta, Amelia. No puedo quedarme más en este lugar, con esta gente. No es seguro.
- ¿De quién es ese cuerpo, Luisita? ¿Quién murió con Sebastián?
Levanté mi cuerpo del sofá, alejándome de ella recordando las imágenes de la empleada que estaban marcadas en mis pensamientos. Cerré los ojos rápidamente, moviendo con la cabeza en un signo negación.
-La empleada. - respondí. - no sé cómo sucedió, le ordené que se fuera por la mañana, pero cuando salí corriendo de esa habitación, la vi. Fue horrible verla ser devorada por esas llamas. Amelia, ella murió por mi culpa.
-¡No, no... no lo sabías!
La empleada, así como yo, no tenía a nadie más. Se mudó a Estados Unidos en busca de trabajo hace unos años, cuando consiguió una vacante para trabajar en la mansión Fernández. En ese momento, su desaparición no sería notada, y su cuerpo no podía ser identificado. No había parientes para el reconocimiento del ADN, que pudiese comparar con el cuerpo desfigurado totalmente. Por eso, ese cuerpo era el cuerpo de Luisita Fernández.
-Creo que todo ha ido demasiado lejos, y aún no ha terminado. Sara está por ahí, Álvaro y Jesús. Todos perdieron algo por mi culpa, Amelia. No soy una fugitiva, pero ahora todo es indefinido, y estoy harta de vivir así.
-No puedes irte, no puedo permitirlo. -la mujer exclamó confusa. - ¿Y nosotras, Luisita? ¿Dónde quedamos?
-Vamos a estar bien.
-¡Iré contigo! -exclamó la mujer.
-No, no puedes ir. No puedes ir conmigo.
- ¿Por qué?
-No voy a arriesgar tu carrera así, no más de lo que ya lo has hecho. Me iré sola.
Amelia negó con la cabeza.
-¡No puedes decidir por mí!
Ella levantó su cuerpo del sofá, dándome la espalda. Amelia respiraba agitada, como si tratara de estar firme antes de tantos eventos. Me sentí aún más culpable por hacerla pasar por situaciones como esta, pero ahora, no había manera de que fuera diferente.
Nos quedamos en silencio por un momento que parecía interminable cuando decidí acercarme. Lentamente me acuñaba a la espalda de Amelia, permitiéndome sentir el calor de su cuerpo. Mientras la envolvía con mis brazos, sentí que ella había liberado todo el aire de sus pulmones.
-Por favor, trata de entenderme. - dije mientras apoyaba mi cabeza en su cuerpo. -Necesito ser alguien diferente, y realmente quería hacer esto contigo, pero todavía no puedo.
-No quiero que sea así...-ella contestó.
- ¿Y qué quieres, Amelia?
La mujer se soltó de mis brazos, volviéndose hacia mí. Un escalofrío atravesó mi espina dorsal, mientras se acercaba más, dejando de espacio solo unos centímetros de mí.
-Te quiero a ti. - Afirmo, fijando su mirada hacia la mía.
-Soy tuya, Ledesma.
Amelia sacó el aire de sus pulmones sin quitarme la mirada de la mía. Había una conexión única entre nosotras. Me enfrenté a ese par de ojos tan intensos, hasta el momento en que una de sus manos se puso delicadamente en el costado de mi rostro. Con su pulgar, sentí el afecto sutil en mi piel, haciendo mis ojos cerrarse, en una búsqueda codiciosa por más. Tragué seco, mientras mi corazón daba señales frenéticas, acompañada de mi respiración que ahora era irregular, como mis latidos cardíacos. Incluso con mis ojos cerrados, percibí el acercamiento de la mujer, que ahora deslizó sus labios suaves sobre los míos.
-Entonces no me dejes, por favor. -su voz sonaba como una súplica, apresándome hacia ella en un acto impulsivo de sus manos que me iban rodeando la cintura. - Te necesito, ¿Entiendes?
Yo también necesitaba a Amelia, incluso más de lo que ella me necesitaba. Sin embargo, yo sabía que en ese momento, ceder a mis sentimientos no era una opción, por más tentador que fuera la idea de quedarse. Necesitaba irme, por Amelia y por mí.
-Te amo, ¿me oyes? Fuiste lo mejor que me ha pasado, Amelia.
