Y ahí estaba yo, dispuesta a comprender su forma de amar y de ver la vida, con mi corazón en una mano y mi suspiro en la otra. Desde el principio, me deslumbró con su palabra y sus conocimientos, era alguien que sabía nunca iba a olvidar, de esas personas que llegan tan al fondo de tu alma que ni tu mente comprende. Él, amante de la naturaleza, de la libertad y la pasión, sabía que el tiempo habría que disfrutarlo al máximo mientras estuviera a su lado, la vida misma era relativa y si algo quería en este Universo, era salir a conocerlo.
Éste era mi Quijote, el hombre soñador que durante muchos años esperé, y quien después de una amistad duradera, despertó en mi una esperanza, las ganas de arriesgarme y correr por la vida sin voltear atrás. Sin duda este capítulo va dirigido a él, al amor que le tengo en estos momentos.
Es una mañana soleada, en este viernes de abril, la cuarentena aún no cesa y las personas hemos olvidado la sensación de ser nómadas, sin entender que estando aquí, ocultos en nuestras casas, somos más libres de lo que fuimos. Pocos lo analizan y buscan actividades para mantenerse ocupados, navegan por las redes sociales que la sociedad nos ha dictado y buscan información sobre el motivo de nuestro encierro, lo único que logran es que las dudas los invadan aún más. De pronto llama mi mamá, el desayuno está listo, y lo sé porque a tan solo unos metros de distancia los olores de su comida llegan a la habitación donde duermo. Le respondo que ya voy, pero antes hago una pausa en mi rutina, puesto que él me mandó un archivo, son los colores más hermosos que jamás vi, noto que es la fotografía de Gal Gadot, ambos amamos a esta actriz, es de las mujeres más exitosas del cine y no hace muchos años actuó como la mujer maravilla en DC Comics. En fin, es ella uno de los motivos de nuestras conversaciones, no hacemos más que compartirnos fotografías de Gal y de paisajes naturales. El otro día le envié la fotografía de un sendero lleno de jacarandas, los tonos eran púrpuras y al final la luz del sol deslumbrante, así empiezan mis mañanas en esta cuarentena, él y yo dándonos los buenos días a través de mensajes y a veces con una foto de recuerdo. Mi amigo, quien desde hace varios meses me transmitía un poco más que una buena amistad; en ocasiones me dio la fuerza que necesitaba y sus palabras eran como una melodía a mi corazón, la piel se me enchina tan solo de pensar en lo que me hace sentir.
El desayuno, como la cereza del pastel de mi maravilloso amanecer. Mi mamá siempre dando lo mejor de ella. A veces me pregunto ¿qué habré hecho para merecer una madre así? Una mujer con apenas algunas cabellos plateados, hermosa y de carácter fuerte.
Pronto pasó la hora familiar y llegó la comida, la cena, la hora de dormir. Todo el día nos escribimos, claro, dejando una pausa de al menos 2 horas entre cada charla, jamás me aburría de él, era como leer un libro, cada vez quería más y más, conocer su historia, su propósito, sus anécdotas.
Transcurrieron los días durante todo abril, llegamos a mayo y nuestras conversaciones eran cada vez más duraderas, las fotografías más nítidas y las emociones más intensas, así es, se había convertido en mi confidente, me había dado cuenta de que él ya no era el mismo y yo tampoco. De alguna manera estaba creciendo en mi un sentimiento diferente, no pude explicarlo pero sabía que me estaba gustando, y sé que a él también porque lo sentía más cercano a mí, era como si la vida nos estuviera dando la oportunidad de conocernos completamente, sin malicia alguna.
No había día desde ese entonces, en el que no quisiera saber de él, poco a poco se iba convirtiendo en mi droga favorita. Un día me escribió "Recuerda, esta noche cenamos en Italia" e inmediatamente la fotografía de un paisaje con colores oceánicos, se veían las mesas de un restaurante italiano cerca de la costa, en el fondo, una pareja cenando y las luces de un cielo atardeciendo. No puedo describir con palabras humanas lo que ese mensaje me hizo sentir, de algún modo mágico, si esa es la palabra correcta, él entró a mi corazón. Comencé a imaginar un día a su lado, quizás me tomaría de la mano al cruzar la calle, quizás me miraría a los ojos sin parpadear, quizás llegaría un beso al anochecer. Pensé en la ropa que usaría en esa escena de mi vida, con el clima cálido, con las estrellas de nuestro lado y la luz de la luna apenas alumbrando nuestras siluetas.
