Un nuevo estudiante llega a la escuela secundaria Fazbears, ese es Freddy, un chico sencillo, despreocupado, y seguro de sí mismo dispuesto a quedarse y hacerse un lugar en la escuela, quién sabe con quién se topará.
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—¡Freddy, espero que te vaya bien en tu primer día!—exclamaba la mamá de este mientras veía a su hijo caminar hacia el autobús. Freddy agitaba su mano en forma de despedida.
En la mente de Freddy todo era un caos, pero no quería mostrar su forma más débil y vulnerable a gente que aún no conocía, por lo que aparentar, en estos casos, era según su salvación.
Al llegar a su destino, Freddy entra a la secundaria Fazbears por primera vez, era un lugar gigante, por lo que pensó que se acomodaría bien ahí con al menos alguien... ¿o no?
Suena la campana, anunciando el comienzo de clases, Freddy buscó su aula rápido según lo que le dijo su madre al irse.
Era su primer día, su memoria no podía fallarle, y para su suerte no lo hizo.
Freddy llegó a la puerta de su aula, donde se encontraba su profesor para presentarlo, al entrar al aula se encontraba nervioso (vas a arruinarlo todo, lo vas a arruinar, y todos se burlarán de ti).
—¡Ya basta!—Gritó Freddy, peleando con las voces de su cabeza, olvidando que estaba en el salón de clase, pero cuando recapacitó ya era muy tarde, ya había hecho el mini show frente a todos.
—¿Está bien?—preguntó el profesor, Freddy abrió los ojos como platos, viendo a sus compañeros a punto de reírse.
—Sí, estoy bien...—dijo Freddy, algo anonadado por no haberse controlado.
—Bueno, preséntese para poder iniciar la clase—comentó el profesor.
Freddy asintió, para después presentarse y buscar un asiento.