La vendetta del extermnio
Por Álvaro Cotes Córdoba
Sinopsis:
Durante la década de los 70, la costa Atlántica de Colombia vivió en carne propia la bonanza del tráfico de la marihuana. En ese tiempo, dos familias guajira se enfrentaron en una sangrienta vendetta que terminó con el exterminio de una de ellas. La ciudad escenario de la cruenta sed de venganza de ambos clanes fue Santa Marta, en donde se registraron cinematográficas balaceras y el estallido del primer carro bomba que se utilizó en el país.
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A la memoria de las víctimas inocentes.
La guerra entre los Cárdenas y Valdeblánquez comenzó en 1970 en el municipio de Dibulla, Guajira, pero se desarrolló y tuvo su cruel desenlace en Santa Marta, adonde se mudaron los Cárdenas en 1973, en una casa edificada en la calle 20, entre las carreras 8ª y 9ª, pleno centro de la ciudad. Allí, al comienzo, permanecieron desapercibidos, como cualquier familia provinciana que arribaba a la capital del antiguo departamento del Magdalena Grande, en busca de una mejor condición de vida y con la ilusión de encajar en la nueva sociedad. Nadie en la urbe ni en el vecindario donde empezaron a convivir se imaginó el chicharrón que trajeron consigo. La ciudad era entonces un verdadero remanso de paz y los casos más violentos que acaecían se producían de vez en cuando y por unos motivos distintos, derivados de una sociedad más tolerante. No existían celulares, Internet y menos los computadores. Los medios que la gente utilizaba entonces para comunicarse entre si eran los teléfonos fijos, los radios portátiles y los bíperes.
La vivienda que escogieron para vivir en Santa Marta se componía de unas paredes blancas, techo de tejas y machihembre y unas ventanas con rejas negras, al estilo colonial. Se erigía en medio de otras menos relucientes, cuyos habitantes llevaban viviendo por allí más de medio siglo. Con los días sortearon el examen inquisidor de los moradores del sector y se integraron rápido a la comunidad, que empezó a mostrarse más confianzuda con ellos. Pero no había transcurrido un mes de habitar en la dirección antes mencionada, cuando se descubrió el secreto bien resguardado y tenebroso que trajeron consigo. La primera vez que se supo del tremendo adefesio que acarrearon desde Dibulla, José Antonio Cárdenas Ducad, el primero que mató a un Valdeblánquez y uno de los últimos en morir por orden de la familia oponente, se hallaba a sólo cinco metros de la puerta de su casa, con dos de sus más próximos vecinos, la señora Marina de Forero y el señor Bermúdez, este último era un viejo que expendía queso en el mercado público de la ciudad y para moverse de un lado a otro tenía que sostenerse sobre un caminador ortopédico. Los tres, en esos instantes, conversaban sobre las actuales circunstancias de la vida y del elevado costo de la canasta familiar, que para el entonces había comenzado
a flotar por las nubes. Era aún muy temprano por la noche, como las 7:30 y la señora Marina ya les había dado la cena a sus hijos. Desde la llegada de los nuevos vecinos, los tres habían tomado como costumbre ponerse a platicar en la terraza de la residencia del señor Bermúdez, en donde dialogaban sobre diversos temas como sigue siendo la tradición en las ciudades de la costa norte de Colombia. Toño, como también le decían a José Antonio Cárdenas Ducad, era de una epidermis clara, estatura regular, bien parecido y solía dejarse unas patillas largas en forma de L. Tenía además un modo de ser accesible, contrario al resto de sus seis hermanos. Tal vez por eso la señora Digna Ducad, su madre, decía siempre que por sus venas corría sangre dulce o que se parecía a una monedita de oro, porque le caía bien a todo el mundo. Esa vez, en que se descubriría el problemón que traían adjunto, la población fue sorprendida de un modo muy violento, como nunca antes había sucedido en el sano sector residencial. La armonía que por muchos años había reinado en esa parte céntrica de la urbe se destruyó en segundos. La calma que identificó al sector fue interrumpida por unas espantosas detonaciones que provenían de un vehículo, el
