Muchos le temen a la muerte, ¿quién no habría de hacerlo?
Sin embargo; hace mucho tiempo, para un joven músico la muerte llegó a ser más bella que la vida, pues viéndola más allá de la soledad, miedo y tristeza que la misma representa y carga consig...
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En un extenso e inalcanzable jardín por los ojos humanos, la muerte caminaba melancólico, miles de flores marchitaban en un sólo instante, y tenía que guardar aquellas almas que debían renacer. Él simplemente estaba cansado, desde que tenía memoria solo vivía para arrebatar la vida de los seres humanos; incluso teniendo la certeza de que las flores jamás morirían, renaciendo hermosamente en un bucle sin fin... a pesar de saberlo muy bien, no podía evitar que la lluvia cayera en su rostro. Aquella mirada que muchas veces los mortales le daban acababa con él, y deambulando con pies tambaleantes en un viaje sin fin, no había lugar o momento en el que su agotado cuerpo pudiese descansar. No importaba si fuera un día lluvioso, nublado o soleado; primavera, verano, otoño e invierno, todos los 365 días del año, él se encontraba en todos ellos, esperando el momento para nuevamente encarcelar las almas, negándoles el deseado descanso eterno.
Al terminar sus labores empapadas de estrés, regreso para embriagarse con el aroma de las rosas que aún desbordaban vida; al ver aquella de un azul brillante recordó algo que no parecía haber pasado, una voz dulce que cantaba algo que no entendía del todo: su cabeza repetía la escena borrosa de palabras distorsionadas, parecía ser una noche de un diciembre lejano, y cuando aquella persona lo abrazó se sintió a salvo. Figuras danzaban con elegancia a través de su memoria, haciéndole bailar mientras tarareaba aquella melodía, realmente había extrañado sentir amor.
Su ilusión había sido interrumpida por Hermes, quien mandado por Zeus y Dios solicitaba su presencia ante los mismos, no tenia ganas de ser regañado por nadie, no quería ver a más personas morir, pero sin objeción alguna siguió a su superior.
Mientras caminaba sintió que en algún lugar lejano, su felicidad brillaba con suavidad al igual que una brasa, lo que su corazón parecía haber sabido, eran cosas que anhelaba recordar; pero al final sólo existía para seguir las ordenes de todos aquellos dioses, y algo como la alegría no estaba al alcance de sus manos.
Dios quería mandar una pandemia al mundo, Zeus para aquellos momentos lo veía innecesario, y al no estar disponibles el resto de dioses del consejo, decidieron considerar la opinión de la muerte.
—¿Bueno y que piensas? —preguntó Zeus.
—No lo sé, ¿por qué me preguntan a mi?
—Ya lo había dicho, este niño no nos sirve de nada, si pudo hacer aquello hace tiempo, no veo como lo ves capaz de tomar una decisión, cosa que influirá en nuestro destino y el de todos los seres vivos —exclamó Dios deseando que la muerte se fuera de una buena vez.
—Tiene razón señor, pero teniendo la oportunidad de hablar, para mi seria mejor si simplemente nadie renaciera nunca más y descansaran por la eternidad... pero, hablando de manera objetiva fue suficiente con la del medievo, ni siquiera me es posible sentarme por un momento, cuando ya debo ir a marchitar a alguien más; me veo incapaz de cubrir el trabajo que una pandemia conlleva —respondió la muerte con la mirada baja.
—Realmente te pedimos disculpas, se que debe ser muy cansado, y es una lastima que alguien tan agradable como tú tenga una vida tan lúgubre, pero... —dijo Zeus antes de ser interrumpido por Dios.
—De mi parte no hay disculpa alguna, naciste para servirnos y eso es todo, veté ya que no nos sirves para nada; mejor hubiera sido llamar a Anubis o Mictlantecuhtli.
Una llama azul murmuraba su nombre desde algún lugar, desprendiendo una suave melodía; así que la muerte se marchó sin decir nada más, desapareciendo entre las sombras del Olimpo.
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