-No hables así...- su tono de voz sonaba triste.
- ¡Déjame decírtelo! Me siento estúpida por preguntar esto, pero...-suspire, tratando de contener la risa de vergüenza. - ¿Prometes que me vas a amar para siempre?
Amelia sabía que era nuestra despedida, pude ver la decepción en sus ojos llorosos. Luchó durante unos minutos, parecía pensativa.
- Promételo. - Pedí.
-Te lo prometo, Luisita.
Las manecillas del reloj parecían correr esa noche, cuando mi voluntad estaba gritando para que se muevan tan lentamente como sea posible. Desafortunadamente, no pude controlar el tiempo; todo lo que me quedaba era disfrutar cada segundo de esos últimos momentos junto a Amelia. Y eso es exactamente lo que haría. Me acuñaba en sus brazos, apoyando mi cabeza sobre su hombro, mientras sus brazos me envolvían de forma cálida.
Estando en sus brazos, me sentía increíblemente segura, como si la policía pudiera resolver todo el caos que mi vida problemática presentaba, pero sabía que no era así. Amelia podía tener toda la fuerza de voluntad, y el deseo de resolver, pero no todo estaba en sus manos. Necesitaba tomar un giro diferente para que las cosas volvieran a su cauce.
-Perdóname por esto. -murmuré suavemente, mientras acariciaba la piel de su brazo cariñosamente.
La encaré con rostro sereno, notando la pequeña herida cubierta por la vendita en su ceja; deslicé el pulgar sutilmente por el mismo, antes de deslizar el pulgar hasta sus labios blandos. Una sonrisa dejó mi boca en el momento en que los recuerdos de nuestros primeros meses se hacían presentes. Era algo nostálgico recordar cómo había empezado todo.
Nuestras provocaciones, peleas y noches enteras de sexo. Todo se resumió en un deseo carnal no medido, que nos acercó de una manera única. Era increíble la forma en que mi cuerpo reaccionó ante su presencia, como anhelaba sus toques y sus besos. Fue sólo el comienzo de todo lo que iba a suceder, y sucedió. No me extraña que estuviera aquí ahora, dudando en irme. Amelia se había vuelto más de lo que imagine jamás.
-Te amo, así que por favor, espérame. -susurré antes de unir sus labios a los míos en un simple beso. - Voy a volver.
Con todo el debido cuidado, me aleje de sus brazos, evitando hacer cualquier clase de movimiento que la despertara. Amelia apenas se movió, respirando hondo, ahora girando su cuerpo hacia a un lado. Me permití observarla por unos momentos antes de empacar mis cosas en la habitación. No tardaría mucho en amanecer, y para cuando este claro, necesitaba estar lejos de Nueva York.
-Vale, creo que lo tengo todo. -me dije a mí misma, mientras evaluaba la mochila con todas mis pertenencias.
Volví mis ojos a la oficial de nuevo, antes de acercarme a la mesa de la esquina de su habitación. Me tome unos minutos allí, mientras escribía mi carta de despedida.
"Querida, oficial:
Perdóname por irme así sin despedirme. Creo que de esta manera es más fácil para ti, y especialmente para mí. Puede que me odies ahora, pero espero que con el tiempo puedas entender esta decisión. Decisión que es curiosamente es una de las más difíciles de tomar. Es curioso cómo lo cambiaste todo. Hace meses, dejar este lugar era uno de mis mayores deseos, pero hoy en día, me encuentro completamente reacia a irme.
¿Qué me hiciste, Amelia?
Fuiste el peón más peligroso que tuve que enfrentar, o mejor dicho, aliarme. Enamorarse de ti era como adelantar una pieza en este tablero, con los ojos vendados, ten por seguro que hubiera sido un peligro o una victoria. Afortunadamente, el destino, fue una victoria. Eres lo mejor que ha pasado desde que llegué aquí. Honestamente puedo decir que me salvaste, y espero sinceramente que creas mis palabras. Te amo, agente Ledesma, pero necesito partir..
No será para siempre, lo prometo.
Y si es posible, espérame.
Volveré.
L.G "
Releí ese trozo de papel por unos momentos, pensando en la posibilidad de desistir, pero sabía que si quería tener una vida común junto a Amelia, había que hacer algunos sacrificios. Y el primero, sería el más difícil: dejarla.
