Copa mundial de quidditch

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Fue el 22 de agosto de 1994 cuando la vida de Abby Beaufort dio un giro inesperado, bastante inesperado y emocionante.

La muchacha de curiosos ojos grises se había preparado toda la mañana junto a sus tíos, su primo y hermana mayor para viajar hacia el recinto donde se celebraría la 422ª copa mundial de quidditch. Había parloteado de ello toda la semana que estuvieron de visita en el chattou de sus tíos en París, incluso ya había apostado dos sickles de plata a que irlanda ganaría la copa este año.

-Estas loca -dijo Daniel, su primo. -Viktor Krum está jugando por Bulgaria, ganarán este año, te lo digo.

-No te confíes, Dan –dijo riendo su padre. -Abby tiene suerte en las apuestas.

- ¡Ahora estas de su lado! -grito indignado

-Abby tiene suerte y lo sabes -dijo Julliete, la hermana mayor de Abby, entre risas. -Solo estás perdiendo dinero al apostar con ella, te lo digo yo.

-Niñas, ya basta -dijo la tía Amelia molesta con tanta charla -Estamos por llegar y no quiero que los vean discutir.

Para Abby y su hermana Julliete viajar al chateau de sus tíos todos los veranos significaba solo una cosa: actuar como brujitas millonarias, bien portadas y caprichosas en busca de marido.

Lamentablemente para las hermanas Beaufort, pertenecían a una de las pocas familias mágicas que aún mantenían la tradición de mantener pura la sangre. Por lo que sus padres, en un desesperado intentando de emparentarlas con familias sangre pura y francesas, las enviaban a París gran parte de sus vacaciones para que su tía Amelia, hermana de su padre, las presentase en locas y extravagantes fiestas de la sociedad mágica parisina.

-Si tía -dijeron al unísono las brujitas.

Juliette se apegó al brazo de su hermana en un símbolo de protección, ella sabía que para Abby el que sus padres estén obsesionados con casarlas con magos franceses, era una total tragedia. Entre muchas cosas porque Abby odiaba su lado francés y las costumbres que su padre la obligaba a seguir, pero, principalmente, porque Abby Beaufort ya estaba enamorada.

Ocurrió el segundo año escolar, cuando las hermanas Beaufort, tras varios meses de discusiones, habían ganado la batalla y su padre había decidido transferirlas de beauxbatons a la majestuosa Hogwarts.

Abby, tal como su perfecta madre inglesa Rose, había sido sorteada en la casa de Slytherin y se sentía bastante orgullosa por eso. Principalmente porque le atraía toda esa vibra de ambición y determinación que los alumnos de esta casa le daban, y además porque sus primos lejanos Diana y Theodore Nott se encontraban entre la multitud de los alumnos de Slytherin.

- ¡Abby, por aquí! -Grito Diana una vez que el sombrero seleccionador dejo la cabeza de la muchacha.

Abby corrió hacia su prima y se sentó entre ella y una chica rubia de aspecto frágil.

-Que emoción -dijo Abby sonriendo. -Al fin papá nos dejó a Julliete y a mí venir a Hogwarts.

-Te encantara -dijo Diana. -Sobre todo los pasillos misteriosos y el bosque prohibido.

Abby busco entre las demás mesas el rostro amable de su hermana mayor, pero esta ya se encontraba en medio de un gran grupo de chicos Ravenclaw que buscaban conocerla aún más. Y es que la maravillosa Juliette Beaufort había ganado gran parte de los rasgos divinos de su madre, entre el cabello delicado y rubio, ojos verdes y un esbelto cuerpo, no existía ningún mago de su edad que se le resistiese.

Sin embargo, Abby, había heredado los rasgos franceses de su padre. El cabello oscuro, los ojos grises, piel blanca y aspecto felino. Muchas veces se había comparado con el gato delgaducho de los vecinos parisinos de su tía Amelia.

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⏰ Last updated: Oct 19, 2020 ⏰

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