Liz
La música aturdía mis tímpanos como cada sábado de mi vida a las 03:00 de la mañana.
Pascual me pegaba cada vez más contra su entrepierna mientras bajamos hasta el piso y volvíamos a subir igual de pegados.
Trago que veía, trago que mi organismo iba a ingerir. Lo mismo con las drogas. Toda clase de droga con el poder de sedarme y sacarme de mi cabeza un rato, era mi perdición.
Mi cabeza volaba. Ya no me sentía en mi cuerpo. Había logrado mi objetivo.
Mis altibajos emocionales, mis difuntos padres, mi odiosa hermana, mis expensas expiradas al igual que mis impuestos perdidos, todos y cada uno de mis problemas habían abandonado mi cuerpo, dejando que esa presión que aparecía todos los días por las mañanas, desapareciese y me dejase disfrutar mi vida.
Podía asegurar que todo en mi vida era una mierda, excepto estos tres días. Viernes, sábado y domingo, para ser específicos. Esos días eran todo lo que necesitaba, eran los únicos en los que quería vivir.
Sudor, saliva y más líquidos corporales, se compartían en el ambiente. Sacudía mi cabeza al compás del ritmo de la música haciéndome sentir cada vez más ligera y feliz.
Mi sonrisa no se borraba, nadie lograría hacerlo. Mis gritos de lo exaltada y emocionada que estaba se juntaban con los de mi novio mientras nos reíamos y cantábamos mal las canciones que pasaban en la fiesta.
(...)
Pascual recorría mi cuerpo con sus labios. La pasión del ambiente incrementaba a medida que las drogas me hacían efecto.
Ahora nuestro sudor se había convertido en uno y nuestros cuerpos estando totalmente pegados, seguían deseandose.
Me alzó de un saltito y me pegó a la pared pudiendo tener más acceso a mi cuerpo logrando que suelte jadeos deseosos de más.
Hoy, nadie dormía.
(...)
Mi cabeza estaba a punto de explotar.
El dolor punzante de todas las mañanas no había tardado en llegar esta vez.
Quería recordar algo de anoche, pero simplemente mi cabeza no fue capaz de retener esas horas en las que fui feliz.
Miré a mi costado y Pascual dormía con el torso descubierto y las sábanas tapando de su entrepierna hasta sus pies.
Sabía que yo no me destacaba en pensar y mucho menos en recordar cosas, pero hoy, ni el odioso dolor de cabeza podía sacarme la idea de que tenía algo importante que hacer.
El primer y único paso era recordar qué debía hacer y para eso mi cabeza no se iba a esforzar mucho.
Me paré y me dirigí hacía mi cutre cocina para abrir mi heladera y sacar mi preciada cerveza, la cual iba a beber con todo el placer del mundo.
