REBELIÓN EN LA GRANJAdeGeorge OrwellIEl
señor Jones, de la Granja Solariega, había echado llave a los gallinerosantes de irse a dormir, pero estaba tan borracho que se había olvidado de cerrarlas trampillas. Haciendo bailar de un lado a otro el anillo de luz del farol, setambaleó por el patio, se quitó las botas junto a la puerta trasera, se sirvió unúltimo vaso de cerveza del barril de la trascocina y subió a la cama, donde yaroncaba la señora Jones.En cuanto se apagó la luz del dormitorio se produjo un revuelo querecorrió todos los edificios de la granja. Durante el día había circulado lanoticia de que el Viejo Comandante, el premiado verraco blanco mediano,había tenido un sueño extraño la noche anterior y deseaba comunicarlo a losdemás animales. Habían acordado reunirse todos en el establo principal encuanto tuvieran la certeza de que se había marchado el señor Jones. El ViejoComandante (así lo llamaban siempre, aunque para exponerlo habían usado elnombre el Encanto de Willingdon) era tan respetado en la granja que todo elmundo estaba dispuesto a perder una hora de sueño para oír sus palabras.El Comandante ya se había instalado en su lecho de paja, en un extremodel enorme establo, en una especie de plataforma elevada, bajo un farol quecolgaba de una viga. Tenía doce años y últimamente había engordado bastante,pero seguía siendo un cerdo de aspecto majestuoso, con aire de sabiduría ybenevolencia a pesar de que nunca le habían recortado los colmillos. Pocotiempo después los demás animales empezaron a llegar y a ponerse cómodos,cada uno a su manera. Primero aparecieron los tres perros, Campanilla, Jésicay Chispa, y después los cerdos, que se tendieron en la paja delante de laplataforma. Las gallinas se encaramaron en el alféizar de las ventanas, laspalomas revolotearon hasta las vigas, las ovejas y las vacas se echaron detrásde los cerdos y se pusieron a rumiar. Los dos caballos de tiro, Boxeador yTrébol, entraron juntos, caminando muy despacio y apoyando con muchocuidado los enormes cascos peludos por miedo a que hubiera algún pequeñoanimal oculto en la paja. Trébol era una yegua robusta y maternal entrada enaños, que después de tener el cuarto potrillo nunca había recuperado del todola figura. Boxeador era un animal enorme, de casi dieciocho palmos de altura,y tan fuerte como dos caballos normales juntos. Una raya blanca que le bajabapor la nariz le daba un aspecto un tanto estúpido, y de hecho no tenía unainteligencia de primera, pero todos lo respetaban por su firmeza de carácter ysu tremenda capacidad de trabajo. Después de los caballos llegaron Muriel, lacabra blanca, y Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo de lagranja, y el de peor carácter. Rara vez hablaba, y cuando lo hacía era casisiempre para contribuir con algún comentario cínico: por ejemplo, decía queDios le había dado rabo para espantar las moscas, pero que hubiera preferidono tenerlo y que no existieran las moscas. De todos los animales era el únicoque nunca reía. Si se le preguntaba por qué, decía que no veía nada de quéreírse. Sin embargo, aunque no lo reconocía abiertamente, tenía devoción porBoxeador; solían pasar juntos los domingos en el pequeño prado detrás de lahuerta, pastando uno al lado del otro sin intercambiar una palabra.Los dos caballos acababan de acostarse cuando una nidada de patos, quehabían perdido a su madre, entraron en fila en el granero, piando débilmente ybuscando un sitio donde ponerse a salvo de las pisadas. Trébol les hizo unaespecie de muro alrededor con la enorme pata delantera, y los patos seacurrucaron dentro y enseguida se quedaron dormidos. En el último momento,Marieta, una yegua muy blanca, bonita y tonta que tiraba del carro del señorJones, entró caminando delicada y afectadamente, mascando un terrón deazúcar. Se instaló casi en primera fila y empezó a coquetear con la melenablanca, esperando llamar la atención con las cintas rojas que llevaba trenzadas.Por último llegó la gata, que miró a su alrededor, como de costumbre,buscando el sitio más caliente, y terminó metiéndose entre Boxeador y Trébol;allí ronroneó, satisfecha, mientras duró el discurso del Comandante, sinescuchar una sola palabra de lo que decía.Ahora estaban presentes todos los animales, excepto Moisés, el cuervoamaestrado, que dormía en una percha detrás de la puerta trasera. Cuando elComandante vio que todos se habían puesto cómodos y esperaban conatención, carraspeó y empezó a hablar:—Camaradas, ya os habéis enterado del extraño sueño que tuve anoche.Pero de eso me ocuparé más tarde. Antes tengo que deciros otra cosa. No creo,camaradas, que vaya a estar con vosotros muchos meses más, y me parece quemi deber, antes de morir, es transmitiros la sabiduría que he adquirido. Hedisfrutado de una larga vida, he tenido mucho tiempo para pensar mientrasestaba allí solo en el chiquero, y me creo con derecho a decir que entiendo lanaturaleza de la vida en esta tierra tan bien como cualquier otro animal hoyvivo. Es de eso de lo que quiero hablar con vosotros.»Camaradas, ¿qué sentido tiene vivir como vivimos? Hay que reconocerlo:nuestra vida es desgraciada, laboriosa y corta. Nacemos, nos dan solo lacomida necesaria para seguir respirando, y a los que estamos en condicionesde hacerlo nos obligan a trabajar hasta el último aliento, y en el instante en elque nuestra utilidad llega a su fin se nos sacrifica con una crueldad espantosa.Después de cumplir un año, ningún animal en Inglaterra conoce el significadode la felicidad o del placer. Ningún animal en Inglaterra es libre. En la vida deun animal no hay más que desgracia y esclavitud: esa es la pura verdad.»Pero ¿se trata acaso de una ley natural? ¿Acaso nuestra tierra es tan pobreque no puede garantizar vida digna a los que habitan en ella? No, camaradas,una y mil veces, ¡no! La tierra inglesa es fértil, su clima bueno, capaz de darcomida en abundancia a un número mucho mayor de animales que los queahora habitan en ella. Esta granja nuestra podría mantener a una docena decaballos, veinte vacas, cientos de ovejas, y dar a todos una comodidad y unadignidad que ahora casi no podemos imaginar. Entonces ¿por qué seguimos enestas míseras condiciones? Porque los seres humanos nos roban casi todo elproducto de nuestro trabajo. Ahí está, camaradas, la respuesta a todos nuestrosproblemas. Se resume en estas palabras: el hombre. El hombre es el únicoenemigo real que tenemos. Quitemos al hombre de la escena y la causafundamental del hambre y del exceso de trabajo desaparecerá para siempre.»El hombre es la única criatura que consume sin producir. No da leche, nopone huevos, es demasiado débil para tirar del arado, no corre con rapidezsuficiente para atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos losanimales. Los hace trabajar, les devuelve lo justo para que no se mueran dehambre y el resto se lo guarda para sí. Nuestro trabajo labra la tierra, nuestroestiércol la fertiliza, pero ninguno de nosotros posee más que la piel que llevaencima. Vosotras, las vacas que veo ahí delante, ¿cuántos miles de litros deleche habéis dado durante este último año? ¿Y qué ha pasado con la leche quedebería haber estado criando a robustos terneros? Se ha ido, hasta la últimagota, por la garganta de nuestros enemigos. Y vosotras, las gallinas, ¿cuántoshuevos habéis puesto este último año y de cuántos han salido polluelos? Elresto ha ido al mercado a producir dinero para Jones y sus hombres. Y tú,Trébol, ¿dónde están los cuatro potros que pariste y que deberían darte apoyoy placer en la vejez? Todos fueron vendidos al cumplir un año, y no volverás averlos nunca más. A cambio de tus cuatro partos y todo tu trabajo en loscampos, ¿qué has recibido, fuera de unas escuetas raciones y un establo?»Y ni siquiera se permite que la vida miserable que llevamos cumpla suciclo natural. Yo no me quejo, porque soy uno de los afortunados. Tengo doceaños y he sido padre de más de cuatrocientas crías. Tal es la vida natural de uncerdo. Pero al final ningún animal se libra del cuchillo cruel. Todos vosotros,los puercos jóvenes ahí sentados, estaréis chillando dentro de un año, mientrasos sacrifican. A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas ydemás. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor suerte. A ti,Boxeador, el mismo día en que tus músculos pierdan su fuerza, Jones tevenderá al desollador, que te degollará y te hervirá para los perros de caza. Encuanto a los perros, cuando envejecen y pierden los dientes, Jones les ata unladrillo al cuello y los ahoga en la laguna más cercana.»¿No queda claro entonces, camaradas, que todos los males de esta vidanacen de la tiranía de los seres humanos? Con solo deshacernos del hombre, elfruto de nuestro trabajo sería nuestro. Casi de la noche a la mañana podríamosser ricos y libres. ¿Qué debemos hacer entonces? ¡Trabajar día y noche, encuerpo y alma, por el derrocamiento de la raza humana! Ese es mi mensaje,camaradas: ¡la rebelión! No sé cuándo se producirá esa rebelión, si dentro deuna semana o de cien años, pero sé, con la misma certeza con que veo la pajaque piso, que tarde o temprano llegará la justicia. ¡No perdáis eso de vista,camaradas, durante el resto de vuestra corta vida! Y, sobre todo, transmitideste mensaje a los que vengan después, para que las generaciones futuras siganluchando hasta lograr la victoria.»Y recordad, camaradas, que no hay que flaquear. Ningún argumento ostiene que desviar del camino. No prestéis nunca atención cuando os digan queel hombre y los animales tienen un interés común, que la prosperidad de unoes la prosperidad de los otros. Mentiras. El hombre no sirve a los intereses deninguna criatura, salvo a los suyos. Que entre nosotros, los animales, haya unaperfecta unidad, una perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres sonenemigos. Todos los animales son camaradas.»En ese momento se produjo un tremendo alboroto. Mientras elComandante hablaba, cuatro grandes ratas habían salido de sus agujeros y sehabían sentado sobre los cuartos traseros para escucharlo. De repente, al verlaslos perros, habían tenido que precipitarse hacia sus agujeros para salvar lavida. El Comandante levantó una pezuña pidiendo silencio.—Camaradas —dijo—, hay aquí un tema que debe resolverse. Lascriaturas salvajes, como las ratas y los conejos, ¿son amigas o enemigasnuestras? Sometámoslo a votación. Propongo esta pregunta: las ratas ¿soncamaradas?Se votó de inmediato, y por mayoría abrumadora se acordó que las rataseran camaradas. Solo hubo cuatro discrepantes, los tres perros y la gata, que—se supo después— había votado por ambas partes. El Comandanteprosiguió:—No tengo mucho más que decir. Solo repetir que recordéis siemprevuestro deber de enemistad hacia el hombre y su manera de actuar. Todo loque camina sobre dos patas es enemigo. Todo lo que camina sobre cuatro pataso tiene alas es amigo. Recordad también que, en la lucha contra el hombre, nohay que parecerse a él. Aunque lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios.Ningún animal debe vivir jamás en una casa, o dormir en una cama, o llevarropa, o beber alcohol, o fumar tabaco, o tocar dinero, o dedicarse al comercio.Todas las costumbres del hombre son malas. Y, sobre todo, ningún animaldebe tiranizar a su propia especie. Débiles o fuertes, listos o simplotes, todossomos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animalesson iguales.»Y ahora, camaradas, os contaré el sueño que tuve anoche. No puedodescribir ese sueño. Era un sueño sobre cómo será la Tierra cuando el hombrehaya desaparecido. Pero me recordó algo que he tenido olvidado durante unlargo tiempo. Hace muchos años, cuando yo era un cerdo pequeño, mi madre ylas demás cerdas cantaban una vieja canción de la que solo conocían lamelodía y las tres primeras palabras. Yo conocí esa melodía en mi infancia, yhacía tiempo que no la recordaba. Pero anoche me volvió en un sueño. Es más:también volvieron las palabras, palabras que, estoy seguro, fueron cantadaspor animales de hace mucho tiempo, cuyo recuerdo se perdió durantegeneraciones. Os cantaré ahora esa canción, camaradas. Soy viejo y tengo lavoz ronca, pero cuando os haya enseñado la melodía la podréis cantar mejorvosotros mismos. Se llama «Bestias de Inglaterra».El Viejo Comandante carraspeó y se puso a cantar. Como había anunciado,su voz era ronca, pero le salía bastante bien; era una canción pegadiza, mezclade «Clementine» y «La cucaracha».La letra decía así:Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,bestias de todo clima y país,oíd mis alegres nuevasque anuncian un futuro feliz.Tarde o temprano llegará el díaen el que se acabará la tiranía del hombre,y solo las bestias hollaránlos fértiles campos ingleses.Desaparecerán los aros de nuestros hocicosy de nuestro lomo los arneses,se oxidarán para siempre los frenosy las espuelasy los crueles látigos no volverán a chasquear.Riquezas que la mente no puede abarcar,trigo y cebada, heno y avena,trébol, alubias y remolachadesde ese día nuestras serán.Brillantes lucirán los campos ingleses,más puras serán sus aguas,más dulces soplarán sus brisasel día que conozcamos la libertad.Por ese día todos debemos trabajar,aunque muramos sin verlo amanecer;vacas y caballos, gansos y pavos,todos debemos luchar por la libertad.Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,bestias de todo clima y país,oíd bien y difundid mis nuevasque anuncian un futuro feliz.La canción excitó muchísimo a los animales. Casi antes de que elComandante hubiera llegado al final, habían empezado a cantarla por sucuenta. Hasta los más estúpidos habían captado la melodía y unas pocaspalabras, y en cuanto a los listos, como los cerdos y los perros, habíanaprendido toda la canción de memoria en unos pocos minutos. Entonces, trasalgunos intentos preliminares, la granja entera echó a cantar con tremendaarmonía «Bestias de Inglaterra». Las vacas la mugían, los perros la ladraban,las ovejas la balaban, los caballos la relinchaban y los patos la graznaban.Estaban tan contentos con la canción que la cantaron cinco veces seguidas, ypodrían haber seguido cantándola toda la noche si no los hubieraninterrumpido.Por desgracia, el alboroto despertó al señor Jones, que saltó de la cama,convencido de que había un zorro en el corral. Agarró la escopeta que siempreestaba en un rincón del dormitorio y disparó un cartucho de munición número6 hacia la oscuridad. Los perdigones se alojaron en la pared del establo y lareunión se disolvió con rapidez. Todo el mundo huyó al sitio donde tenía quedormir. Las aves saltaron a sus perchas, los animales se acomodaron sobre lapaja y enseguida la granja entera se quedó dormida.IITres noches más tarde el Viejo Comandante murió sin sufrir mientrasdormía. Enterraron su cadáver en un rincón del huerto.Corrían los primeros días de marzo. Durante los tres meses siguientes hubomucha actividad secreta. La actitud de los animales más inteligentes de lagranja ante la vida había cambiado por completo al oír el discurso delComandante. No sabían cuándo ocurriría la Rebelión pronosticada por elComandante, carecían de motivos para pensar que vivirían para verla, perocomprendían que tenían la obligación de prepararse para ella. La tarea deeducar y organizar a los demás recayó, por supuesto, en los cerdos, en generalreconocidos como los animales más inteligentes. Entre los cerdos sedestacaban dos verracos jóvenes llamados Bola de Nieve y Napoleón, que elseñor Jones criaba para vender. Napoleón era un verraco de aspecto bastanteferoz, el único de raza berkshire en la granja, parco pero con fama de salirsesiempre con la suya. Bola de Nieve era más vivaracho que Napoleón, teníamayor facilidad de palabra y era más ingenioso, pero no se le atribuía lamisma firmeza de carácter. Todos los demás puercos de la granja estabandestinados a la matanza. El más conocido era un cerdito gordo llamadoChillón, de mejillas redondas, ojos expresivos, movimientos ágiles y vozestridente. Un brillante conversador que cuando defendía alguna idea difícilsaltaba a un lado y a otro sacudiendo la cola de una manera muy persuasiva.Los demás decían que Chillón era capaz de convertir lo negro en blanco.Entre los tres habían elaborado todo un sistema de pensamiento, basado enlas enseñanzas del Viejo Comandante, al que llamaron «animalismo». Variasnoches a la semana, cuando ya estaba dormido el señor Jones, celebrabanreuniones secretas en el establo y exponían los principios del animalismo a losdemás.Al principio encontraron mucha estupidez y apatía. Había animales quehablaban del deber de lealtad al señor Jones, a quien llamaban «amo», y habíaquienes hacían comentarios tan básicos como: «El señor Jones nos da decomer. Si desapareciera, nos moriríamos de hambre». Otros hacían preguntascomo «¿Por qué debería importarnos lo que suceda cuando ya estemosmuertos?» o «Si esa Rebelión va a ocurrir de todos modos, ¿qué más da quetrabajemos o dejemos de trabajar por ella?», y los cerdos tenían grandesdificultades para hacerles ver que eso contrariaba el espíritu del animalismo.Las preguntas más estúpidas eran las de Marieta, la yegua blanca. La primeraque le hizo a Bola de Nieve fue:—¿Seguirá habiendo azúcar después de la Rebelión?—No —dijo Bola de Nieve con firmeza—. En esta granja no tenemosmedios para fabricar azúcar. Además, tú no necesitas azúcar. Tendrás toda laavena y todo el heno que quieras.—¿Y podré seguir usando cintas en la crin? —preguntó Marieta.—Camarada —dijo Bola de Nieve—, esas cintas a las que tanto cariñotienes son el símbolo de la esclavitud. ¿No entiendes que la libertad vale másque esas cintas?Marieta asintió, pero no parecía muy convencida.A los cerdos les costaba aún más contrarrestar las mentiras que hacíacircular Moisés, el cuervo amaestrado. Moisés, la mascota especial del señorJones, era un espía y un chismoso, pero también un conversador inteligente.Aseguraba conocer la existencia de un misterioso país llamado MonteCaramelo, al que iban todos los animales cuando morían. Estaba situado en elcielo, un poco más allá de las nubes, decía Moisés. En Monte Caramelo eradomingo los siete días de la semana, abundaba el trébol todo el año y en lossetos crecían terrones de azúcar y bizcochos de linaza. Los animalesdetestaban a Moisés porque contaba mentiras y no trabajaba, pero algunoscreían en el Monte Caramelo y los cerdos tenían que discutir a fondo paraconvencerlos de que tal lugar no existía.Sus discípulos más fieles eran los caballos de tiro, Boxeador y Trébol. Losdos tenían grandes dificultades para pensar por sí mismos, pero al haberaceptado a los cerdos como maestros absorbían todo lo que se les contaba ydespués lo transmitían a los demás animales mediante sencillosrazonamientos. No faltaban nunca a las reuniones secretas en el establo yencabezaban el coro al entonar «Bestias de Inglaterra», canción con la quesiempre cerraban los encuentros.Al final lograron hacer la Rebelión mucho antes y con mucha mayorfacilidad de lo que ninguno esperaba. Unos años antes el señor Jones, aunquesevero como amo, había sido un granjero capaz, pero últimamente iba de malen peor. Se había desanimado mucho al perder dinero en un pleito, y habíaempezado a beber más de lo conveniente. Se pasaba días enteros sentado en elsillón de la cocina, leyendo periódicos, bebiendo y, de vez en cuando, dandode comer a Moisés cortezas de pan mojado en cerveza. Sus hombres eranperezosos y poco honrados, los campos estaban llenos de maleza, los techos delos edificios estropeados, los setos descuidados y los animales desnutridos.Llegó junio y el heno estaba casi listo para la siega. La noche de San Juan,que era sábado, el señor Jones fue a Willingdon y se emborrachó tanto en elLeón Rojo que no regresó hasta el domingo al mediodía. Los hombres habíanordeñado las vacas durante la madrugada y después se habían ido a cazarconejos sin molestarse en alimentar a los animales. Al regresar, el señor Jonesse echó a dormir de inmediato en el sofá de la sala y se tapó la cara con elperiódico, de modo que por la noche los animales seguían sin comer. Llegó unmomento en el que no lo soportaron más. Una de las vacas abrió con uncuerno la puerta del depósito y todos los animales empezaron a comer de losgraneros. Fue entonces cuando se despertó el señor Jones. En un instanteapareció con sus cuatro hombres, descargando latigazos en todas direcciones.Eso era más de lo que los hambrientos animales podían soportar. De comúnacuerdo, aunque no habían planeado nada parecido, se lanzaron hacia sustorturadores. Jones y sus hombres fueron rodeados, empujados y pateados. Lasituación estaba fuera de control. Nunca habían visto que los animales secomportaran de esa manera, y el repentino levantamiento de criaturas a las queestaban acostumbrados a golpear y maltratar con impunidad les hizo temblarde miedo. Después de unos instantes dejaron de defenderse y salieroncorriendo. Un minuto más tarde los cinco huían en desbandada por una sendade carros que llevaba al camino principal, perseguidos de cerca por losjubilosos animales.La señora Jones miró por la ventana del dormitorio, vio lo que pasaba,echó en un morral todo lo que pudo y se escabulló de la granja por otrocamino. Moisés saltó de su percha y la siguió aleteando, lanzando ruidososgraznidos. Mientras tanto, los animales habían perseguido a Jones y a suspeones hasta la carretera y cerrado después con estrépito la pesada puerta. Así,casi antes de entender lo que pasaba, se había producido con éxito la Rebelión:Jones estaba expulsado y ellos eran ahora los dueños de la Granja Solariega.Durante los primeros minutos los animales apenas podían dar crédito a suinmensa suerte. Su primera acción fue galopar todos juntos por los lindes de lagranja, como si quisieran asegurarse de que no quedaba ningún ser humanooculto en ella; después regresaron corriendo a los edificios para borrar losúltimos vestigios del odioso reinado de Jones. Echaron abajo la puerta delguadarnés, al final de los establos, y arrojaron en el pozo los bocados, lasargollas, las cadenas de los perros, los crueles cuchillos que el señor Jonesusaba para castrar a los cerdos y a los corderos. En la fogata que ardía en elpatio para quemar la basura tiraron las riendas, los cabestros, las anteojeras,los degradantes morrales. Con los látigos hicieron lo mismo. Todos losanimales empezaron a saltar de alegría al ver cómo ardían los látigos. Bola deNieve también lanzó al fuego las cintas con las que solían decorar las crines ylas colas de los caballos los días de feria.