Prólogo

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Ser inmigrante no es fácil, así sin mas. Recuerdo haber pensado que cuando viniera a Argentina desde Venezuela mi vida cambiaría, y si, así fue, pero no como esperaba.

El plan era fácil en mi mente: llegar, conseguir trabajo, tramitar mis papeles, conseguir un departamento medianamente decente y, cuando fuera posible y retomar mis estudios universitarios aunque tenga que comenzar de nuevo. La cagada es que nada de eso funcionó, al menos no al principio.

Admito que un joven estudiante de 19 años sin experiencia laboral previa no debería estar pensando en comerse el mundo, pero yo no soy nada realista cuando se trata de hacer mis planes a futuro, la verdad. Aún así, no soy de rendirse fácilmente.

El primer mes aquí, en Buenos Aires, concretamente en Capital Federal, fue cuando menos estresante. Si, claro, es otro país, la cultura es muy distinta y el lenguaje se me hizo complicado de entender pero pude adaptarme, ese no es el problema. Descubrir que conseguir trabajo sin papeles es un maldito estrés y que al tenerlos tampoco es que se te haga más fácil la cuestión es el verdadero problema.

Por ejemplo, conseguí trabajo repartiendo volantes en Microcentro sobre Lavalle y Florida, junto con otros cuatro muchachos de Venezuela. Uno pensaría que es sencillo atraer gente a un restaurante cuando estás en las calles más transitadas del continente, pero para tu información no es así. La gente ni caso te hace, y cuando lo hace normalmente no van al lugar. No fue difícil dilucidar que me echarían al cabo de dos semanas.

Después de eso no me quedó de otra que ir a una de estas famosas agencias de empleo chinas. Es simple, pagas una cantidad pequeña de dinero para que te consigan trabajo, normalmente en un mercado o restaurante chino, y si todo va bien al cabo de una semana el 10% de tu primer sueldo va para la agencia.

Siempre creí que los chinos eran mala onda, enserio, pero trabajar con ellos fue una experiencia interesante... Y asquerosa también. Caí en una rotiseria abandonada donde me tocó matar y capturar ratas, limpiar TODO el local y sacar comida descompuesta de la cocina. Nada alentador, lo sé, pero si tengo que sacar algo bueno de eso fue que no hay que desprestigiar ningún trabajo porque gracias a eso pude comer, pagar un techo y, la mejor parte de todas, pagar un curso de bartender profesional.

¿Por qué bartender? Bueno, sencillo. Me crucé con un chileno en el hostel donde me estaba quedando que vino específicamente a la ciudad para hacer su segundo curso de coctelería en el Instituto Argentino de Coctelería y fue como si se me prendiera un bombillo. «Este es el paso adelante que tengo que dar» pensé y con mi primer adelanto de sueldo fui al instituto a inscribirme.

No duró mucho, sólo un mes de clases dos veces por semana. Para un joven que apenas sabía que el ron con Coca cola y limón se llama Cuba Libre, fue como descubrir un mundo completamente nuevo y admito que me terminó gustando la idea de vestirme con traje de camarero, atender gente haciendo tragos y lanzando botellas por los aires. El primer error, muchachos. Ser bartender no tiene nada que ver con lanzar botellas por los aires.

Cuando me gradué del curso no imaginé que iba a estar mes y medio buscando trabajo, la verdad. Descubrí que no es como si los bares y discotecas de la ciudad estuvieran esperando a que un joven sin experiencia les mande un cv para llamarlo enseguida. Estaba cansado de pasear por los barrios gastronómicos de la ciudad repartiendo currículums y de estar metido en mi habitación de hostel aplicando a cuanto aviso de bartender se me aparecía. Hasta que un día, por pura casualidad, decidí probar suerte fuera de la capital. Me llevé una buena sorpresa cuando a medio día apliqué para un bar llamado Mafia en la zona de Martínez, en Zona Norte, a las 2 de la tarde ya habían visto mi currículum, a las 3 lo estaban gestionando, a las 4 estaban en el proceso de selección y a las 5:30 me llamó una señora para preguntarme si quería ir ese mismo día a hacer una entrevista.

- ¡Si, claro! - dije saltando mientras intentaba no parecer demasiado emocionado - ¿A qué hora voy?

Algo que tienen que tener en cuenta aquí es que, en Argentina, todo lo que aprendí sobre Castellano en la escuela no servía prácticamente para nada. Así que intentaré imitar lo mejor que pueda la manera en que mis queridos sureños hablan.

- Escuchame - dijo la señora - ¿Vos estás seguro de que podés venir? ¿No te queda lejos San Telmo?

Claro que ya lo sabía, pero a ver, estaba desesperado. Si tenía que ir a Tigre todos los días y volver por mi estaba bien mientras saliera de la rotisería.

- Seguro. Apliqué sabiendo que es lejos así que no hay ningún problema.

- Bueno, perfecto. Entonces podes venir a las 19:30?

- Por supuesto, ahí estaré.

Colgamos y al cabo de unos segundos me puse a pensar en varias cosas. La primera era que por fin había conseguido una entrevista. La segunda era qué tan lejos estaba la dirección así que busqué en mi mejor amigo Google Maps la ruta de hora y media hasta el bar utilizando el metro y el tren. La tercera era que era viernes y yo no me había bañado desde que llegué del restaurante a las 4, así que tuve que salir corriendo a darme la ducha más veloz de mi vida y salir justo a las 5:50 para poder pensar siquiera en llegar justo.

Durante el camino iba pensando en todo lo que diría, en cómo me presentaría, en si debería mentir en algo o no. Lo cierto es que estaba muy nervioso así que sólo me puse a escuchar música e intenté despejar la mente.

Por cierto, no me he presentado aún. Mi nombre es José y no, no soy un personaje basado en alguien real, gracias a Dios. Lo que te contaré a continuación será un resumen de mi primer año siendo bartender en uno de los bares más incónicos y, sobre todo, cómo es que me quedaron ganas de seguir trabajando de esto. Si eres bartender y estás buscando una guía para mejorar en tu trabajo, por favor, no entres aquí por nada del mundo. Esta sólo es la historia de cómo me convertí en bartender y sobreviví en el intento.

Cómo ser Bartender (Y sobrevivir en el intento)Stories to obsess over. Discover now