Mariposa

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¿Cómo podía Horacio alguna vez llegar a odiar a Gustabo? ¿Cómo podía alguien siquiera imaginar ese escenario?

Horacio se había prometido serle fiel a Gustabo de por vida, sin importar nada, por el simple hecho de que le amaba. Muchas veces ese amor aún a él mismo le resultaba confuso: a veces creía que estaba enamorado de su amigo y otras estaba seguro que era solo algo fraternal. Pero el amor estaba y no necesitaba etiquetarlo para sentirlo.

Pero Horacio no amaba a Pogo. Pogo aparecía de la nada y le arrebataba todo a Gustabo. Pogo era peor que cualquier tormenta, peor que cualquier huracán. Pogo arrasaba con todo y tan sólo dejaba atrás escombros de lo sucedido. Pero además dejaba a su hermano con lagunas mentales. Lo dejaba literalmente enfermo, lo dejaba hinchado a pastillas, lo dejaba completamente confundido, abochornado, con miedo y vulnerable. Y ahora se le partía el corazón cada vez que tenía que explicarle qué Pogo había vuelto y que había hecho destrozos.

Gustabo también odiaba a Pogo porque era la perfecta representación de todo lo que él detestaba, de todo lo que él no quería ser.

Pogo era un cáncer en su cuerpo que sólo sabía hacer metástasis, pero no llegaba nunca a matarle. Y quizás eso era lo que más le molestaba de Pogo.

Horacio se había jurado protegerle de Pogo. Pero Pogo le asustaba.

—Lo siento, no sé qué me pasó. Fue oler a esa gentuza y....¡me he vuelto loco! —Horacio solo pudo mirar fijamente a Gustabo a la par que le acariciaba la espalda para tranquilizarle. Su amigo estaba de cuclillas frente a un árbol. Habían ido a comprar comida y su hermano repentinamente había comenzado a caminar de un lado al otro, alegando que no quería estar rodeado de pobres, que era mejor ir a otro lugar.

—Respira y tranquilizate.

—Sí, lo hago —Gustabo entonces giró su cabeza para ver a Horacio, le sonrió de lado —Tu siempre aquí, ¿eh Horacio?

—¿Y dónde más podría estar, Pogo?

—No sé. Con Gustabo.

—Estoy con Gustabo.

—Ah, claro.

Ambos se miraron fijamente por un momento. Horacio se levantó y le extendió la mano. Gustabo la miró por un momento y luego la aceptó.

—¿Mejor? —Horacio intentó sonreír antes de meterse las manos en los bolsillos. Gustabo lo miró de arriba a abajo.

—Sí. ¿Por qué iba a estar mal? Oye, ¿y qué pasa con esa ropa, tío?

—Es mi ropa, ¿qué pasa con mi ropa?

—No sé. Es muy oscura, ¿no crees?

Horacio miró sus zapatillas negras, los pantalones grises y su sudadera negra. A su cabeza vinieron todas sus prendas coloridas: sus zapatillas arcoiris y su suéter de unicornio. Recordó un tiempo cuándo amó usar esa ropa, cuándo amó expresar su sexualidad libremente a través de ella.

Pero ese Horacio ya no estaba. Gustabo necesitaba otro Horacio.

—Bueno, tenemos que irnos. ¿Seguro que estás bien... Gustabo?

—Sí, ya se me ha pasado —El hombre resopló y ambos caminaron hacia su coche —Toca hablar con el viejo, ¿no?

—Sí, anda conduzco yo. Marcame ubicación —Horacio se subió al asiento del conductor y encendió el motor del carro.

—Espera, me está llamando —Dijo Gustabo justo antes de coger el móvil y colocarlo contra la oreja.

Horacio le miró fijamente por unos momentos y luego giró su cabeza hacia el frente. Quería hablar con Conway, quería contarle absolutamente todo, quería decirle que Pogo y Gustabo ya no eran entes separadas, quería decirle que tenía miedo de que Pogo hubiese tomado control total de Gustabo.

Quería decirle que tenía mucho miedo de perder a su hermano y que había pensado en quitarse la vida.

Pero sentía que eso era algo que no podía pronunciar en voz alta, por más que confiara en Conway con su vida, por más que lo quisiese con todo su corazón.

Estaba solo.

—Ya me ha pasado ubicación, te lo he marcado.

—Vamos.

Una mariposa sobrevoló el auto, justo antes de que éste partiera hacia el norte de la isla.

MariposaWhere stories live. Discover now