Agosto

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Hacía una intensa mañana de verano, lindante entre julio y agosto. A vistas de cualquiera, podía contemplarse inacabables cultivos de trigo; tal era la altura de la cosecha que había que observar desde lo alto, pues en camino no era diferente de un laberinto sin salida. La melodía de los grillos hizo buena compañía, sobre todo para el niño que corría de un sitio a otro.

A sabiendas de las reprochas de su madre, quería divertirse. Agosto le era una época extraña, así que toda sensación desconocida la huía con aventuras, en concreto la de perderse en los cultivos cercanos a su pueblo. Adoraba el calor que acariciaba su piel, el cómo largos tubos finos rozaban su pelo y hasta lo enredaban (de más). Reía él solo, jugando, viendo nada más que trigo y a casi medio caerse de lo dificultoso que resultaba el recorrido.

Hubo un momento que sus pies dejaron de correr a lo poco que oyó voces, cercanas a él.

Risas de niños, cortas, continuas.

De la curiosidad empezó a moverse lentamente y, con cuidado, movía los dedos entre hilos amarillos para despejar su vista hasta que lo alcanzó. Desde todo el recorrido de trigo, se quedó relativamente oculto, dejando al descubierto nada más que sus ansiosos ojos.

Era más cultivo, solo que cortado hasta sus rodillas permitiendo ver lo que estaba pasando.

Niños.

Se reían, como antes, desencajaban las mandíbulas y sus ojos estaban lagrimosos de la gracia que sentían. Algunos señalaban y otros parecían tirar piedras contra algo.

Sus ojos quedaron fijos sobre aquel algo.

Un jornalero dormido.

Ellos seguían riéndose y tiraban piedras.

Una pedrada dio contra la cabeza del jornalero, provocando que se moviera hacia un lado.

Él lo miró a los ojos.

Los ojos del jornalero estaban levemente abiertos, ennegrecidos, con venas hinchadas. Todo su cuerpo, de por sí moreno, cuando más se fijaba parecía estar seco. Las moscas con dulzura acariciaban su piel, hacían son con el cantar de los grillos ante el suyo.

Miraba al jornalero dormido, quien parecía llevar cansado tiempo. Quizá no había comido, como a otros que siempre oía quejarse de algo parecido.

Uno hurgó un instante en sus bolsillos, quejándose de cómo no tendría nada para comer, y rápidamente acabó por levantarse. Echó las manos sobre el rostro, asqueado y apartado del resto, apunto de vomitar cuando hilos de bilis se escapaban por sus pequeñas manos.

Todos rieron, pero el jornalero no despertaba.

AgostoWhere stories live. Discover now