Ana Elena Broirango Avila, Hija de Flavio Andres y Mariana, tiene un hermano menor llamado Jimin, toda su vida vivió con una mentira de parte de su madre
Y ahora se preguntó ¿Quien es su padre?
Secuela de
Un engaño doloroso
¡ARIGATO¡
Los rayos del sol atravesaban las cortinas y acariciaban el rostro de una niña de cabello castaño claro: Ana Elena Boriango Ávila, mejor conocida como Elena.
Desde pequeña, su padre Andrés le cantaba canciones en inglés. La envolvía en ese idioma como si fuera una melodía constante. Con los años, el inglés se volvió su única lengua. El español… simplemente no quedó en su memoria.
El nuevo día comienza...
La puerta se abrió de golpe.
—Ana, get up! It’s time for school! —gritó Mariana, su madre, mientras se asomaba a la habitación.
—No, mommy… —murmuró Elena, aún medio dormida.
Mariana sonrió con picardía y de un tirón le quitó las cobijas, dejando a Elena expuesta al frío de la mañana.
—Ma... I’m coming! —gimió mientras se estiraba con pereza.
Mariana dejó la habitación para ir al cuarto del más pequeño de la casa.
—Chi-Chim! —susurró con ternura al ver a su hijo Jimin profundamente dormido.
Se sentó en su cama y le acarició suavemente el rostro.
—Jimin-ssi, get up, my love. —le dijo en voz baja.
—Mom… I’m sleepy… —respondió el niño mientras se frotaba los ojos y le regalaba una pequeña sonrisa.
Mariana lo cargó hasta la sala para que desayunara. Elena ya estaba peinada y lista, luciendo su uniforme.
—Is Jimin going to kindergarten today? —preguntó Elena, al ver a su hermanito aún en pijama.
—Yes, Elena. But he goes in later. —respondió Mariana mientras acariciaba el cabello de Jimin.
Elena solo rodó los ojos con fastidio.
Desde las escaleras bajó Andrés, con su maletín en mano, listo para irse al despacho donde trabajaba.
—Ready, Eli? Let’s go. —le sonrió a su hija.
—See you, Mom! —respondió Elena, levantando la mano para despedirse.
—Take care, honey! —le gritó Mariana mientras servía cereal para Jimin.
Bogotá, Colombia.
En otra parte del mundo, Panda despertaba temprano. Como cada mañana, miró una fotografía que tenía al lado de su cama.
Era su hija… una foto de cuando era apenas un bebé.
—Elena… Good morning, my love. —le dijo al retrato, abrazándolo como si pudiera sentirla.
Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas frías.
—I swear I’ll find you again… —susurró antes de besar con cariño el marco de la foto.
Bajó las escaleras.
—¡Leonardo! ¿Dónde estás? —llamó.
Desde la cocina salió Nando, cargando a su pequeña hija de cinco años, Lía.
—Se parece tanto a Atenea... —dijo Panda al verla—. Es hermosa.
—Ya casi está lista para el kínder —dijo una voz desde la cocina.
Era Javier, que salió con una espátula en la mano y una sonrisa.
—¡Hola, Pandis! —lo abrazó con cariño.
—¿Y Atenea? —preguntó Nando.
—Se fue temprano a trabajar. Y me dejó a cargo de esta preciosa bebé. ¿Sabes por qué me contrató, verdad? —le hizo una carita graciosa a Lía, provocándole una risa.
—Aquí tienes —dijo Nando, entregándole a su hija.
—Come here, my cutie pie! —le dijo Javi, recibiéndola entre risas.
—Ya me voy —anunció Nando—. Cuídala bien, ¿sí?
—¡Claro! ¿Verdad, Lía?
— Shi, tío Javi! —respondió la niña con ternura.
Nando le dio un beso en la frente y se marchó directo al restaurante.
—Uff... —suspiró Javier.
Panda rió suavemente.
—Yo también me voy… sigo buscando a mi hija.
—Panda… —dijo Javier mientras se sentaba en la mesa con la niña—. De verdad deberías dejar eso atrás. Elena está bien… Está con su madre, con sus padres. Está cuidada. Y tú… tú no formas parte de esa vida.
Lía ya había corrido a su habitación a desayunar.
Javier aprovechó el momento para tomar las manos de Panda con delicadeza.
—Ella no te conoce, Panda. Para ella… eres un extraño.
Pero Panda se levantó bruscamente. Le dio una bofetada.
—¡Mariana me la arrebató! ¡Andrés no es su padre, soy yo! ¿Es que no lo entiendes? —gritó, furioso, sujetando a Javier del cabello.
—¡P-Panda! Me estás haciendo daño, suéltame...
Panda reaccionó. Lo soltó y bajó la mirada.
—Perdóname... Yo... no quería hacerte daño —dijo, suspirando con frustración.
—Extraño a mi hija. Haré todo, lo que sea, para recuperarla… te guste o no —y salió de la casa con rabia contenida.
Javier, aún con el susto, cerró la puerta y se fue al baño.
—Ay, Pandis… sí se le pasó la mano. Esto me va a dejar moretón, santo Dios. —se dijo mientras se aplicaba crema.
Que tal
Esta es la 2 parte de la historia de Un Engaño Doloroso.
Ojo, Panda aqui es un poco agresivo, pero no mucho...
Luego sabran el porque
Besos
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