Cuando Gea presumía de su juventud y el sol le tostaba la piel, cuando la vida era reciente y había un sólo mundo al cuál pertenecer; existió una criatura adelantada a todos sus semejantes, aquella que había descifrado el secreto de la supervivencia, que había ganado la carrera sin haberla empezado y que se guardó el secreto para mantenerse en la cima de la cadena alimenticia.
Este animal, de extrañas proporciones y una taxonomía inexistente se mantuvo alejado, en un rincón del mundo en el que sería difícil existir para otras criaturas y observó, fue testigo de la división y aparente destrucción de su mundo, vio a Gea dejarse un velo eterno que protegería al resto de animales y presenció la llegada del hombre.
Estos seres frágiles que sobrevivían gracias a la perspicacia de algunos de sus individuos no eran más curiosos que el resto de especies, no eran más capaces ni mucho menos adelantados; Eran animales, animales orgullosos y testarudos. Tanto o más que el pegaso del que hablaron siglos después de su llegada, eran más numerosos que las hormigas que agujerean a Gea y el doble de agresivos que los toros y las vacas a los que esclavizaron mucho después, ustedes se imaginarán que pasó.
Aunque en la práctica no tuvieran nada en común, éste ser logró verlos como sus iguales, puesto que podía imitarlos y seguir sus patrones de conducta. Se ocultó entre ellos, aprendió sus costumbres, habló sus idiomas, bailó sus canciones y recibió sus nombres. Se sentía completo, se sentía acompañado y pensó que tal vez habría encontrado su lugar; sin embargo, como en todas sus aventuras, hubo un descontento que lo obligó a abandonar a los que consideró los suyos.
Los hombres se habían vuelto más perceptivos y exigentes, notaron sus diferencias, sus facciones, sus colores y sus preferencias; los que formaron el grupo sin diferencias más grande aplastó a los demás cómo moscas y dejó a las mujeres y niños para más tarde. En este desastre todos notaron que él era el más desigual, aquel cuyos colores sólo lo podrían clasificar junto a los muertos, aquellas facciones que nadie le había heredado y nunca serían heredadas y esa inclinación a nunca apoyar a un bando en específico; cuando las opciones eran manzana o pera este elegía a las vides.
Esta rara naturaleza terminó por dejarlo hasta el final de la jerarquía del hombre y luego, fuera de ella. Lázaro de nuevo estaba sólo, le habían quitado a su gente, a aquellos que lo llenaban y avivaban en los ojos que ya lo habían visto todo una chispa de afecto; o más bien, ellos se apartaron de él.
Estaba devastado, sin embargo tal sentimiento se desvaneció cuál vapor en espejo cuando se vio en uno de estos; los humanos tenían toda la razón. Era horroroso para todo el mundo, su odio era venenoso, su disgusto contagiable y su lengua filosa; lastimaba y era lastimado muy fácilmente.
Poco a poco desarrolló un sentimiento nuevo; no era tan leve cómo el odio, pues este estaba limitado, no era tan efímero cómo la tristeza ni tan intenso cómo la felicidad. Por un momento pensó que era enojo, pero cuando sus cuencas oculares habíanse hundido hasta su nuca se dió cuenta que era algo más; algo inefable, que se marinaba en los confines de su mente, que se adobaba con cada pensamiento y se revolvía con cada hilo de recuerdos para crear un monstruo, el hijo, aquel que nunca nació y por lo tanto se volvió inmortal.
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Las Irreverentes Palabras de un Inconforme
De TodoAhora que las pesadillas que nunca pude recordar despierto parecen cuentos infantiles, desearía quedarme en ellas por siempre. Los suspiros nocivos de las criaturas del asfalto se volvieron el pan de cada día mientras las mismas deidades son opacada...
