Capitulo 01: La primera grieta

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La mañana no llegaba con la luz... llegaba con sonido.

El murmullo distante de los motores, el leve susurro del viento rozando la ventana entreabierta, el crujir suave de la cama al moverse, el eco de pasos ajenos en algún rincón del mundo que aún no terminaba de despertar. Incluso, a lo lejos, algún pájaro cantaba, como si intentara recordarle a todo que la vida seguía avanzando.

Todo sonaba... demasiado real.

El tic-tac invisible del tiempo se mezclaba con mi respiración, pesada, casi imperceptible, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún se negaba a entender.

No era paz.
No era calma.
Era ese silencio incómodo que grita sin hacer ruido alguno.

Y en medio de todo eso... yo ya estaba despierto.

Aunque, muy en el fondo, nunca había dejado de estarlo.

—Knock, knock...

El sonido rompió el equilibrio frágil de la mañana.

La puerta se abrió sin esperar respuesta. Era mi madre, entrando con prisa, con esa urgencia cotidiana que no entiende de pensamientos ni de silencios.

—Levántate, se te hace tarde.

Su voz arrastraba la realidad de golpe.

Hoy no era un día cualquiera.
Hoy comenzaba todo de nuevo.

Mi primer día de clases...
en una nueva secundaria.

Con pesadez, me levanté de la cama, obligándome a mostrar un atisbo de emoción que no sentía.

—¡Ay, cariño! Cambia esa cara... parece que no has dormido bien.

Su voz intentaba ser ligera, casi cálida, pero no lograba atravesar del todo el peso que llevaba encima.

—Claro, mamá... ¿cómo no podría estar emocionado por este cambio, si es lo que más he deseado en toda mi puta vida?

Lo dije con un sarcasmo apenas disimulado, casi como un reflejo.

Mi madre frunció el ceño y me lanzó una mirada fulminante. No hizo falta que dijera nada más.

En ese instante lo entendí.
Había cruzado una línea.

En casa existía una regla implícita: jamás decir malas palabras.
Supongo que son las pequeñas desventajas —o ventajas, dependiendo de cómo se mire— de ser hijo de pastor.

Observé cómo mi madre se acercaba poco a poco, claramente molesta... y, de pronto, zas.

El golpe llegó seco, directo a mi boca.

—¡Jamás! —dijo, con una firmeza que helaba—. Nunca he dicho una mala palabra frente a ti, así que será la última vez que te escucho decir algo así.
El silencio que quedó después pesó más que el golpe.

Ni siquiera me inmuté. Solo asentí, restándole importancia.

Pude haber seguido la discusión, soltar un "ni me dolió" solo por orgullo... pero, sinceramente, no tenía ganas.

No cuando el resultado ya estaba decidido.

No cuando, en esa casa, siempre había un perdedor.
Y claramente... no era ella.

Me levanté, sintiendo la mirada fría de mi madre clavada en mí.

Caminé a su lado en silencio. Ella no dijo nada; solo siguió cada uno de mis pasos con la vista.

Al pasar junto a ella, tomé mi toalla sin mirarla siquiera y me dirigí al baño.

Al llegar, cerré la puerta con seguro.
Por fin estaba solo, me coloqué frente al espejo.

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⏰ Son güncelleme: Apr 05 ⏰

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