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El viaje de ida hacia Florianopolis fue duro. Pasamos dos días encerrados en un auto pequeño, comiendo yogurt y galletas que conservábamos en una pequeña nevera portátil, contando cada segundo del reloj para llegar. Viaje con mi padre y su novia, Laura, con la que ya tuvo dos hijos 8 años después de que naciera yo: Camila y luego León.

Paramos una noche en un hotelucho de por ahí donde pudimos refrescarnos y dormir unas horas para luego llegar a nuestro destino: Armazao, isla del sur de Florianopolis.

Cuando llegamos, el tema fue buscar un departamento cerca de la playa. Mis hermanos y yo solo queríamos bajar de ese maldito auto, comer algo decente, ducharnos y echarnos a dormir. Por fin mi padre encontró una posada disponible. El lugar tenía un poco de olor a algo rancio y era tan pequeño que asfixiaba, pero estábamos tan cansados que aceptamos con gusto. Por lo menos se podía sentir desde allí ese olor único a mar. Mientras Laura pagaba la estadía nosotros comenzamos a sacar las cosas del auto y dejarlas en el apartamento. Tenía que compartir la habitación con mis hermanos y aquello no me emocionaba.

Fue muy agradable comer sentada a una mesa. Se había hecho tarde para ir a la playa y hacia mucho calor, así que leí para matar el tiempo. Mi hermano no paraba de llorar y no podía concentrarme, así que saqué mis cigarrillos discretamente y salí a caminar.
La noche estaba tranquila, el viento seco y cálido. De pronto me invadió una profunda soledad. Estaba lejos de mis amigos, de mi madre, de mi vida y me quedaría allí unas dos semanas. No iba a aguantarlo, para mi padre yo no existía y con su esposa no tenía relación alguna. Maldición, no debería haber aceptado venir. Encendí un cigarrillo y llegué al centro, donde solo había una iglesia, un restaurante, una heladería y una tienda de regalos. Había un grupo de jóvenes tocando funky y eran realmente buenos. Luego decidí volver, pero esa vez por la playa. 
El camino estaba oscuro y el único sonido que escuchaba era el de las olas al romperse. Cuando llegué mis hermanos ya dormían, así que en silencio me puse una blusa y un short para dormir y me metí en la cama. El calor era insoportable. 
Mi padre me había regalado un iPad para navidad, pero no me servía mucho; aquí no teníamos WiFi y tampoco señal en nuestros móviles.
Pero luego recordé que había descargado los libros de "Gossip Girl" así que comencé a leerlos. Había visto la serie y la trama era interesante. Leí hasta que me dormí.

Agus sos una cacaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora