Capitulo 1: Una tarde de principio de Julio

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Una tarde de principio de Julio. Declinaba el sol. El crepúsculo hacía pensar en el otoño.

Tiara, pueblo centenario, yacía el sol poniente, más callado y absorto que nunca. De vez en cuando, la voz imperecedera y medieval de las campanas de la iglesia sacudía como un escalofrío a todo el pueblo. La Calle Bolívar siempre fue burguesa y presuntuosa.

En este pueblo no hay tiendas, ni comercios prósperos. El habitual silencio de la población se profundiza. La mayoría de los vecinos están ausentes. Las casas con sus puertas y balcones cerrados siempre. Sólo dos casas contiguas, dan señales de existencia animada. Flamea una cortina en una de ellas, dejando ver el hueco de los abiertos balcones. Hasta la calle desciende el rumor de actividad doméstica y risas jóvenes. Una muchacha morena, con el cabello en desorden, el rostro encendido y los brazos desnudos, se asoma al último balcón, muy próximo al otro entreabierto, de la casa vecina. Se encarama sobre los barrotes, hasta sobre salir del barandal e inclinándose precavidamente, curiosea un momento.

- José, José – murmura con voz baja e insinuante.

Como nadie le responde. Se retira igual que llegó. Se oye otra voz femenina desde adentro.

- No pierdas el tiempo Mariana. Ese está por la parte de atrás.

Mariana saltando, se introdujo en la casa.

La parte trasera de aquellas dos casas daba a un gran espacio abierto; primero los jardines respectivos; luego patios con árboles frutales; mucha extensión de tierra fértil, más allá, el trazado de la Calle Monseñor Peña y al fondo la tupida hilera, envejecida y caprichosa de las casas de la Calle Pedro Roberto Sandoval. Las tres calles que conforman el pueblo de Tiara.

Mariana se asomó al patio y llamó a José. De repente, se abrió un ventanal de cristales y de allí emergió el torso y la faz riente, de un joven alto, de piel blanca, pero de cabellos y ojos negros, que limpiaba unas botas de campo. Mariana y José se miraron anchamente. Mariana apretaba el hociquito. José abría la boca; y la bota de monte, calzando su mano izquierda, adquiría un movimiento convulso. Pero ninguno de los dos hablaba. Al fin, dijo Mariana:

- Que simple eres, José. Dame la mano.

Instintivamente José, alargó su mano. José y Mariana se contemplaron largamente y entablaron un coloquio entre amoroso e inofensivo. Eran novios hacía ya un año.

Decía Mariana, suspirando y con un mohín duro de despego:

- Hay José, no sabes las ganas que tengo de irme de éste pueblo. ¡Puaf! , está gentuza! Qué aire, qué tono! No parecen sino unos enemigos de otros. No hacen, ni dejan hacer. Y lo peor todos son familia!

José acaparado por la emoción, oprimía con viril tenacidad las manos de su novia y sonreía embobado. De pronto habló:

- A propósito. Están solas en la casa Carmen y tú?

- Cállate bobo, más que bobo, sinvergüenza. – y los ojos de la muchacha se entornaron, derritiéndose en una caricia. Después recobraron su expresión habitual. Mariana preguntó:

- ¿Y tu papá?

- Durmiendo una borrachera que trajo anoche

- ¡Ay Dios!

- Yo no lo sentí llegar, pero está mañana, cuando entre en su cuarto,

Estaba como un leño y la puerta de la calle estaba abierta. No sé lo que pasaría anoche.

Mariana volvió a repetir:

- ¡Ay él parece bueno y simpático!

- ¡Sí, que lo es!

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