Prólogo

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El alba había desplegado su manto dorado sobre la ciudad, inundando sin clemencia cada grieta y cada calle. En los pasillos de la Universidad Kamome, resonaban los pasos de dos hermanos.

-¡Teru! ¡Por el cielo, ¿no podrías esperarme una sola vez?!- la voz, cargada de fastidio, pertenecía al chico de las hebras amarillas, que brillaban con un fulgor casi solar.

-Jaja, siempre arrastrando los pies, hermanito -replicó el mayor de los Minamoto, con una sonrisa burlona que no lograba ocultar su afecto.

Kou abrió la boca para contestar, pero un punzante dolor en las sienes le cortó el aliento. Un simple latigazo, pasajero. Lo sacudió con un gesto y continuó, frotándose la frente con los dedos.

-Ni lo sueñes. Tú lo que tienes es miedo a admitir que te estás haciendo viejo, por eso finges esa energía de-

El segundo golpe fue distinto. No un aviso, sino una explosión silenciosa dentro de su cráneo. Un estallido de cristales afilados que le nubló la vista y le heló la sangre. Quiso respirar, quiso apoyarse en la pared, pero el mundo entero se desprendió de sus goznes.

Y entonces, se quebró.

La universidad, la luz matinal, la voz de su hermano... todo se disolvió en un torbellino de sombras y presión. Un vacío oscuro y frío lo succionó, y cuando la sensación cesó, ya no estaba en el pasillo.

Era de noche. Una lluvia fina y gélida le azotaba el rostro, mezclándose con un caudal salado y caliente que brotaba de sus ojos. No lloraba; lo desgarraban sollozos profundos, viscerales, que le sacudían el pecho y le rasgaban la garganta. Un temblor incontrolable recorría su cuerpo, pero no por el frío.

El olor lo invadió primero: un aroma metálico, denso y dulzón que se le instaló en la parte posterior de la garganta. El olor de la sangre. Sus manos, pálidas a la luz de un farol lejano, estaban empapadas de un rojo oscuro y viscoso. No era suya.

Y entonces, lo vio.

Sobre su regazo, liviano como una pluma y frío como el mármol, yacía un joven. Su cabello, de un rosa pálido casi irreal, caía sobre un rostro de una belleza etérea y quebradiza, como porcelana finísima. Los mechones ocultaban parcialmente sus facciones, pero no podían esconder los delgados hilos de escarlata que serpenteaban desde su frente, se enredaban en sus pestañas, teñían sus labios partidos y finalmente goteaban, lentos y fatales, sobre la lana de su suéter.

La devastación no terminaba ahí. Sus piernas, cruzadas de manera innatural, mostraban arañazos profundos en las rodillas, de los que emanaba un rojo vivo. Pero el verdadero horror, el núcleo de la pesadilla, estaba más abajo. En su abdomen, el tejido de la camisa estaba desgarrado y empapado en un rojo tan intenso que parecía negro a la luz tenue. De allí, de esa herida abierta y profunda, manaba la vida del joven en un flujo constante, caliente, que empapaba la ropa de Kou, uniéndolos en un abrazo macabro.

Kou intentó hablar, suplicar, gritar, pero solo le salió un gemido ahogado. Acarició la mejilla del joven, dejando un surco carmesí sobre la palidez. Los ojos del chico, entreabiertos, habían perdido todo su brillo. Eran ventanas vacías, de un color apagado, sin un rastro del alma que antes los habitara. Solo un dolor inmenso, petrificado, y luego... la nada.

Un haz de luz cegadora los bañó de repente. Kou parpadeó, confundido, y vio la silueta de un automóvil, con sus faros delanteros como ojos de cíclope, y a un hombre que bajaba corriendo, su rostro una mueca de pánico. La luz blanca hacía brillar el charco que se expandía a sus pies, transformándolo en un espejo grotesco y reluciente.

En Esta Vida Y Las Que SiganStories to obsess over. Discover now