—Las cintas —dijo— deben ser consideradas como ropa, que es lo quedistingue a los seres humanos. Todos los animales deben andar desnudos.Al oír eso, Boxeador se quitó el pequeño sombrero de paja que llevaba enverano para protegerse las orejas de las moscas y lo arrojó al fuego con todo lodemás.En muy poco tiempo los animales habían destruido todo lo que lesrecordaba al señor Jones. Entonces Napoleón los llevó otra vez al depósito ysirvió a todo el mundo una doble ración de maíz y dos galletas a cada perro.Después cantaron «Bestias de Inglaterra» de principio a fin siete vecesseguidas y a continuación se acomodaron para pasar la noche y durmieroncomo no habían dormido nunca.Pero como de costumbre se despertaron al amanecer, y al recordar elglorioso acontecimiento del día anterior corrieron juntos al pastizal. Por elcamino había una loma desde la que se divisaba casi toda la granja. Losanimales corrieron hasta la cima y miraron alrededor la clara luz de la mañana.¡Sí, era de ellos! ¡Todo lo que veían era de ellos! Embelesados por esa ideaempezaron a brincar por todas partes, a corcovear lanzándose excitados al aire.Se revolcaron en el rocío, pacieron bocados de la dulce hierba estival, patearonterrones de tierra negra y olfatearon su potente fragancia. Después recorrierontoda la granja inspeccionándola y contemplaron mudos la tierra labrada, elhenar, el huerto, el estanque, el soto. Era como si nunca hubieran visto esascosas, y todavía les costaba creer que fueran suyas.Después regresaron en fila a los edificios de la granja y se detuvieron ensilencio delante de la puerta de la casa. Ese lugar también les pertenecía, perotenían miedo de entrar. Sin embargo, al cabo de un rato Bola de Nieve yNapoleón embistieron la puerta con el lomo y la abrieron y los animalesentraron en fila india, avanzando con sumo cuidado por temor a desordenaralgo. Caminaron de puntillas de una habitación a otra, temiendo levantar lavoz por encima de un susurro y mirando con una especie de asombro elincreíble lujo, las camas con colchones de plumas, los espejos, el sofá de crin,la alfombra de Bruselas, la litografía de la reina Victoria sobre la repisa de lachimenea del salón. Bajaban por la escalera cuando descubrieron que faltabaMarieta. Al volver la encontraron en la mejor habitación. Había sacado untrozo de cinta azul del tocador de la señora Jones y la sostenía contra elhombro admirándose en el espejo de una manera muy tonta. Los demás lehicieron duros reproches antes de salir. Descolgaron unos jamones que habíaen la cocina y los sacaron para enterrarlos, y Boxeador rompió de una coz elbarril de cerveza de la trascocina; fuera de eso, todo en la casa quedó intacto.En el acto, por unanimidad, aprobaron una resolución para que la granja fuerapreservada como museo. Todos estuvieron de acuerdo en que ningún animaldebía vivir allí.A continuación desayunaron y, después, Bola de Nieve y Napoleónvolvieron a reunirlos.—Camaradas —dijo Bola de Nieve—, son las seis y media y tenemos unlargo día por delante. Hoy empezamos a recoger el heno. Pero antes tenemosque atender otro asunto.Los cerdos revelaron entonces que durante los últimos tres meses habíanaprendido a leer y a escribir con la ayuda de un viejo manual de ortografíausado por los hijos del señor Jones que habían encontrado en la basura.Napoleón mandó a buscar latas de pintura blanca y negra y los condujo hastala pesada puerta que daba a la carretera. Bola de Nieve (que era quien mejorescribía) apretó un pincel entre los dos nudillos de la pata, tachó «Granjasolariega» en el barrote superior de la puerta y en su lugar pintó «Granjaanimal». Ese sería a partir de entonces el nombre de la granja. A continuaciónvolvieron a los edificios, donde Bola de Nieve y Napoleón pidieron unaescalera que hicieron apoyar en la pared trasera del enorme establo.Explicaron que por obra de sus estudios de los últimos tres meses, los cerdoshabían logrado reducir los principios del animalismo a siete mandamientos.Estos siete mandamientos serían ahora grabados en la pared; formarían una leyinalterable que todos los animales de la granja deberían obedecer parasiempre. Con cierta dificultad (no es fácil para un cerdo mantener el equilibriosobre una escalera), Bola de Nieve subió y se puso a trabajar, ayudado porChillón, que pocos peldaños por debajo sostenía la lata de pintura. Losmandamientos quedaron escritos en la pared alquitranada en grandes letrasblancas que se podían leer desde treinta metros de distancia. Decían esto:LOS SIETE MANDAMIENTOS1. Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo.2. Todo lo que camina sobre cuatro patas o tiene alas es un amigo.3. Ningún animal llevará ropa.4. Ningún animal dormirá en una cama.5. Ningún animal beberá alcohol.6. Ningún animal matará a otro animal.7. Todos los animales son iguales.La letra era muy clara, y salvo que en vez de «un amigo» decía «un anigo»y una de las «s» estaba al revés, la ortografía era correcta en todo el texto.Bola de Nieve lo leyó en voz alta a los demás. Todos los animales asintieroncon la cabeza, dando su completa conformidad, y los más listos empezaron deinmediato a aprender los mandamientos de memoria.—Ahora, camaradas —gritó Bola de Nieve, arrojando el pincel—, ¡alhenar! Que sea para nosotros una cuestión de honor recoger la cosecha enmenos tiempo del que tardaban Jones y sus peones.Pero en ese momento las tres vacas, que desde hacía un rato parecíaninquietas, se pusieron a mugir ruidosamente. Hacía veinticuatro horas que nolas ordeñaban y sus ubres estaban a punto de reventar. Después de pensar unpoco, los cerdos mandaron a buscar cubos y ordeñaron a las vacas conbastante éxito porque sus pezuñas estaban bastante bien adaptadas para esatarea. Pronto hubo cinco cubos de espumosa y cremosa leche que muchos delos animales miraban con considerable interés.—¿Qué va a pasar con toda esa leche? —dijo alguien.—Jones solía echar un poco en nuestro puré —dijo una gallina.—¡Qué importa la leche, camaradas! —exclamó Napoleón, colocándosedelante de los cubos—. Ya nos ocuparemos de eso. Más importante es lacosecha. El camarada Bola de Nieve encabezará la marcha. Yo lo seguiré enunos minutos. ¡Adelante, camaradas! El heno nos espera.Los animales marcharon en tropel hacia el henar para empezar la siega, ycuando regresaron por la tarde notaron que la leche había desaparecido.III¡Cómo trabajaron y sudaron para segar el heno! Pero sus esfuerzos sevieron recompensados, porque la cosecha fue un éxito aún mayor de lo queesperaban.A veces el trabajo era duro; los instrumentos no habían sido diseñados paralos animales sino para los seres humanos, y era un gran inconveniente queningún animal pudiera utilizar herramientas hechas para trabajar de pie sobrelas patas traseras. Pero los cerdos eran tan listos que siempre encontraban lamanera de resolver todas las dificultades. Los caballos, por su parte, conocíancada palmo del campo, y entendían el trabajo de segar y rastrillar mucho mejorque Jones y sus hombres. Los cerdos en realidad no trabajaban, pero dirigían ysupervisaban a los demás. Con sus conocimientos superiores era natural queasumieran el liderazgo. Boxeador y Trébol se enganchaban a la segadora o a larastrilladora (en esos tiempos, por supuesto, no hacían falta bocados niriendas) y recorrían el campo sin cesar dando vueltas y vueltas, con un cerdodetrás que iba gritando «¡Arre, camarada!» o «¡So, camarada!», según fuera elcaso. Y todos los animales, hasta el más humilde, intervenían en la recoleccióndel heno. Hasta los patos y las gallinas iban y venían todo el día bajo el sol,transportando pequeñas briznas de heno en el pico. Al final terminaron lacosecha dos días antes del tiempo que solían emplear Jones y sus hombres.Además, era la mayor cosecha que se había visto nunca en la granja. No habíadesperdicio alguno; las gallinas y los patos, con su extraordinaria vista, habíanrecogido hasta el último tallo. Y ningún animal de la granja había robadosiquiera un bocado.Durante todo aquel verano el trabajo en la granja funcionó como un reloj.Los animales nunca habían imaginado que podían ser tan felices. Cada bocadoles producía un intenso placer positivo, ya que era realmente su propia comida,producida por ellos y para ellos, no repartida por un amo mezquino.Desaparecidos los seres humanos parasitarios, quedaba más comida paratodos. Disponían de más tiempo libre, aunque por su falta de experiencia nosabían bien en qué emplearlo. Encontraban muchas dificultades: por ejemplo,hacia finales de año, al cosechar el maíz, tuvieron que pisarlo al estilo antiguoy aventar la paja con el aliento, ya que la finca no poseía trilladora, pero loscerdos con su inteligencia y Boxeador con sus tremendos músculos siempreresolvían los problemas. Boxeador era la admiración de todos. Había sido ungran trabajador, incluso en tiempos de Jones, pero ahora parecía más trescaballos que uno; había días en que todo el trabajo de la granja parecíadescansar sobre sus fuertes hombros. De la mañana a la noche empujaba ytiraba, siempre en el punto donde el trabajo era más duro. Había hecho unarreglo con uno de los gallos jóvenes para que por la mañana lo despertaramedia hora antes que a nadie; así podía hacer algún trabajo voluntario en elaspecto que resultara más necesario antes del comienzo de la jornada normal.Su respuesta ante cada problema y cada revés era «¡Trabajaré más duro!», y lahabía adoptado como lema personal.Pero todo el mundo trabajaba según su capacidad. Las gallinas y los patos,por ejemplo, al recoger los granos perdidos de la cosecha rescataron cincofanegas. Nadie robaba, nadie se quejaba de sus raciones, y las peleas y losmordiscos y los celos, tan característicos de la vida en los viejos tiempos, casihabían desaparecido. Nadie, o casi nadie, eludía el trabajo. Es cierto queMarieta no se destacaba por madrugar, y solía dejar de trabajar tempranoalegando que tenía una piedra en un casco. Y la conducta de la gata era unpoco rara. Pronto se descubrió que cuando había trabajo que hacer, la gatanunca estaba. Se esfumaba durante varias horas y reaparecía cuando iban acomer, o por la noche, cuando había terminado el trabajo, como si nadahubiera ocurrido. Pero sus excusas eran siempre tan excelentes, y ronroneabacon tanto cariño que resultaba imposible no creer en sus buenas intenciones.El viejo Benjamín, el burro, no parecía haber cambiado desde la Rebelión.Hacía su trabajo de la misma manera lenta y obstinada que cuando losmandaba Jones, sin eludir nunca sus obligaciones pero sin ofrecerse a hacerninguna tarea especial. Sobre la Rebelión y sus resultados no expresabaninguna opinión. Cuando se le preguntaba si no era más feliz ahora que noestaba Jones, se limitaba a decir: «Los burros viven mucho tiempo. Ningunode vosotros ha visto a un burro muerto», y los demás tenían que contentarsecon esa respuesta críptica.Los domingos no se trabajaba. El desayuno tenía lugar una hora más tardeque de costumbre, y después del desayuno celebraban una ceremonia que serepetía cada semana sin falta. Primero se izaba la bandera. Bola de Nievehabía encontrado en el guadarnés un viejo mantel verde de la señora Jones yhabía pintado en él una pezuña y un cuerno blancos. Lo subían al mástil deljardín de la casa cada domingo por la mañana. La bandera era verde, explicóBola de Nieve, para representar los verdes campos de Inglaterra, mientras quela pezuña y el cuerno significaban la futura República de los Animales, quesurgiría cuando finalmente derrocaran a la raza humana. Después de izar labandera todos los animales iban en tropel al enorme establo para realizar unaasamblea general conocida como la Reunión. Allí se planificaba el trabajo dela semana siguiente y se proponían y se debatían las resoluciones. Esasresoluciones las proponían siempre los cerdos. Los demás animales entendíancómo votar, pero nunca se les ocurrían resoluciones propias. Bola de Nieve yNapoleón eran, con mucho, quienes más intervenían en los debates. Pero senotaba que esos dos nunca estaban de acuerdo: cuando uno sugería algo sepodía tener casi por seguro que el otro se opondría. Hasta cuando se resolvió—nadie podía oponerse a esa decisión— reservar el pequeño campo que habíadetrás del huerto como sitio de descanso para los animales que ya no pudierantrabajar, hubo un acalorado debate sobre la edad correcta de jubilación paracada clase de animal. La Reunión siempre terminaba con el canto de «Bestiasde Inglaterra» y la tarde se dedicaba al recreo.Los cerdos habían reservado el guadarnés como sede para ellos. Allí, por lanoche, estudiaban herrería, carpintería y otras artes necesarias incluidas en loslibros que habían sacado de la casa. Bola de Nieve también se ocupaba deorganizar a los demás en lo que denominaba Comités Animales. En eso eraincansable. Formó el Comité de Producción de Huevos para las gallinas, laLiga de Rabos Limpios para las vacas, el Comité de Reeducación deCamaradas Salvajes (cuyo objeto era domesticar a las ratas y los conejos), elMovimiento Lana Más Blanca para las ovejas y algunos otros, además deinstituir clases de lectura y escritura. En conjunto, esos proyectos fueron unfracaso. Por ejemplo, el intento de domesticar a las criaturas salvajes semalogró casi de inmediato. Siguieron actuando como antes, y cuando se lastrataba con generosidad se limitaban a aprovechar la situación. La gata entróen el Comité de Reeducación y durante unos días participó con muchoentusiasmo. Un día la vieron sobre un tejado conversando con unos gorrionesque se mantenían fuera de su alcance. Les decía que ahora todos los animaleseran camaradas y que si un gorrión quisiera se le podría posar en la pata, perolos gorriones conservaron la distancia.Sin embargo, las clases de lectura y escritura tenían mucho éxito. Al llegarel otoño casi todos los animales de la granja sabían hasta cierto punto leer yescribir.Los cerdos ya sabían leer y escribir perfectamente. Los perros aprendían aleer bastante bien, pero solo les interesaba leer los siete mandamientos.Muriel, la cabra, leía un poco mejor que los perros, y a veces, por la noche,leía a los demás trozos de periódicos que encontraba en la basura. Benjamínleía tan bien como cualquier cerdo, pero nunca ejercitaba esa facultad. Por loque sabía, explicaba, no había nada que mereciera la pena de ser leído. Trébolaprendió todo el alfabeto, pero no podía construir palabras. Boxeador no podíapasar de la letra «d». Dibujaba «a», «b», «c», «d» en el polvo con el enormecasco y después se quedaba con la mirada perdida y las orejas hacia atrás, aveces moviendo la crin, tratando con todas sus fuerzas de recordar, sin éxito,qué venía a continuación. En algunas ocasiones, sí aprendía «e», «f», «g»,«h», pero cuando lograba conocerlas descubría siempre que había olvidado«a», «b», «c» y «d». Finalmente decidió conformarse con las cuatro primerasletras, y solía escribirlas una o dos veces al día para refrescar la memoria.Marieta se negaba a aprender más que las siete letras que formaban su propionombre. Las hacía con mucho cuidado, usando ramitas que decoraba con unao dos flores, y después caminaba alrededor llena de admiración.Ninguno de los otros animales de la granja lograba pasar de la letra «a».También se descubrió que los animales más estúpidos, como las ovejas, lasgallinas y los patos, eran incapaces de aprender de memoria los sietemandamientos. Después de mucho pensar Bola de Nieve declaró que los sietemandamientos podían, de hecho, reducirse a una sola máxima, a saber:«Cuatro patas, sí; dos patas, no». Eso, dijo, contenía el principio esencial delanimalismo. Quien lo hubiera comprendido a fondo estaría a salvo de todainfluencia humana. Las aves primero se opusieron, porque les parecía quetambién ellas tenían dos patas, pero Bola de Nieve les demostró que no era así.—Las alas de los pájaros, camaradas —dijo—, son órganos de propulsióny no de manipulación. Por lo tanto deben considerarse como patas. Lo quedistingue al hombre es la mano, el instrumento con el que causa todo el daño.Las aves no entendieron las palabras largas de Bola de Nieve, peroaceptaron su explicación, y todos los animales más humildes se pusieron atrabajar para aprender de memoria la nueva máxima: «¡Cuatro patas, sí; dospatas, no!», quedó grabado en la pared del fondo del establo, por encima delos siete mandamientos y en letras más grandes. Cuando lograron aprender esode memoria, las ovejas empezaron a sentir una gran afición por la máxima, ycon frecuencia, cuando estaban echadas en el campo, balaban «¡Cuatro patas,sí; dos patas, no! ¡Cuatro patas, sí; dos patas, no!» durante horas, sin cansarsenunca.Napoleón no mostraba ningún interés por los comités que había creadoBola de Nieve. Decía que la educación de los jóvenes era más importante quetodo lo que se pudiera hacer por los adultos. Jésica y Campanilla habían paridopoco después de recoger la cosecha de heno, y entre las dos habían tenidonueve robustos cachorros. En cuanto los destetaron, Napoleón los apartó de lasmadres y dijo que él se encargaría de su educación. Se los llevó a un desván alque solo se podía llegar por una escalera de mano desde el guadarnés, y lostuvo allí tan aislados que el resto de la granja pronto se olvidó de su existencia.El misterio del destino de la leche pronto se resolvió. Se mezclaba todoslos días con la comida de los cerdos. Maduraban las primeras manzanas y lahierba de la huerta estaba llena de fruta caída. Los animales habían dado porhecho que se repartirían de manera equitativa, pero un día llegó la orden deque toda la fruta sería recogida y llevada al guadarnés para uso de los cerdos.Algunos de los otros animales se quejaron, pero no sirvió de nada. Todos loscerdos estaban de acuerdo en ese punto, incluso Bola de Nieve y Napoleón.Enviaron a Chillón a dar las explicaciones necesarias a los demás.—¡Camaradas! —gritó—. Espero que no penséis que los cerdos hacemosesto con espíritu de egoísmo y de privilegio. La verdad es que a muchos nonos gustan la leche ni las manzanas. A mí, por ejemplo, no me gustan. Elúnico objetivo que tenemos, al comer esas cosas, es preservar nuestra salud.La leche y las manzanas (lo ha demostrado la ciencia, camaradas) contienensustancias totalmente necesarias para el bienestar del cerdo. Los cerdostrabajamos con el cerebro. La gestión y la organización de esta granjadependen de nosotros. Día y noche velamos por vuestro bienestar. Es porvuestro bien que bebemos la leche y comemos las manzanas. ¿Sabéis quéocurriría si los cerdos no cumpliéramos con nuestro deber? ¡Volvería Jones!