El Sujeto

2 0 0
                                        


EL SUJETO

Soy hombre de maldad, o eso creen. A mí me gusta seguir a la gente porque se siente aterrada. Creen que una persona está enferma por seguirlas a lo largo de una avenida; se molestan cuando toso mirándoles, incapaz de cerrar los ojos. Entiendo que todo esto les pueda hacer sentir ansiedad, pero no es culpa mía que no sepan cómo afrontar encuentros con personas ajenas a ellos.

Cuando era niño, perdí ambas piernas en una explosión ocasionada por el ejército aéreo alemán. Mis padres, provenientes de una familia pudiente, me ofrecieron recobrar el movimiento a cambio de tener prótesis. A mí me daba igual, estaba cegado por la idea de poder volver a andar, y acepté. Lo que no sabía es que el mismo ejército que me había privado el andar, había solicitado a mi padre experimentar conmigo. Y así fue: ando con prótesis desde la edad de nueve años.

Cuando me ofrecieron la oportunidad, acepté sin temor, pues temía que se riesen de mí en clase o en la calle por no tener miembros inferiores. No me opuse, aunque algunos intentos fuesen infructuosos, ya que quería ser aceptado por los demás, y el miedo a verme diferente me arruinaba. La primera prueba consistía en ponerme unos prototipos que estaban entonces probando para sus soldados, una especie de exoesqueleto que creo no hizo mucha gracia a mis parientes pagar. A mi tampoco me agradaba, mis compañeros me llamaban el pequeño Abrams por hacer el mismo ruido que uno americano.

Pasé pues, a una segunda prótesis de madera, pero cuando llovía se hinchaba y era nuevamente objeto de risas y miradas. Recuerdo que una vez, en una prueba de cacos, empezó a llover. Tenía la impresión de que el cielo rugía para que no continuase, y así fue: las primeras gotas no me hicieron mucho, pero conforme corría, sentía como mis "piernas" pesaban, seguía corriendo, y cada vez más tenía yo al horizonte elevado sobre la vista. Llegado el final de la prueba, mis supuestas piernas ya no daban más de sí, y mientras todos estaban en la grada cubiertos, se reían mientras yo luchaba por llegar a su nivel.

Aquel episodio fue para mí un suspiro de melancolía. Me pasé tres meses en mi habitación, tumbado en mi cama, excitándome con las fotos que colgaba en las prótesis. Un día decidí pintarlas con una mezcla de ocre y blanco, pensando que así serían más creíbles, pero mi padre me llamó para anunciar que tenían una nueva plantilla hecha para mí. Ya no sabía qué esperar de todo aquello, y me vestí desmotivado. Al llegar a la consulta, el médico no era el mismo que me había tomado las pruebas anteriormente. Le dijo a mi padre que se quedase fuera de la sala, esperando a ser llamado, y me quedé sólo con él. Fue entonces cuando pensé que por fin me hacía un hombre: mi padre me dejaba a solas con el doctor para que pudiese defenderme. No opuso resistencia como lo haría en otras ocasiones, y eso me hizo feliz.

El doctor me preguntó sobre el accidente, al cual respondí tristemente el motivo. «Necedades de vosotros los niños, no hacéis nunca lo se os dice» me dijo al escuchar la historia, me había parecido arrogante por su parte, pero seguía entusiasmado con la idea de conocer mi nueva prótesis. Él la llamaba el Renacer de Discordia, pero yo no entendía muy bien el significado.

Me presentó el prototipo que, según él, ya habían utilizado en el campo de batalla y que era muy útil, aunque el precio que pedía no era algo que mi padre pudiese ofrecer, y que por ello había preferido que nos dejasen a solas en la consulta. Me estremecí cuando mencionó eso último, pero preferí dejarle seguir con su discurso. Cuanto más hablaba, más se encendía, hasta el punto de empezar a sudar, y llegando a quitarse la bata, manchada, por cierto, de lo que sería sangre de alguna última cirugía o yo que sé, tenía nueve años, pensaba que podría ser veterinario.

Ya no me sentía cómodo, y le pedí que dejase a mi padre entrar. Acercándose a la puerta pensé que podría librarme ya, por fin, de sus tonterías, pero él se quedó un momento manoseando la cerradura. Al cabo de unos segundos me miró, se reajustó las gafas, y me pidió que levantase la camiseta. Tomó la tensión, me analizó el pulso, y pasado esto me pidió que me quitase los pantalones.

El SujetoTempat cerita menjadi hidup. Temukan sekarang