Inquietudes

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Verde, azul, naranja, rosa, morado, amarillo, ...

Eran colores que pudo vislumbrar y llegaron a provocarle un pequeño mareo una vez abrió los ojos. La luz le había cejado por unos momentos, y aún sentía sus párpados pesados. Podía notar el olor a hierba, aunque también un aroma dulce.

Su cuerpo se sentía como un peso muerto, cada extremidad de éste estaba entumecida, pero aun así, cómodo en el mullido suelo. Lo único que le apetecía hacer era continuar durmiendo.

Sin embargo, un maullido consiguió que sus párpados se volvieran a abrir, a pesar de la pereza. Al principio, no quiso mostrar atención por parte de aquel sonido, pero un segundo maullido le hizo girar la cabeza. Apartó el rostro al notar un tacto peludo y suave, seguido de un ronroneo algo pesado.

— Por favor, ¡basta...! — Fue lo que llegó a decir el joven, agitando el brazo a la dirección de la que procedía aquel ronroneo. — No quiero despertar aún....

El ronroneo se hizo más sonoro una vez el joven alzó la voz, notablemente molesto. Un felino de pelaje corto y violeta, portando un precioso collar de tela blanco roto con una insignia de oro tejida en uno de los bordados de la tela, se acercó y acurrucó en el hueco entre el cuello y el hombro del joven. Aquella tela que conformaba el collar, era más parecida a una gargantilla. Y chocaba con la mejilla del joven tumbado.

— Parece que su Alteza ha despertado un poco más malhumorado que de costumbre... — Las palabras comenzaron a salir del hocico de aquel felino, que había aprovechado aquel momento para lamer levemente la parte de su pelaje que estaba más desarreglada. — ¿Es que acaso se encuentra nervioso por la reunión de hoy, Alteza? — Volvió a preguntar. La voz que salía del animal, era una voz femenina, algo grave. La expresión del animal se veía paciente, tranquila, pero sobre todo, parecía estar curtida por los años y por una gran sabiduría. 

El joven que se encontraba en el suelo, como había dicho la felina, no era otro que el Príncipe heredero de uno de los Siete Reinos del País de Larbeland, Ragnersson. Un país cuya riqueza y bellezas solo podían ser opacados por la gran hospitalidad de los larbelanos. El Rey Arnolen III, con ayuda de diferentes consejeros y consejeras, había conseguido hacía treinta y cinco años, poder unificar las diferentes tierras y firmar un tratado de paz con el Sexto Reino, con el que llevaban casi dos siglos en guerra. 

Gracias a la bondad del rey, pudo conseguir que los ciudadanos del Séptimo Reino no perecieran de hambre y enfermedad. Conmovido una vez al ver a una niña caer famélica ante sus pies y sin fuerza alguna para seguir viviendo, hincó la rodilla en el suelo y decidió acabar con aquella batalla sin sentido. O al menos, eso era lo que había escuchado Ragnersson desde que había tenido uso de razón. De la mano de Mahgnid, la felina que ahora descansaba a su lado atenta a cualquier movimiento del muchacho, y su mentora, había sido capaz de conocer toda la historia que había ocurrido en el país. 

— ¡No estoy nervioso, Mahgnid! — Exclamó el príncipe con algo de enfado. — Es solo que no me gustan este tipo de reuniones... ¡Son aburridas! Y hace tiempo que no veo a Siersse. — La felina movió sus orejas y levantó la cabeza, observando cómo el joven se tapaba el rostro con un brazo. Se podía notar el pequeño rubor formado en sus mejillas debido a la mención de ese último nombre. Parecía, en el rostro de Mahgnid, que se había formado una pequeña sonrisa. 

— Su Alteza sin duda será capaz de desenvolverse bien en esta reunión. — Comenzó a hablar la felina, con un tono pausado y respetuoso ante el joven. — Tengo entendido que la Princesa Siersse del Sexto Reino está rehusándose a recibir a los diferentes pretendientes del País... — Miró de reojo al joven, que parecía haberse quedado estático ante aquella información tan jugosa. — De hecho, Alteza, esta es la primera reunión a la que la Princesa parece querer asistir. ¿No cree que sería muy descortés de su parte rechazar una visita tan exclusiva como esta? 

