Un zumbido en mi oído derecho... ¿Dónde estaba?
A lo lejos, como un sonido hueco y vago, podía escuchar voces agitadas que gritaban palabras que no entendía...
Un zumbido que no se detiene...
Mi cabeza daba vueltas y mi visión era borrosa, casi nula, ni siquiera sabía que estaba pasando a mi alrededor...
Un zumbido y... dolor. ¿Dolor?.
Sangre, sobre mi ropa, sobre mis manos, sangre seca y sangre reciente. Pero esta no es mi sangre... ¿Qué demonios está ocurriendo?
Un zumbido... una mirada. Esa mirada...
Pude reconocerlo, sin embargo, algo en mí no quería creerlo. Ahora comprendía lo que sucedía, sin embargo la imagen frente a mis ojos jamás podría olvidarla: a mi lado, sin vida, estaba el hombre que me había cuidado como a un hijo toda mi vida, y que había jurado darme una vida real, sacarme de toda esta locura... Su sangre manchaba su ropa húmeda y el suelo blanco se teñía de carmesí, sus ojos perdidos, sin vida, miraban hacia un punto fijo del pasillo, llenando los míos de lágrimas instantáneas...
Un pasillo... Y unas voces.
- Vaya, vaya, vaya. - La voz de un hombre captó mi atención. Caminaba despreocupado entre cuerpos inertes de quienes habían sido sus amigos, con hombres armados a sus espaldas. - Tu mayor secreto, ahora es mío, mi querido amigo James. - Sonrió - Atrápenlo. Lo quiero con vida. Si es esto lo que James tanto protegía, entonces lo cuidaré por él - Por instinto, comencé a arrastrarme lejos de aquél hombre. Sin embargo dos de los hombres armados me tomaron fuertemente por los brazos. Estaba desesperado, débil, sin poder hacer algo por mi mismo. Lágrimas resbalaron por mis mejillas mientras mis párpados se abrían como platos mirando a mi alrededor. El hombre se acercó lentamente a mi y se arrodilló para estar a mi altura. - Solo mírate ¿Quién diría que serias tan... poderoso y valioso? Pero ahora eres mío. Tu padre está muerto, y no hay nadie que venga a salvarte. Perdiste. - Me miró directamente a los ojos. Sus ojos eran rojos, completamente fuera de lo normal. Sonrió de una manera que jamás olvidaré, y después golpeó mi cara con uno de sus anillos. La sangre corría por mis sienes, fue ahí cuando me di cuenta de mi verdadero estado: Mis brazos estaban cubiertos de rasguños y sangre, mi ropa estaba rota y mis pies descalzos...
Estaba condenado...