Introducción

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En el pequeño y remoto pueblo de Dawson City, en el extremo norte de Canadá, comenzaron a ocurrir misteriosas desapariciones que pronto sumieron a la comunidad en el miedo y la desesperación. Las víctimas tenían algo en común: eran chicas de entre 15 y 19 años. No había un patrón claro —una semana desaparecía una castaña de estatura promedio y al poco tiempo una rubia alta—, pero todas compartían un detalle inquietante: eran vírgenes. Las jóvenes más puras de Dawson estaban desapareciendo sin dejar rastro.

Dawson City era un pueblo tradicional, casi congelado en el tiempo, con apenas 1,500 habitantes. La comunidad era conocida por sus valores conservadores y su fuerte sentido de unión. En Dawson, no era común ver a una joven embarazada fuera del matrimonio; la educación en casa y en las escuelas reforzaba la importancia de la moral y la pureza. Los jóvenes crecían con la idea de que era su deber proteger a las chicas, no solo por amor, sino porque el honor de la comunidad dependía de ello. Ser conocidos como la sociedad más unida y conservadora del país era el mayor orgullo de Dawson.

Pero algo —o alguien— estaba rompiendo esa armonía. Algo oscuro y antiguo acechaba en las sombras del bosque que rodeaba el pueblo.

Las desapariciones se volvieron tan frecuentes y aterradoras que la noticia llegó a los medios nacionales. Las familias estaban desesperadas; el miedo se filtraba en cada casa y en cada conversación. El gobierno intervino, enviando investigadores que regresaron con las manos vacías y rostros pálidos. No había pistas, ni testigos, ni rastros. Las chicas desaparecían como si las hubieran devorado las sombras.

Con la situación fuera de control, las autoridades y la comunidad tomaron una decisión drástica: construir un internado en las montañas de Dawson, un lugar seguro donde las chicas pudieran estar protegidas hasta alcanzar la edad adulta. La ubicación elegida fue la montaña Dawson, rodeada de espesos bosques y de difícil acceso. La única entrada sería una carretera subterránea que conectaría directamente con el estacionamiento del establecimiento. La seguridad sería impenetrable: cámaras, guardias armados y sistemas de vigilancia las 24 horas.

El internado tardó medio año en construirse. Durante ese tiempo, las desapariciones continuaron, incluso a plena luz del día. Se decretó un toque de queda estricto: ninguna chica de entre 12 y 20 años podía salir de casa sin supervisión. El miedo era palpable en cada esquina; las miradas desconfiadas y los pasos apresurados se convirtieron en parte de la vida cotidiana.

Presionado por la atención internacional, el gobierno aceleró la construcción y financió los últimos trabajos, terminando el internado dos meses antes de lo previsto. No hubo ceremonia de inauguración. El día en que las puertas se abrieron, casi todo el pueblo llegó en autos cargados de maletas y caras húmedas por las lágrimas. Los padres entregaban a sus hijas con un nudo en la garganta, esperando que esa medida desesperada pusiera fin a la pesadilla.

El internado era un lugar imponente, más parecido a una fortaleza que a una escuela. Muros de piedra oscura rodeaban el complejo, altos y amenazantes, diseñados para que nadie pudiera entrar... ni salir. Las habitaciones estaban ubicadas en los niveles subterráneos, mientras que las aulas y las áreas comunes ocupaban los pisos superiores. La ventilación era tan perfecta que las internas podrían olvidar que estaban decenas de metros bajo tierra. Veinte pisos hacia las entrañas de la tierra, con capacidad para cientos de alumnas. El internado fue construido para aceptar también chicas de otras partes del país, generando ingresos que aliviarían el costo para las familias locales.

Con la seguridad reforzada y las chicas bajo vigilancia constante, la comunidad respiró con alivio. Pero en el aire persistía una inquietante sensación de que nada había terminado realmente. Las desapariciones cesarían... ¿o solo enfurecerían al ser oscuro que acechaba en las sombras de Dawson?

Porque no existe el crimen perfecto.
¿O sí?

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