¡Sí, volvería Jones! Y no creo, camaradas —exclamó Chillón, casi suplicante,brincando y moviendo la cola—, que ninguno de vosotros quiera ver de nuevoa Jones.Si de algo los animales estaban completamente seguros era de que noquerían la vuelta de Jones. Al oír las cosas explicadas de ese modo noencontraron nada que objetar. La importancia de conservar el buen estado desalud de los cerdos era demasiado evidente. Se acordó entonces, sin másdiscusión, que la leche y las manzanas caídas (y también el grueso de lacosecha, cuando madurase) se reservarían solo para los cerdos.IVA finales del verano la noticia de lo que había ocurrido en la GranjaAnimal se conocía en medio condado. Todos los días Bola de Nieve yNapoleón enviaban bandadas de palomas con instrucciones de mezclarse conlos animales de las granjas vecinas, contarles la historia de la Rebelión yenseñarles la canción «Bestias de Inglaterra».El señor Jones había pasado la mayor parte de ese tiempo en el bar LeónRojo de Willingdon, quejándose ante quien quisiera escucharlo de lamonstruosa injusticia que había sufrido al ser expulsado de su propiedad poruna panda de animales inútiles. En principio, los otros agricultores semostraron comprensivos, pero no le prestaron mucha ayuda. En el fondo, cadauno se preguntaba en secreto si no podría sacar alguna ventaja de la desgraciade Jones. Era una suerte que los propietarios de las dos granjas lindantes conla Granja Animal se llevaran siempre mal. Una de ellas, llamadaMonterraposo, era una granja grande, olvidada, anticuada, cubierta debosques, con todas las tierras de pastoreo agotadas y los setos en vergonzosoestado. Su dueño, el señor Pilkington, era un hacendado bonachón que pasabala mayor parte de su tiempo pescando o cazando, según la temporada. La otragranja, llamada Campocorto, era más pequeña y estaba mejor conservada. Sudueño era el señor Frederick, hombre duro, astuto, metido permanentementeen pleitos y famoso por su capacidad para regatear. Los dos se odiaban tantoque les costaba llegar a acuerdos, aunque fuera en defensa de sus propiosintereses.Sin embargo, ambos estaban asustados por la rebelión de la GranjaAnimal, y muy interesados en impedir que sus propios animales se enterarande los detalles. Al principio se lo tomaron en broma y ridiculizaron la idea deque los animales pudieran gestionar la granja. En quince días habría terminadotodo, decían. Hicieron correr el rumor de que los animales de la GranjaSolariega (insistían en llamarla Granja Solariega; no toleraban el nombreGranja Animal) estaban todo el tiempo peleando entre ellos y tambiénmuriéndose poco a poco de hambre.Cuando pasó el tiempo y fue evidente que los animales no se morían dehambre, Frederick y Pilkington cambiaron de estrategia y empezaron a hablarde las maldades terribles que ahora se cometían en la Granja Animal.Anunciaron que los animales practicaban el canibalismo, se torturabanunos a otros con herraduras al rojo vivo y compartían a sus hembras. Eso eralo que pasaba por rebelarse contra las leyes de la naturaleza, decían Fredericky Pilkington.No obstante, nadie terminaba de creer esas historias. Los rumores acercade una granja espléndida en la que habían expulsado a los seres humanos y losanimales se ocupaban de sus propios asuntos siguieron circulando de maneravaga y distorsionada, y durante todo ese año una ola de rebeldía recorrió elcampo. Los toros que siempre habían sido dóciles se volvieron de repentesalvajes, las ovejas derribaban los setos y devoraban el trébol, las vacaspateaban el balde, los caballos de caza se negaban a saltar las vallas yarrojaban por encima a los jinetes. Sobre todo, nadie desconocía la melodía nisiquiera las palabras de «Bestias de Inglaterra», que se habían propagado conuna velocidad asombrosa. Los seres humanos no podían contener la rabia aloír esa canción, pero actuaban como si solo les pareciera algo ridículo. Decíanque no entendían cómo hasta los animales podían prestarse a cantar semejantetontería. Todo animal sorprendido cantando esa canción recibía una paliza enel acto. Sin embargo, era algo irreprimible. Los mirlos la silbaban en los setos,las palomas la arrullaban en los olmos, se metía en el estruendo de lasherrerías y en la melodía de las campanas de las iglesias. Y cuando los sereshumanos la escuchaban, en el fondo se estremecían porque oían en ella unaprofecía de su futura condena.A principios de octubre, cuando el maíz estaba cortado y apilado y en parteya trillado, llegó revoloteando por el aire una bandada de palomas que se posóen el patio de la Granja Animal con gran alboroto. Jones y todos sus hombres,con media docena de peones empleados por Monterraposo y Campocorto,habían entrado por el portón de la granja y se acercaban por el camino paracarros. Todos llevaban palos, menos Jones, que iba delante empuñando unarma. No había duda de que iban a intentar la reconquista de la granja.Eso era algo que esperaban desde hacía mucho tiempo y habían hechotodos los preparativos. Bola de Nieve, que había estudiado un viejo libro delas campañas de Julio César encontrado en la granja, estaba a cargo de lasoperaciones defensivas. Dio sus órdenes con rapidez y en un par de minutoscada animal ocupó su puesto.Cuando los seres humanos se acercaron a los edificios de la granja, Bola deNieve lanzó el primer ataque. Todas las palomas, treinta y cinco en total,empezaron a dar vueltas en el aire y a evacuar sobre las cabezas de loshombres, y mientras los hombres estaban distraídos los gansos, que se habíanescondido detrás del seto, se les echaron encima y les picotearon con saña laspantorrillas. Pero aquello no era más que una escaramuza para distraerlos, paracrear un poco de desorden, y los hombres, con los palos, echaron con facilidada los gansos. Bola de Nieve lanzó entonces la segunda línea de ataque. Muriel,Benjamín y todas las ovejas, con Bola de Nieve a la cabeza, se abalanzaronsobre ellos y los rodearon y embistieron mientras Benjamín los coceaba conlas pequeñas pezuñas. Pero los hombres, con los palos y las botas de suelaclaveteada, lograron imponerse, y de repente, ante un chillido de Bola deNieve, que era la señal de retirada, todos los animales dieron media vuelta yhuyeron metiéndose por la puerta del corral.Los hombres lanzaron un grito de triunfo. Vieron, imaginaron, que susenemigos escapaban, y los persiguieron en desorden. Eso era lo que Bola deNieve esperaba. En cuanto entraron en el corral, los tres caballos, las tresvacas y los restantes cerdos, que habían estado al acecho en el establo,aparecieron de repente por la retaguardia, cortándoles la retirada. Bola deNieve dio la orden de atacar. Él mismo se arrojó sobre Jones. Jones lo viovenir, levantó la escopeta y disparó.Los perdigones dejaron unas rayas sanguinolentas en el lomo de Bola deNieve y una oveja cayó muerta. Sin detenerse ni un instante, Bola de Nievearrojó sus noventa kilos contra las piernas de Jones. Jones voló y fue a caersobre un montón de estiércol y la escopeta se le escapó de las manos. Pero elespectáculo más aterrador era el de Boxeador encabritado sobre las patastraseras y arremetiendo con los enormes cascos herrados como un semental.Su primer golpe alcanzó en el cráneo a un mozo de cuadra de Monterraposo,que quedó tendido sin vida en el lodo. Al ver eso, varios hombres soltaron lospalos y trataron de huir, presas del pánico. Juntos, los animales lospersiguieron por todo el corral. Los corneaban, los pateaban, los mordían, lospisoteaban. No hubo un solo animal en la granja que no se vengara de ellos asu manera. Hasta la gata saltó repentinamente de un tejado y aterrizó sobre loshombros de un vaquero, a quien hundió las garras en el cuello, arrancándoleun grito horrible. En un momento se abrió la puerta y los hombresaprovecharon para salir corriendo, buscando desesperados la carretera. Así,cinco minutos después de su invasión, se batieron en ignominiosa retirada porel mismo camino que los había traído, perseguidos por una bandada desiseantes gansos que no dejaban de picotearles las pantorrillas.Se habían ido todos los hombres menos uno. En el corral, Boxeadorempujaba con una pezuña al mozo de cuadra que yacía boca abajo en el lodo,tratando de darle la vuelta. El muchacho no se movía.—Está muerto —dijo Boxeador con tristeza—. No tenía ninguna intenciónde hacer eso. Me olvidé de que llevaba zapatos de hierro. ¿Quién va a creerque no lo hice a propósito?—¡Nada de sentimentalismo, camarada! —gritó Bola de Nieve, de cuyasheridas seguía manando sangre—. La guerra es la guerra. El único ser humanobueno es el ser humano muerto.—No deseo quitar la vida a nadie, ni siquiera a un ser humano —repitióBoxeador; tenía los ojos llenos de lágrimas.—¿Dónde está Marieta? —exclamó alguien.Era cierto que faltaba Marieta. Por un momento se alarmaron mucho;temían que los hombres le hubieran hecho algún daño, o incluso que se lahubieran llevado. Pero al final la encontraron escondida en su establo con lacabeza metida en el heno del pesebre. Al oír el disparo de la escopeta habíaechado a correr. Y cuando volvieron después de buscarla, descubrieron que elmozo de cuadra, que en realidad solo estaba aturdido, se había recuperado yhabía huido.Muy excitados, los animales habían vuelto a reunirse, y cada uno contaba avoz en cuello sus hazañas en la batalla. De inmediato improvisaron unacelebración de la victoria. Izaron la bandera y cantaron varias veces «Bestiasde Inglaterra»; después organizaron un solemne funeral por la oveja muerta ycolocaron encima de su tumba una mata de espino. Junto a la tumba, Bola deNieve pronunció un pequeño discurso, haciendo hincapié en la necesidad deque todos los animales se prepararan para morir por la Granja Animal si fueranecesario.Los animales decidieron unánimemente crear una condecoración militar,«Héroe animal de primera clase», que en el acto fue conferida a Bola de Nievey Boxeador. Consistía en una medalla de bronce (en realidad eran viejosadornos de latón que habían encontrado en el guadarnés) para usar losdomingos y los días festivos. También crearon «Héroe animal de segundaclase» que, a título póstumo, fue conferida a la oveja muerta.Discutieron mucho qué nombre poner a la batalla. Al final la llamaronBatalla del Establo de las Vacas, ya que era allí donde se había producido laemboscada. La escopeta del señor Jones apareció tirada en el barro, y se sabíaque había una provisión de cartuchos en la casa. Se decidió colocar el arma alpie del mástil, como una pieza de artillería, y dispararla dos veces al año: unael 12 de octubre, aniversario de la Batalla del Establo, y otra el día de SanJuan, aniversario de la Rebelión.VA medida que se acercaba el invierno, Marieta se iba volviendo másfastidiosa. Llegaba tarde al trabajo todas las mañanas y se disculpaba diciendoque se había quedado dormida, y se quejaba de dolores misteriosos aunquetenía un excelente apetito. Con cualquier pretexto abandonaba el trabajo e ibaal bebedero, donde se quedaba mirando su propio reflejo en el agua como unatonta. Pero también había rumores de algo más serio. Un día, cuando Marietasalió despreocupadamente al corral, coqueteando con la larga cola y mascandoun tallo de heno, Trébol la llevó aparte.—Marieta —dijo—, tengo algo muy serio que decirte. Esta mañana te vimirando por encima del seto que separa la Granja Animal de Monterraposo.Del otro lado del seto andaba uno de los peones del señor Pilkington. Yaunque yo estaba muy lejos, tengo casi la certeza de haber visto que te hablabay que tú te dejabas acariciar la nariz. ¿Qué significa eso, Marieta?—¡No, no hizo eso! ¡Yo no estaba allí! ¡No es cierto! —exclamó Marieta,empezando a hacer cabriolas y a patear el suelo.—¡Marieta! Mírame a la cara. ¿Me das tu palabra de honor de que esehombre no te estaba acariciando la nariz?—¡No es cierto! —repitió Marieta, pero no podía mirar a Trébol a la cara;de repente echó a correr y se alejó al galope hacia el campo.A Trébol se le ocurrió una idea. Sin decir nada a los demás, fue al establode Marieta y revolvió la paja con la pata. Escondidos debajo de la paja habíaun montoncito de terrones de azúcar y varias cintas de diferentes colores.Tres días más tarde Marieta desapareció. Durante algunas semanas nada sesupo de su paradero, y entonces las palomas informaron de que la habían vistoal otro lado de Willingdon. Estaba entre las varas de un elegante carro pintadode rojo y negro, detenido delante de una taberna. Un hombre gordo de caraenrojecida, pantalones bombachos a cuadros y polainas, que parecía untabernero, le acariciaba la nariz y le daba azúcar. Marieta tenía el pelo reciéncortado y llevaba una cinta escarlata en la crin. Según las palomas, parecíamuy satisfecha. Ninguno de los animales mencionó nunca más su nombre.En enero hizo un frío glacial. La tierra era como hierro y nada se podíahacer en el campo. Se celebraron muchas reuniones en el establo principal ylos cerdos se ocuparon de planificar el trabajo de la temporada siguiente. Sehabía llegado a aceptar que los cerdos, manifiestamente más inteligentes queel resto de los animales, debían decidir todas las cuestiones de políticaagrícola, aunque había que ratificar sus decisiones por mayoría de votos. Eseacuerdo habría funcionado razonablemente si no fuera por las disputas entreBola de Nieve y Napoleón. Discrepaban en cuanto fuera posible discrepar. Siuno proponía sembrar una superficie mayor de cebada, el otro con seguridadexigía una superficie mayor de avena, y si uno decía que tal o cual campo eraperfecto para repollos, el otro declaraba que solo servía para tubérculos. Cadauno tenía sus propios seguidores y había debates violentos. En las reunionesBola de Nieve obtenía a menudo la mayoría con sus brillantes discursos, peroNapoleón tenía más capacidad para obtener apoyos en los intervalos. Sobretodo tenía éxito con las ovejas. En los últimos tiempos a las ovejas les habíadado por balar: «Cuatro patas, sí; dos patas, no» en cualquier momento,interrumpiendo a menudo la reunión. Se observó que tendían a salir con«Cuatro patas, sí; dos patas, no» en los momentos decisivos de los discursosde Bola de Nieve. Bola de Nieve había estudiado de manera minuciosaalgunos viejos números de Agricultor y ganadero, que había encontrado en lagranja, y estaba lleno de planes para innovaciones y mejoras. Hablaba conautoridad sobre el drenaje de los campos, el ensilaje y el tratamiento de labasura, y había elaborado un complicado proyecto para que todos los animalesdejaran su estiércol directamente en los campos, en un lugar diferente cadadía, para ahorrar el trabajo de acarreo.Napoleón no presentaba proyectos propios, pero por lo bajo andabadiciendo que los de Bola de Nieve no servirían para nada, y parecía estaresperando el momento oportuno. Pero de todas sus controversias, ninguna fuetan reñida como la que los enfrentó por el molino de viento.En la extensa pradera, no lejos de los edificios, había una pequeña lomaque era el punto más alto de la granja. Después de inspeccionar el terreno,Bola de Nieve declaró que ese era el sitio indicado para instalar un molino deviento, que haría funcionar una dinamo y suministraría energía eléctrica a lafinca. Eso permitiría dar luz a las cuadras y poner calefacción en invierno, ytambién haría funcionar una sierra circular, una trituradora de paja, unacortadora de remolacha forrajera y una ordeñadora eléctrica. Los animalesnunca habían oído hablar de nada parecido (la granja era anticuada y solo teníala maquinaria más primitiva), y escuchaban con asombro, mientras Bola deNieve evocaba imágenes de máquinas fantásticas que harían su trabajomientras ellos pastaban a sus anchas en el campo o cultivaban la mente con lalectura y la conversación.A las pocas semanas, Bola de Nieve terminó de perfeccionar los planospara la construcción del molino. Los detalles mecánicos provenían sobre todode tres libros que habían pertenecido al señor Jones: Mil cosas útiles para lacasa, Cada hombre tiene su albañil y Electricidad para principiantes. En elcobertizo que Bola de Nieve usaba como estudio habían estado antes lasincubadoras, y tenía un suelo de madera suave, adecuado para dibujar encima.Se encerraba allí durante horas. Con los libros abiertos mediante la ayuda deuna piedra, apretando un pedazo de tiza con la pezuña, avanzaba y retrocedíacon rapidez, dibujando una línea tras otra y profiriendo gemidos de excitación.Poco a poco, los planos se convirtieron en una masa complicada de manivelasy ruedas dentadas que cubrían más de la mitad del suelo y que para los demásanimales resultaban completamente ininteligibles pero muy impresionantes.Todos acudían a ver los dibujos de Bola de Nieve por lo menos una vez al día.Hasta las gallinas y los patos iban, y se esforzaban por no pisar las marcas detiza. Solo Napoleón se mantenía al margen. Desde el principio se habíadeclarado contrario al molino de viento. Sin embargo, un día apareció demanera inesperada para examinar los planos. Caminó pesadamente por elcobertizo, observando de cerca cada detalle y olfateándolo un par de vecesantes de quedarse un rato contemplándolo por el rabillo del ojo; de repentelevantó la pata, orinó sobre los dibujos y salió sin pronunciar una palabra.La granja entera estaba profundamente dividida por el tema del molino deviento. Bola de Nieve no negaba que la construcción sería una empresa difícil.Habría que transportar las piedras e ir colocándolas en las paredes; despuéshabría que fabricar las aspas y a continuación necesitarían dinamos y cables.(Bola de Nieve no decía cómo harían para conseguirlos.) Pero sostenía que enun año se podría hacer todo. Y a partir de ese momento, declaraba, se ahorraríatanto trabajo que los animales solo tendrían que trabajar tres días a la semana.Napoleón, por su parte, sostenía que la gran necesidad del momento eraaumentar la producción de alimentos, y que si perdían el tiempo con el molinode viento todos se morirían de hambre. Los animales se dividieron en dosfacciones, cada una con su lema: «Vote por Bola de Nieve y la semana de tresdías» y «Vote por Napoleón y el pesebre lleno». Benjamín era el único animalque no se había aliado con ninguno de los bandos. Se negaba a creer quehubiera más abundancia de comida o que el molino de viento les ahorraratrabajo. Con o sin molino de viento, decía, la vida seguiría siendo la misma desiempre: es decir, mala.Aparte de las disputas sobre el molino de viento, estaba la cuestión de ladefensa de la granja. Sabían bien que, aunque los seres humanos habían sidoderrotados en la Batalla del Establo, podrían hacer otro intento, más decidido,por recuperar la granja y restituir al señor Jones. Razones no les faltaban,porque la noticia de su derrota se había extendido por el campo y había puestomás nerviosos que nunca a los animales de las granjas vecinas. Como decostumbre, Bola de Nieve y Napoleón estaban en desacuerdo. SegúnNapoleón, lo que los animales debían hacer era conseguir armas de fuego yaprender a usarlas. Según Bola de Nieve, debían enviar cada vez más palomasy provocar la rebelión de los animales de las otras granjas. El primeroargumentaba que si no podían defenderse serían fatalmente conquistados y elsegundo argumentaba que si se producían rebeliones en todas partes, nonecesitarían defenderse. Los animales escuchaban primero a Napoleón ydespués a Bola de Nieve y no sabían a quién dar la razón; de hecho, siempreestaban de acuerdo con el que hablaba en ese momento.Por fin llegó el día en el que quedaron terminados los planos de Bola deNieve. En la reunión del domingo siguiente se sometería a votación elproyecto de construcción del molino de viento. Cuando los animalesestuvieron reunidos en el establo principal, Bola de Nieve se levantó y, a pesarde algunas interrupciones por los balidos de las ovejas, expuso sus razonespara defender la construcción del molino. Después Napoleón se levantó pararesponder. Dijo, sin levantar la voz, que el molino era una tontería, aconsejóque nadie votara por él y enseguida volvió a sentarse; apenas había habladotreinta segundos y parecía indiferente al efecto de sus palabras. Al oírlas, Bolade Nieve se levantó de un salto, hizo callar con un grito a las ovejas, quehabían empezado a balar de nuevo, e inició un apasionado llamamiento enfavor del molino de viento. Hasta ese momento las simpatías de los animaleshabían estado casi repartidas por igual, pero por un instante la elocuencia deBola de Nieve los había entusiasmado. Con frases brillantes pintó un retrato decómo sería la granja si los animales no tuvieran que soportar el peso delsórdido trabajo. Ahora su imaginación iba mucho más allá de las trituradorasde paja y las cortadoras de nabos. La electricidad, decía, podría hacerfuncionar trilladoras, arados, gradas, rodillos, segadoras y empacadoras,además de dar a cada establo su propia luz eléctrica, agua caliente y fría ycalefacción. Cuando terminó de hablar, no había ninguna duda sobre elresultado de la votación. Pero en ese momento Napoleón se levantó, echó unaextraña mirada de reojo a Bola de Nieve y lanzó un chillido estridente comonadie le había conocido jamás.De repente se produjo un terrible aullido fuera, y nueve perros enormescon collares tachonados de clavos entraron violentamente en el establo. Selanzaron directamente hacia Bola de Nieve, que apenas logró saltar a tiempopara escapar de sus colmillos.En un instante salió por la puerta, perseguido por los perros. Demasiadoasombrados y asustados para hablar, los animales se apiñaron en la puerta paraobservar la persecución. Bola de Nieve corría por las largas tierras de pastoreoque llevaban a la carretera. Corría como solo un cerdo puede correr, pero losperros le pisaban los talones. De repente resbaló y pareció que ya le daríanalcance. Se levantó y siguió corriendo más rápido que nunca, mientras losperros acortaban la distancia. Uno de ellos casi logró atrapar con la mandíbulala cola de Bola de Nieve, pero Bola de Nieve la apartó a tiempo. Después hizoun esfuerzo adicional y, con unos centímetros de ventaja, se escabulló por unagujero que había en el seto y no se lo vio más.Silenciosos y aterrorizados, los animales volvieron cabizbajos al establo.En un instante reaparecieron los perros. Al principio nadie entendía de dóndehabían salido esas criaturas, pero pronto se resolvió el problema: eran loscachorros que Napoleón había quitado a sus madres y criado de maneraparticular. Aunque todavía no eran totalmente adultos, tenían un tamañoenorme y aspecto de lobos feroces. Se acercaron a Napoleón y se vio que lemeneaban la cola como solían hacer los otros perros con el señor Jones.Napoleón, acompañado por los perros, subió hasta la parte elevada delsuelo desde donde había pronunciado su discurso el Comandante. Anuncióque a partir de ese momento no habría más reuniones los domingos por lamañana. Eran innecesarias, dijo, y una pérdida de tiempo. En el futuro todaslas cuestiones relativas al funcionamiento de la granja serían resueltas por uncomité especial de cerdos presidido por él mismo. Ese comité se reuniría apuertas cerradas y después comunicaría sus decisiones a los demás. Losanimales seguirían reuniéndose los domingos por la mañana para saludar labandera, cantar «Bestias de Inglaterra» y recibir las órdenes de la semana, perono habría más debates.A pesar de la conmoción provocada por la expulsión de Bola de Nieve, eseanuncio consternó a los animales. Varios de ellos habrían protestado sihubiesen podido encontrar los argumentos adecuados. Hasta Boxeador estabaalgo perturbado. Echó las orejas hacia atrás, sacudió varias veces la crin y seesforzó por poner en orden los pensamientos; al final no se le ocurrió nada quedecir. Pero algunos de los cerdos eran más elocuentes. Cuatro cochinosjóvenes situados en la primera fila lanzaron estridentes chillidos dedesaprobación, y los cuatro se pusieron de pie y empezaron a hablar al mismotiempo. De repente, los perros sentados alrededor de Napoleón soltaron unosgruñidos graves y amenazadores y los cerdos callaron y volvieron a sentarse.Entonces las ovejas se pusieron a balar con tremenda fuerza «¡Cuatro patas, sí;dos patas, no!»; el griterío se prolongó durante casi un cuarto de hora y pusofin a cualquier posibilidad de discusión.Después enviaron a Chillón a recorrer la granja para explicar las nuevasdisposiciones a los demás.