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Yixing siempre creyó que se iría primero. Tal vez cáncer en sus pulmones, por la cantidad de cigarrillos que consumía al día; algo en su hígado, al ahogarse los fines de semana en soju y cerveza barata; un disparo quizá, consecuencia de las amistades que lo rodeaban; molido a golpes, producto de sus frecuentes altercados con desconocidos; atropellado incluso, si tomaba en cuenta lo descuidado que era al cruzar las calles y avenidas. Pero no. Él se fue primero. Y Yixing era el culpable.

Jamás debió citarlo en ese lugar, debió buscarlo en su casa. Si hubiera llegado antes, si hubiera sido más rápido, si no lo hubiera conocido... él estaría con vida.

Era tarde. Encontró un charco de sangre y no la bonita sonrisa que amaba. Escuchó la áspera voz de un médico al teléfono en lugar de la suya. Se bañó en la lluvia para correr al hospital, no para encontrarlo en el puente e invitarle el bubble tea de chocolate que tanto deseaba.

Llegó a una sala blanca donde una familia lloraba la perdida de su miembro más pequeño. La señora Oh le gritó un montón de improperios en medio de los desgarradores sollozos, y el señor Oh, con aquel semblante implacable que le había heredado a su difunto hijo, le pidió que desapareciera y no volviera jamás.

—Debiste morir tú —sentenció la mujer, abrazada por su marido y su hijo mayor.

Yixing retrocedió, pero se negó a irse. Quería verlo una última vez. Necesitaba despedirse.

La familia no lo permitió. Llamaron a los encargados de seguridad del hospital e hicieron que le sacaran a rastras. Yixing peleó como nunca, intentó quedarse y disculparse con el niño que había sido la luz de sus ojos.

Nadie se compadeció del chico empapado que era llevado a la salida, lleno de moretones y lágrimas que no paraban de emanar.

—¡SEHUN! —Sus pulmones dolieron y su garganta ardió por el esfuerzo. Quería llamarlo una última vez, con todas las fuerzas que le quedaban—. ¡SEHUN!

No te vayas, Sehun. No me dejes.

Nunca habría sabido dónde yacían sus restos sin la ayuda de Jongin. El muchacho lo llevó al lugar en un último favor a su mejor amigo. Nini, como Sehun lo llamaba, fue el único que no juzgó a Yixing. No le gritó, tampoco le dije que merecía estar muerto. Nini frotó su hombro de forma comprensiva y le regaló una sonrisa triste.

—Él en verdad te amó.

Yixing lloró al quedarse solo frente a la lápida. Acarició el mármol, las letras que indicaban el nombre de la persona que ahí descansaba. Se disculpó una y otra vez, en medio del llanto que no parecía tener fin.

Lamentó no haberle demostrado sus sentimientos con mayor intensidad. Deseó tomar su mano, besarlo y estrecharlo en sus brazos una vez más.

—Espera por mí —susurró a la nada.

Llegaré junto a ti. Y entonces estaremos juntos por siempre.



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Sehun descubrió que no había dolor en una puñalada, sólo un intenso escozor que aumentaba a cada segundo. Se llevó una mano a la herida en el vientre, como si eso fuera suficiente para detener su hemorragia. Su vista se nubló y se sintió mareado, repentinamente agotado. Dio un par de pasos torpes al frente, al mismo tiempo que una figura se escabulló entre las sombras, la responsable de que la vida se le escurriera entre los dedos.

Alguien lo ayudó, una persona que debió pasar ahí por error, o por casualidad divina. Presionó su herida para retrasar lo inevitable y llamó una ambulancia.

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