Tengo una moneda en mi mano
y, al cerrarla,
su valor no queda impreso en mi palma.
Se parece a mi amistad
que se evaporó en el mar;
su sal sale de mis poros
como una ola
y se estrella contra la piedra artificial.
Aquel día gris yo te rodeé con mis brazos
cuatro veces, una por cada herida
que me ayudaste a sanar.
Nos recogía a los dos en ellos,
una vez por cada estación anual.
Por favor, no te esfumes como mi amistad;
no te pierdas en la espuma de la orilla
ni en el salitre del mar.
