Injusticia En Overloot

28 3 1
                                        


16 de Agosto del año 2014.

17 horas con 36 minutos marcados en el reloj colgado en la pared de una estación de policía. Las celdas con olor a orines y olor a muerte ácida, peores que un hotel de paso. Una celda junto de el esta una prostituta tratando de coquetearle. No tiene ni siquiera idea de porque está ahí. Desde donde esta se escuchan los gritos de su esposa y las de su hija. Desesperadas por querer saber que pasa ahí.
—Oye Guapo. No cobro mucho. Tal vez saliendo podríamos ir a tomar unos tragos. —dice la pelirroja artificial con aire de puta masticando un chicle sin sabor.
—¡Porfavor, Dejen me salir! —grita euforicamente tratando de ver si en ese mismo instante el puede llegar a desintegrar las barras de metal con sarro. Tal vez con más intentos o esfuerzo podría hacer que pase.
—¡Ya callate! —Dice el vigilante de celdas, sentado a cinco metros de el.
—Pero, por favor tienen que escucharme. Yo no he hecho nada. —la aguda adrenalina invade las manos temblorosas del pobre hombre, aún con el traje de su trabajo.
Por todo el pasillo de celdas míseras, se escucha una pequeña alarma. El aviso de que la puerta principal al acceso de celdas es abierta.
—Jack Dawson, alguien viene a verte. —el policía deja que pase una mujer. Alta de finos hilos negros colgando de su cabeza. Largos y brillosos como la seda.
Sus pasos se aproximan a su celda.
—¿Jack? Mi amor, dime. ¿Que diablos sucede? —salen estas palabras de la boca de la dama de Dawson.
—No lo sé, pero te prometo que saldré de aquí pronto. —el cansado hombre limpia las negras lágrimas de la mujer frente a el, que arrasan con el maquillaje. Incluso estando a nada del colapso por una tragedia, ella puede verse igual de impecable y hermosa en momentos críticos. —¿Donde está Raven?
—Está esperando afuera, no la dejaran pasar, por ahora. —la mujer aprieta las barras de metal al ver a su hombre indefenso en una jaula infernal, y sobre sus manos delicadas reposan las manos masculinas.
—¿Adonde te llevarán? ¿Que pasará contigo? —Las preguntas rondan con miedo y con temor de unas respuestas.
—No se que pasara amor mío, mucho menos sé dónde me llevaran. Pero lo único que quiero es que esto ya pase y regrese a casa a los brazos de las únicas dos mujeres que amo con toda mi alma. —la dama se rompió más en llanto; definitivamente amaba a ese hombre.
—Sea lo que sea que están hablando, ya parenlo. Solamente tienes dos minutos más Dawson.
El policía vigilante estaba a nada de romper con la calma de Jack.
La dama de cabellos negros y largos miro fijamente hacia los ojos negros del hombre de la tragedia, las miradas que tenían hablaban por ellos.
—Prometeme que cuando salga de aquí nos iremos a otro lugar, otro continente, otro país, otro estado, a otro mundo si es necesario. No voy a querer ver a los malditos del pueblo otra vez en mi maldita vida.
—Por supuesto que sí amor mío, nos iremos de aquí. Te lo prometo.
El vigilante se acerca a ellos con cautela.
—Perdón por interrumpir este mágico momento, pero ya es hora de que usted se vaya por otra parte. —agarra de un brazo a la dama y la intenta separar decididamente de las barras.
—¡Espere, aún no. Aún no acabo de hablar con mi esposo! Y no me jale así.
—¡Suelta a mi esposa imbécil! ¡Aleja tus manos de ella!
El policía suelta a la mujer y saca su pistola en dirección de Jack.
—Otra palabra Miserable, y te juro que una de las balas te atravesara alguno de tus inútiles órganos.
La dama se lleva sus manos a la boca, no ve el punto en que ella vaya a desmayarse de tantas emociones. Jack levanta sus manos y se aleja de las barras, odio, eso era lo único había entre la tensión de las celdas. El odio puro que transpiraba a todo pulso Jack era indiscutiblemente casto.
—Eso pensé maldita rata. —el policía vigilante baja el arma y lo vuelve aguardar. —Ahora tu no hagas drama y salte de aquí estúpida.
—Si, eso haré. —La mujer se voltea y ve a su marido con miradas de promesa y afecto.
—¡Apurate! No tengo todo el día. —sumisamente agacha la cabeza y deja atrás el futuro invierno.
Con un empujo por la espalda se acerca a su hija que está devastada, entre sus brazos aguardo a su hija que entre lágrimas y jadeos sentía que su madre no daba para más. La amarga y ácida experiencia de la impotencia de los débiles es el éxito de los más fuertes dentro de una fortaleza que no rige nada más que... La Injusticia.

Justicia, Amor Y Corrupción.Stories to obsess over. Discover now