Tengo un desconcertante dolor en el pecho, amenazante con desplomar mi cuerpo y dejarme acabado en el lecho. No es dolor, es angustia, me decido a aclarar. No es malo, en realidad; no es bueno, qué maldad. Sagaz dolor, luna de mi corazón, quién soy, quién fui, quién seré, por favor, descúbremelo. No diré que quiero ser memoria en las mismas de los demás, pues no es cierto, pero ¿quiero pasar siempre desapercibido? No te engañes, no me pienso engañar, no eres sueño, eres crueldad. Perdóname sin perdonar, pero es que no te quiero recordar. Es que no quiero pensarte constantemente, es que eres regocijo en los secos rincones de mi mente. Ciertamente, no creo que quiera decir eso; me refiero a que no te quiero olvidar, sino que quiero recordar sin que me duela. No sé nada, no sé qué pienso, digo o escribo. No sé quién eres para mí, pero ocupaste tanto en mi pecho que quizá seas extracto de mi alma, un pedacito de mi ser. Deja que me lleve el viento, deja que baile con el resto de las rancias hojas, no me tengas atado al resto del árbol. Deja que me vaya, deja que venga, deja que el inocente correteo, el jubiloso vaivén del viento, juegue conmigo. ¿O a costa de mí? No importa, ya no, se escapa tinta negra de mi pulmón. No importa, ya no, fluye con desazón. No importa, ya no, te adueñaste de mi razón. No importa, ya no, te quedaste en mi corazón.