No pasó ni una semana y él ya me había cautivado con otra fotografía de la naturaleza, esta vez había una cascada de fondo, los colores verdosos y terrosos me llamaron la atención, cerca la presencia de una tienda de campaña incomparable a la maravillosa vista de lo natural. Le pregunté si ahí sería nuestra próxima aventura y su respuesta fue "sólo si aceptas". Podrían parecer palabras vagas para quien no vive un momento así, pero para mí, era una sonrisa a nuestros planes, cosa incierta por cierto, ninguno de los dos sabía lo que pasaría, nos lo imaginábamos y soñábamos con ese destino tan anhelado, pero no estaríamos seguros de que sucediera en la vida real. Él me ponía muy feliz cada que recibía sus mensajes, la sonrisa no cabía en mi rostro y mi familia lo empezaba a notar, de pronto mi hermana me llamaba "sonrisitas" y yo sólo asentía con la cabeza, ¿cómo era posible? ¿era tan obvia mi expresión al saber de él? Nos contábamos todo, desde las travesuras de nuestras mascotas, hasta datos curiosos sobre el Universo, las noches fueron eternas cuando empezamos a pasarnos canciones, tuve que hacer una lista de reproducción de nuestras pistas para acordarme de todas. La música pronto se convirtió en nuestro lenguaje, yo ya no dejaba de escucharlas al bañarme, al caminar, al hacer el quehacer de casa, incluso, cuando en mis tiempos libres me ejercitaba, en lugar de reproducir el son del momento, buscaba en mi repertorio aquella canción que me recordaba a él. Imágenes, canciones y sus palabras es todo lo que tenía como recuerdo de su alma, me transmitía todo en cuestión de segundos, incluso era tal mi deseo de saber de él, que le di un tono especial a sus mensajes, de esta forma, al recibir cualquier mensaje sabría que era él. Durante todo mayo compartimos un poco de nosotros, lo increíble era que aún había más por descubrir, mientras más nos conocíamos, más nos añorábamos. Las canciones fueron cada vez más significativas, "It's now or never" de Elvis Presley se hizo tan importante en mi día a día, al igual que "It's been a long, long time" de Harry James, "Vivo" de Fobia o "Crema de estrellas" de Soda Estéreo. Estas canciones transformaban mis días malos en mágicos, mis errores en aprendizajes y mis palabras en melodías para el alma. La lista se hacía cada vez más larga, pero eso no importaba, entre más canciones, más regalos para compartir, más sabía sobre él y más ganas de verlo tendría. Una vez más me cuestionaba si era real lo que estábamos viviendo, de cierta forma era asombroso darme cuenta de que sin siquiera tocarnos, vernos o escucharnos pudiera yo sentir algo más que solo atracción. Lo que me llevó a la idea de no sólo escribirnos, sino, mandarnos audios, así, el tendría un poquito más de mi y yo iría a la cama feliz de haberlo escuchado. Los audios contestaron un sinfín de mensajes antes emitidos, había veces que duraban más de 5 minutos, y yo los reproducía con tal de aprenderme a detalle su voz, sus notas graves y agudas. Mi familia ahora estaba segura de mi comportamiento, solían llenarme de preguntas sobre quién era él, de donde lo conocía y cómo era. Les respondí de la manera más objetiva posible pero mi forma de expresarme les daba a entender algo más, ellos no comprendían mi despertar positivo y mi forma de arreglar alguna situación irritante que hace algunos meses me habría sacado de quicio. No, no sabían cómo ni porqué, pero el cielo y las estrellas nos miraban a distancia y se daban cuenta de lo que estaba creciendo entre nosotros. Es ahora o nunca, pensé durante largas noches, soñaba con él a mi lado y su dulce sonrisa cerca, ¿esto era el amor del que todo mundo hablaba? ¿la calma después de la tormenta? Prefería no saberlo, en caso contrario creía arruinaría mi presente, empecé a soltar cualquier temor o inseguridad sobre nosotros y comencé a arriesgarme un poco más.
Una tarde me dijo que tenía algo para mi, que debía dármelo antes de que fuera demasiado tarde. Me preocupé, así que accedí a vernos a pesar de la cuarentena, a pesar de las reglas que el gobierno nos imponía "por nuestra seguridad". Mi madre desde luego estaba en desacuerdo, pero vamos, un hijo siempre sabe darle al clavo a un permiso con tanta urgencia como este. Nos pusimos de acuerdo y quedamos en vernos al día siguiente, la hora se fijó a las 5 de la tarde, al mismo tiempo que los papalotes flotaban en el cielo de la mano de los niños del lugar donde vivía. Sabía que sería un buen momento para compartir, con el viento a nuestro favor, la tarde de un lunes añorada.
