Del transcurso de de la adolescencia para los dos amigos que protagonizan este relato no hay tanto que decir. Fue una adolescencia tristemente habitual en la idiosincrasia ibérica. Familia desestructurada, inadaptación a un sistema educativo competitivo y basado en el autoritarismo y las jerarquías, recíproca incomprensión social, cero expectativas de futuro, en fin, pronto se pusieron a fumar porros a dos manos. No culparé al entorno de semejante solución, no por completo, ni me esforzaré en justificarla. Es evidente que se precisa de cierta predisposición de espíritu que nuestros amigos poseían, y la autodestrucción es tan adictiva… sobre todo cuando se comparte. Sea como fuere, ahí estaban todo el día dale que te pego, expulsando humo al principio por la boca y la nariz, al final hasta por los oídos. Demacrados y de ojitos brillantes, se reían de todo artificialmente para olvidar sus ganas de llorar por todo. Pelos largos, caras enfermas. Cerebros destruidos. Pero aun no puede decirse que estuvieran peor que muchos de aquellos considerados adaptados o aceptables, quienes a su vez estaban destrozados por todo tipo de sustancias igual de nocivas pero mucho mejor vistas en público; desde el azúcar hasta el Prozac. La diferencia radicaba únicamente en la forma, el fondo era idéntico.
Este par de amigos del vicio y la corrupción del organismo protagonizaron incontables muchacherías, las más de calado leve, pero también alguna de gravedad considerable. Aunque de ambas se reían a carcajadas por igual. Y como dije con anterioridad, poco más hay que añadir. Años enteros de fumar a todas horas. Tanto fumaban que estaban drogados ya incluso cuando no consumían nada. Empezaron olvidando para qué se habían dirigido a la cocina y acabaron olvidando incluso para qué habían arrastrado su cuerpo, cansinamente, hasta el retrete. Y si no juzgo necesario extenderme en la descripción de estos años pesados y la niebla graciosilla que los envolvió es porque asumo que, quien más, quien menos, todo el mundo conoce algún caso por el estilo, y no suelen diferir sensiblemente entre ellos.
La sociedad avanzaba (por calificarlo generosamente) al margen de ellos. El poder mundial fue ganando terreno poco a poco sobre la humanidad y entre recortes e imposiciones, fue constituyendo una sólida trama opresiva de la que cada vez resultaba más difícil escapar. Se aprobaron, mientras precisaron de aprobación, muchas medidas restrictivas y punitivas, hasta que no fue necesario seguir aprobándolas y sencillamente se empezaron a decretar arbitrariamente. Nuestros amiguitos, a los que llamaremos Chip y Chop por no revelar su verdadera identidad (fue el requisito que impusieron para permitirme explicar su historia) pasaron esta histórica etapa de retroceso en materia de derechos humanos sin saber ni por dónde les pegaba el aire, siempre envueltos en su propia nube, tan oscura y densa que amenazaba siempre lluvia sobre el patio de su casa, que era particular. El poder impuso una concatenación de leyes infames, de las que no describiré más que aquella que tiene un peso decisivo en todo este asunto. Era una especie de cartilla del buen ciudadano, muy distópica ella (y que recordaba vagamente a China), que establecía aquellos privilegios a los que tenía acceso cualquier pobre desgraciado uncido por la misma. Privilegios o sanciones, por supuesto. La manera de determinar esta puntuación era terriblemente caprichosa y variaba según el humor con el que se hubiese despertado el sátrapa que tomaba las decisiones. Podían castigarte con el veto al transporte público si escupías en el suelo, o, en ocasiones, si repetías demasiadas veces la misma palabra a lo largo del día. Evidentemente todo el mundo era estrictamente controlado y sometido a un exhaustivo seguimiento que proporcionaba las razones al poder para castigar o premiar, entendiéndose por «premios» la levedad en los castigos. Y bien, por no irme por las ramas, os explicaré que esta cartilla formó parte de la nueva legislación de desplazamiento internacional, y que viajar de un país a otro se convirtió en un lujo prácticamente inasequible. Sin el documento en cuestión era absolutamente imposible entrar en ningún país, ni siquiera en el tuyo. Y de hecho incluso para poder salir del mismo ya necesitabas bastantes «puntos», aun cuando solo fuera para salir de él sin tener permiso para entrar en ninguno otro, para permanecer atrapado en el limbo que llenaba el hueco entre las fronteras. Así de maquiavélico y carente de sentido era el asunto.
