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Parecía ser otro rutinario día en el laboratorio de microbiología y epidemiología de la universidad de Montessori. Patricia Pirozzi, una joven y talentosa viróloga, se secaba el sudor mientras terminaba de anotar los resultados obtenidos en sus observaciones a la muestra de un virus que había aparecido semanas atrás y afectaba a las reses de una comunidad de granjeros en la zona rural de Montessori. Dicho virus preocupaba a la comunidad debido a la velocidad con la que se estaba contagiando, al parecer por la picadura de insectos, y a los síntomas que causaba en sus víctimas: pérdida del apetito, agresividad, pérdida progresiva de las funciones corporales y, finalmente, la muerte.

Había temor de que una mutación provocase que ese virus pasara a los humanos, de ahí que se prohibiera el consumo de carnes y que hubiera cierto afán en estudiarlo y hallar una cura. Patricia y sus compañeros en el laboratorio sentían más que nadie la presión que ese afán provocaba y que iba en contra del rigor que habían aprendido a tener en la universidad. Las prisas suelen estar acompañadas de errores, los cuales pueden llegar a ser catastróficos en una situación como la que atravesaban.

Tras salvar los datos obtenidos aquel día, Patricia procedió a desinfectarse para dirigirse a su casa para su merecido descanso. Con sumo cuidado se quitó su equipo de protección, botando lo desechable a la caneca y limpiando y esterilizando con esmero lo que no se desechaba, para luego ella misma asearse según los protocolos establecidos. Una vez finalizada su rutina, se permitió suspirar mientras caminaba por los pasillos de la universidad, despidiéndose de sus compañeros y de algún que otro alumno que se cruzaba a su paso. La voz de su jefe llamándola le hizo detenerse y que suspirase una vez más.

—¿Algún avance, doctora Pirozzi? —preguntó Enzo Sagese, epidemiólogo a cargo del laboratorio.

—No de momento, doctor Sagese. El virus sigue mostrando resistencia a los fármacos que hemos probado.

—Necesitamos un avance pronto. El temor en la población está aumentando y las noticias falsas ya circulan en las redes sociales. Además, los granjeros ya empiezan a protestar por las pérdidas que ya están teniendo.

—No tiene que repetirme eso doctor —aseguró Patricia—. Estamos dándolo todo para hallar una solución pronta a este problema.

Patricia quería respaldar sus palabras con hechos, y la frustraba el no tenerlos. Aquel ente microscópico era un auténtico reto, y ella se sentía contra las cuerdas ante los fallidos intentos por hallar una cura.

—Más les vale.

Enzo se retiró a su oficina, permitiéndole a Patricia reanudar su camino hacia la salida de la universidad.

Al llegar a su casa, Patricia se desconectó por completo del mundo exterior, refugiándose en la música. Su mente necesitaba despejarse luego de aquel arduo día de labores, uno más desde que la epidemia ganadera comenzó. Una cena ligera y un par de capítulos de la novela que leía por esos días y estaba lista para sumergirse en el mundo de los sueños.

A la mañana siguiente, el constante repicar de su teléfono despertó a Patricia. Temiendo una emergencia, contestó rápidamente, aún algo somnolienta.

—¡Por fin contestas, Patricia! ¡El doctor Sagese nos necesita en el laboratorio ahora!

—¿Cuál es la prisa, Debora?

—¡¿Cómo que cuál es la prisa?! ¿Qué no has visto las noticias? ¡Acaban de confirmar el primer caso del virus en un humano!

Cualquier rastro de sueño que Patricia tuviera se esfumó al escuchar esa noticia. Sus mayores temores se hacían cada vez mas reales y, aún sin estar en la presencia de sus superiores, sintió cómo la presión por mostrar resultados la estaba asfixiando.

La epidemia de montessoriLa tua prossima ossessione. Scoprilo ora