Alexandra es una chica que no resalta en la manada Goldenmoon por ninguna razón.
Ella no es veloz como otros lobos o vampiros.
No es buena cazando.
Tampoco es muy valerosa.
Y siente que no pertenece a la manada.
El simple hecho de ser completamente...
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Pareciera que fue ayer cuando mi madre me susurraba que nunca me alejara de la manada. Su voz era un refugio cálido, dulce y amoroso, envolviéndome cada vez que caía al suelo y me lastimaba. Ella siempre estaba ahí, acunándome entre sus brazos, como si con un simple gesto pudiera protegerme del mundo entero.
También recuerdo a mi hermano, que reía de mi torpeza y mi fragilidad. No era crueldad lo que había en su risa, sino la inocencia de quien no sabe cuánto duelen las palabras cuando uno ya se siente débil.
Mi abuela, en cambio, veía mi vulnerabilidad con otros ojos. Fue ella quien me enseñó a transformar mis debilidades en armas, quien me mostró que incluso lo más frágil podía convertirse en un escudo. Pero ahora entiendo que no entrené lo suficiente, que el exterior era mucho más cruel de lo que podía imaginar.
Cuánto anhelo el abrazo de mi madre, el consuelo sabio de mi abuela, la risa juguetona de mi hermano... incluso los obsequios fríos, pero constantes, de mi padre. Todo eso lo daría por sentir, aunque fuera una vez más, que pertenecía a ellos.
—¡Despierta, maldita! —ruge una voz quebrada por la furia, arrancándome de mis pensamientos. Siento mis ojos hinchados por los golpes, apenas puedo abrirlos. No quiere que muera... no todavía.
—Por favor... —musito con labios resecos, la garganta lacerada—. No... no quería lastimarte...
Mi cuerpo entero es un mapa de dolor. La sangre seca endurece mi piel, mezclada con las lágrimas que corren sin detenerse. Cada respiración arde, cada movimiento duele.
—¿No querías lastimarme? —escupe con una furia que hiela mis huesos. Sus ojos, que alguna vez creí hermosos, ahora son pozos oscuros que solo destilan terror—. ¡Debiste pensarlo antes de escogerlo a él y no a mí!
Sus gritos son martillos contra mi cráneo; la punzada en mi cabeza me obliga a cerrarlos con fuerza, como si eso pudiera silenciarlo.
—¡Mírame! —vocifera, y su voz retumba como un látigo en mi interior—. ¡Tú me convertiste en esto! Yo solo quería amarte... pero tú me rechazaste.
—Lo... lo siento... —gimo, encogiéndome tanto como las ataduras me lo permiten—. Es mi culpa... no quería hacerlo...
Su respiración es áspera, acelerada, como la de una bestia atrapada en su propia rabia.
—Bien —responde al fin, con una calma que hiela más que sus gritos—. Ahora que lo aceptas, deberás quedarte aquí. Hasta que recapacites.
—No... por favor... déjame salir... —mis palabras se rompen, desgarradas por el dolor y el miedo.
Él sonríe apenas, un gesto torcido que presagia tormenta.
—No fue una pregunta, querida. Te quedarás aquí hasta que aprendas.
Sus pasos se alejan, cada uno resonando en la oscuridad como un eco de condena. La puerta se cierra con un estruendo metálico y el chasquido de los cerrojos confirma mi encierro. Mis súplicas se ahogan contra las paredes frías; nadie las escucha, nadie vendrá.
Cierro los ojos, y el cansancio me cubre como un sudario. El silencio me envuelve, implacable.
Ahora lo comprendo con una claridad cruel: jamás debí desobedecer a mi madre. Nunca debí alejarme de la manada.
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Bienvenidas queridas lectoras a una nueva aventura con una integrante Goldenmoon. Espero disfruten la historia y nos acompañen a lo largo de esta aventura con Alexandra