No sé por cuántos minutos me enfrenté al cuerpo de la mujer que descansaba tan serenamente sobre la cama, con la ilusión de mi presencia a su lado. Amelia podría odiarme al amanecer, era una gran posibilidad que tendría que enfrentar.
-Sólo un año, Amelia. -esas fueron mis últimas palabras antes de dejar ese lugar.
[...]
Me encontré con Nieves y Rocío aquella madrugada para dar buenas explicaciones, y lágrimas incontables. Ambas mujeres, ahora totalmente aliviadas de verme, aceptaron mi decisión, y se comprometieron en seguir mis coordenadas según lo planeado. A Nieves no le gustó la idea de que me fuera, pero sabía que necesitaba ir sola en este nuevo trayecto.
Y eso es exactamente lo que hice.
Dentro de esa aeronave, pude ver los edificios grises de Nueva York quedando detrás, sobre los rayos de luz de esa mañana soleada. Los observé por unos momentos, sintiendo ese desgarre familiar en el pecho recordando lo que estaba dejando allí. Eran horas de un viaje exhaustivo que me llevó a dormir. Cuando me desperté, era consciente del paisaje completamente distinto mostrado por la pequeña ventana de jet privado. Un suspiro dejó mis labios, cuando volví mis ojos al pequeño diario que descansaba sobre mis piernas; en la misma había páginas en tonos caramelo, perfectamente emparejando con la cubierta de cuero marrón.
Toqué sutilmente las cartas bien hechas de Marcelino, que fueron interrumpidas por el vacío de las líneas de abajo. Donde yo fácilmente escribí cuidadosamente. Era extraño pensar que a partir de ese momento mi vida tomaría un giro completamente diferente una vez más. Salir de Nueva York ahora representaba el nacimiento de una nueva faceta para mí. El cierre, y el comienzo de un nuevo ciclo. En la historia de mi vida ahora empezaría el capítulo número cinco.
-Cuantas fases, Luisita. -me susurré a mí misma, escribí el número cinco, por debajo de sus predecesores. Al lado del número, había una nueva descripción.
La primera fue marcada por una niña sola, abandonada.
El segundo, contó la historia de una niña huérfana, residente de una casa de caridad, donde había conocido a otra interna, que pronto se convertiría en su mejor amiga, o mejor dicho: su hermana, Nieves Baeza.
Ya en la tercera, esa chica, que encontró el refugio que cambiaría el curso de su vida por completo, su tutor y padre, Marcelino Sanabria. En el refugio dando un giro redondo.
Cuarto, el fin de la dulce Luisita Gómez, por la aparición de la reina fuerte y despiadada, Luisita Fernández. El lado oscuro de una mujer destinada a tomar venganza, la que destruyó su vida, Sebastián Fernández. El rey.
Me enfrenté a la pequeña descripción hecha por mí, y en un espacio en blanco comencé mi nueva historia.
Capítulo 5
Final de Luisita Fernández, para el renacimiento de Paula Sanabria.
"¿Qué me vas a traer, Paula?" Pensé con una sonrisa en mis labios, viendo todas las líneas de mi nuevo "yo" que necesitaba llenar.
-Discúlpeme, Señora. -la azafata murmuró dejando una copa pequeña en el soporte de mi sillón. Apenas asentí, haciendo que la mujer se retire.
Levanté la pequeña copa de cristal, llena por el champán costoso proporcionado por mi jet privado. Y la llevé a sus labios, probando aquel sabor.
-Espero muchas victorias.
Después de unos minutos prolongados de viaje, el avión aterrizó suavemente en el suelo suizo, trayéndome a mi nueva realidad.
-Sra. Sanabria.
-¿Sí?
-El aterrizaje está despejado, y el coche la está esperando en el aeródromo.
-Gracias. -contesté deslizando mis gafas de sol hacia mi rostro, y levantando mi cuerpo del sillón cómodo, para caminar hacia la salida.
-Bienvenida a Zurich, señora Sanabria.
-Es como si estuviera en casa otra vez. -respondí con una sonrisa al piloto.
-¿Lo es? -preguntó el hombre con el ceño fruncido.
-Por supuesto, mi lugar está aquí. - Repliqué con una sonrisa antes de bajar de la pequeña escalera del jet.