—Camaradas —decía—, confío en que todos los animales aprecien elsacrificio que ha hecho el camarada Napoleón al asumir esta nueva tarea. ¡Noimaginéis, camaradas, que el liderazgo es un placer! Por el contrario, es unahonda y pesada responsabilidad. Nadie cree con más firmeza que el camaradaNapoleón en la igualdad de todos los animales. Le encantaría dejar quevosotros tomarais vuestras decisiones. Pero a veces podríais equivocaros,camaradas, y ¿qué pasaría entonces? ¿Qué pasaría, por ejemplo, si hubieraisdecidido apoyar a Bola de Nieve y su estupidez sobre los molinos de viento, aBola de Nieve, que, como ahora sabemos, no es más que un criminal?—Luchó con valentía en la Batalla del Establo de las Vacas —dijo alguien.—La valentía no basta —dijo Chillón—. La lealtad y la obediencia sonmás importantes. Y en cuanto a la Batalla del Establo de las Vacas, creo quellegará el momento en que descubriremos que la participación de Bola deNieve se exageró mucho. ¡Disciplina, camaradas, disciplina de hierro! Esa eshoy la consigna. Un paso en falso y los enemigos se nos echarán encima.Estoy seguro, camaradas, de que nadie desea que vuelva Jones.De nuevo, ese argumento era incontestable. Los animales no querían, porsupuesto, que volviera Jones, y si la celebración de debates domingueros podíaconducir a su regreso, debía suspenderse. Boxeador, que había tenido tiempopara reflexionar, expresó el sentimiento general con estas palabras: «Si elcamarada Napoleón lo dice, debe de ser cierto». Y adoptó la máxima:«Napoleón siempre tiene razón», que añadió a su lema personal: «Trabajarémás duro».A esas alturas el tiempo había cambiado y los trabajos de labranzahabituales en la primavera estaban comenzando. El cobertizo donde Bola deNieve había dibujado los planos del molino de viento estaba cerrado y sesuponía que los planos habían sido borrados del suelo. Todos los domingos alas diez de la mañana los animales se reunían en el establo principal pararecibir las órdenes semanales. Habían desenterrado de la huerta el cráneo delViejo Comandante, ahora despojado de la carne, y lo habían colocado sobre untocón, al pie del mástil, junto a la escopeta. Después de izar la bandera, losanimales tenían que desfilar por delante del cráneo de manera reverente antesde entrar en el establo. Ahora no se sentaban todos juntos cómo en otra época.Napoleón, con Chillón y otro cerdo llamado Mínimus, que poseía unextraordinario don para componer canciones y poemas, se sentaba en la partedelantera de la plataforma elevada, con los nueve perros jóvenes formando unsemicírculo alrededor y los otros cerdos sentados detrás. Los demás animalesse sentaban frente a ellos en el cuerpo principal del establo. Napoleón dabalectura a las resoluciones de la semana en un áspero estilo militar, y despuésde cantar una sola vez «Bestias de Inglaterra», todos los animales sedispersaban.El tercer domingo después de la expulsión de Bola de Nieve, los animalesse sorprendieron bastante al oír a Napoleón anunciar que después de todo seconstruiría el molino de viento. No explicó por qué había cambiado de idea,pero advirtió a los animales de que esa tarea adicional implicaría un trabajomuy duro; incluso podrían llegar a tener que reducir las raciones. Pero losplanos estaban preparados hasta el último detalle. Un comité especial decerdos había estado trabajando en ellos durante las tres últimas semanas. Secalculaba que la construcción del edificio, con algunas otras mejoras, llevaríados años.Esa noche, Chillón explicó en privado al resto de los animales que enrealidad Napoleón nunca se había opuesto al molino de viento. Por elcontrario, él había sido el primero en proponerlo, y el plano que Bola de Nievehabía dibujado en el suelo del cobertizo de la incubadora había sido robado deentre los papeles de Napoleón. El molino de viento era, de hecho, creación deNapoleón. ¿Por qué, entonces, preguntó alguien, se había opuesto a suconstrucción de manera tan tenaz? En el rostro de Chillón se dibujó unaexpresión traviesa. Eso, dijo, había sido pura astucia del camarada Napoleón.Solo había parecido que se oponía al molino de viento como una maniobrapara deshacerse de Bola de Nieve, que era un personaje peligroso y una malainfluencia. Ahora que habían quitado de en medio a Bola de Nieve, el planpodría seguir adelante sin su interferencia. Eso, dijo Chillón, se llamabatáctica. Lo repitió varias veces: «¡Táctica, camaradas, táctica!», saltando ymoviendo la cola con una risa alegre. Los animales no sabían bien quésignificaba esa palabra, pero Chillón había sido tan persuasivo y los tres perrosque lo acompañaban gruñeron de manera tan amenazadora que aceptaron suexplicación sin más preguntas.VITodo ese año los animales trabajaron como esclavos. Pero el trabajo loshacía felices; como sabían que todo lo que hacían los beneficiaría a ellos y asus descendientes y no a una pandilla de seres humanos ociosos y ladrones, noahorraban esfuerzos ni sacrificios.Durante toda la primavera y el verano trabajaron sesenta horas por semana,y en agosto Napoleón anunció que también tendrían que trabajar los domingospor la tarde. Ese trabajo era estrictamente voluntario, pero el animal que senegara a hacerlo vería reducidas sus raciones a la mitad. Aun así, no pudieroncumplir ciertas tareas. La cosecha no había sido tan buena como el añoanterior, y dos campos donde tendrían que haber sembrado tubérculos acomienzos del verano seguían esperando porque no habían podido ararlos atiempo. Poco costaba prever que el siguiente invierno sería muy duro.El molino de viento presentó dificultades inesperadas. Tenían una buenacantera de piedra caliza en la granja, y habían encontrado una gran cantidad dearena y cemento en una de las dependencias, de manera que todos losmateriales para la construcción estaban a su alcance. Pero el problema que enun primer momento no pudieron resolver los animales fue cómo romper lapiedra en trozos del tamaño adecuado. Parecía que la única manera de hacerloera con picos y palancas, que ningún animal podía utilizar porque no andabaerguido sobre las patas traseras. Solo después de semanas de esfuerzo vanotuvo alguien la idea apropiada: utilizar la fuerza de la gravedad. El fondo de lacantera estaba cubierto de enormes cantos rodados, demasiado grandes paraser utilizados. Los animales los ataban con cuerdas y después, todos juntos,vacas, caballos, ovejas, cualquier animal que pudiera aferrar la cuerda —aveces incluso participaban los cerdos en los momentos críticos—, losarrastraban con lentitud desesperante por la ladera hasta la cima de la cantera,desde donde los arrojaban por el borde para que al caer se rompieran enpedazos. El transporte de la piedra una vez rota era relativamente sencillo. Loscaballos se la llevaban en el carro, las ovejas arrastraban bloques individuales;hasta Muriel y Benjamín, tirando de un coche de gobernanta, hacían lo suyo. Afinales del verano habían acumulado una cantidad suficiente de piedra yentonces dieron comienzo a la construcción, supervisados por los cerdos.Pero era un proceso lento y laborioso. Con frecuencia tardaban un díaentero de esfuerzo agotador en arrastrar una sola piedra hasta la cima de lacantera, y a veces, cuando la arrojaban por el borde, no se rompía. Nadahubiera sido posible sin Boxeador, cuya fuerza parecía equivaler a la del restode los animales juntos.Cuando la piedra empezaba a resbalar y los animales, arrastrados laderaabajo, gritaban desesperados, era siempre Boxeador quien, sujetando confuerza la cuerda, lograba detener la piedra. Verlo afanarse centímetro acentímetro cuesta arriba, jadeando, arañando el suelo con las puntas de loscascos, los enormes flancos empapados de sudor, despertaba la admiración detodos. Trébol le advertía a veces que se cuidara y no se esforzara tanto, peroBoxeador nunca le hacía caso. En sus dos lemas («Trabajaré más duro» y«Napoleón siempre tiene razón») parecía encontrar respuesta suficiente atodos sus problemas. Había acordado con el gallo joven que lo llamara nomedia hora sino tres cuartos de hora más temprano todas las mañanas. Y en losratos libres, que ahora no le sobraban, iba solo a la cantera, preparaba unacarga de piedra picada y la arrastraba sin ayuda hasta el lugar donde seencontraba el molino de viento.A pesar de la dureza del trabajo, los animales no pasaron tan mal eseverano. Aunque no había más comida que en la época de Jones, tampoco habíamenos. La ventaja de tener que alimentarse ellos solos, y no tener quemantener a cinco extravagantes seres humanos, era tan grande que harían faltamuchos fracasos para perderla. Y en muchos sentidos la manera animal dehacer las cosas era más eficiente y ahorraba trabajo. Por ejemplo, la tarea dearrancar las malas hierbas se podía hacer con una minuciosidad imposible paralos seres humanos. Además, como ahora ningún animal robaba, no hacía faltautilizar cercas para separar los pastizales de las tierras cultivables, lo queahorraba mucha mano de obra destinada al mantenimiento de setos y puertas.Sin embargo, al avanzar el verano empezaron a escasear de manera imprevistaalgunas cosas. Faltaba queroseno, clavos, cuerdas, galletas para perros ytambién hierro para las herraduras de los caballos, nada de lo cual podíaproducirse en la granja. Más tarde también harían falta semillas y abonosartificiales, además de algunas herramientas y, finalmente, la maquinaria parael molino de viento. No se les ocurría cómo podrían conseguir todo eso.Un domingo por la mañana, cuando los animales se reunieron para recibirlas habituales órdenes, Napoleón anunció que había decidido adoptar unanueva política. A partir de ese momento la Granja Animal iniciaría unintercambio con las granjas vecinas: no, por supuesto, con ánimo comercial,sino para obtener ciertos materiales que necesitaban con urgencia. Lasnecesidades del molino de viento tendrían prioridad sobre todo lo demás, dijo.Estaba, por lo tanto, negociando la venta de una pila de heno y parte de lacosecha de trigo del año en curso, y luego, si hiciera falta más dinero, tendríanque recurrir a la venta de huevos, para lo que siempre había un mercado enWillingdon. Las gallinas, dijo Napoleón, deberían aceptar ese sacrificio comocontribución especial a la construcción del molino de viento.De nuevo, los animales sintieron una vaga inquietud. No tener nunca tratoalguno con los seres humanos, no dedicarse nunca al comercio, no usar nuncadinero... ¿No eran esas algunas de las decisiones adoptadas en aquella primerareunión triunfal después de la expulsión de Jones? Todos los animalesrecordaban haber aprobado esas resoluciones, o al menos creían que lorecordaban. Los cuatro cerdos jóvenes que habían protestado cuandoNapoleón abolió las reuniones levantaron tímidamente la voz, pero fueronsilenciados de inmediato por los tremendos gruñidos de los perros. Entonces,como de costumbre, irrumpieron las ovejas con «¡Cuatro patas, sí; dos patas,no!», y la momentánea tensión se aflojó. Napoleón levantó la pezuña pidiendosilencio y anunció que ya tenía todo dispuesto. No haría falta que ninguno delos animales entrara en contacto con seres humanos, lo que sería muyindeseable. Él cargaría con toda la responsabilidad. Un tal Whymper, abogadoque vivía en Willingdon, había accedido a actuar como intermediario entre losanimales de la Granja Animal y el mundo exterior, y visitaría la granja todoslos lunes por la mañana para recibir instrucciones. Napoleón cerró el discursocon el habitual grito de «¡Viva la Granja Animal!» y tras cantar «Bestias deInglaterra» dio por terminado el acto.Después Chillón recorrió la granja tranquilizando a los animales. Lesaseguró que la resolución contra la participación en el comercio y el uso dedinero nunca se había aprobado, ni siquiera sugerido. Era pura imaginación, yquizá se podía rastrear su origen en mentiras difundidas por Bola de Nieve.Algunos animales seguían con dudas, y Chillón les hizo una preguntaastuta: «¿Estáis seguros de que no lo habéis soñado, camaradas? ¿Tenéis algúnregistro de esa resolución? ¿Está escrita en alguna parte?». Y como era ciertoque nada de eso existía por escrito, los animales aceptaron con satisfacción suerror.Todos los lunes, como se había acordado, el señor Whymper visitaba lagranja. Era un astuto hombrecito de patillas, abogado de poca monta pero lobastante listo para haber comprendido antes que nadie que la Granja Animalnecesitaría un agente al que bien valdría la pena pagar comisiones. Losanimales observaban su ir y venir con algo de terror y lo evitaban en la medidade lo posible. Sin embargo, ver a Napoleón impartiendo órdenes sobre lascuatro patas a Whymper, que andaba sobre dos, los llenaba de orgullo y hastacierto punto les permitía aceptar el nuevo plan. Su relación con la raza humanaya no era exactamente la misma de antes. Los seres humanos no odiabanmenos la Granja Animal ahora que disfrutaba de cierta prosperidad; de hecho,la odiaban más que nunca. Todo ser humano tenía para sí que la fincaquebraría tarde o temprano y, sobre todo, que el molino de viento sería unfracaso. Se reunían en las tabernas y mediante diagramas se demostraban queel molino caería forzosamente, y que si seguía en pie no funcionaría nunca.Sin embargo, contra su voluntad, empezaban a sentir cierto respeto por laeficiencia con que los animales gestionaban sus propios asuntos. Síntoma deese cambio era que habían dejado de llamar a la finca Granja Solariega yempezaban a llamarla por su propio nombre, Granja Animal. Tampocodefendían más a Jones, que había perdido la esperanza de recuperar su granjay se había ido a vivir a otra parte del condado. Fuera de la intermediación deWhymper, no había aún ningún contacto entre la Granja Animal y el mundoexterior, pero circulaban constantes rumores de que Napoleón estaba a puntode celebrar un acuerdo comercial con el señor Pilkington de Monterraposo ocon el señor Frederick de Campocorto pero, por supuesto, nuncasimultáneamente con los dos.Fue en esa época cuando los cerdos se mudaron de repente a la casa de lagranja y se establecieron allí. Una vez más, los animales creyeron recordar queal comienzo se había aprobado una resolución contraria a esa medida, y denuevo Chillón logró convencerlos de su error. Era totalmente necesario,explicó, que los cerdos, como cerebros de la granja, tuvieran un sitio tranquilopara trabajar. También era más adecuado a la dignidad del líder (últimamentetenía la costumbre de dar a Napoleón el título de «líder») vivir en una casa queen una simple pocilga. No obstante, algunos de los animales se molestaron alsaber que los cerdos no solo comían en la cocina y usaban el salón como lugarde recreo sino que también dormían en las camas. Como de costumbre,Boxeador quitó importancia al asunto repitiendo lo de «¡Napoleón siempretiene razón!», pero Trébol, que creía recordar una firme disposición contra eluso de las camas, fue hasta el fondo del establo e intentó descifrar los sietemandamientos allí grabados. Como solo podía leer las letras una por una,recurrió a Muriel.—Muriel —dijo—, léeme el cuarto mandamiento. ¿No dice algo acerca deno dormir nunca en una cama?Muriel leyó con cierta dificultad.—Dice: «Ningún animal dormirá en una cama con sábanas».Curiosamente, Trébol no recordaba que el cuarto mandamiento mencionaralas sábanas, pero como eso estaba en la pared, suponía que debía de ser cierto.Y Chillón, que pasaba por allí en ese momento, acompañado por dos o tresperros, logró poner las cosas en su justa perspectiva.—¿Así que habéis oído, camaradas —dijo—, que ahora los cerdosduermen en las camas de la casa? ¿Y por qué no? Supongo que no iréis apensar que alguna vez se prohibió el uso de las camas. Una cama significanada más que un sitio para dormir. Bien mirado, un montón de paja en unestablo es una cama. La norma prohibía las sábanas, que son una invenciónhumana. Hemos quitado las sábanas de las camas de la casa y dormimos entremantas. ¡Y vaya si son cómodas! Pero os puedo asegurar que no mucho máscómodas de lo necesario, camaradas, con todo el trabajo intelectual que ahoranos toca. ¿Verdad que no queréis privarnos de nuestro descanso, camaradas?¿Verdad que no queréis vernos demasiado cansados para cumplir con nuestrosdeberes? Estoy seguro de que ninguno de vosotros desea que regrese Jones.Los animales se apresuraron a tranquilizarlo, y no se volvió a tocar el temade las camas y los cerdos. Y cuando se anunció, unos días después, que apartir de ese momento los cerdos dormirían por la mañana una hora más que elresto de los animales, tampoco hubo quejas.Al llegar el otoño los animales estaban cansados pero felices. Habíantenido un año duro, y después de la venta de parte de la paja y del maíz lasreservas de alimentos para el invierno no eran muy abundantes, pero el molinode viento compensaba todo. Ya estaba casi a medio construir. Después de lacosecha hubo un período de tiempo despejado y seco y los animales seesforzaron más que nunca, pensando que valía la pena afanarse todo el díallevando y trayendo bloques de piedra si con eso podían levantar las paredesalgunos centímetros más. Boxeador incluso iba por las noches y trabajaba porsu cuenta durante una hora o dos a la luz de la luna llena.En sus ratos libres los animales daban vueltas y vueltas alrededor delmolino inconcluso, admirando la fortaleza y la perpendicularidad de susparedes y maravillándose de su capacidad para construir algo tan imponente.Solo el viejo Benjamín se negaba a entusiasmarse con el molino de viento,aunque, como siempre, se limitaba a repetir el críptico comentario de que losburros viven mucho tiempo.Llegó noviembre con furiosos vientos del suroeste. Hubo que detener laconstrucción porque el exceso de humedad impedía mezclar el cemento.Finalmente llegó una noche en la que el viento sopló con tanta violencia quehizo temblar los edificios y arrancó varias tejas del establo. Las gallinas sedespertaron chillando de terror porque todas habían soñado al mismo tiempocon un disparo de escopeta a lo lejos. Por la mañana, al salir de los establos,los animales descubrieron que se había caído el mástil de la bandera y que unolmo, en un rincón de la huerta, había sido arrancado como si fuera un rábano.Acababan de ver eso cuando de la garganta de todos los animales brotó ungrito de desesperación. Tenían ante ellos un terrible espectáculo. El molinoestaba en ruinas.Corrieron todos al mismo tiempo hacia el lugar. Napoleón, que rara vezsalía siquiera a dar una vuelta, fue el más rápido. Sí, allí estaba, el fruto detodos sus esfuerzos completamente demolido, esparcidas por todas partes laspiedras que tan laboriosamente habían partido y transportado. Mudos alprincipio, se quedaron mirando con tristeza el revoltijo de piedras caídas.Napoleón iba y venía en silencio, olfateando a veces el suelo. Se le habíaendurecido la cola y la torcía bruscamente de un lado a otro, lo que denotabauna intensa actividad mental. De repente se detuvo como si su mente hubierallegado a una conclusión.—Camaradas —dijo en voz baja—, ¿sabéis quién es el culpable de esto?¿Sabéis quién es el enemigo que ha venido por la noche y ha derribado nuestromolino de viento? ¡Bola de Nieve! —rugió de repente con voz de trueno—.