[Capítulo 1 ― Porque el tiempo no lo cura todo]

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«La triste verdad es que no quiero a nadie
A menos que ese alguien seas tú»
―Adam Levine, No one else like you

«Sábado, Diciembre 13»

Tomando en cuenta su situación actual, Kise Ryouta sólo había optado por emborracharse acompañado de la soledad en tres ocasiones a lo largo de su joven vida.

La primera vez sucedió a sus 15 años. Había robado un par de botellas de la reserva privada de su padre sin importarle las consecuencias que eso acarrearía, pues lo único que quería era encontrar una forma de alejarse de la realidad. Una realidad en la que su corazón se encontraba destrozado y convertido en polvo, de ese ligero que se esparcía por el aire a la primera leve brisa que corriera cerca, como si su existencia no valiera nada.

Tenía 19 años cuando se emborrachó por segunda ocasión. Después del funeral de sus padres había intentado refugiarse en el alcohol para olvidar, aunque fuera un segundo, el gran dolor y el insoportable vacío que se instaló en el medio de su pecho desde que se enteró del accidente. Aunque claro, la estrategia no le sirvió para mucho más que terminar con el rostro metido en el retrete y un horrible y nauseabundo sabor en la boca acompañado de un muy molesto ardor en la garganta.

Y ahí estaba ahora, a pocos meses de haber cumplido 24 años, en un tranquilo y un poco solitario bar escondido en algún lugar de la ciudad, pasada la media noche y con sabría dios qué número de vaso en mano. A pesar de que no le había servido de nada en las dos ocasiones anteriores, Kise no conocía otra forma de lidiar con lo que sentía en ese momento, así que poco le importaba si esto daba resultado o no. Si sólo servía para hacerlo sentir peor, pues bien. Se lo merecía.

Apuró por su garganta lo poco que aún quedaba de su bebida, pero antes de que pudiera pedirle al hombre del otro lado de la barra que le rellenara el vaso, apareció en el taburete junto a él un apuesto chico de cabello castaño y ojos oscuros, quien le dedicó una encantadora sonrisa.

—Hola, hermosura. ¿Estás solo?

Después de arrojarle una muy poco interesada mirada de soslayo, Ryouta lo ignoró por completo. Aun así, el chico no pareció desanimarse, al menos a juzgar por su insistencia en intentar entablar una conversación con él. Intento que no le dio muy buenos resultados.

—Yo podría hacerte compañía con mucho gusto. Eres un chico muy atractivo, ¿sabes? Aunque puedo notar que cargas una expresión algo triste. ¿Por qué no me acompañas a un lugar más privado y me dices qué es lo que te acongoja tanto?

Kise rodó los ojos para sí mismo. ¿Ese chico creía que él era estúpido? Como si en verdad estuviera interesado en hablar sobre sus problemas. Comenzaba a preguntarse si debía alejarse de la barra y buscar una mesa vacía (aunque su acompañante no deseado podría interpretar eso como una invitación a que se sentara con él) o decirle al guardia de la entrada que había un tipo acosándolo en el interior.

Antes de que pudiera tomar una decisión, el desconocido alargó un brazo hacia él, quizá con la intención de sujetarle la muñeca o el antebrazo, pero no llegó a siquiera rozarle la piel cuando el castaño pegó un gran salto y se fue de espalda, cayendo al suelo con todo y el banco en el que estaba sentado.

Un chico de estatura algo baja y peculiar cabello color celeste había aparecido de la nada en medio de ambos. Considerando la expresión en el rostro del acosador sin nombre, le había ocasionado un susto de muerte.

—Piérdete —masculló entre dientes el recién llegado.

El apuesto joven no necesitó que le repitieran la orden (porque aquello no era una sugerencia, lo sabía) y en menos de cinco segundos su presencia no era más que un molesto recuerdo.

Don't break my soulStories to obsess over. Discover now