Mi llegada a Suiza fue el punto de partida para dar vida a mi nuevo yo. Después de aquel momento, me establecería en la ciudad de Zurich, y con una pequeña suma de todas las fortunas retiradas de Fernández Enterprise, adquirí la misma casa en la que viví junto a Marcelino y Nieves de niña. Fue agradable tener la sensación de estar en casa, ahora que necesitaba tomar mi vida soñada otra vez.
-¿Está segura de que desea cambiar tanto? -preguntó la estilista.
-Absolutamente. -respondí con una sonrisa mientras me miraba los reflejos rubios por última vez en el reflejo de ese espejo.
-Entonces vamos, querida.
Fueron unos minutos antes de que la apariencia de Luisita Fernández se quedara atrás, trayendo aquella nueva que tomaría su lugar. La mujer me miró con una sonrisa feliz, mostrando esos dientes blancos que venían encontraste con su pelo oscuro a la altura del hombro, ella tenía una expresión alegre, como si hubiera hecho un trabajo excepcional. Giró suavemente el sillón en el que estaba sentada, haciéndome contemplar mi reflejo en el espejo.
-Paula, te ves maravillosa. -dijo la estilista.
No pude evitar la sonrisa que se formó en mis labios cuando vi ese cambio. Mi pelo ahora tenía un tono castaño claro, con algunos hilos más oscuros. La peluca que llevaba en los primeros días sería dejada fuera después de esta decisión. Sentí algo diferente, la euforia, la animación, ya que eso era un punto más para mi disfraz, en realidad, mi nuevo yo.
Después de salir de ese lugar, volví a mi casa, mientras pensaba en la expresión de sorpresa si Amelia me viera.
¿Le gustaran las castañas?
-Eso espero. -me dije a mí misma, mientras escribía una carta.
Ese sería nuestro único medio de comunicación. No podía dejar que la agente descubriera en dónde estaba, y mucho menos de lo que estaba haciendo. Conozco a Amelia, y sabía que ella era lo suficientemente testaruda para venir a mi encuentro. En mi carta, les pedí a todos que siguieran el plan, que hicieran todo para que el mundo creyera que Luisita Fernández estaba realmente muerta. Y entre cartas, y más cartas, los meses pasaban, reafirmando mi vida diariamente como una mujer nueva.
Después de mucho tiempo, me di cuenta de que todavía faltaba algo. Quiero decir, muchas cosas que aún me faltaban, pero en ese momento decidí que no podía vivir a merced de unas vacaciones interminables. Mi vida estaba regida por aventuras, decisiones y, sobre todo, desafíos. Y durante ese día, hice mi mayor decisión desde que llegué a ese lugar.
"Mis ojos fueron al encuentro del hombre a mi lado, que se enfrentaba al gigantesco edificio en construcción. Marcelino tenía un ojo vigilante, y de esperanza. Era fácil ver todos los planes que él construyó dentro de sus pensamientos para esa filial en Suiza.
-Este lugar va a ser tuyo algún día. -dijo el después de un suspiro.
-Papá, no sé si soy buena en este negocio. -respondí con una sonrisa torpe.
Marcelino movió sus labios en una sonrisa, antes de enfrentarme con esos ojos claros.
-Lo dudo mucho. Eres increíblemente buena en todo lo que haces, apuesto a que lo logras. -exclamó alegremente, dando un paso adelante.
-¿Y si no lo hago?
El hombre se volvió hacia mí, acercándose con una mirada amorosa.
-Algo en mí dice que puedes hacer lo que quieras. Y sé que no me equivoco.
-No sé si soy lo suficientemente buena. -murmuré en un tono más bajo.
-¡Sé que lo eres! Hija, tú serás la reina de todo esto. -levantó los brazos, mostrando el edificio detrás de él. - junto a tu hermana, por supuesto.
-Sólo necesito que estés a mi lado para todo esto. -dije mientras lo abrazaba.
-Luisita...-Marcelino se soltó de mis brazos, para hacer frente a mis ojos con firmeza. -siempre estaré a tu lado, en cada momento de tu vida. Pase lo que pase, estaré aquí...- su dedo índice señaló en la parte superior izquierda de mi pecho.
