Prólogo

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—¿Que quieres que haga qué? Sorprendida, Mayte se cayó de golpe en el sofá y el teléfono se le escurrió de las manos.

—¿Mayte? —se oyó una voz masculina al otro lado del hilo—. Mayte, ¿sigues ahí?

Debía haber entendido mal, pensaba ella, agachándose para recuperar el auricular.

—Sigo aquí.

—¿Qué pasa?

—¿Que qué pasa? Que estoy sorprendida, eso es lo que pasa. Me has pedido que...me has pedido —empezó a decir, apartándose un mechón de pelo rubio de la cara—.Lo has dicho de broma, ¿no?

—No he hablado más serio en toda mi vida.

Mayte abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Le faltaba la voz. Carraspeando,volvió a intentarlo

—A ver si lo entiendo. ¿Me estás pidiendo que me case contigo?

—¿Qué? ¡Por supuesto que no! —replicó el hombre, riendo—. Eres mi mejor amiga. Lo has sido desde hace veinticuatro años. ¡Yo no quiero casarme contigo!

—Pero has dicho...

—No he dicho nada de casarnos —la interrumpió él—. Venga, Mayte. Tú ya sabes lo que pienso del matrimonio.

Lo sabía.

A Manuel lo del matrimonio no le hacía ninguna gracia. Habían hablado sobre el asunto muchas veces, como habían hablado de sus sueños y sus esperanzas. Entonces, ¿por qué sugería...?

—Manuel, ¿has bebido?

—Son las siete de la mañana, cielo —replicó él.

Mayte miró su reloj, bostezando. Las siete de la mañana, efectivamente. Solo Manuel llamaría a esas horas.

—Pues si no es bajo la influencia del alcohol, no sé por qué me pides que me case contigo.

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo —replicó él, impaciente—. Despiértate,anda. No he dicho nada de casarnos, he dicho “prometernos”.

—¡Es lo mismo! —exclamó Mayte, estirando el diminuto camisón que apenas cubría sus piernas—. Manuel Mijares, tú eres el último hombre en la tierra con quien yo querría casarme. No eres mi tipo.

—¿Cómo que no soy tu tipo? ¡ Se supone que soy tu mejor amigo!

—Eres mi mejor amigo. Pero eso no significa que quiera casarme contigo. Ni aparentar que estamos prometidos.

—Venga, Mayte. ¿Por qué no?

—Manuel, la gente no “aparenta” estar prometida. O lo está o no.

—Lo hacíamos cuando éramos pequeños...

—¿Qué, jugar a los médicos? —rió ella—. Yo tenía cuatro años y tú seis, si no recuerdo mal. Y hemos crecido un poco desde entonces.

Siempre AmigosWhere stories live. Discover now