━━dream
⠀⠀⠀⠀Los traviesos rizos revoloteaban al vaivén del viento, sentía ambas almas danzar al compás de la angelical melodía, estaban en la completa oscuridad, pero aún así sentía el dulce y cálido tacto de su piel, tan tersa como siempre, tan cálida como cuando se sonrojaba.
Guiaba sus pasos por los alrededores de su habitación, estaba hundido en su mundo, había anhelado tanto ese momento, el tenerlo frente a el y prometerle amor eterno.
El toque que tenía en su cintura lo llevaba al cielo, que sintió que era pecado sentir tantas sensaciones con solo una caricia, el aliento a café y posiblemente tabaco se fundía con su aliento a alcohol, el cual cada que chocaba con alguna parte de su rostro lo hacía estremecer.
Sus manos revoloteaban los rizos rebeldes de su amado, se aferraba a ellos como si su vida dependiera de ello, había esperado tanto tiempo, no lo iba a dejar ir tan fácilmente.
La melodía comenzó a ir más rápido, y sus pasos se convirtieron en pequeños saltos alrededor de la alcoba.
Con cuidado se acercó al cuello de su amado, y se fundió en aquel lugar, dejando cortos y suaves besos, bajando desde su mandíbula hasta su hombro, se extrañó tras sentir un aroma desconocido y extraño, pero le restó importancia tras sentir unos dedos revoloteando su cabello.
Aferró sus manitas al saco que portaba aquel hombre, y sintió como sus grandes manos lo abrazaron por la cintura, sintiendo así como se acariciaban sus pieles. Se quedó quieto, pensante que en algún momento todo se desvaneceria, tal y como pasaba en sus sueños.
¿Y si ese era otro sueño? ¿Y si nuevamente su mente le jugaba una mala pasada? ¿Y si aquellos rizos que tanto anheló tocar no eran reales? ¿Y si la hermosa sonrisa de ese chico no era real? ¿Y si todo era producto de su imaginación?
No.
Claro que no. Ese chico estaba ahí, a su lado, bailando junto a el esa majestuosa pieza de baile, sabía que el también había anhelado aquel encuentro, sabía que también había soñado con el todas las noches, lo sabía, claro que lo sabía, lo sentía, sentía lo mucho que el rizado esperaba algún toque sobre su piel canela, sentía lo mucho que también anheló conocerlo, lo mucho que quería estar a su lado, lo mucho que quería regresar.
Y que pasaba entonces, porque todo se sentía tan vacío, había miles de mariposas en su vientre, pero aquel toque tan cálido no era el mismo que recordaba, lo sentía tan melancólico, su encuentro debería ser apasionado, dos amantes que en sus sueños se encontraban y se entregaban, y que en ese momento por fin se tuvieron frente a frente.
¿Por qué no lo sentía así? ¿Qué carajos estaba pasando?
Había un claro aroma a romanticismo, pero el toque en su cintura lo sentía tan helado, había unos hermosos ojos chocolate frente a el, pero no estaba esa chispa que tanto recordaba; el hombre de sus sueños tenía una amplia sonrisa, unos hermosos ojos brillosos, y una larga melena rizada.
Pero había veces que el hombre de sus sueños aparecía con algunas manchitas de colores, le parecían tiernas, eran moradas, rojas, azules, verdes y amarillas, a veces le decía que tenía un arcoíris en su carita, pero a su amor no le hacía mucha gracia.
Y pareciera que había leídos sus pensamientos y sus dudas sobre el, pues se aferró mucho más a su delgado cuerpo, no fue hasta que sintió ese toque que se dio cuenta de lo delgado que se encontraba, podía sentir sus costillas pegar con el pecho del hombre, los huesos de sus caderas salían, y pudo notar que estaba descalzo.
Se extrañó, más no se soltó el agarre, más cuándo nuevamente cayó en su burbuja, y olvidó todas las dudas que tenía, nuevamente se desconectó de su realidad, y viajó por las estrellas, hasta llegar al lugar donde se sentía seguro con su amado.
Se estremeció tras sentir como su amor intentaba murmurar algo en su cuello, palabras al viento que el no comprendía.
—De... me... ii...
Ignoró sus murmuros y lo acercó mucho más a su delgado cuerpo. Lo quiera cerca, sumamente cerca, quería que no se notara dónde comenzaba uno y dónde terminaba el otro, quería quedarse ahí para siempre, quemarse hasta fundirse en un solo ser, que nunca más se separaran, que el fuera suyo por toda la eternidad.
Todo era tan mágico, se movían al ritmo de la melodía que resonaba en algún lugar de la habitación, todo era perfecto, divino y preciso, los rizos de su amado causaban cosquillas en su cuello, pero no quería apartarlo. Nunca más quería separarlo de su lado.
Pero no todo salía como el deseaba.
De repente, todo acabó.
Unos insistentes toques en su puerta lo sacaron de su planeta con su amor.