-Te amo, papá.
-Te amo más, hija. - fueron sus palabras antes de abrazarme."
-Por aquí, señora Sanabria. -alertó al Gerente General del banco UBS.
-¿Puedo tomarlo? -le señalé la copa de champán.
-Claro, si quiere le servimos otra. -respondió sinceramente.
El hombre me trató como a una reina, sirviéndome con el mejor cuidado para ganar algunos puntos con uno de los clientes más grandes.
-Eso no será necesario, es suficiente. -respondí antes de levantar mi cuerpo de la silla.
-La llevaré a su caja fuerte.
-Gracias.
Caminé a través de los pasillos del Banco Central de Zurich, dirigiéndome hacia la zona más privada de ese edificio. Algunas contraseñas, guardias de seguridad, cámaras hasta que finalmente llegamos frente a la enorme puerta ovalada de acero macizo. Se alejó, permitiéndome acercarme para entrar mi contraseña. Después de unos pocos clics, y una lectura biométrica de mis dedos, y la bóveda se desbloqueó automáticamente.
- Si me permite.
Con ambas manos el hombre giró el soporte circular sujetado a la puerta, y poco después lo sacó con alguna fuerza. Cuando la puerta se abrió, pude ver el apiñamiento perfectamente organizado de toda mi fortuna. Los miles de millones de dólares robados de Fernández Enterprise.
-Wow...-escuché al hombre susurrar, arrancándome una sonrisa de mis labios.
Caminé lentamente hacia el interior de la bóveda, avistando las cedulas verdes tan nuevas perfectamente organizadas en pequeños paquetes. Ingerí una pequeña cantidad de champán en mi copa, antes de girar y sentarme en el aglomerado de dinero. El hombre me miró muy deslumbrado.
-Este es un buen trono, ¿no crees? - pregunte.
-Es el más poderoso que hay. respondió.
-Me gusta eso.
-¿Quiere invertir en algo?
-Quiero que compres una buena parte de las acciones de Fernández Enterprise.
-¿Está segura, señora Sanabria?
-Absolutamente, ese será mi reino. -dije antes de levantar la copa de champán.
*Fin del Flashback*
-¡No más preguntas! -exclamó mi secretario privado a los periodistas eufóricos.
"¡Paula! Por favor!"
"¡Señora Sanabria! ¡Sólo una pregunta más!
Los hombres exclamaron con sus dispositivos celulares apuntando hacia mí. Apenas sonreí y me alejé del púlpito ubicado en el centro del auditorio Fernández Enterprise. La presentación de la nueva Presidencia duró largos minutos, con el derecho a numerosos discursos, nuevos planes y objetivos. Todos muy bien organizados por los empleados de mi empresa.
-Inspirador. -Amelia murmuró tan pronto como me acercaba. - ¿Pero ahora podría recuperar a mi mujer?
-Siempre me tuviste, Ledesma. -murmuré cuando le besé los labios.
-¡No en este momento! -Nieves exclamó acercándose. -he preparado una fiesta maravillosa para hoy, y nuestra presidente es la estrella.
-Nieves...
-¿Qué pasa? Eres la reina de esto ahora, y necesitamos celebrarlo.
-Nieves tiene toda la razón. -dijo Rocío. - ¡Está todo listo!
-¿Sabías de esto? - encaré a los ojos de Amelia.
Se encogió de hombros, teniendo la culpa al lado de sus cómplices.
-Te lo mereces. -Amelia susurró junto a mis labios.
Diferente de lo que imaginé, la fiesta organizado por Nieves, Amelia y
Rocío no era para mucha gente. Nos privamos en una animada fiesta en una de las mejores discotecas de Saint Moritz, la misma en la que Amelia y yo habíamos asistido hace más de un año.
Fueron horas de música, bebida, y celebración para la fase más nueva de nuestras vidas. Por primera vez, nos sentimos realmente libres de todo ese mal que una vez vivimos.
-¿Dónde está Amelia? -Nieves preguntó en medio de la pista de baile.
-Fue a tomar una copa, y hasta ahora no ha vuelto. -respondió Rocío.
-Tiene adolorido los pies. -murmuré con una risita. -voy a verla, mi mujer precisa de mis cuidados.