¡Bola de Nieve ha hecho esto! Por pura maldad, pensando en retrasar nuestrosplanes y vengarse por su ignominiosa expulsión, ese traidor se ha arrastradohasta aquí al amparo de la noche y ha destruido nuestro trabajo de casi un año.Camaradas, aquí y ahora pronuncio la sentencia de muerte de Bola de Nieve.Nombraré «Héroe animal de segunda clase» y le daré media fanega demanzanas al animal que haga justicia con él. ¡Una fanega entera a quien loaprese con vida!Los animales se quedaron estupefactos al enterarse de que Bola de Nievepodía ser el culpable de semejante acción. Hubo un grito de indignación y todoel mundo se puso a pensar en maneras de capturar a Bola de Nieve si algunavez regresaba. Casi de inmediato aparecieron en la hierba, a poca distancia dela loma, las huellas de un cerdo. Solo se las podía seguir unos metros, peroparecían conducir a un agujero en el seto. Napoleón las olió y dictaminó quepertenecían a Bola de Nieve. Expresó su opinión de que Bola de Nieveprobablemente había venido del lado de la granja de Monterraposo.—¡Basta de demoras, camaradas! —gritó Napoleón después de estudiar lashuellas—. Tenemos cosas que hacer. Esta misma mañana empezaremos areconstruir el molino, y trabajaremos en él durante todo el invierno, llueva otruene. Enseñaremos a ese miserable traidor que no nos puede deshacer eltrabajo con tanta facilidad. Recordad, camaradas, que no debe haber ningunaalteración en nuestros planes: los cumpliremos de manera inflexible.¡Adelante, camaradas! ¡Viva el molino de viento! ¡Viva la Granja Animal!VIIFue un invierno duro. Al tiempo tormentoso siguieron nevadas y despuésuna fuerte helada que duró hasta bien entrado febrero. Los animales siguierontrabajando con todas sus fuerzas en la reconstrucción del molino de viento,sabiendo que el mundo exterior los observaba y que los envidiosos sereshumanos se alegrarían y celebrarían que el molino no estuviera terminado atiempo.Por rencor, los seres humanos fingían no creer que la destrucción delmolino de viento fuera obra de Bola de Nieve: decían que se había caídoporque las paredes eran demasiado delgadas. Los animales sabían que no eraasí. De todas formas, decidieron no dar esa vez a las paredes un espesor decincuenta centímetros como antes sino de un metro, lo que significaba recogercantidades de piedra mucho mayores. Durante mucho tiempo la cantera estuvocubierta de nieve, lo que impedía utilizarla. Avanzaron algo después, durantela seca helada, pero era un trabajo cruel y los animales habían perdido algo deoptimismo. Siempre tenían frío y por lo general también hambre. Los únicosque nunca se desanimaban eran Boxeador y Trébol. Chillón pronunciabaexcelentes discursos sobre la alegría de servir a los demás y la dignidad deltrabajo, pero los otros animales encontraban más inspiración en la fortaleza deBoxeador y en su infalible grito de «¡Trabajaré más duro!».En enero faltaron alimentos. Se redujo drásticamente la ración de maíz y seanunció que se compensaría con una ración adicional de patatas. Entonces sedescubrió que la mayor parte de la cosecha de patatas se había congelado porque no la habían protegido con una capa de paja suficientemente gruesa. Laspatatas se habían ablandado y habían perdido color y pocas eran comestibles.Durante días enteros los animales no tuvieron para comer más que paja yremolacha. El hambre parecía mirarlos a la cara.Era de vital importancia ocultar ese hecho al mundo exterior.Envalentonados por la caída del molino de viento, los seres humanosinventaban nuevas mentiras sobre la Granja Animal. Decían otra vez que todoslos animales se estaban muriendo de hambre y de enfermedades, que sepeleaban todo el tiempo y que habían recurrido al canibalismo y alinfanticidio. Napoleón sabía muy bien que si trascendía la verdadera situaciónalimentaria sufrirían desastrosas consecuencias, y decidió utilizar al señorWhymper para difundir la impresión contraria. Hasta ese momento losanimales habían tenido poco o ningún contacto con Whymper en sus visitassemanales, pero entonces se instruyó a unos pocos animales seleccionados,sobre todo ovejas, para que durante el encuentro comentaran de pasada que leshabían aumentado las raciones. Además, Napoleón ordenó llenar de arena casihasta el tope los graneros poco menos que vacíos y cubrir eso con los granos yla harina que quedaban. Con un pretexto cualquiera llevaron a Whymper arecorrer el depósito para que viera los graneros. El hombre, engañado, siguióinformando al mundo exterior de que no había escasez de alimentos en laGranja Animal.Sin embargo, hacia finales de enero era evidente que necesitaríanconseguir más cereales en algún sitio. En esa época Napoleón rara vezaparecía en público; pasaba todo el tiempo encerrado en la casa, cuyas puertasestaban custodiadas por perros de aspecto feroz. Cuando salía lo hacía demanera solemne, con una escolta de seis perros que lo rodeaban de cerca ygruñían si alguien se acercaba. Muchas veces ni siquiera aparecía losdomingos por la mañana y daba las órdenes a través de otro cerdo, casisiempre Chillón.Un domingo por la mañana Chillón anunció que las gallinas, que acababande poner, debían entregar los huevos. Napoleón había aceptado, porintermedio de Whymper, un contrato por cuatrocientos huevos semanales. Elprecio fijado alcanzaría para comprar cereales y harina suficientes paramantener la granja hasta que llegara el verano y mejoraran las condiciones.Cuando se enteraron, las gallinas manifestaron ruidosamente suindignación. Ya se les había advertido de que quizá tendrían que hacer esesacrificio, pero no habían tomado la posibilidad muy en serio. Estabanpreparándose para empollar la nidada de primavera y protestaronargumentando que quitarles los huevos en ese momento era un crimen. Porprimera vez desde la expulsión de Jones se produjo algo parecido a unarebelión. Lideradas por tres jóvenes negras menorquinas, las gallinas pusierontodo su empeño en frustrar los deseos de Napoleón. Su método consistía envolar hasta las vigas y poner allí los huevos, que se rompían al estrellarsecontra el suelo. La respuesta de Napoleón fue rápida y despiadada. Ordenó quese dejara de alimentar a las gallinas y decretó que cualquier animal que dieraun solo grano de maíz a una gallina sería castigado con la muerte. Los perrosgarantizaron que se cumplieran esas órdenes. Las gallinas resistieron cincodías, al cabo de los cuales capitularon y volvieron a sus ponederos. Entretantohabían muerto nueve de ellas. Enterraron sus cadáveres en el huerto y seanunció que habían muerto de coccidiosis. Whymper no se enteró del asunto ylos huevos fueron entregados como estaba previsto: una vez a la semana elfurgón de un tendero iba a la granja a buscarlos.Durante todo ese tiempo no se había sabido nada de Bola de Nieve.Circulaba el rumor de que estaba escondido en una de las granjas vecinas, enMonterraposo o en Campocorto. A esas alturas Napoleón se llevaba un pocomejor que antes con los otros agricultores. Sucedió que había en el patio unmontón de madera apilada allí diez años antes, después de talar un hayal.Estaba bien seca, y Whymper aconsejó a Napoleón que la vendiera; tanto elseñor Pilkington como el señor Frederick estaban impacientes por comprarla.Napoleón dudaba entre los dos y no terminaba de tomar una decisión. Seadvirtió que cada vez que parecía a punto de llegar a un acuerdo conFrederick, se anunciaba que Bola de Nieve estaba escondido en Monterraposo;cuando se inclinaba por Pilkington, se decía que Bola de Nieve estaba enCampocorto.De pronto, a principios de la primavera, se descubrió algo alarmante. ¡Bolade Nieve frecuentaba la granja en secreto por las noches! Los animales estabantan perturbados que casi no podían dormir en los establos. Todas las noches, sedecía, llegaba al amparo de la oscuridad y causaba todo tipo de daños. Robabael maíz, volcaba los cubos de la leche, rompía los huevos, pisoteaba lossemilleros, roía la corteza de los árboles frutales. Cada vez que algo andabamal, lo habitual era atribuírselo a Bola de Nieve. Si se rompía una ventana o setapaba un desagüe, alguien tenía la certeza de que Bola de Nieve había llegadopor la noche para hacerlo, y cuando se perdió la llave del depósito toda lagranja se convenció de que Bola de Nieve la había tirado en el pozo.Curiosamente, siguieron creyéndolo aun después de que la llave aparecieradebajo de una bolsa de harina. Las vacas confesaban unánimemente que Bolade Nieve entraba en los establos y las ordeñaba mientras dormían. Se decíatambién que las ratas, tan problemáticas durante el invierno, se habíanconfabulado con Bola de Nieve.Napoleón dispuso investigar a fondo las actividades de Bola de Nieve.Acompañado por sus perros, recorrió los edificios de la granjainspeccionándolos minuciosamente, seguido a una respetuosa distancia por elresto de los animales. Cada cierto número de pasos Napoleón se detenía yolfateaba el suelo buscando rastros de las pisadas de Bola de Nieve, que segúnél podía detectar por el olor. Olfateó cada rincón del granero, del establo de lasvacas, de los gallineros, de la huerta, y encontró rastros de Bola de Nieve encasi todas partes. Pegaba el hocico al suelo, olisqueaba con fuerza y con vozterrible exclamaba: «¡Bola de Nieve! ¡Ha estado aquí! ¡Lo hueloperfectamente!», y al oír las palabras «Bola de Nieve» todos los perrossoltaban gruñidos aterradores y mostraban los colmillos.Los animales se asustaron mucho. Sentían que Bola de Nieve era unaespecie de influencia invisible que impregnaba el aire y los amenazaba contodo tipo de peligros. Por la noche, Chillón los reunió a todos, y con cara depreocupación les dijo que tenía noticias muy serias.—¡Camaradas —gritó, dando unos saltitos nerviosos—, se ha descubiertouna cosa terrible! ¡Bola de Nieve se ha vendido a Frederick, de la granjaCampocorto, que está tramando atacarnos y arrebatarnos la granja! Bola deNieve le servirá de guía cuando comience el ataque. Pero hay algo peor.Creíamos que la rebelión de Bola de Nieve había sido causada simplementepor su vanidad y por su ambición. Pero nos equivocábamos, camaradas.¿Sabéis cuál fue el verdadero motivo? ¡Bola de Nieve estuvo confabulado conJones desde el principio! Fue todo el tiempo agente secreto de Jones. Lodemuestran unos documentos que dejó y que acabamos de descubrir. En miopinión, camaradas, eso explica muchas cosas. ¿Acaso no vimos con nuestrospropios ojos cómo intentaba, por fortuna sin éxito, llevarnos a la derrota y a ladestrucción durante la batalla del Establo de las Vacas?Los animales habían quedado estupefactos. Era una maldad que superabacon creces la destrucción del molino de viento. Pero tardaron varios minutosen asimilar la noticia. Todos recordaban, o creían recordar, haber visto a Bolade Nieve atacando en primera línea durante la Batalla del Establo de las Vacas;cómo los había unido y animado en todo momento y cómo no había cejadonunca, ni siquiera cuando los perdigones de la escopeta de Jones lo habíanherido en el lomo. Al principio les costó un poco entender cómo cuadraba esocon el apoyo a Jones. Hasta Boxeador, que rara vez hacía preguntas, estabaperplejo. Se echó en el suelo, metió debajo del cuerpo los cascos delanteros,cerró los ojos y con un gran esfuerzo logró formular sus pensamientos.—Eso no me lo creo —dijo—. Bola de Nieve peleó con valentía en laBatalla del Establo de las Vacas. Lo vi con mis propios ojos. ¿Acaso no locondecoramos inmediatamente con la insignia de «Héroe animal de primeraclase»?—Eso fue un error, camarada. Ahora sabemos, porque está escrito en losdocumentos secretos que hemos encontrado, que en realidad trataba dellevarnos a la derrota.—Pero resultó herido —dijo Boxeador—. Todos lo vimos sangrar.—¡Eso era parte del acuerdo! —gritó Chillón—. El tiro de Jones apenas lorozó. Os podría mostrar sus propias palabras si fuerais capaces de leerlas. Elplan era que Bola de Nieve, en el momento crítico, diera una señal de huida ydejara el campo de batalla al enemigo. Y a punto estuvo de lograrlo; os diréincluso, camaradas, que si no hubiera sido por nuestro heroico líder, elcamarada Napoleón, se habría salido con la suya. ¿No recordáis cómo, en elpreciso momento en que Jones y sus hombres se metían en el corral, Bola deNieve dio de repente media vuelta y huyó, seguido por muchos animales? ¿Yno recordáis, también, que fue justo en ese momento, cuando cundía el pánicoy todo parecía perdido, que el camarada Napoleón arremetió al grito de«¡Muerte a la humanidad!» y hundió los colmillos en la pierna de Jones? Esolo recordáis, ¿verdad, camaradas? —exclamó Chillón, brincando de un ladopara otro.Al describir Chillón la escena de manera tan gráfica, los animales tuvieronla impresión de que la recordaban. En cualquier caso, recordaban que en elmomento crítico de la batalla Bola de Nieve había huido. Pero Boxeadortodavía estaba un poco intranquilo.—No creo que Bola de Nieve fuera un traidor al principio —fue suconclusión—. Lo que hizo después ya es diferente. Pero creo que en la Batalladel Establo fue un buen camarada.—Nuestro líder, el camarada Napoleón —anunció Chillón, hablandopausadamente pero con firmeza—, ha afirmado categóricamente, digocategóricamente, camarada, que Bola de Nieve fue agente de Jones desde elprincipio; sí, incluso desde mucho antes de que se pensara en la rebelión.—¡Ah, eso es diferente! —dijo Boxeador—. Si lo dice el camaradaNapoleón, debe de ser cierto.—¡Ese es el verdadero espíritu, camarada! —exclamó Chillón, aunque nopasó inadvertida la muy fea mirada que lanzó a Boxeador con aquellos ojitosbrillantes. Dio media vuelta para irse y entonces se detuvo y añadió algoimpresionante—: Aconsejo a todos los animales de esta granja que tengan losojos muy abiertos. ¡Hay motivos para pensar que algunos de los agentessecretos de Bola de Nieve se esconden entre nosotros en este momento!Cuatro días después, al atardecer, Napoleón ordenó que todos los animalesse reunieran en el corral.Cuando estuvieron todos juntos, Napoleón salió de la casa luciendo las dosmedallas (porque hacía poco se había nombrado «Héroe animal de primeraclase» y «Héroe animal de segunda clase»), con sus nueve enormes perrosbrincando alrededor y soltando gruñidos que daban escalofríos a los animales.Todos agacharon la cabeza en silencio, como si supieran que algo terrible iba asuceder.Después de observar con severidad a su público, Napoleón lanzó ungemido agudo. De inmediato, los perros saltaron, agarraron de la oreja acuatro de los cerdos y los arrastraron, chillando de dolor y terror, hasta los piesde Napoleón. Las orejas de los cerdos sangraban; los perros habían probado lasangre y por un instante pareció que iban a enloquecer. Ante el asombro detodos, tres de ellos se arrojaron sobre Boxeador. Boxeador los vio venir,levantó un enorme casco, pilló a uno en el aire y lo inmovilizó contra el suelo.El perro chilló pidiendo clemencia y los otros dos huyeron con el rabo entrelas patas. Boxeador miró a Napoleón para saber si debía aplastar al perro ymatarlo o dejarlo ir. Napoleón pareció cambiar de semblante y bruscamenteordenó a Boxeador que soltara el perro; Boxeador levantó el casco y el perrose escabulló, magullado y aullando.Enseguida se acabó el tumulto. Los cuatro cerdos esperaron, temblando,con la culpa escrita en cada arruga de la cara. Entonces Napoleón les pidió queconfesaran sus delitos. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado alabolir Napoleón las reuniones de los domingos. Sin más coacción confesaronque habían estado secretamente en contacto con Bola de Nieve desde suexpulsión, que habían colaborado con él en la destrucción del molino deviento y que habían acordado con él traspasar la Granja Animal al señorFrederick. Añadieron que Bola de Nieve había admitido ante ellos, en privado,que llevaba muchos años siendo agente secreto de Jones. Al terminar laconfesión, los perros se apresuraron a destrozarles la garganta, y Napoleón,con voz terrible, preguntó si algún otro animal tenía algo que confesar.Las tres gallinas que habían sido las cabecillas de la tentativa de rebeliónpor la venta de los huevos se adelantaron y declararon que Bola de Nieve seles había aparecido en un sueño y las había incitado a desobedecer las órdenesde Napoleón. También a ellas las mataron brutalmente. Después se presentóun ganso y confesó haber ocultado y comido por la noche seis mazorcasdurante la cosecha del año anterior. A continuación, una oveja confesó haberorinado en el abrevadero, instada, dijo, por Bola de Nieve, y otras dos ovejasconfesaron haber asesinado a un viejo carnero, un seguidor de Napoleónespecialmente fiel, persiguiéndolo alrededor de una fogata mientras sufría unataque de tos. Los mataron a todos en el acto. Y la historia de confesiones yejecuciones continuó hasta que hubo un montón de cadáveres a los pies deNapoleón y el aire olió a sangre, algo desconocido en ese lugar desde laexpulsión de Jones.Al terminar todo, los restantes animales, excepto los cerdos y los perros, sealejaron juntos. Estaban impresionados y abatidos. No sabían qué era máshorrible, si la traición de los animales que se habían aliado con Bola de Nieveo el cruel castigo que acababan de presenciar. En los viejos tiempos habíahabido a menudo escenas de derramamiento de sangre tan terribles como esas,pero a todos les parecía que era mucho peor ahora que ocurría entre ellos.Desde la partida de Jones ningún animal había matado a otro animal. Nisiquiera se había matado a una rata. Habían ido hasta la pequeña loma dondese levantaba a medio terminar el molino de viento y de común acuerdo sehabían echado acurrucándose como para darse calor: Trébol, Muriel,Benjamín, las vacas, las ovejas y una bandada entera de gansos y gallinas;todos, de hecho, menos la gata, que había desaparecido de repente cuandoNapoleón iba a ordenar que se reunieran los animales. Durante un rato nadiehabló. Solo Boxeador permanecía de pie. No paraba de moverse y de menearla larga cola negra contra los costados, soltando de vez en cuando un relinchode sorpresa. Finalmente dijo:—No lo entiendo. Nunca hubiera creído que podrían ocurrir estas cosas ennuestra granja. Debemos de tener algún defecto. Para mí, la solución estrabajar más duro. A partir de ahora me levantaré una hora más temprano todaslas mañanas.Se alejó con su pesado trote hacia la cantera. Al llegar allí recogió doscargas de piedra sucesivas y las arrastró hasta el molino antes de retirarse adormir.Sin hablar, los animales se apiñaron alrededor de Trébol. La loma dondeestaban les daba una perspectiva amplia del campo circundante. Tenían lamayor parte de la Granja Animal al alcance de la vista: la larga pradera que seextendía hasta la carretera, el henar, la arboleda, el bebedero, los camposarados cubiertos de verde y apretado trigo y los tejados rojos de los edificiosde la granja por cuyas chimeneas brotaba humo. Era una tarde clara deprimavera. Los horizontales rayos de sol doraban la hierba y los setos floridos.A los animales nunca la granja les había parecido un lugar tan deseable; concierta sorpresa recordaron que les pertenecía, que eran dueños de cadacentímetro cuadrado. Trébol miró ladera abajo y se le llenaron los ojos delágrimas. Si hubiera podido expresar sus pensamientos, habría sido para decirque no era eso lo que habían querido al ponerse a trabajar, hacía años, por elderrocamiento de la raza humana. No eran esas escenas de terror y masacre loque buscaban la noche en que el Viejo Comandante los había incitado a larebelión. Si hubiera tenido alguna imagen del futuro, habría sido la de unasociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cadauno trabajando de acuerdo a su capacidad, los fuertes protegiendo a losdébiles, como ella había protegido a la nidada de patitos perdidos con la patadelantera la noche del discurso del Comandante. En cambio —no sabía porqué—, habían llegado a un momento en el que nadie se atrevía a decir lo quepensaba, en el que perros feroces y gruñidores andaban por todas partes y en elque había que presenciar cómo despedazaban a camaradas que habíanconfesado crímenes atroces. No era su intención rebelarse ni desobedecer.Sabía que, a pesar de la situación actual, las cosas estaban mucho mejor que entiempos de Jones, y que sobre todo había que impedir el regreso de los sereshumanos. Pasara lo que pasase, permanecería fiel, trabajaría duro, obedeceríalas órdenes que le dieran y aceptaría el liderazgo de Napoleón. Aun así, no eraen eso donde ella y todos los otros animales habían puesto su esfuerzo y susesperanzas. No era para eso que habían construido el molino de viento y sehabían enfrentado a los perdigones de la escopeta de Jones. Tales eran suspensamientos, aunque le faltaran las palabras para expresarlos.Por último, como manera de compensar la ausencia de palabras, se puso acantar «Bestias de Inglaterra». Los otros animales, sentados a su alrededor, laimitaron y cantaron tres veces la canción con voz muy melodiosa peroacompasada y triste, como jamás habían hecho antes.Acababan de cantarla por tercera vez cuando Chillón, acompañado por dosperros, se les acercó con aire de tener algo importante que decir. Anunció que,por un decreto especial del camarada Napoleón, quedaba abolida «Bestias deInglaterra». A partir de ese momento estaba prohibido cantarla.Los animales quedaron desconcertados.