Llegó la mañana del lunes, pero no nos vimos esa tarde, sino un poco antes, él comentó que tenía algo que hacer después, por lo que como buena amiga cambié la hora para vernos mejor en la mañana, a las 10 de la mañana. El jamás imaginó las ganas que tenía de verlo, ni siquiera notó mi nerviosismo al tenerlo cerca. Ese día pasó increíblemente rápido, al vernos por primera vez, me sonrió, se acercó ligeramente hacia a mi y así sentí ese beso en mi mejilla, ese que por mucho tiempo deseaba sentir. La luz del sol encima suyo era como de película, y aunque los árboles nos brindaban su sombra, el calor se sentía y era muy particular. La sorpresa que tenía para mi era un suculento pozole que su mamá había preparado con mucho amor el día anterior y además, una carta escrita a mano. De manera casi inmediata, la tuve en mis manos y la leí, cada frase era como un verso, el más hermoso que jamás tuve oportunidad de leer, ¡y era mío! Él había escrito sus sentimientos hacia a mi en ese lienzo blanco. Mi corazón latía lo más rápido que podía, caminamos y las letras de aquella hermosa carta seguían en mi mente, era como si estuviera leyéndola por ratos enteros, hasta que a lo lejos oí un "¿Nos vamos por aquí?" era su voz, su dulce voz hablándole a una chica despistada y nerviosa por caminar junto al chico que antes sólo veía como un amigo, y que esta vez se había convertido en algo más. La caminata nos llevó por largas calles, tuvimos tiempo apenas de platicar sobre nuestros días, sobre la cuarentena que vivíamos, sobre anécdotas, risas y momentos divertidos. Llegó la tarde y nuestros pasos llegaron al jardín de una iglesia cerca de mi casa, ahí pudimos sentarnos y hablar sobre ejercicio, cosa que ambos amamos hacer, es inmensa la cantidad de cosas que hacemos y que nos gustan, somos totalmente compatibles, sin embargo, trataba de no pensar en eso, es más, ni siquiera podía verlo a los ojos, ya que si lo hacía, él de inmediato se daría cuenta de lo maravillada que estaba al verlo y que el brillo en mis pupilas era debido a la magia de tenerlo junto a mi. Para ser sincera yo no sabía si era correcto demostrar ese sentimiento, tenía miedo de no ser correspondida y desde luego, eso me dolería.
La hora de irme pronto se anunció, él me acompañó al sitio donde mi madre y mi hermana llegarían por mi, tuvimos poco tiempo para despedirnos, así que traté de hacerlo lo más significativo posible, pero algo pasó, algo que me dejó muy pensativa ese día y que quizás podría ser la señal que tanto buscaba, momentos antes de mi partida, él me pidió una y otra vez que me acercara, que me despidiera de él con un precioso beso en la mejilla, desde luego que yo lo hice, no había otra cosa que quisiera hacer en ese momento que acercarme a él, lo más cerca, tanto como para sentir su respirar. Así que sí, ese día me despedí con un beso en cada mejilla como unas cincuenta veces, y la verdad es que me fueron insuficientes, sentir su calidez era una sensación que poco a poco se convertiría en mi droga favorita. Sin duda, uno de mis días favoritos en esta época del año.
A los pocos días de nuestro encuentro, me di cuenta de que no podía pasar un día sin saber de él, con más intensidad que antes y con más ganas de verlo, el tiempo y la distancia eran mis enemigos, "si tan solo pudiera parar ese momento y correr a verlo" pensaba durante largas horas, en mi casa, cuando comía, al despertar, al moverme de un sitio a otro.
Durante casi una semana estuvimos pegados al teléfono hablándonos como adolescentes en pleno enamoramiento, las pláticas las disfrutaba como nunca antes, las canciones continuaban en nuestra historia mágica, los versos en audios era un suspiro de mi corazón y cada día, era un paso más para nuestra próxima cita. En cierta noche, mientras decíamos lo mucho que queríamos vernos, salió al tema una fecha que creí olvidada, la fecha en la que por primera vez pasé la noche con él, una noche en la que dos amigos se quedaron a dormir en una misma habitación, pero por alguna razón dejé en el olvido, ya que sólo había sido una fiesta con un par de brownies mágicos, amigos del trabajo, una casa con un buen ambiente y la luz de la luna de testigo.
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El amor que pedí
RomanceQuisiera agradecer antes que nada, a todas las personas que han dejado huella en mi y que de alguna manera sus experiencias me han inspirado a escribir, basada en hechos reales, combinados con algo de magia desde la perspectiva de un alma soñadora. ...