Crucé la sala parcialmente iluminada, esquivando todos aquellos cuerpos que me movían según los latidos de la música. A lejos pude ver los cabellos negros de mi mujer que ahora era algo más cortos. Amelia estaba casi totalmente distraída mientras degustaba una pequeña botella de cerveza. Por unos momentos, esa escena me llevó de vuelta a Mount Vernon, al principio de todo.
-Un whisky, por favor. -le pedí al camarero tan pronto como llegué, tomé el lugar junto a Amelia.
Me quité el abrigo, y lo puse en el mostrador atrayendo la mirada curiosa de la mujer a mi lado. Amelia no habló nada, pero pude notar fácilmente la sonrisa que se formó en sus labios, cuando el camarero me sirvió un shot de whisky.
-Podría ofrecerte encender tu cigarrillo, pero no creo que fumes más, ¿cierto?
Amelia se rió tranquilamente, volviéndose hacia mí.
-En serio, lo dejé.
-Me imaginé. -respondí, tratando de controlarme.
-¿Es la primera vez que estás aquí? -ella lo preguntó, como la primera vez que nos conocimos.
-Sí, he estado en esta ciudad unos días, pero hoy es mi última noche aquí. ¿Cómo lo sabes? – me hice la cínica.
-Vamos a decir que ya he grabado en mi mente la mayoría de las personas que frecuentan este lugar y literalmente nunca viniste aquí antes.
-¿Soy tan diferente de las otras mujeres por aquí, para que no olvides mi apariencia?
-Tienes un diferencial evidente. -dijo, disminuyendo nuestra distancia drásticamente.
-Espero que esto sea algo bueno. - dije mientras tomé un pequeño sorbo de su cerveza. - ¿Cómo te llamas? - seguí actuando.
Amelia se rió, pero tomó postura para continuar.
-Amelia, Amelia Ledesma.
Deslice la punta de mi lengua a través de mis labios, sin quitarle la mirada.
-Bueno, Amelia...mi nombre es Paula Sanabria, encantada de conocerte.
-Es un placer, Paula. -me dijo cuando puso un sutil beso en mi cuello.
-No recuerdo que estuviéramos tan cerca la primera vez. -exclamé en medio de una carcajada, dejando que la mujer me robe un beso.
-No lo estábamos, pero realmente lo quería. -Amelia respondió, besándome otra vez.
-No seas tonta.
-¿Quieres salir de aquí? -preguntó cerca de mi oreja, haciéndome sentir un escalofrío.
- ¿Que estás tramando, Ledesma?
-Una sorpresa.
-¿Qué sorpresa?
-No puedo decirte, dejaría de ser sorpresa. - se encogió de hombros.
-Oh, no. ¡No me dejes con curiosidad!
-Si vienes conmigo, lo sabrás muy pronto.
Miré sus misteriosos ojos, y poco después la amplia sonrisa presente en su boca. Amelia parecía emocionada, nerviosa, pero completamente misteriosa. Aspiré el aire con fuerza, y volví los ojos a la sala, tratando de encontrar a Nieves o Rocío, pero no había señal de ellas.
-Vámonos.
-¿Ahora mismo?
Yo asentí con una sonrisa, haciendo que Amelia suspirara. La mujer levantó su cuerpo del banco, dejando algunos billetes por nuestras bebidas, antes de sacarme de ese lugar. Cruzamos la sala de las manos hasta que llegamos a la salida de la concurrida discoteca. En el exterior, una hermosa noche de otoño estaba presente, trayendo ese ambiente frío y acogedor entre nosotras.
-¿No iremos en auto?
-No, quiero caminar un poco. - dijo cuando puso sus manos en el bolsillo de su abrigo.
-¿Está todo bien? -le pregunté con el ceño fruncido agarrando su brazo.
-Sí, sólo estoy un poco nerviosa.
-¿Pasó algo?
-¿Podemos caminar un poco? - preguntó un poco nerviosa.
Yo asentí con la cabeza, y me puse caminar a su lado. Me encantó el clima en Saint Moritz, todo ese paisaje de pueblo, rodeado de gigantescos Alpes que embellecían la ciudad de una manera única. Había un montón de historias allí, y algunos ellas eran mías.