—¿Por qué? —exclamó Muriel.—Ya no es necesaria, camarada —dijo Chillón secamente—. «Bestias deInglaterra» fue el canto de la Rebelión. Pero la Rebelión ya ha acabado. Laejecución de los traidores esta tarde fue el acto final. El enemigo tanto externocomo interno está derrotado. En «Bestias de Inglaterra» expresamos nuestroanhelo de una sociedad mejor en los días venideros. Y esa sociedad estáconsolidada. Es evidente que ya no hace falta la canción.Aunque estaban asustados, algunos de los animales podrían haberprotestado, pero en ese momento las ovejas se pusieron a balar como decostumbre: «¡Cuatro patas, sí; dos patas, no!». Los balidos se prolongarondurante varios minutos y acabaron con el debate.De ese modo, nunca más se volvió a oír «Bestias de Inglaterra». Parasustituirla, Mínimus, el poeta, había compuesto otra canción que comenzabaasí:Granja Animal, Granja Animal,¡nunca por mí sufrirás ningún mal!Se la cantaba todos los domingos después de izar la bandera. Pero losanimales sentían que de alguna manera ni las palabras ni la melodía estaban ala altura de «Bestias de Inglaterra».VIIIUnos días más tarde, cuando hubo pasado el terror causado por lasejecuciones, algunos de los animales recordaron —o creyeron recordar— queel sexto mandamiento decretaba: «Ningún animal matará a otro animal». Yaunque nadie quería decirlo delante de los cerdos o los perros, se tenía lasensación de que la matanza producida no cuadraba con eso. Trébol le pidió aBenjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín, como decostumbre, dijo que no quería inmiscuirse en esos asuntos, buscó a Muriel.Muriel le leyó el mandamiento, que decía: «Ningún animal matará a otroanimal sin motivo». De alguna manera, las dos últimas palabras se habíanborrado de la memoria de los animales. Ahora veían que no se había violadoese mandamiento, ya que sin duda había un buen motivo para matar a lostraidores aliados con Bola de Nieve.Durante todo el año, los animales trabajaron aún más duro que el añoanterior. Reconstruir el molino de viento para la fecha fijada, con paredes dosveces más gruesas que antes, además de atender el trabajo habitual de lagranja, implicaba un tremendo esfuerzo. Por momentos los animales sentíanque trabajaban más horas y no se alimentaban mejor que en tiempos de Jones.Los domingos por la mañana Chillón, sujetando con la pata una larga tira depapel, les leía listas de cifras demostrando que la producción de todo tipo dealimentos había aumentado un doscientos por ciento, un trescientos por cientoo un quinientos por ciento, según el caso. Los animales no veían ningunarazón para no creerle, sobre todo porque ya no recordaban con claridad cuáleshabían sido las condiciones antes de la Rebelión. De todos modos, había díasen los que preferirían menos cifras y más comida.Ahora todas las órdenes llegaban a través de Chillón o de algún otro cerdo.A Napoleón se lo veía en público como mucho cada dos semanas. Cuandoaparecía, no solo contaba con su séquito de perros sino con un gallito negroque marchaba delante de él y actuaba como una especie de trompeta, soltandoun «¡quiquiriquí!» antes de que hablara Napoleón. Incluso se decía que en lacasa ocupaba habitaciones distintas a los demás. Comía solo, atendido por dosperros, y usaba siempre la vajilla Crown Derby que había estado en la vitrinadel aparador del salón. También se anunció que se dispararía siempre laescopeta el día del cumpleaños de Napoleón, además de hacerlo en los otrosdos aniversarios.Ahora nadie llamaba a Napoleón simplemente «Napoleón». Siempre se lodesignaba de manera ceremoniosa como «nuestro líder, el camaradaNapoleón», y a los cerdos les gustaba inventarle títulos como «Padre de todoslos animales», «Terror de la humanidad», «Protector del redil», «Amigo de lospatitos» y otros similares.En sus discursos, Chillón hablaba con lágrimas en las mejillas sobre lasabiduría de Napoleón, la bondad de su corazón y el profundo amor que sentíapor todos los animales de todas partes, incluso y sobre todo por losdesdichados que aún vivían en la ignorancia y la esclavitud de otras granjas.Se había convertido en costumbre reconocer a Napoleón el mérito de cadalogro y cada golpe de suerte. Era habitual oír a una gallina comentar a otra:«Bajo la dirección de nuestro líder, el camarada Napoleón, he puesto cincohuevos en seis días»; o a dos vacas, mientras bebían en el abrevadero,exclamar: «¡Gracias al liderazgo del camarada Napoleón, qué bien sabe estaagua!». El sentimiento general de la granja se expresaba muy bien en unpoema titulado Camarada Napoleón, compuesto por Mínimus, que decía losiguiente:¡Amigo de los huérfanos!¡Fuente de felicidad!¡Señor de la bazofia! ¡Ay, cómo se enciende mi almacuando contemplotu tranquila e imperiosa mirada,como el sol en el cielo,camarada Napoleón!¡Tú eres el dadorde todo lo que tus criaturas aman,barriga llena dos veces al día; paja limpia donde revolcarse;todo animal grande o pequeñoduerme en paz en su establo,tú velas por todos,camarada Napoleón!Si tuviera un lechón,antes de que crecieray fuera como una botella o un rodillo,aprendería a serteleal y fiel,sí, y su primer chillido sería:¡«camarada Napoleón»!Napoleón aprobó ese poema e hizo que se grabara en la pared del establoprincipal, en el extremo opuesto a donde estaban los siete mandamientos. Seremató con un retrato de Napoleón, de perfil, ejecutado por Chillón conpintura blanca.Entretanto, con la intervención de Whymper, Napoleón realizabacomplicadas negociaciones con Frederick y Pilkington. La pila de madera aúnestaba sin vender. De los dos, Frederick era quien más interés mostraba porcomprarla, pero no ofrecía un precio razonable. Al mismo tiempo, circulabannuevos rumores según los cuales Frederick y sus hombres andabanconspirando para atacar la Granja Animal y destruir el molino de viento, cuyaconstrucción había despertado en él una feroz envidia. Se sabía que Bola deNieve seguía escondido en la granja Campocorto. A mediados del verano losanimales se alarmaron al oír que tres gallinas se habían presentado y habíanconfesado que, inspiradas por Bola de Nieve, se habían conjurado paraasesinar a Napoleón. Fueron ejecutadas de inmediato, y se tomaron nuevasprecauciones para proteger a Napoleón. Cuatro perros vigilaban su cama por lanoche, uno en cada esquina, y encargaron a un cerdo joven llamado Pitarrosola tarea de probar todos sus alimentos antes de que él se los comiera, por siestaban envenenados.Por esa época se supo que Napoleón había dispuesto vender la pila demadera al señor Pilkington, y que también formalizaría un acuerdopermanente para el intercambio de ciertos productos entre la Granja Animal yMonterraposo. Las relaciones entre Napoleón y Pilkington, aunquecanalizadas solo a través de Whymper, eran ahora casi amistosas. Losanimales desconfiaban de Pilkington como ser humano, pero lo preferían aFrederick, a quien temían y odiaban. A medida que avanzaba el verano y seacercaba la terminación del molino, había cada vez más rumores de uninminente ataque a traición. Se decía que Frederick pensaba acometer conveinte hombres armados y que ya había sobornado a los jueces y a la policía:si lograba apoderarse de los títulos de propiedad de la Granja Animal, ellos nointervendrían. Por otra parte, desde Campocorto se filtraban historias terriblesacerca de las crueldades que Frederick infligía a sus animales. Había azotado aun viejo caballo hasta matarlo, había hecho pasar hambre a sus vacas, habíamatado a un perro arrojándolo a un horno, por las tardes se divertía haciendopelear a gallos con trozos de hojas de afeitar atados a las espuelas. Losanimales sentían que les hervía de rabia la sangre al enterarse del trato querecibían sus camaradas, y a veces pedían a gritos que se los dejara ir todosjuntos a atacar la granja Campocorto, a expulsar a los seres humanos y liberara los animales. Pero Chillón les aconsejaba que evitaran las maniobrasagresivas y confiaran en la estrategia del camarada Napoleón.Sin embargo, el rechazo a Frederick iba en aumento. Un domingo por lamañana, Napoleón apareció en el establo y explicó que en ningún momentohabía pensado vender la pila de madera a Frederick; pensaba que no debíarebajarse a tratar con sinvergüenzas de esa calaña. A las palomas que seguíanenviando para difundir la noticia de la rebelión les prohibieron pisarMonterraposo, y también se les ordenó abandonar su anterior lema: «Muerte ala humanidad», por «Muerte a Frederick». A finales del verano quedó aldescubierto otra de las maquinaciones de Bola de Nieve. La cosecha de trigoestaba llena de maleza y se descubrió que en una de sus visitas nocturnas Bolade Nieve había mezclado semillas de maleza con semillas de maíz. Un gansoque estaba al tanto del complot había confesado su culpa a Chillón y se suicidóde inmediato ingiriendo bayas de belladona. Los animales también seenteraron de que Bola de Nieve nunca había recibido —como muchos de elloshabían creído hasta ese momento— la orden de «Héroe animal de primeraclase». Eso no era más que una leyenda que el propio Bola de Nieve habíahecho circular poco después de la Batalla del Establo. Lejos de recibir unacondecoración, había sido censurado por mostrar cobardía en la batalla. Denuevo, algunos de los animales oyeron eso con cierta perplejidad, pero Chillónpronto logró convencerlos de que les había fallado la memoria.En el otoño, con un esfuerzo tremendo y agotador —porque casi al mismotiempo tenían que recoger la cosecha—, acabaron de construir el molino deviento. Todavía faltaba la instalación de la maquinaria, cuya compra negociabaWhymper, pero la estructura estaba terminada. ¡A pesar de las numerosasdificultades, a pesar de la inexperiencia, de las herramientas primitivas, de lamala suerte y de la traición de Bola de Nieve, el trabajo se había terminadoexactamente en fecha! Cansados pero orgullosos, los animales dieron vueltas yvueltas alrededor de su obra maestra, que les parecía aún más bella que cuandola habían construido por primera vez. Además, las paredes eran dos veces másgruesas que antes. ¡Esta vez solo podrían demolerlas con explosivos! Y alpensar en cómo habían trabajado, en los desánimos que habían superado y encómo cambiaría su vida cuando estuvieran girando las aspas y funcionando lasdinamos, al pensar en todo esto olvidaron el cansancio y empezaron a brincaralrededor del molino, lanzando gritos de triunfo. El propio Napoleón,acompañado por sus perros y su gallo, bajó a inspeccionar el trabajoterminado; felicitó personalmente a los animales por su logro y anunció que elmolino se llamaría Molino Napoleón.Dos días después convocaron a los animales para una reunión especial enel establo. Quedaron mudos de sorpresa cuando Napoleón anunció que habíavendido la pila de madera a Frederick. Al día siguiente llegarían las carretas deFrederick y empezarían a llevársela. Durante todo el período de supuestaamistad con Pilkington, Napoleón había estado en realidad haciendo tratossecretos con Frederick.Se había roto toda relación con Monterraposo; se habían enviado mensajesinsultantes a Pilkington. Se había instruido a las palomas para que evitaran laGranja Campocorto y cambiaran su lema de «Muerte a Frederick» por«Muerte a Pilkington». Al mismo tiempo, Napoleón aseguró a los animalesque las historias de un inminente ataque a la Granja Animal erancompletamente falsas, y que los cuentos sobre la crueldad de Frederick consus propios animales se habían exagerado mucho. Quizá todos esos rumoreseran creación de Bola de Nieve y sus agentes. Ahora parecía que Bola deNieve no estaba, después de todo, escondido en la Granja Campocorto; dehecho, nunca había andado por allí en su vida: vivía, aparentemente conconsiderable lujo, en Monterraposo, y en realidad llevaba años viviendo acosta de Pilkington.Los cerdos estaban extasiados con la astucia de Napoleón. Aparentandoamistad con Pilkington, había obligado a Frederick a aumentar su precio endoce libras. Pero la verdadera superioridad mental de Napoleón, dijo Chillón,se demostraba en el hecho de que no confiaba en nadie, ni siquiera enFrederick. Frederick había querido pagar la madera con algo llamado cheque,que al parecer era un trozo de papel con una promesa de pago escrita en él.Pero Napoleón era demasiado listo para aceptar esas cosas. Había exigido elpago con billetes reales de cinco libras, que deberían entregarse antes deretirar la madera. Frederick ya había pagado, y la suma recibida bastaba paracomprar la maquinaria que haría funcionar el molino de viento.Mientras tanto se llevaban la madera a toda prisa. Cuando no quedó nadase celebró otra reunión especial en el establo para que los animalesexaminaran los billetes de Frederick. Sonriendo beatíficamente y luciendo lasdos condecoraciones, Napoleón reposaba en un lecho de paja sobre laplataforma, con el dinero al lado, cuidadosamente apilado en un plato deporcelana de la cocina de la casa. Los animales desfilaron pasando despaciopor delante, mirando con atención. Boxeador acercó la nariz para oler losbilletes y su aliento hizo vibrar y crujir los delgados papeles blancos.Tres días más tarde se produjo un revuelo terrible. Whymper, con el rostromortalmente pálido, apareció pedaleando a gran velocidad en la bicicleta, quedejó en el patio antes de entrar precipitadamente en la casa. Un instantedespués brotó de las habitaciones de Napoleón un rugido furioso. La noticia delo que había pasado corrió por la granja como un incendio descontrolado. ¡Losbilletes eran falsos! ¡Frederick había conseguido la madera por nada!Napoleón reunió a los animales de inmediato y con voz terrible anunció lasentencia a muerte de Frederick. Cuando se lo capturara, dijo, lo herviríanvivo. Al mismo tiempo, les advirtió que después de esa traición se podíaesperar lo peor. Frederick y sus hombres podían lanzar su tan esperado ataqueen cualquier momento. Apostaron centinelas en todos los accesos a la finca.Además, enviaron cuatro palomas a Monterraposo con un mensaje conciliadorque —esperaban— serviría para volver a establecer buenas relaciones conPilkington.El ataque se produjo a la mañana siguiente. Los animales estabandesayunando cuando los vigías llegaron corriendo con la noticia de queFrederick y sus seguidores ya habían entrado por la puerta con barrotes de lafinca. Los animales salieron con valentía a su encuentro, pero esa vez nolograron una victoria fácil como en la Batalla del Establo de las Vacas. Habíaquince hombres con media docena de escopetas, que abrieron fuego en cuantoestuvieron a unos cincuenta metros. Los animales no podían enfrentar lasexplosiones terribles ni las picaduras de los perdigones, y a pesar de losesfuerzos de Napoleón y Boxeador para animarlos, pronto tuvieron queretroceder. Ya había unos cuantos heridos. Se refugiaron en los edificios de lagranja y miraron con cautela por las rendijas y los agujeros de los nudos. Todala enorme pradera, incluido el molino de viento, estaba en manos del enemigo.Por el momento, hasta Napoleón parecía perdido. Iba y venía en silencio,moviendo la cola rígida. Miradas tristes apuntaban hacia Monterraposo. SiPilkington y sus hombres los ayudaran, todavía podrían ganar la batalla. Peroen ese momento regresaron las cuatro palomas que habían enviado el díaanterior; una de ellas traía un trozo de papel firmado por Pilkington. En él,escritas a lápiz, había estas palabras: «Te lo mereces».Mientras tanto, Frederick y sus hombres se habían detenido junto almolino. Los animales los miraron y empezaron a murmurar, consternados. Dosde los hombres habían sacado una palanca y un mazo. Iban a demoler elmolino de viento.—¡Imposible! —exclamó Napoleón—. Hemos construido paredesdemasiado gruesas. No podrían derribarlo ni en una semana. ¡Ánimo,compañeros!Pero Benjamín observaba con atención los movimientos de los hombres.Los del martillo y la palanca estaban haciendo un agujero cerca de la base delmolino. Despacio, con aire casi de diversión, Benjamín movióafirmativamente el largo hocico.—Ya me lo imaginaba —dijo—. ¿No veis lo que hacen? Dentro de uninstante llenarán de pólvora el agujero.Los animales esperaron, aterrorizados. Ahora no podían buscar refugio enlos edificios. Unos minutos más tarde vieron cómo los hombres corrían entodas direcciones. Entonces se produjo un rugido ensordecedor. Las palomasse arremolinaron en el aire y todos los animales, salvo Napoleón, se arrojaronal suelo y se taparon la cara. Cuando se levantaron, una enorme nube de humonegro flotaba sobre el sitio donde había estado el molino de viento. Poco apoco fue llevándosela la brisa. ¡El molino de viento había dejado de existir!Al ver eso los animales recuperaron su valentía. La rabia contra un acto tanvil y despreciable superó el miedo y la desesperación que habían sentido unmomento antes. Se oyó un potente grito de venganza y sin esperar nuevasórdenes salieron todos juntos, dispuestos a atacar al enemigo. Esta vez nocejaron ante los perdigones crueles que cayeron sobre ellos como granizo. Fueuna batalla salvaje y amarga. Los hombres disparaban una y otra vez, ycuando los animales estuvieron cerca los atacaron con palos y con las pesadasbotas. Mataron una vaca, tres ovejas y dos gansos, y casi todo el mundo estabaherido. Hasta Napoleón, que dirigía las operaciones desde la retaguardia, teníala punta de la cola rasguñada por un perdigón. Pero tampoco los hombreshabían salido indemnes. Tres de ellos tenían la cabeza partida por los golpesde los cascos de Boxeador, otro había sido corneado en el vientre por una vacay otro tenía los pantalones casi destrozados por Jésica y Campanilla. Y cuandolos nueve perros de la guardia personal de Napoleón, enviados a dar un rodeoal amparo del seto, aparecieron de repente por un lado, ladrando conferocidad, el pánico se apoderó de ellos. Vieron que estaban en peligro de serrodeados. Frederick gritó a sus hombres que salieran de allí mientras teníanescapatoria, y un instante después el cobarde enemigo corría tratando de salvarla vida. Los animales persiguieron a los hombres hasta el final del campo y lesdieron unas últimas patadas mientras atravesaban como podían el espinososeto.Habían ganado, pero estaban cansados y ensangrentados. Despacio,cojeando, empezaron a regresar a la granja. Algunos, al ver a sus camaradasmuertos, tendidos en la hierba, no pudieron contener las lágrimas. Y por unrato se detuvieron en doloroso silencio junto al sitio donde alguna vez se habíalevantado el molino de viento. Sí, ya no existía. ¡Casi el último rastro de sutrabajo había desaparecido! Hasta los cimientos estaban parcialmentedestruidos. Y ahora, para reconstruirlo, no podrían usar, como antes, laspiedras caídas. Esta vez también habían desaparecido las piedras. La fuerza dela explosión las había lanzado a cientos de metros de distancia. Era como si elmolino no hubiera existido nunca.Cuando se estaban acercando a la granja, Chillón, que inexplicablementehabía estado ausente durante el combate, se acercó saltando hacia ellos,moviendo la cola radiante de satisfacción. Y del lado de los edificios de granjallegó el solemne estampido de un arma de fuego.—¿Para qué dispararon esa escopeta? —preguntó Boxeador.—¡Para celebrar nuestra victoria! —exclamó Chillón.—¿Qué victoria? —preguntó Boxeador. Le sangraban las rodillas, habíaperdido una herradura y se le había partido el casco; en una pata trasera teníaalojada una docena de perdigones.—¿Qué victoria, camarada? ¿Acaso no hemos expulsado al enemigo denuestro suelo, el sagrado suelo de la Granja Animal?—Pero ellos han destruido el molino de viento. ¡En el que hemos trabajadodurante dos años!—¿Qué importa? Construiremos otro molino. Construiremos seis molinossi nos da la gana. Tú no aprecias, camarada, la importancia de lo queacabamos de lograr. El enemigo ocupaba el suelo que pisamos. ¡Y ahora,gracias al liderazgo del camarada Napoleón, acabamos de recuperarlo hasta elúltimo centímetro!—Así que volvemos a tener lo que ya teníamos —dijo Boxeador.