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Sumergidos en temor los exterminadores se hacen presentes, el pacto es muy sencillo, olvidarse de quienes son, dejando de lado los vestigios de toda humanidad.Es prioridad poder cumplir el deber de alimentar a las bestias, carroñas hambrientas que no descansan, que no cumplen las ordenes impuestas por Morfeo, exterminadores cuénteme su historia, que yo les contaré la mía.Susurra o grita , ¡¡¡ que si no escuchas y no miras eres tu el mayor responsable !!!, parecen inertes, pero están en tu mente, en un rincón olvidado, en un agujero profundo. No los niegues que siguen existiendo...de echo están aquí..., de echo están a tu lado..., están en todos lados..., ¿Te has olvidado del origen más primitivo? , no intentes erradicarlos, son la raíz del tronco, ese tronco que una vez fue el árbol de la vida, la vida que hoy se vuelve muerte, la muerte que nos persigue.
Sumergidos en el temor, los Exterminadores se hicieron presentes.
No como salvadores.
No como dioses.
Sino como consecuencia.
El aire mismo parecía haberse vuelto más denso en el instante en que el pacto fue pronunciado por primera vez dentro de la red de convergencia. No era un acuerdo político ni militar. Era una decisión nacida en el borde mismo del colapso del sistema, donde la conciencia humana ya no distinguía entre supervivencia y disolución.
Sumergidos en el temor, los Exterminadores se hicieron presentes.
No como salvadores.
No como dioses.
Sino como consecuencia.
Y esa consecuencia no pertenecía a un tiempo lineal. Era la respuesta tardía de un sistema que había intentado corregirse a sí mismo sin comprender el costo de eliminar sus propias fallas sin integrarlas.
El pacto era simple en su formulación, pero imposible en su peso: renunciar a lo que eran.
No solo a su identidad.
Sino a todo vestigio de humanidad que aún persistiera en ellos.
En los registros previos al reordenamiento, ya se hablaba de este tipo de mecanismos como "soluciones de contención absoluta". Pero nadie imaginó que sería la humanidad misma quien terminaría aplicándolos sobre sí.
Porque el nuevo orden no necesitaba hombres.
Necesitaba función.
Y la función no duda.
No recuerda.
No se quiebra.
Pero lo que no recuerda tampoco puede detener el regreso de aquello que fue olvidado.
El mundo que quedaba después del ciclo anterior no era un mundo estable. Era un mundo herido. Un sistema que todavía recordaba el dolor de haber intentado sostenerse a sí mismo sin guía externa, sin Deus, sin corrección superior, sin equilibrio impuesto desde arriba.