Caminamos por la acera, justo en frente del parque central, haciendo el mismo camino que dibujamos la primera vez. A diferencia de hace un tiempo, hoy no había nieve y mucho menos una pista de patinaje, pero las hojas amarillentas, y el lago tranquilo traía un paisaje tan encantador como la primera vez.
Amelia caminó silenciosamente, mientras parecía disfrutar del parque tan bien conocido por nosotras.
-¿Estás en algún tipo de problema? Pareces nerviosa.
La mujer que antes veía el sutil swing del agua en el lago, volvió sus ojos hacia mí, parando nuestros pasos automáticamente.
-¿Crees eso? - desvió la mirada.
-Sí. -Me encogí de hombros. -me sacaste de la fiesta, y viniste tranquilamente aquí. Si tienes un problema, déjame ayudarte.
Ella negó con la cabeza, y me miró de nuevo.
-No tengo ningún problema, Luisita.
Su respiración ahora parcialmente agitada, indicaba el más vívidamente nerviosismo experimentado por la mujer. Amelia se humedeció los labios, y dio un paso adelante. No dije nada, sólo seguía mirándola.
-Simplemente no sé cómo hacerlo...-confesó en voz baja.
-¿Qué cosa? -se pregunte con el ceño fruncido.
Por unos momentos sentí miedo, no miedo de Amelia, sino de lo que ella podría decir.
¿Y, si estuviera cansada de todo esto? ¿Y si se hubiera arrepentido?
-Mira, si vas a arrestarme ahora, debo recordarte que ya no puedes. -Jugué, tratando de relajarme.
Amelia se rió suavemente, y negó su cabeza de nuevo.
-No voy a arrestarte. Sólo necesito decirte una cosa...la verdad, pedirte.
- ¡Por el amor de Dios, dímelo de una vez!
-Yo quería hacerlo hace meses, pero sé que todo sucede en el momento adecuado.
La oficial inhaló el aire con fuerza, inflando su pecho como si tomara el coraje para lo que estaba a punto de hacer. Amelia levantó la cabeza, y conectó su mirada a la mía. Sus ojos estaban pálidos, evidenciando la pupila dilatada en mi dirección. El viento frío me hizo estremecer, levantando un poco de cabello de Amelia hacia un lado. Alcé una de mis manos, y los arreglé suavemente, cuando empezó a hablar.
-Estamos aquí una vez más. -se encogió de hombros. -el mismo lugar que me trajiste hace un año. Es una locura pensar en todo lo que pasó en ese período, y cómo me has cambiado. Tal vez, venir aquí ha sido uno de los hitos más importantes entre nosotras durante todo este tiempo.
Mi respiración se volvió algo más pesada, tal vez se estuvieron escuchando los latidos de mi corazón.
- ¡Tal vez no, estoy segura! Aquí, en este lugar, fue la primera vez que te vi de verdad...-Ella sonrió tan dulcemente, que me hizo sonreír también. -y me encantó, Luisita. Me encantó lo que vi durante esos días. Tu puedes haberme atraído sexualmente, me dejó completamente enojada al principio de todo, pero entonces fue cuando te conocí por primera vez y me enamoré. No fue una tarea fácil, entrar en tu mundo real y requirió esfuerzo, fuerza de voluntad y mucho amor. Pero me ofrecí a eso, quería más de ti, y lo conseguí. Te vi en medio de esa oscuridad, y me di cuenta de que todavía había luz.
Respire hondo, tratando de controlar esa inminente urgencia de llorar.
-Me di cuenta de que no eras Luisita Fernández, eras sólo Luisita, con toda su debilidad y sensibilidad, pero con su fuerza también. Y por mucho que en ese momento no conociera tu historia de vida, yo te sentí como la mujer maravillosa que eras. Yo sabía que guardabas algo muy especial, además de tu don de la seducción y tu inigualable inteligencia. -se rió torpemente. -me resistí durante mucho tiempo, lo confieso, pero en algún momento, me cansé de ir en contra de lo que estaba sintiendo. Me enamoré de ti, no había salida. Así he estado cada vez más cerca, dejándome llevar por todo ese encanto que provocas tan fácilmente. Era inevitable no verme perdidamente enamorada de ti, Luisita. Créeme, siempre causas ese efecto en la gente, incluso cuando te odian, se vuelven locos por ti. Tal vez sea tu manera engreída, tu confianza en ti misma, tu persistencia o incluso tu inteligencia. Es atractiva y emocionante para todos. Al menos lo era para mí, y aún lo es.