—Esa es nuestra victoria —dijo Chillón.Cojearon hasta el corral. Los perdigones que Boxeador llevaba incrustadosen la pata le producían un intenso dolor. Veía por delante la pesada empresa dereconstruir el molino desde los cimientos y mentalmente se preparó ya para latarea. Pero por primera vez advirtió que tenía once años y que quizá susenormes músculos ya no eran como antes.Pero cuando los animales vieron flamear la bandera verde y oyeron elnuevo disparo de escopeta —la dispararon siete veces en total— y escucharonel discurso de Napoleón, felicitándolos por su conducta, les pareció quedespués de todo habían conseguido una gran victoria. Los animales muertos enla batalla tuvieron un solemne entierro. Boxeador y Trébol tiraron del carroque servía de coche fúnebre y el propio Napoleón encabezó la procesión.Dedicaron dos días enteros a las celebraciones. Hubo canciones, discursos ymás disparos de escopeta, y cada animal recibió como regalo especial unamanzana, dos onzas de maíz las aves y tres bizcochos cada perro. Se anuncióque la batalla se llamaría Batalla del Molino, y que Napoleón había creado unanueva condecoración, la «Orden de la bandera verde», que se había otorgado así mismo. En medio del júbilo general se olvidó el desgraciado asunto de losbilletes.Unos días más tarde los cerdos encontraron una caja de whisky en lossótanos de la casa. La habían pasado por alto en el momento de ocuparla. Esanoche se oyó entonar en la casa ruidosas canciones en las que, para sorpresade todos, se mezclaban compases de «Bestias de Inglaterra». A eso de lasnueve y media se vio perfectamente que Napoleón, con un viejo sombrerohongo del señor Jones, salía por la puerta trasera, daba unas vueltas rápidaspor el patio y desaparecía de nuevo en la casa. Pero por la mañana reinaba enel lugar un profundo silencio. No se veía por allí ningún cerdo. Eran casi lasnueve cuando apareció Chillón, caminando despacio y abatido, la miradaapagada, la cola fláccida y con apariencia de estar gravemente enfermo.Reunió a los animales y les anunció que tenía una terrible noticia. ¡Elcamarada Napoleón se estaba muriendo!Se oyó un grito lastimero. Colocaron paja delante de la puerta de la casa ylos animales caminaban de puntillas. Con lágrimas en los ojos se preguntabanunos a otros qué harían si les faltaba el líder. Empezó a circular el rumor deque, después de todo, Bola de Nieve se las había ingeniado para introducirveneno en la comida de Napoleón. A las once salió Chillón para hacer otroanuncio. Como último acto sobre la tierra, el camarada Napoleón habíapronunciado un solemne decreto: se castigaría con pena de muerte el consumode alcohol.Por la noche pareció que Napoleón había mejorado un poco, y a la mañanasiguiente Chillón les contó que se estaba recuperando. Al atardecer, Napoleónhabía vuelto a su trabajo, y un día después se supo que había dadoinstrucciones a Whymper para que comprara en Willingdon algunos folletossobre fermentación y destilado. Una semana más tarde Napoleón ordenó ararel pequeño prado situado detrás de la huerta, que antes habían pensadoreservar como sitio de pastoreo para los animales que ya no podían trabajar. Seexplicó que la tierra estaba agotada y había que renovarla, pero pronto se supoque la intención de Napoleón era sembrar allí cebada.Por esa época se produjo un extraño suceso que casi nadie logró entender.Una noche, a eso de las doce, se oyó un fuerte estruendo en el patio y losanimales salieron corriendo de los establos. Era una noche de luna. Al pie dela pared trasera del establo grande, donde estaban escritos los sietemandamientos, había una escalera partida en dos. Junto a ella, aturdido y en elsuelo, estaba Chillón; a su lado había un farol, un pincel y un bote de pinturablanca volcado. Los perros rodearon inmediatamente a Chillón y loacompañaron de vuelta a la casa en cuanto pudo caminar. Ninguno de losanimales sabía qué significaba esa situación, salvo el viejo Benjamín, queasintió moviendo el hocico con aire sagaz y pareció entender, aunque no dijonada.Pero unos días más tarde Muriel, leyendo los siete mandamientos en vozbaja, notó que había otro que los animales no recordaban bien. Creían que elquinto mandamiento era «Ningún animal beberá alcohol», pero habíanolvidado dos palabras. En realidad, el mandamiento decía: «Ningún animalbeberá alcohol en exceso».IXEl casco partido de Boxeador tardó mucho tiempo en curarse. Al díasiguiente de terminar las celebraciones de la victoria habían empezado lareconstrucción del molino de viento. Boxeador se negaba a tomar siquiera undía libre y, por una cuestión de honor, ocultaba su sufrimiento. De nocheadmitía en privado ante Trébol que el casco le molestaba mucho. Trébol se locuraba con emplastos de hierbas que preparaba masticándolas, y tanto ellacomo Benjamín le pedían que trabajara menos. «Los pulmones de un caballono son eternos», le decía. Pero Boxeador no le prestaba atención. Explicabaque solo tenía una verdadera ambición: ver muy avanzada la construcción delmolino de viento antes de tener que jubilarse.Al principio, en el momento de formular por primera vez las leyes de laGranja Animal, habían fijado en doce años la edad de jubilación para loscaballos y los cerdos, en catorce para las vacas, en nueve para los perros, ensiete para las ovejas y en cinco para las gallinas y los gansos. Se habíanacordado generosas pensiones. Hasta el momento no se había retirado ningúnanimal, pero últimamente se hablaba cada vez más del tema. Ahora que elpequeño campo detrás de la huerta se había reservado para la cebada, corría elrumor de que se cercaría un rincón de la pradera grande para convertirlo ensitio de pastoreo para animales jubilados. Se decía que para un caballo lapensión sería de cinco libras de maíz por día y, en invierno, quince libras deheno, además de una zanahoria o quizá una manzana los días festivos.Boxeador cumpliría doce años a finales del verano del año siguiente.Entretanto, la vida resultaba dura. El invierno era tan frío como el anteriory la comida aún más escasa. Redujeron de nuevo las raciones, excepto las delos cerdos y los perros. Una igualdad demasiado rígida en las raciones —explicó Chillón— habría ido en contra de los principios del animalismo. Entodo caso, no tenía ninguna dificultad para demostrar a los otros animales queen realidad, a pesar de las apariencias, no carecían de alimentos. Por elmomento había sido necesario, sin duda, reajustar las raciones (Chillónsiempre hablaba de «reajuste», nunca de «reducción»), pero en comparacióncon los tiempos de Jones la mejoría era enorme. Leyendo las cifras con vozaguda y rápida, les demostró detalladamente que tenían más avena, más heno,más nabos que en tiempos de Jones, que trabajaban menos horas, que el aguaera de mejor calidad, que vivían más tiempo, que una mayor proporción de suscrías sobrevivían a la infancia, que tenían más paja en los establos y sufríanmenos las pulgas. Los animales creyeron todo al pie de la letra. A decirverdad, Jones y todo lo que él representaba casi se les había borrado de lamemoria. Sabían que la vida ahora era dura y ajustada, que a menudo pasabanhambre y frío y que por lo general trabajaban todo el tiempo que no dormían.Pero en otras épocas seguramente había sido peor. Era lo que les gustaba creer.Además, antes habían sido esclavos y ahora eran libres; como no dejaba deseñalar Chillón, esa era una diferencia enorme.Ahora tenían muchas más bocas que alimentar. En el otoño las cuatrocerdas habían parido casi al mismo tiempo, y había en total treinta y uncerditos. Los cerditos tenían la piel manchada, y como Napoleón era el únicoverraco de la granja, no costaba adivinar quién era el padre. Se anunció quemás adelante, cuando compraran ladrillos y madera, se construiría un aula enel jardín. Por el momento, los cerditos recibían clases del propio Napoleón enla cocina. Hacían ejercicio en el jardín y se les recomendaba no jugar conotros animales jóvenes. También por esa época se estableció como regla quecuando un cerdo y cualquier otro animal se encontraran en el camino, el otroanimal debería apartarse; y también que todos los cerdos, sin distinción derango, tendrían el privilegio de llevar cintas verdes en el rabo los domingos.La granja había tenido un año bastante exitoso, pero todavía estaba escasade dinero. Faltaba comprar los ladrillos, la arena y la cal para el aula, ytambién habría que empezar a ahorrar de nuevo para la maquinaria del molinode viento. Después estaban las lámparas de aceite y las velas para la casa,azúcar para la mesa de Napoleón (prohibió eso a los demás cerdos, alegandoque los hacía engordar) y otras cosas necesarias como herramientas, clavos,hilo, carbón, alambre, hierro viejo y galletas para perros. Vendieron una pilade heno y parte de la cosecha de patatas y aumentaron el contrato de loshuevos a seiscientos por semana, de modo que ese año las gallinas apenasempollaron polluelos suficientes para mantener la población. Las raciones,reducidas en diciembre, se redujeron de nuevo en febrero, y se prohibió el usode faroles en los corrales para ahorrar aceite. Pero los cerdos parecían bastantecómodos y, además, se los veía cada vez más gordos. Una tarde de finales defebrero un aroma caliente, intenso y apetitoso, como nunca habían olido losanimales, flotó hasta el patio desde la pequeña fábrica de cerveza abandonadaen tiempos de Jones y que estaba situada al otro lado de la cocina. Alguiendijo que era el olor que producía la cocción de la cebada. Los animalesolfatearon el aire con avidez y se preguntaron si les estarían preparando algúnrevoltijo caliente para la cena. Pero no apareció nada de eso, y el domingosiguiente se anunció que en adelante toda la cebada estaría reservada para loscerdos. Cebada era lo que habían sembrado ya en el campo detrás de la huerta.Y pronto se filtró la noticia de que cada cerdo estaba recibiendo una ración deuna pinta de cerveza diaria, excepto Napoleón, que recibía medio galón,servido siempre en la sopera Crown Derby.Pero aunque sufrían privaciones, tenían la compensación de una vida másdigna. Había más canciones, más discursos y más procesiones. Napoleónhabía dado la orden de que una vez a la semana se realizara algo llamadoManifestación Espontánea, cuyo objeto era celebrar las luchas y los triunfos delos animales de la Granja Animal. A la hora indicada los animalesabandonaban el trabajo y recorrían la granja en formación militar con loscerdos a la cabeza, seguidos por los caballos, las vacas, las ovejas y despuéslas aves de corral. Escoltaban la procesión los perros, y a la cabeza de todosmarchaba el gallo negro de Napoleón. Boxeador y Trébol siempre llevabanentre los dos una bandera verde con la pezuña y el cuerno y la leyenda «¡Vivael camarada Napoleón!». Después se recitaban poemas compuestos en honorde Napoleón y Chillón ofrecía en un discurso los detalles de las últimassubidas en la producción de alimentos y, a veces, hacía un disparo con laescopeta. Nadie era más entusiasta de la Manifestación Espontánea que lasovejas, y si alguien se quejaba (como hacían a veces algunos animales cuandono había cerdos o perros cerca) de la pérdida de tiempo y de tener que pasartantas horas allí de pie, al frío, las ovejas se encargaban de silenciarlo balandoruidosamente: «¡Cuatro patas, sí; dos patas, no!». Pero, en general, losanimales disfrutaban de esas celebraciones. Resultaba reconfortante recordarque, después de todo, eran realmente sus propios amos, y que todo lo quehacían era para su propio beneficio. Así, con las canciones, las procesiones, lascifras de Chillón, el trueno de la escopeta, el canto del gallo y el ondeo de labandera podían, al menos parte del tiempo, olvidar que tenían la barriga vacía.En abril, la Granja Animal fue proclamada república, y necesitaban elegir aun presidente. Había un solo candidato, Napoleón, a quien eligieron porunanimidad. El mismo día se anunció el descubrimiento de nuevosdocumentos que revelaban más detalles sobre la complicidad de Bola de Nievecon Jones. Ahora parecía que Bola de Nieve no solo había intentado perder laBatalla del Establo mediante una estratagema —como imaginaban losanimales—, sino que había luchado abiertamente en el bando de Jones. Dehecho, era él quien había liderado las fuerzas humanas y entrado en la batallacon las palabras «¡Viva la humanidad!» en los labios. Las heridas en el lomode Bola de Nieve, que algunos de los animales aún recordaban haber visto, lashabían causado los dientes de Napoleón.A mediados del verano Moisés, el cuervo, reapareció de repente en lagranja, después de una ausencia de varios años. Casi no había cambiado,seguía sin trabajar y decía lo mismo de siempre acerca del Monte Caramelo.Se posaba en un tocón, batía las alas negras y hablaba durante horas enterascon quien quisiera escucharlo.—Allá arriba, camaradas —decía muy serio, señalando al cielo con ellargo pico—, allá arriba, detrás de esa nube oscura, está el Monte Caramelo, elpaís feliz en el que, pobres animales, descansaremos para siempre de nuestrosesfuerzos.Hasta decía haber estado allí en uno de sus vuelos más altos, y haber vistolos eternos campos de trébol y el pastel de linaza y los terrones de azúcar quecrecían en los setos. Muchos de los animales le creían. Si tenían ahora unavida de hambre y de trabajo, ¿no era acaso justo que existiera un mundo mejoren algún otro sitio? Una cosa difícil de determinar era la actitud de los cerdoshacia Moisés. Todos declaraban con desprecio que esas historias del MonteCaramelo eran mentiras; sin embargo, se le permitía permanecer en la granja,sin trabajar, con una ración diaria de media pinta de cerveza.Con el casco curado, Boxeador trabajó más duro que nunca. De hecho, eseaño todos los animales trabajaron como esclavos. Aparte del trabajo normal dela granja, y la reconstrucción del molino de viento, estaba la escuela para loscerdos jóvenes, que empezaron a levantar en marzo. A veces costaba soportarlas largas horas con insuficiente comida, pero Boxeador nunca vacilaba. Ennada de lo que decía o hacía se veían señales de que hubieran menguado susfuerzas. Solo su apariencia había cambiado un poco; le brillaba menos la piel yparecía que se le habían encogido las ancas. «Boxeador se repondrá cuandosalga la hierba de primavera», decían los demás, pero al llegar la primaveraBoxeador no engordó. A veces, en la ladera que llevaba a la parte superior dela cantera, cuando empleaba los músculos para arrastrar alguna piedra enorme,parecía que solo lo mantenía en pie la voluntad de continuar. A veces parecíaformar con los labios las palabras «Trabajaré más duro», pero había perdido lavoz. Trébol y Benjamín le pidieron de nuevo que cuidara su salud, peroBoxeador no les hizo caso. Se acercaba su cumpleaños número doce. No leimportaba lo que pudiera pasar si lograba acumular una buena reserva depiedras antes de jubilarse.Un día de verano, al anochecer, un repentino rumor recorrió la granja: algole había sucedido a Boxeador. Había salido solo a arrastrar una carga de piedrahasta el molino. Y, efectivamente, el rumor era cierto. Unos minutos más tardellegaron dos palomas con la noticia:—¡Boxeador se ha caído! ¡Está tendido en el suelo y no puede levantarse!Más o menos la mitad de los animales de la granja salieron corriendo haciala loma donde construían el molino de viento. Allí estaba Boxeador, en elsuelo, entre las varas del carro, con el cuello estirado, sin poder levantar lacabeza. Tenía los ojos vidriosos, los flancos empapados en sudor. De la boca lebrotaba un hilo de sangre. Trébol se arrodilló a su lado.—¡Boxeador! —exclamó—. ¿Cómo estás?—Es el pulmón —dijo Boxeador con voz débil—. No importa. Creo quepodréis terminar el molino sin mí. Hay una buena cantidad de piedraacumulada. De todos modos, solo me quedaba un mes. A decir verdad, habíaestado esperando la jubilación. Y como Benjamín también está envejeciendoquizá le permitan jubilarse al mismo tiempo y hacerme compañía.—Tenemos que conseguir ayuda inmediatamente —dijo Trébol—. Quealguien corra a contarle a Chillón lo que ha sucedido.Los demás animales corrieron de inmediato a la casa a darle la noticia aChillón. Solo quedaron allí Trébol y Benjamín, que se echó al lado deBoxeador y, sin decir nada, le ahuyentaba las moscas con la larga cola. Alcuarto de hora apareció Chillón, muy preocupado y apenado. Dijo que elcamarada Napoleón se había enterado con mucho dolor de esa desgraciasufrida por uno de los trabajadores más leales de la granja y que estabahaciendo los preparativos para enviar a Boxeador al hospital de Willingdon,donde sería tratado. Eso preocupó un poco a los animales. Con excepción deMarieta y Bola de Nieve, ningún otro animal había salido jamás de la granja, yno les gustaba la idea de que su camarada enfermo terminara en manos de losseres humanos. Sin embargo, Chillón los convenció con facilidad de que elveterinario de Willingdon trataría a Boxeador de manera más satisfactoria quesi lo dejaban en la granja. Una media hora más tarde, cuando Boxeador sehubo recuperado un poco, lo ayudaron a ponerse con esfuerzo de pie, y logróvolver cojeando al establo, donde Trébol y Benjamín le habían preparado unabuena cama de paja.Durante los dos días siguientes, Boxeador no salió de su establo. Loscerdos habían enviado una botella grande de medicamento rosado encontradoen el botiquín del baño, y Trébol se lo administraba a Boxeador dos veces aldía después de las comidas. Por la noche ella se echaba a su lado paraconversar, mientras que Benjamín le espantaba las moscas. Boxeadordeclaraba no sentirse arrepentido de lo que había sucedido. Si se reponía bien,podría llegar a vivir otros tres años, y esperaba con ilusión los tranquilos díasque pasaría en un rincón del prado. Sería la primera vez que tendría tiempopara estudiar y cultivar la mente. Decía que pensaba dedicar el resto de su vidaa aprender las veintidós letras restantes del alfabeto.Sin embargo, Benjamín y Trébol solo podían acompañar a Boxeadordespués de las horas de trabajo, y fue al mediodía cuando llegó el furgón parallevárselo. Todos los animales estaban desherbando los nabos bajo lasupervisión de un cerdo cuando vieron con asombro que por el lado de losedificios aparecía Benjamín al galope, rebuznando con todas sus fuerzas. Erala primera vez que veían a Benjamín agitado; de hecho, era la primera vez quelo veían galopar.—¡Rápido, rápido! —gritó—. ¡Venid! ¡Se llevan a Boxeador!Sin esperar órdenes del cerdo, los animales interrumpieron lo que estabanhaciendo y echaron a correr hacia los edificios de la granja. Efectivamente, enel patio había un furgón grande, cerrado, tirado por dos caballos, con unletrero en el costado y un hombre de aspecto taimado, con bombín, sentado enel pescante. Y el establo de Boxeador estaba vacío.Los animales rodearon el furgón.—¡Adiós, Boxeador! —dijeron a coro—. ¡Adiós!—¡Estúpidos! ¡Estúpidos! —gritó Benjamín, corcoveando alrededor ypateando el suelo con los pequeños cascos—. ¡Estúpidos! ¿No veis lo que estáescrito en el costado del furgón?Eso hizo vacilar a los animales, que se quedaron callados. Muriel empezó adeletrear las palabras. Pero Benjamín la apartó y en medio de un silenciosepulcral leyó:—«Alfred Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola,Willingdon. Comerciante de cueros y harina de huesos. Servicio de perrera.»¿No entendéis lo que significa? ¡Llevan a Boxeador al matadero!Los animales soltaron al unísono un grito de horror. En ese momento elhombre sentado en el pescante fustigó a los caballos y el furgón salió del patioa trote rápido. Todos los animales lo siguieron, desgañitándose. Trébol se abriópaso hasta la primera fila. El furgón empezó a acelerar. Trébol trató de obligarsus robustos miembros a galopar, y logró un medio galope.—¡Boxeador! —gritó—. ¡Boxeador! ¡Boxeador! ¡Boxeador!Y en ese momento, como si hubiera oído el alboroto fuera del furgón, lacara de Boxeador, con la raya blanca en la nariz, apareció en la ventanilla de laparte trasera del vehículo.—¡Boxeador! —gritó Trébol con terrible potencia—. ¡Boxeador! ¡Sal deahí! ¡Rápido! ¡Te llevan a la muerte!Todos los animales repitieron el grito de «¡Boxeador, sal de ahí,Boxeador!», pero el furgón avanzaba cada vez a mayor velocidad, alejándosede ellos. No estaba claro si Boxeador había entendido las palabras de Trébol.Pero un instante más tarde su rostro desapareció de la ventanilla y se oyó eltremendo tamborileo de cascos dentro del furgón. Estaba tratando de salir deallí a patadas. En otros tiempos los cascos de Boxeador habrían reducido aastillas el vehículo. Pero, ¡ay!, las fuerzas lo habían abandonado, y en unosinstantes el sonido del tamborileo se fue debilitando hasta cesar. Desesperados,los animales empezaron a pedir a los dos caballos que tiraban del furgón quese detuvieran.—¡Camaradas, camaradas! —gritaron—. ¡No llevéis a vuestro propiohermano a la muerte!Pero las estúpidas bestias, demasiado ignorantes para darse cuenta de loque pasaba, no hicieron más que aplastar las orejas contra la cabeza y acelerarel paso. La cara de Boxeador no volvió a aparecer en la ventanilla. Demasiadotarde, a alguien se le ocurrió adelantarse al furgón y cerrar la puerta de lagranja, pero el vehículo la atravesó en un instante, antes de desaparecer conrapidez en la carretera. Nunca más vieron a Boxeador.Tres días después se anunció que había muerto en el hospital deWillingdon, a pesar de recibir todas las atenciones a las que un caballo puedeaspirar. Chillón salió a dar la noticia a los demás. Según dijo, había estado conBoxeador durante sus últimas horas.