Capítulo 1

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—Joder Elsa, no sé cómo lo aguantas —le dije a mi compañera de trabajo en un susurro, después de ver la mirada de reproche que le había lanzado nuestro jefe al enterarse de que había llegado tarde esa mañana por ir al médico.

—Ya te he dicho mil veces que no hace daño quien quiere si no quien puede —me recordó ella.

Tenía razón, me lo había repetido hasta la saciedad, que ella allí iba a trabajar y a ganar dinero para vivir, que no vivía para trabajar y que, si por el camino se llevaba amigas como yo, genial.

—Ya lo sé, pero me da rabia, tienes derecho a ir al médico y él la obligación de no poner problemas por ello, ni esos caretos de culo estreñido, que cuando nos quedamos más para acabar algo no nos dan ni las gracias.

—No te hagas mala sangre, que no merece la pena.

—¡¿Cómo no va a merecer la pena?! —la rebatí yo intentando no subir el tomo de voz.

—Porque si a mí me la suda, más te lo tendría que sudar a ti —me dijo a media risa para no crear alboroto, lo que nos faltaba, que nos mirasen peor por chismorrear.

Trabajamos en una empresa del sector industrial, en el departamento de contabilidad y finanzas, desde hace diez años, bueno yo unos pocos meses más que Elsa. Cuando ella entró, no sé por qué motivo querían enfrentarnos, que estuviéramos alerta entre nosotras. En la carrera me enseñaron, en la asignatura de cuarto curso de gestión de empresas, que tener contento y motivado a los trabajadores hacían que estos fueran más productivos, dando un mejor rendimiento en su trabajo y, por tanto, un mayor beneficio a la empresa. Yo creo que mi jefe fue a otra universidad o se saltó esa asignatura. De todas formas, al pobre le salió el tiro por la culata. Elsa y yo nos hicimos amigas.

Después de acabar mi jornada me fui a casa de Elsa, que había quedado con ella para tomar café y poder hablar sin tener que susurrarnos, ya que ella salía unas horas antes que yo, porque tenía una reducción de horario por guarda legal. Conciliación familiar y laboral lo llamaban, espera que me rio un poco, ja ja ja.

—Hola —me dijo en cuanto me abrió la puerta acercándose a darme dos besos como si no la hubiera visto unas horas antes.

—Hola chula, ¿dónde tienes a los polluelos?

—Calla, calla que menuda tarde me han dado hoy, están tranquilos en el cuarto de juegos, aunque ahora que lo pienso, noto demasiado silencio, fechoría a la vista seguro. Diegooooo —llamo a su hijo mayor, pero no obtuvo respuesta.

Elsa tenía dos hijos, Diego de 4 años e Irene de 2, eran la luz de su vida y de sus ojos, pero también la razón de las malas formas que recibía en el trabajo de parte de nuestro jefe, Marcos Barroso.

Se dirigió decidida hasta la habitación que usaban como cuarto de juegos para ver que estaban liando los dos pillines tan silenciosamente. Se quedó en el umbral de la puerta, y cuando llegué a su altura pude contemplar lo mismo que ella. Diego estaba sentado en su mesita, tamaño ellos, pintando un dibujo de la patrulla canina, mientras Irene se había quedado dormida encima de la mesa, intentando imitar a su hermano en la labor de dar color a ese grupo de perretes. Volví la vista a Elsa y me fijé como les miraba, con amor, orgullo y admiración. La habrían dado una tarde toledana y pasaría por sendas putadas en el trabajo, pero se notaba que eran la luz que la guiaban para sacar fuerzas y seguir.

En momentos así, me replanteaba por qué no quería tener hijos, envidiaba poder mirar a alguien así, o que me devolviesen esa mirada como si yo fuera una súper heroína, pero luego recordaba que también hacen trastadas, tienen mocos, lloran, vomitan y que yo anhelaba un futuro laboral que me llevara a lo más alto.

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⏰ Last updated: Oct 05, 2020 ⏰

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