Amelia alzó una de sus manos hasta mi cara, donde suavemente acarició con su pulgar. Cerré los ojos durante unos segundos, permitiéndome aprovechar ese momento.
-Pero te aseguro que no fueron tus cualidades físicas las que me hicieron estar segura de lo que voy a hacer ahora. - Dijo, dejándome completamente nerviosa. - Tener lo mejor de ti es lo que me hizo locamente enamorarme. Y con lo "mejor", no digo lo perfecto. No. Con lo mejor, yo digo, toda tú. Con todos los detalles, siendo cualidades y defectos. ¡La verdadera Luisita! Y no la que se hizo aquí y se lo mostró al mundo. Te amo, Luisita. Me encantan todas tus facetas. - afirmó con firmeza. -de principio a fin, sin más me encanta todo lo que representas, todo lo que está aquí adentro. Te amo más de lo que jamás imaginé que podría amar a nadie. Y estoy dispuesta a estar contigo todos los días de mi vida si quieres. Quiero mostrarte que nunca, nunca, estarás sola. Y es así que necesito preguntar...
Amelia suspiró pesado, mientras que sacaba algo del bolsillo de su abrigo grueso. Confieso que en ese pequeño espacio de tiempo sentí como si mi corazón estuviera saliendo de mi boca. El mismo ritmo frenéticamente, haciendo temblar todo mi cuerpo. Con los ojos llorosos, pude ver la cajita de terciopelo en sus manos. Levanté mis manos hasta mi boca, mientras que esas lágrimas obstinadas dejaron mis ojos, y se deslizaron suavemente sobre mi cara.
Me enfrenté al anillo solitario en el centro de la caja, mostrando una piedra brillante. Era hermosa.
-¿Te casarías conmigo, Luisita?
Tal vez me perdí unos momentos. Todo porque en esa fracción de segundo, me permití observar y estar aún más segura de la mujer increíble que había entrado en mi vida. De una manera totalmente inesperada, Amelia me hizo cambiar y creo que todavía podría vivir en paz. En medio de esa oscuridad, fue ella quien me hizo ver la luz que me habitaba. Con su amor, y su cuidado, me curó, me salvo a mí misma.
Medite.
-Por favor, di algo...-murmuró nerviosamente.
Abrí una amplia sonrisa, dejando caer más lágrimas.
-Claro que sí. Claro que quiero hacerlo. ¡Realmente quiero! -exclamé besándola con todo ese sentimiento que me llenó.
Los labios blandos de Amelia se movían en perfecta armonía con los míos. Ella me presionó contra ella, como si quisiera prolongar ese momento por una eternidad. Fue un beso lento, e increíblemente intenso, nuestras lenguas se movían con una sutileza apasionada. Como si fuera el primero de muchos que aún estaban por venir en nuestra nueva vida.
Después de una secuencia de besos, Amelia amplió en sus labios una amplia sonrisa que me derritió por todas partes.
-Oh, cariño. Siento como si mi corazón se estuviera saliendo de mi boca. -dije cuando cogió el anillo dentro de la caja.
Amelia tenía sus manos temblorosas, igual que las mías. Nos reímos juntas tan pronto como nos dimos cuenta de nuestro nerviosismo compartido.
-Bien, déjame hacer eso. -lo dijo sosteniendo mi mano.
Me miró fijamente a los ojos por un momento, y el resplandor de las lágrimas alegres llenó mi pecho con una sensación maravillosa e inexplicable. Abandoné su mirada, para ver el momento exacto en que Amelia depositó el anillo de compromiso en mi dedo.
Ella miró a mi mano durante unos segundos antes de levantarla hasta los labios.
Un solo beso.
-Voy a convertirte en la mujer más feliz del mundo.
Yo sabía que ella era la única que podía hacerlo. No había ninguna duda al respecto. Lo sentía en sus palabras, en su mirada intensa, y en sus toques por mi cuerpo.
Amelia tenía una manera especial para tomarme así. Como si me hiciera el ser más preciado que tuvo el placer de encontrar.
-Gané el juego. -murmure, recibiendo su sonrisa en respuesta.