María Orines

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Parecía un día normal, mi abuelita terminaba de yantar y esculcaba entre papeles en busca de su agenda. El día anterior se había dado un sopapo porque creyó que perdía su cita con el médico. "Aquí está" dijo, había encontrado la fecha, era hoy.

Cuando se trata de puntualidad mi abuelita tomó la corona. Se podría decir que un minuto más, uno menos no está dentro de su sistema. Desde que era pequeña ella movía a su familia y no soportaba llegar tarde a sus eventos, lo curioso es que no pasaba al revés (un compromiso familiar no estaba en sus planes).

A medida que fue creciendo y se abrió la puerta de "tercera edad", fue cambiando su ritmo, pero jamás su mentalidad. Su cabello corto y rubio hace que deslumbre su hermosa cara y no se diga aquella risilla, tanto que sentía que moriría de risa, sus ojos oscuros eran motivo de admiración, su bellísima complexión (me encanta) siempre decía que no estaba gorda, que era de hueso ancho y que había sido el confuso chocolate sin etiqueta "light".

Eran las cuatro de la tarde y como siempre el remesino de mi abuelita era salir temprano para llegar a tiempo. Dos horas antes ya comenzaba a quitarse su mandil y alistar los papeles del seguro. El hospital tenía pinta de ser un lugar prieto y poco acogedor (cuchitril) para pasar el rato y para variar, la chiripa de mi abuelita empezó a desaparecer. Luego de casi 2 horas y media de espera, apareció el doctor con la excusa de que el tráfico lo había demorado y entró a su consultorio.

No lo podía creer, todo mundo era anunciado, menos la pobre de mi abuelita. Para pasar el rato, decidió platicar con una muy querida comadre vía WhatsApp (muy moderna). Ya era noticia en toda la familia la "tragedia" que vivía y para colmo, el tío lejano comenzó con su típico consuelo incómodo.

Como era de esperarse, mi abuelita le pidió con gran devoción a Diosito que todo saliera bien, pero, inmediatamente la morena recepcionista de cara alargada no pudo contener su fría mirada y con sus gigantes ojos barreó a mi abuelita malamente. Se puede decir que mi familia es muy calmada y trata en todo momento de ser asertiva ante las adversidades y diferentes personas, aunque, he de admitir que mi abuelita no. Hoy en día, ella te diría que JAMÁS ha sido grosera con nadie.

Desde el principio de los tiempos, el ser humano presentó conductas de furia y agresividad, dicho esto, es válido tener momentos de "enojo on". Retomando la historia, obviamente mi abuelita reaccionó y le mandó una mirada retadora a la famosa recepcionista. Se podría decir que desde ese momento inició una fuerte tensión. De ser por ella, las cosas ya hubieran terminado, pero, según esto la "getonis" (nombrada en honor de la familia), adrede provocó a la indefensa, tierna y dulce de mi abuela. Sin afán de presumir, después de otra hora más de espera y luego de chamuscarse con las miradas, la suerte iluminó a mi abuelita y ganó la competencia (al menos eso pensó).

Un fuerte sonido de una puerta azotándose acabó con la paciencia de mi abuelita y provocó "el estrés total". Resultó increíble creerlo, luego de una eternidad en espera más el completo drama del hospital, al fin, el doctor llegó. Tenía una apariencia muy descuidada con un peinado muy locochón y un aire semi-cansado que atrajo la curiosidad de todos los pacientes.

Para poder entrar al consultorio necesitabas ser nombrado por la rasposa voz del encargado. Antes de mi abuelita esperaban pacientemente 3 personas su turno y a medida que la fila avanzó se sentía la ansiedad de cada persona. Era cuestión de tiempo para terminar con esta horrible pesadilla. "No lo puedo creer, fregada secretaria", fueron las últimas palabras pronunciadas por mi abuelita ante lo que consideró su peor oso (ridículo), en la vida. Son inexactas aquellas intensas palabras dichas aquel lunes 14 de junio de 2010; al igual que las leyendas, cada familiar tiene una versión diferente de lo que serían "las peores palabras" de Amirita (mi abu).

Justo cuando era el turno de mi abuelita y se iba a bocear su nombre, solamente se escuchó: "María Orines, María Orines, ¿María Orines?". Bueno, cabe recalcar que el nombre de mi abuelita es María Amira y no precisamente Orines.

Cuenta mi abuelita que NUNCA olvidará aquella carota de la nefasta secretaria, la misma con el atrevimiento de bocearla. Seguramente tuvo una satisfacción enorme en su interior al arruinar el registro de mi abuelita y poder repetir las palabras: "yo gané viejita" (bueno, no tanto así).

Ese día al platicarle la historia a mi apuesto, delgado y moreno abuelito, habría un fuerte silencio atrapado por toda la casa. Sin más preámbulos, le preguntó a mi abuelita qué hizo al final y ella se limitó a contestar: "me fui".

 Sin más preámbulos, le preguntó a mi abuelita qué hizo al final y ella se limitó a contestar: "me fui"

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⏰ Last updated: Dec 18, 2020 ⏰

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