El Príncipe, soltó un largo suspiro y dejó caer el brazo a un costado, pretendiendo no herir a la felina. Su mirada se había posado en el cielo naranja que se mostraba ante él, y entrecerró los ojos debido a la luz que los siete soles que se alzaban en el cielo. Siete soles para Siete Reinos. Y cada uno representaba a una divinidad que protegía y observaba lo que ocurría en Larbeland. Volvió a cerrarlos, y un nuevo suspiro salió de sus labios. No era tiempo de pensar en historias antiguas; en lo único que podía pensar era en que dentro de poco se reuniría con Siersse. 

Hacía cinco años que no la veía, debido a las obligaciones en el Reino que tuvo que comenzar a aprender al haber cumplido los quince años de edad. Pero, los años anteriores, en los largos veranos, siempre visitaba el Sexto Reino y los pasaba jugando con Siersse y bañándose en el Lago Violaceo que estaba al lado de Palacio. Siempre la había tenido por su gran amiga y todos los meses habían compartido correspondencia. 

Y desde que se había mencionado en la Corte que era necesario comenzar con la búsqueda de una esposa para el Príncipe, y entre los nombres había salido el de la Princesa Siersse, no había sido capaz de calmar su corazón. Ahora, lo sentía latir con fuerza. Y Mahgnid, al notarlo, decidió caminar por el torso del joven y asomarse para ver su rostro. Deslizó su mejilla violeta por el del Príncipe, que ahora se encontraba con una expresión algo abatida. — Alteza, es normal tener las emociones que está sintiendo ahora mismo. Todos los hombres y mujeres las han sentido alguna vez en su vida. Pero no debe preocuparse, usted es un gran Príncipe, y cuando los Dioses así lo designen, un gran Rey. Será capaz de realizar grandes acciones en este Reino que tan desesperadamente ha necesitado un corazón noble que lo lidere. Puedo ver en sus ojos, puedo ver en su interior, que se convertirá en un gran hombre. Yo misma he ayudado a que así sea. 

Las palabras de la felina conseguían calmar un poco al Príncipe, que había decidido alzar un poco la cabeza y apoyar los codos en el suelo para observarla. Esta, prosiguió. — Sea lo que sea que ocurra en esta reunión, las decisiones que Sus Majestades tomen respecto al futuro de la Princesa Siersse y usted, debe calmar su corazón. Aproveche este momento, sin la carga que la corona pone en sus hombros, sino como el jóven que ha extrañado a su amiga tan cercana. Es una oportunidad única para poder reunirse con la Princesa Siersse, ¿no cree?

El Príncipe Ragnersson mostró una expresión pensativa. Parecía que dentro de aquella cabeza la razón comenzaba a hacer peso. Y una amplia sonrisa se formó en los labios de aquel muchacho. Terminó por levantarse, y la felina saltó justo a tiempo, con bastante elegancia, quedando sentada. — ¡Tienes razón, Mahgnid! Sea lo que sea que ocurra, al menos podré ver a mi amiga, ¡gracias! — Comenzó a correr hacia la entrada de los Jardines del Palacio donde se habían encontrado todo este tiempo, unos jardines dispuestos sobre un balcón que daba a un enorme acantilado y que estaba rodeado de las más hermosas y coloridas especies de plantas. 

Antes de marcharse, volvió a acercarse a la felina y se agachó. — ¿Cómo me veo? — A lo que la felina ladeó la cabeza y mostró una mirada llena de ternura. — Como el gran rey que un día este Reino verá. — El joven, carcajeó bastante orgulloso y se fue corriendo. 

El futuro avisaba al Séptimo Reino que sus Nuevas Majestades traerían felicidad y prosperidad.

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⏰ Last updated: Jun 06, 2020 ⏰

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