—¡Fue la escena más conmovedora que he visto jamás! —dijo Chillón,levantando la pezuña y enjugándose una lágrima—. Estuve a su lado en elúltimo momento. Y al final, casi demasiado débil para hablar, me susurró aloído que solo una cosa le producía dolor: tener que dejarnos antes de terminarel molino. «¡Adelante, camaradas!», musitó. «Adelante en nombre de laRebelión. ¡Viva la Granja Animal! ¡Viva el camarada Napoleón! Napoleónsiempre tiene razón.» Esas fueron sus últimas palabras, camaradas.De repente, la actitud de Chillón cambió. Calló un instante, y antes decontinuar sus ojillos lanzaron miradas de desconfianza a un lado y a otro.Estaba enterado, dijo, de que había circulado un estúpido y malvado rumoren el momento del traslado de Boxeador. Algunos animales habían notado queen el furgón que llevaba a Boxeador había un letrero que decía «Matarife decaballos», y habían llegado a la conclusión de que mandaban a Boxeador almatadero. Casi resultaba increíble —dijo Chillón— que algún animal pudieraser tan estúpido. ¿Es que no conocéis, gritó indignado, moviendo la cola ybalanceándose, es que no conocéis a vuestro querido líder, el camaradaNapoleón? Había una explicación muy sencilla. El furgón, antes propiedad delmatarife, había sido comprado por el veterinario, que aún no había cambiadoel letrero. Así surgió el error.Esa noticia alivió mucho a los animales. Y cuando Chillón dio más detallesde la agonía de Boxeador, de la admirable atención que había recibido y de loscaros medicamentos que Napoleón había pagado sin pensar en el costo,desaparecieron sus últimas dudas, y la idea de que al menos había muertocontento atenuó el dolor que sentían por la desaparición del camarada.El propio Napoleón asistió a la reunión del siguiente domingo por lamañana y pronunció un breve discurso en homenaje a Boxeador. Explicó queno habían podido traer los restos de su llorado camarada para enterrarlos en lagranja, pero había ordenado que se preparara una gran corona con laureles deljardín y se colocara sobre la tumba del caballo. Y los cerdos tenían previstocelebrar en unos días un banquete conmemorativo en honor de Boxeador.Napoleón terminó el discurso recordando las dos máximas favoritas deBoxeador: «Trabajaré más duro» y «El camarada Napoleón siempre tienerazón», máximas que, dijo, todo animal haría bien en adoptar como propias.El día fijado para el banquete llegó desde Willingdon un vehículo dereparto que dejó en la casa una gran caja de madera. Esa noche se oyeronruidosos cantos, seguidos por algo parecido a una violenta disputa que terminóa eso de las once con un tremendo estruendo de cristales rotos. Nadie se movióallí dentro hasta el mediodía siguiente, y se rumoreaba que de algún lado loscerdos habían sacado el dinero para comprarse otra caja de whisky.XPasaron los años. Fueron y vinieron las estaciones, se consumieron lascortas vidas de los animales. Llegó un momento en que no quedaba nadie —fuera de Trébol, Benjamín, el cuervo Moisés y algunos cerdos— que recordaralos viejos tiempos anteriores a la Rebelión.Muriel había muerto; Campanilla, Jésica y Chispa habían muerto. Tambiénhabía muerto Jones, en un hogar para borrachos en otra parte del país. Habíanolvidado a Bola de Nieve. Habían olvidado a Boxeador, salvo los pocos que lohabían conocido. Trébol era ahora una yegua robusta y vieja, con lasarticulaciones entumecidas y los ojos legañosos. Tenía dos años más de laedad necesaria para jubilarse, pero en realidad ningún animal se había jubiladonunca. Hacía ya tiempo que no se hablaba más de reservar un rincón de lapradera para quienes se retiraran. Napoleón era ahora un verraco maduro deciento cincuenta kilos. Chillón estaba tan gordo que apenas veía. Solo el viejoBenjamín era casi el mismo de siempre, apenas un poco más canoso en elhocico y, desde la muerte de Boxeador, más huraño y taciturno que nunca.Había muchas más criaturas que antes en la granja, aunque el aumento noera tan grande como se había previsto en los primeros años. Para muchos allínacidos, la Rebelión era solo una vaga tradición, transmitida de boca en boca;otros, comprados, nunca habían oído hablar de ese tema antes de su llegada.La granja poseía ahora tres caballos además de Trébol. Eran animaleshonrados, trabajadores dispuestos y buenos camaradas, pero muy estúpidos.Ninguno de ellos demostraba ser capaz de aprender el alfabeto más allá de laletra B. Aceptaban todo lo que se les decía acerca de la Rebelión y losprincipios del animalismo, sobre todo si venía de Trébol, por la que tenían unrespeto casi filial, pero costaba creer que entendieran mucho de lo que se lesexplicaba.La granja era más próspera y estaba mejor organizada; se había ampliadocon dos campos comprados al señor Pilkington. El molino de viento estaba porfin terminado y la granja poseía una trilladora y un silo, y se le habían añadidovarios edificios nuevos. Whymper se había comprado un carruaje descubierto.Pero, después de todo, el molino de viento no había sido utilizado para generarenergía eléctrica. Se utilizaba para moler maíz, y producía importantesbeneficios monetarios. Los animales trabajaban intensamente en laconstrucción de un nuevo molino; se decía que cuando estuviera terminado seinstalarían las dinamos. Pero ya no se hablaba de los lujos con los que algunavez Bola de Nieve había enseñado a soñar a los animales: los establos con luzeléctrica y agua caliente y fría, y la semana de tres días. Napoleón habíadenunciado esas ideas como contrarias al espíritu del animalismo. Laverdadera felicidad, decía, radica en trabajar duro y vivir frugalmente.Parecía, de alguna manera, que la finca se había enriquecido sin hacer másricos a los propios animales... excepto, claro está, a los cerdos y a los perros.Eso quizá se debía en parte a la cantidad de cerdos y de perros que había. Noera que esas criaturas no trabajaran, a su manera. Como Chillón nunca secansaba de explicar, la supervisión y la organización de la granja requerían unesfuerzo interminable. Gran parte de ese trabajo era de una naturaleza que losdemás animales, con su ignorancia, no podían entender. Por ejemplo, Chillónles contaba que los cerdos tenían que afanarse todos los días con cosasmisteriosas llamadas «archivos», «informes», «minutas» y «notas». Erangrandes hojas de papel que debían cubrir con una apretada escritura, y una vezescritas las quemaban en el horno. Eso, explicaba Chillón, era de sumaimportancia para el bienestar de la granja. Sin embargo, ni los cerdos ni losperros producían alimentos con su trabajo, y había muchos, y siempre teníanbuen apetito.En cuanto a los demás, su vida, hasta donde ellos sabían, era la misma desiempre. Por lo general tenían hambre, dormían sobre paja, bebían en elabrevadero, trabajaban en los campos; en invierno les molestaba el frío y enverano las moscas. A veces los más viejos buscaban entre los vagos recuerdostratando de determinar si en los primeros tiempos de la Rebelión, cuando laexpulsión de Jones era aún reciente, las cosas habían sido mejores o peoresque en ese momento. No recordaban. No tenían con qué comparar su vidaactual, fuera de las estadísticas de Chillón, según las cuales todo iba cada vezmejor. Para los animales era un problema insoluble, pero ahora tenían pocotiempo para pensar en esas cosas. Solo el viejo Benjamín afirmaba recordarcada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca habían sido nipodrían ser mucho mejores o peores; el hambre, la miseria y la decepcióneran, decía, inalterables leyes de la vida.Sin embargo, los animales nunca perdían la esperanza. Más aún, nuncaperdían, ni por un instante, la sensación de honor y privilegio de pertenecer ala Granja Animal. La suya seguía siendo la única granja ¡en toda Inglaterra!cuyos dueños y administradores eran animales. Ninguno de ellos, ni los másjóvenes, ni los recién llegados, traídos de granjas a diez o veinte millas dedistancia, dejaban de asombrarse. Y cuando oían el estampido de la escopeta yveían la bandera verde ondeando en el mástil, se les henchía el corazón deimperecedero orgullo, y las conversaciones siempre volvían a los viejos yheroicos tiempos, a la expulsión de Jones, a la escritura de los sietemandamientos, a las grandes batallas en las que habían derrotado a losinvasores humanos. No habían renunciado a ninguno de los viejos sueños.Todavía creían en la República de los Animales que el Comandante habíaanunciado, cuando ningún pie humano hollaría los verdes campos deInglaterra. Llegaría algún día: quizá no pronto, quizá no en vida de ninguno delos animales presentes, pero sí llegaría. Quizá hasta se tarareaba en secreto,aquí y allá, la canción «Bestias de Inglaterra»: en cualquier caso, era un hechoque todos los animales de la granja la conocían, aunque nadie se hubieraatrevido a cantarla en voz alta. Su vida podía ser dura y no haberse cumplidotodas sus esperanzas, pero tenían conciencia de que no eran como otrosanimales. Si pasaban hambre, no era por alimentar a seres humanos tiránicos;si trabajaban duro, al menos lo hacían para su propio beneficio. Entre ellos,nadie andaba sobre dos patas. Entre ellos nadie llamaba a otro «amo». Todoslos animales eran iguales.Un día de principios de verano, Chillón ordenó a las ovejas que losiguieran y las condujo a un descampado en el otro extremo de la finca,cubierto de brotes de abedul. Las ovejas pasaron allí todo el día alimentándosecon las hojas bajo la supervisión de Chillón. Al anochecer, el cerdo volvió a lacasa, pero como hacía calor pidió a las ovejas que se quedaran donde estaban.Terminaron pasando allí toda una semana, durante la cual los demás animalesno las vieron. Chillón se quedaba con ellas la mayor parte del día. Decía queles estaba enseñando a cantar una nueva canción, para lo cual se necesitabaprivacidad.Una tarde agradable, poco después del regreso de las ovejas, cuando losanimales habían terminado el trabajo y se dirigían a los edificios de la granja,llegó desde el patio el aterrorizado relincho de un caballo. Asustados, losanimales se detuvieron. Era la voz de Trébol, que relinchó de nuevo, yentonces todos los animales comenzaron a galopar y entraron a toda velocidaden el patio. Allí vieron lo que había visto Trébol.Un cerdo caminando sobre las patas traseras.Sí, era Chillón. Con cierta torpeza, como si le faltara costumbre paramantener su considerable corpulencia en esa posición, pero con perfectoequilibrio, se paseaba por el patio. Un momento más tarde, por la puerta de lacasa, salió una larga fila de cerdos, todos caminando sobre las patas traseras.Algunos lo hacían mejor que otros, a uno o dos se los veía todavía un pocoinestables y parecía como si les hubiera gustado apoyarse en un bastón, perotodos recorrieron el patio con éxito.Finalmente se oyó un tremendo aullido de perros y un agudo cacareo delgallo negro; entonces salió el propio Napoleón, majestuosamente erguido,lanzando miradas altivas a un lado y a otro, con los perros brincandoalrededor.Llevaba un látigo en la pezuña.Se produjo un silencio mortal. Asombrados, aterrorizados, apiñados, losanimales observaron cómo la larga fila de cerdos avanzaba lentamente por elpatio. Era como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Al agotarse la primeraimpresión, hubo un momento en el que, a pesar de todo —el terror a los perrosy la costumbre, perfeccionada durante largos años, de no quejarse, no criticar,pasara lo que pasase—, podrían haber emitido alguna palabra de protesta. Peroen ese momento, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas se pusieron abalar estentóreamente:—¡Cuatro patas, sí; dos patas, mejor! ¡Cuatro patas, sí; dos patas, mejor!¡Cuatro patas, sí; dos patas, mejor!Los balidos se prolongaron durante cinco incesantes minutos. Y paracuando se hubieron callado las ovejas, la posibilidad de expresar algunaprotesta había pasado, porque los cerdos ya habían vuelto a entrar en la casa.Benjamín sintió que una nariz le acariciaba el hombro. Se volvió paramirar. Era Trébol. Los viejos ojos de la yegua parecían más apagados quenunca. Sin decir nada, ella le tiró con suavidad de la crin y lo llevó hasta elextremo del establo principal, donde estaban escritos los siete mandamientos.Durante un par de minutos se quedaron mirando la pared pintada con letrasblancas.—Estoy perdiendo la vista —dijo finalmente—. Ni siquiera de jovenhubiera podido leer lo que está escrito ahí. Pero me parece que esa pared se vediferente. Los siete mandamientos ¿son los mismos de antes, Benjamín?Por una vez, Benjamín aceptó quebrantar sus normas y le leyó lo queestaba escrito en la pared. Ahora no había allí más que un solo mandamiento,que decía:TODOS LOS ANIMALESSON IGUALES,PERO ALGUNOS ANIMALESSON MÁS IGUALESQUE OTROS.Después de eso, al día siguiente no pareció nada extraño que todos loscerdos que supervisaban el trabajo de la granja llevaran látigos en las pezuñas.No pareció extraño descubrir que los cerdos se habían comprado un aparato deradio, que se disponían a instalar un teléfono y que se habían suscrito a JohnBull, Tit-Bits y el Daily Mirror. No pareció extraño ver a Napoleón paseandopor el jardín de la casa con una pipa en la boca; no, ni siquiera cuando loscerdos sacaron de los armarios la ropa del señor Jones y se la pusieron, y elpropio Napoleón apareció con un abrigo negro, pantalones de caza y polainasde cuero, mientras su cerda favorita aparecía con el vestido de muaré que laseñora Jones solía ponerse el domingo.Una semana después, una tarde, llegaron a la granja una serie de carruajesdescubiertos. Habían invitado a una delegación de agricultores vecinos a haceruna visita de inspección. Mientras recorrían la granja, esos agricultoresexpresaron gran admiración por todo lo que veían, especialmente por elmolino de viento. Los animales estaban quitando las malas hierbas de loscampos de nabos. Trabajaban con diligencia, casi sin levantar la cara de latierra y sin saber a quiénes temer más, si a los cerdos o a los visitanteshumanos.Esa noche resonaron en la casa ruidosas canciones y carcajadas. Derepente, al oír la mezcla de voces, los animales sintieron una gran curiosidad.¿Qué podría estar sucediendo allí, ahora que por primera vez animales y sereshumanos se reunían en condiciones de igualdad? De común acuerdo,empezaron a deslizarse lo más silenciosamente posible hasta el jardín.Se detuvieron en la entrada, medio asustados, pero Trébol se puso al frentey avanzaron de puntillas. Los animales más altos miraron por la ventana delcomedor. Allí, alrededor de la larga mesa, estaban sentados media docena degranjeros y media docena de los cerdos más eminentes; el propio Napoleónocupaba el puesto de honor en la cabecera. Los cerdos parecíancompletamente a gusto. El grupo había estado disfrutando de una partida denaipes, que acababan de interrumpir sin duda para hacer un brindis. Teníanuna jarra grande, de la que servían cerveza en los vasos. Nadie se fijaba en lasperplejas caras de los animales que miraban por la ventana.El señor Pilkington, de Monterraposo, se había puesto de pie con el vasoen la mano. En un momento, dijo, propondría un brindis. Pero sentía que antestenía que decir unas palabras.Era para él motivo de gran satisfacción, compartida sin duda por todos lospresentes, dijo, advertir que un largo período de desconfianza y malentendidoshabía llegado a su fin. No había faltado la época en la que los vecinoshumanos veían a los respetados propietarios de la Granja Animal no diría quecon hostilidad, pero sí quizá con cierto grado de recelo, sentimiento siempreajeno, por supuesto, a él y al resto de los presentes. Se habían producidodesafortunados incidentes y se habían sostenido ideas equivocadas. Se pensabaque la existencia de una finca donde los dueños y administradores eran cerdosconstituía una anormalidad y podía tener un efecto perturbador en elvecindario. Demasiados agricultores habían supuesto, sin informarse, que enuna finca de esas características predominaría un espíritu de libertinaje eindisciplina. Les asustaban los posibles efectos sobre sus propios animales, oincluso sobre sus empleados humanos. Pero ahora se habían disipado todasesas dudas. Ahora él y sus amigos habían visitado la granja e inspeccionadocada rincón con sus propios ojos, y ¿qué habían encontrado? No solo losmétodos más actualizados, sino una disciplina y un orden que debería serejemplo para todos los granjeros de todas partes. Creía que no se equivocabaal decir que los animales inferiores de la Granja Animal trabajaban más yrecibían menos comida que cualquier otro animal del condado. De hecho, él ylos demás visitantes habían observado muchas características que se proponíanintroducir de inmediato en sus propias fincas.Para terminar, añadió, quería hacer hincapié de nuevo en el sentimientoamistoso que existía y debería seguir existiendo entre la Granja Animal y susvecinos. Entre los cerdos y los seres humanos no había, y no tenía que haber,ningún conflicto de intereses. Sus luchas y sus dificultades eran las mismas.¿Acaso el problema laboral no es el mismo en todas partes? Pareció que elseñor Pilkington estaba a punto de soltar alguna ocurrencia cuidadosamentepreparada, pero por un momento le produjo tanta hilaridad que no pudocontarla. Después de mucho reír y toser, mientras se le enrojecían las diversaspapadas, logró por fin hablar:—¡Usted tiene que lidiar con los animales inferiores —dijo—, y nosotroscon las clases inferiores!Esa agudeza los hizo reír con ganas, y el señor Pilkington volvió a felicitara los cerdos por las bajas raciones, las largas horas de trabajo y la ausenciageneral de mimos que había observado en la Granja Animal.Y ahora, dijo por último, pediría a los invitados que se levantaran y seaseguraran de tener los vasos llenos.—Señores —concluyó el señor Pilkington—, señores, propongo unbrindis: ¡por la prosperidad de la Granja Animal!Hubo vítores entusiastas y golpes en el suelo. Napoleón estaba tancontento que dejó su lugar y caminó alrededor de la mesa para entrechocar elvaso con el del señor Pilkington antes de vaciarlo. Cuando terminaron losaplausos, Napoleón, que se había quedado de pie, dio a entender que tambiénél quería decir unas palabras.El discurso, como todos los suyos, fue breve y al grano. También él estabacontento, dijo, de que hubiera llegado a su fin el período de incomprensión.Durante mucho tiempo habían circulado rumores —difundidos, había quepensar, por algún malvado enemigo— según los cuales su actitud y la de suscolegas tenía algo de subversivo, incluso de revolucionario. Se les habíaatribuido el intento de incitar a la rebelión a los animales de las granjasvecinas. ¡Nada más lejos de la verdad! Su único deseo, ahora y en el pasado,era vivir en paz y mantener relaciones comerciales normales con los vecinos.Esa granja que tenía el honor de controlar, añadió, era una empresacooperativa. Compartían su propiedad —los títulos estaban en su poder—todos los cerdos.No creía, dijo, que aún persistieran las viejas sospechas, pero algunoscambios introducidos últimamente en la rutina de la granja tendrían quereforzar aún más la confianza. Hasta ese momento los animales de la granjahabían tenido la estúpida costumbre de tratarse entre ellos de «camarada». Seprohibiría ese saludo. También había una costumbre muy rara, de origendesconocido, que consistía en desfilar todos los domingos por la mañana antela calavera de un cerdo clavada en un poste del jardín. También eso seprohibiría, y ya habían enterrado la calavera. Las visitas también se habríanfijado en la bandera verde que ondeaba en lo alto del mástil. Si lo habíanhecho, quizá habrían notado que la pezuña y el cuerno blancos que antes laadornaban habían sido eliminados. En adelante sería simplemente una banderaverde. Solo tenía una crítica que hacer, dijo, a la excelente y amableintervención del señor Pilkington. El señor Pilkington había hablado todo eltiempo de la «Granja Animal». No podía, por supuesto, saberlo, porque él,Napoleón, lo anunciaba ahora por primera vez: quedaba prohibido el nombre«Granja Animal». En adelante la granja se conocería como la «GranjaSolariega», que según él era el nombre original y correcto.—Señores —concluyó Napoleón—, propondré el mismo brindis de antes,pero con una diferencia. Que cada uno llene el vaso hasta el borde. Señores,este es mi brindis: ¡por la prosperidad de la Granja Solariega!Se oyeron los mismos efusivos vítores y se vaciaron los vasos de un trago.Pero a los animales que miraban la escena desde fuera les pareció que algoraro pasaba. ¿Qué sería lo que había alterado los rostros de los cerdos? Losojos viejos y nublados de Trébol saltaban de uno a otro. Algunos tenían cincopapadas, algunos cuatro, algunos tres. ¿Qué sería aquello que parecíaderretirse y transformarse? Al terminar los aplausos, los invitados recogieronlos naipes y continuaron la partida interrumpida, y los animales se alejaron ensilencio.Pero apenas habían dado unos pasos cuando se detuvieron en seco. De lacasa salía un alboroto de voces. Volvieron corriendo y miraron de nuevo por laventana. Sí, todos se estaban peleando de manera violenta. Había gritos,golpes en la mesa, miradas desconfiadas, negativas furiosas. El origen delproblema estaba, al parecer, en que Napoleón y el señor Pilkington habíanjugado al mismo tiempo un as de espadas.Doce voces indignadas gritaban, y todas eran iguales. Lo que habíaocurrido en los rostros de los cerdos era ahora evidente. Los animales queestaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre ydespués a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya nopodían saber cuál era cuál.EpílogoEs posible que, cuando se publique este libro, mis puntos de vista sobre elrégimen soviético se hayan generalizado. Pero ¿y qué? Cambiar una ortodoxiapor otra no supone necesariamente un avance.
