Me pudro. Llevo así doce años. La arena se desliza debajo de mí y me arrastra más hacia el fondo de este pantano. El pantano donde fui muerto y enterrado, sin adecuada sepultura, por mi antiguo socio de asaltos.
Con un asunto sin terminar y una sed de venganza que ni toda el agua de este asqueroso pantano podría calmar, me convertí en un no-muerto.
De mis músculos apenas queda algo, de mi piel casi pueden apreciarse los lascivos tatuajes de mujeres que marqué sobre ella cuando vivía. Por alguna razón, mis ojos, esos amenazadores ojos verdosos, siguen intactos. No los cerré cuando mi asesino perforó mi esternón con una gruesa hoja. Los huesos de mi pecho crujieron bajo el filo del cuchillo que había cortado cuellos junto al mío por años, y ahora sorbía mi sangre.
Me apuñaló en el pecho y, sin despedirme de mi vida, sin luchar siquiera, morí. No tenía a nadie, familiar ni amigo, pero no esperaba una precisión tan mortal de mi pupilo. Quizás haya sido dolor, quizás haya sido asombro. Solo recuerdo abrir los ojos para mirar a lo lejos y luego cerrarlos sobre su hombro para morir.
La conciencia fue lo peor, como siempre. Un niño que no sepa de la muerte de sus padres continuará jugando feliz hasta que alguien lo informe. Entonces llorará y sufrirá como nunca en su vida. Quizás comparar una pérdida tan pura con la mía fuera una blasfemia.
Asalté decenas de calezas, carretas, diligencias y otros vehículos por años. Robé a viejos, a niños, incluso una vez violé a una altanera muchacha que juró por su vida que haría que su padre, un mariscal, me hallara y me diera de comer a los perros. No merecía vivir más.
Pero cuando mi corazón fue atravesado sin siquiera notarlo hasta que ya el filo había cortado mi alma, me enloqueció.
Mi corazón detenido. Mi cuerpo bajo tierra, mis pulmones llenos de agua. Y yo seguía consciente. Jamás he dejado de estarlo. Ni cuando mi carne se pudrió y se confundió con los propios olores del pantano. Ni cuando los gusanos decidieron roerme, ni cuando sentía mi propio cerebro deslizarse por mi cavidad nasal mientras los necrófagos insectos rompían los cartílagos de mi nariz.
Pero no todo está muerto. Una hoja metálica. Un mango plateado, ya lleno de suciedad y moho por los años bajo el agua, roza mi mano. Ya no solo me muevo por las corrientes. Cuando la espada toca mi mano siento un cosquilleo. No como el de los seres que se alimentaron de mi carne, no el del agua deslizándose sobre mi piel.
Un cosquilleo que estremece mis huesos y me hace despertarme y arrastrarme, espada en mano, hasta la orilla del agua.
La inercia, la venganza, el odio me mueven. Cada músculo arranca un crujido cuando las articulaciones se retuercen bajo mi peso.
La noche arranca un brillo de mis ojos, la luna se estremece por la niebla que inunda el pantano.
Puedo verlos. Puedo verlos a todos. Puedo ver a todos los que deambulan después de muertos, sin un cuerpo siquiera.
Algunos lloran, otros ríen por su locura. Otros solo permanecen quietos esperando el llamado de la madre, la muerte. A lo lejos, una pequeña niña canta suavemente una antigua canción que todos los que sufrimos en esta forma conocemos.
Tu calla, que no mereces un abrazo de la suerte. Allá los tontos que creen que son fuertes. Masas uniformes, vidas deformes, cuerpos inertes. Tu calla, no mereces un abrazo de la muerte.
Sigo avanzando. El tiempo no existe. La distancia tampoco. El cansancio desapareció como el alcohol en la boca de un borracho cuando tomé este cuchillo. Su tacto me invita a cerrar mi mano, a sostenerlo como si fuera parte de mi degradado cuerpo, como mismo lo es la venganza de mi existencia.
Cuando la grava y el agua desaparecen, me encuentro en una llanura. El suelo pantanoso deja paso a la inmensidad de un campo, verde y negro, bajo la luz de la luna.
He salido del pantano para encontrar un pequeño rancho. Una cerca, una casa, una manada de ovejas de blanca lana que dormita en un corral cercano.
Está aquí, lo sé. El brazo me arde suavemente. La sensación de ardor, similar a cuando el sol pegaba muy fuerte mientras apuntaba a alguien con el arma, inunda mi brazo y mi hombro. Como si ya quisiera clavarse y dejar salir toda la tensión muscular acumulada.
He llegado a la casa. Parece que duermen. Me acerco a la puerta. Una de las tablas sufre bajo mi peso y deja escapar un agudo sonido. Paro de moverme. La puerta se abre hacia afuera, por lo que me paro del lado que me cubre si se abre. Una persona sale de la casa. Lleva una luz en una mano y un arma en la otra.
Cuando veo el filo de aquel cuchillo, hasta el último de mis huesos lo recibe. Un ardor en el pecho, donde alguna vez estuvo mi corazón, me invade. Después de que aquel hombre diera dos pasos más, me abalancé hacia él.
Le clavo la pequeña espada entre la cuarta y quinta costilla, una y otra y otra vez. Sus gritos de dolor, sus pulmones colapsando, su sangre desparramada por el suelo, es como música y arte para mí.
Alguien grita aterrado detrás de mí.
Una mujer de mediana estatura mira a su esposo muerto y corre hacia mí con una daga en la mano.
Logra clavarla en mi ojo izquierdo antes de que le rebane el cuello.
Cubierto en sangre, con un ojo menos, con aquella pareja muerta a mis pies, veo salir a un niño.
Un pequeño niño de siete años. Un niño que corre hacia su madre gritando y llorando. Un niño que acaba de ver a sus padres morir enfrente suyo.
No era él, no podía ser. Su pelo era rubio, sus hombros muy anchos. Jamás sabría por qué tenía la daga de mi asesino, pero no podría averiguarlo. Antes de que la culpa me hiciera dudar de mi existencia vacía y vengativa, clavo la daga en mi ojo sobreviviente.
Y así, muere una venganza.
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Venganza moribunda
RomanceIncluso cuando la carne ya no forma parte de tí, el deseo de venganza consume tu cordura. Un arma maldita empuñada por una mano asesina destruirá la pureza de la vida en un rápido y simple movimiento. Esto es basado en una partida de Minecraft. De...