La oscuridad volvió a reinar, y escuchó nuevamente la voz de su ángel murmurar.
—Déjame ir.
Repitió entre sollozos aquel hombre entre sus brazos. Lo aferró a él con temor a que se derrumbara.
Y entonces escuchó los gritos y golpes tras la puerta de su único refugio.
—Joven Peñareal, abra la puerta somos la policía, estamos investigando la desaparición del joven Vivas.
Y todo cayó sobre el, como agua helada, como una piedra gigante, y fué ahí que recordó la cruz que tanto cargaba.
Joaquín Peñareal, ese era su nombre, su pareja, Emilio Vivas, pero, ¿Por qué estaba desaparecido? Si el lo tenía frente a el bailando desde hacía horas.
¿Por qué así era, no? El estaba ahí, junto a el.
Oh, mi pequeño maldito.
El pánico llenó sus ojos miel, y dejó de respirar tras no sentir la relajante calidez excitante de la piel de su amor, no sentía nada, porque no había nadie junto a el.
Asustado dio un paso hacia atrás, y observó como algo caía de sus manos, deslizándose por sus dedos manchándolos de algo desconocido, con miedo, y guiándose con la poca luz que había en el cuarto tomó entre sus manos aquel objeto.
¿Por qué estaba abrazando una camisa roja? ¿Por qué esa camisa se sentía como los brazos de Emilio? ¿Por qué Emilio no estaba con el? ¿A dónde había ido?
¿Por qué carajos esa camisa estaba húmeda?
Ignorando el golpeteo y las patadas en su puerta acercó a su nariz la prenda.
Y la soltó como si quemara.
Tenía ese mismo olor extraño que sintió cuando estaba abrazando a Emilio.
Y mucho más asustado dio pasos hacia atrás, uniendo los hilos que se cruzaban en su mente, nada tenía sentido, estaba tan perdido y asustado, los gritos en su puerta lo sacaban de quicio, la melodía que minutos atrás le tenía sumergido en un momento mágico, le taladraba la cabeza con tanta insistencia, quería ir y arrancarles la lengua a los oficiales para que se callaran de una vez, y golpear el aparato dónde salía la música para dejar de escuchar esa jodida canción
Pero, entonces, su pie chocó con algo, y un escalofrío recorrió cada parte de su cuerpo, dejando su piel de puntas, comenzó a sudar frío, y con el alma en un hilo se dio lenta y sigilosamente la vuelta, quedando frente a la cosa que había topado.
Su mente explotó, los hilos unidos se tensaron, dejó de respirar, y su cuerpo no respondía a ninguna señal, todo pasó rápido, hasta ese momento pudo sentir un extraño líquido bajo sus pies, y hasta que un travieso rayo de luz se coló en sus cerradas ventanas pudo enfocar aquellos hermosos ojos chocolates, tan divinos y angelicales como los recordaba, pero aquellos tenían una pizca de luz en ellos.
El cuerpo de su Emilio estaba a sus pies.
Y entonces todo, absolutamente todo se unió en su mente.
Recordó como comenzó todo hacía unos días, recordó como Emilio llegó desganado tras una ardua jornada de trabajo para tener que comer, recordó su enojo cuando lo vio platicar con el vecino en su cara, recordó como Emilio se defendió diciendo que solo eran amigos, recordó como le repetía que el era de su propiedad y que nadie se le podía acercar, recordó como le dijo que nunca iba a poder escapar de su lado, recordó como Emilio le llamó loco y comenzó a empacar sus maletas, recordó como Emilio le gritaba que estaba harto de su maldito control.
Y absolutamente recordó, como le enterró múltiples veces ese viejo cuchillo en su cuerpo.
Hasta matarlo.
Sonrió, a pesar de que los hombres lograron entrar a su refugio, sonrió, pues Emilio murió sabiendo que el tenía todo el control en su vida, pues el decidió si moría o vivía.
Y sonrió cuando miró el cuchillo en su mesita de noche.
Se lo merecía, por intentar escapar de su lado, nadie se escapaba con vida de el.
Sonrió al mirar nuevamente la sangre bajo sus pies, y suspiró recordando el cálido tacto de su pequeño Emilio.
Los policías no lo entendían, y el tampoco, pero sin importarle nada soltó a llorar cuando se llevaron el cuerpo de su amor, cuando lo separaron, el era suyo, ¿Por qué nadie lo veía? ¿Por qué no lo entendían? ¿Tan jodido estaba?
Lo amaba, lo amaba con tanta intensidad que aún amaba su cuerpo marchito y podrido como si tuviera vida, pero la gente no lo entendía, mucho menos entendía cuando el confesó a la policía que ambos bailaban en medio de la oscuridad minutos antes de su llegada.
Pero el lo sabía, una vez en un sueño, pudo admirarlo por última vez, sin gritos de dolor o súplicas por piedad.
Oh dulce Emilio, no merecías amar al diablo hecho persona.
rosie.
CH