A la deriva

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Había una vez un marinero que toda su vida imaginó un viaje perfecto con la persona perfecta, el único problema es que no conocía a esa persona todavía. Él siempre idealizó a su acompañante, pensaba en cada una de sus facciones y acciones.
   Durante mucho tiempo se dedicó a buscarla, a cualquiera le contaba sobre su viaje pensando que se animarían a viajar con él, pero todas lo rechazaban. Llegó un punto en el que ya no le decía a nadie, se cansó de buscar a esa persona. Pasaba todas las tardes perfeccionando su viaje, idealizando a su acompañante inexistente y mirando a una isla; ésta distaba mucho de su viaje, eran un tanto diferentes, había escuchado rumores de ella y que no todos pertenecían allí. Algunas veces se preguntaba si tal vez, y sólo tal vez, pertenecía a esa isla; pero prefirió ignorarlo y aferrarse a su viaje.

   Un día conoció a una persona que le fascinó, sin dudarlo le contó sobre su viaje y le propuso ser su acompañante. Se sintió en las nubes cuando ella aceptó. El bote ya estaba listo, se subieron a él y comenzaron la travesía.

  Todo iba bien, ambos eran felices; no era como él se lo imaginó pero se conformaba. No esperaba que el clima se ponga en su contra, le cayó de sorpresa cuando el viento viró el bote hacia la isla, todo apuntaba (literalmente) a que el marinero debía estar en ella. Se preguntó ¿Por qué no?  En cuestión de segundos idealizó una vida allí y se sintió feliz, imaginarse en esta isla le sacó una sonrisa, más que cuando planeaba el viaje original.  Entonces, recordó a su acompañante. Dudó contárselo porque si lo hacía quería estar seguro, y para estar seguro debía confirmarlo, para confirmarlo debía ir a la isla. El marinero estaba seguro de que su acompañante no estaría feliz ahí, y un montón de preguntas abordaron su mente. No sabía qué hacer, porque de alguna u otra forma lastimaría a alguien, a su acompañante o a él mismo.

   Si iba a la isla a confirmar su felicidad lastimaría a su acompañante, a alguien que de verdad lo quiere. Pero si no va, se lastimará a él mismo.

   Si elige la primera corre el riesgo de, tal vez, no pertenecer a la isla y si regresa, su acompañante ya no va a estar y no quiere estar solo. Pero si elige la segunda, su sonrisa será la que no esté.

   El marinero que toda su vida planeó toda su vida, en este momento se encuentra a la deriva.

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