La luna, altiva y vigilante, derramaba su luz argentada entre las copas de los árboles, creando arabescos de plata sobre el suelo cubierto de hojarasca. Todo parecía suspendido en un instante eterno, donde incluso el viento susurraba apenas, respetuoso del silencio primigenio.
En medio de aquella penumbra encantada, una figura avanzaba con la suavidad de un suspiro, apenas perturbaba la alfombra de hojas secas bajo sus pies. Llegó a detenerse al borde de un escarpado risco. Desde allí, la vista se desplegaba como un océano de sombras, apenas roto por diminutas llamas titilantes en la distancia. Eran antorchas, tal vez, portadas por guerreros o viajeros que irrumpían en la quietud del bosque. Observaba, inmóvil y serena.
Lejos de esa calma etérea, el bosque retumbaba con el eco de la victoria. Alrededor de una hoguera desbordante, cuerpos agotados y heridos celebraban con gritos y risas desmedidas. La batalla había concluido, y el triunfo embriagaba sus corazones. Las llamas danzaban frenéticas, enviando columnas de humo que ascendían al cielo, desafiando la noche. Guerreros de rostros curtidos y ojos encendidos por la gloria se entregaban a la euforia, indiferentes a la vastedad oscura que los envolvía.
Pero no todos compartían esa dicha. A la sombra de los árboles, lejos del bullicio, un hombre se deslizaba con paso firme. Su andar era contenido, pesado por pensamientos que le taladraban la mente. Se detuvo, y por un instante, el bosque pareció sostener el aliento. Algo en el aire había cambiado. Un destello dorado cruzó su campo de visión, un brillo breve pero inequívoco. Su respiración se contuvo. La intriga venció a la cautela, y avanzó.
Se adentró en la espesura, cada crujido bajo sus botas amortiguado por la creciente tensión. Finalmente, tras el imponente tronco de un roble, la vio.
Allí, la figura se erguía como un espectro de belleza imposible. Sus cabellos oscuros caían en cascada, mecidos por una brisa casi irreal. Era una visión extraída de los sueños más antiguos, una presencia que parecía condensar la esencia misma del misterio.
Ella giró levemente el rostro, lo suficiente para hacerle sentir que había notado su presencia. Y entonces, su voz emergió, suave y envolvente, como un susurro ancestral:
—Lamento irrumpir en tu soledad... Masamune.
El sonido de su nombre, pronunciado por labios desconocidos, le heló la sangre. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, dejándolo brevemente paralizado. ¿Cómo podía saber ella su nombre? La incredulidad se mezcló con un temor sutil. Tras un silencio que pareció eterno, emergió de su escondite, avanzando con cautela hacia la figura. Sus pasos eran firmes, pero su mirada reflejaba la incertidumbre que lo embargaba.
—¿Quién eres... y cómo sabes quién soy? —preguntó, su voz firme, pero con un matiz de desconfianza.
La dama giró con lentitud, enfrentándolo por completo. Sus ojos lo atravesaron con una intensidad casi palpable.
Sin decir palabra, fue acortando la distancia, y su mano se alzó con una delicadeza hipnótica. Sus dedos rozaron suavemente la mejilla del guerrero, un contacto tan etéreo que parecía desvanecerse. Aquel gesto, lejos de ser una amenaza, transmitía una fragilidad inesperada, un susurro de vulnerabilidad envuelto en poder.
—Escucho los susurros del bosque.
Allí, bajo el amparo de la luna y el susurro del bosque, ambos quedaron inmóviles. La noche misma parecía contener el aliento, testigo mudo de un encuentro que desafiaba la razón y el destino. Sus respiraciones se entrelazaban con el viento, fundiéndose en la vastedad del bosque. Era como si el universo entero se hubiera detenido para observar aquel momento, donde lo conocido y lo imposible se rozaban sutilmente.
Sin romper el contacto visual, el guerrero sintió un estremecimiento más profundo. Había algo más en ella que desbordaba los límites de la realidad que conocía. Y en ese instante, supo que sus caminos, ya entrelazados por el azar o el designio, no se separarían fácilmente.
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El Dragón Del Tiempo
Fantasía¿Estás consciente de que tu decisión, sea cual fuere, afecta tu entorno? Eres quien desgarra los caminos del destino de otras personas sin que lo sepas, eres un engranaje que mueve los hilos. Sí, tienes el poder de desatar tempestades y construir nu...
